Escribo estas líneas estando a punto de tomar un tren con destino incierto. A diferencia de otros viajes emprendidos, en esta ocasión lo fundamental es el trayecto; y desde esa premisa, sé que lo que viene estará bien. Siento que ya es hora de moverse.
Bajo estas condiciones, he decidido que lo mejor es viajar liviano -gracias Billie-, llevo conmigo, entonces, algunas pocas cosas.
Dicen por aquí, que al final del recorrido de este tren se encuentra esta misma estación. Poco importa, de ser así, a mi regreso ya seré otro.
Hay quienes pueden enamorarse por sorpresa, de a poco. No es mi caso: cómo el jugador que presiente que una carta es ganadora, o el yonqui que identifica sin equivoco la calidad de su droga, yo detecto las mujeres fatales a primera vista.
Las reconozco en el acto, sobresaliendo del resto; todo se vuelve blanco y negro, menos su figura, y veo sus movimientos en cámara lenta, en medio de un silencio absoluto. Quedo sumergido en ese estado hipnótico hasta que algún amigo me rescata, o hasta que aparece un hombre y la toma del brazo.
Así fue la última vez que me enamoré; la vi en medio de un grupo de conocidos y desconocidos, y yo no podía dejar de preguntarme quién era esa mujer, y cómo su belleza no perturbaba a nadie más a mi alrededor.
Pese a las bromas del Zurdo, estos ataques que sufro son sumamente infrecuentes. El amor es una droga dura -la uruguaya tiene razón-mejor andar con cuidado.
En Obelisco, el genial cuento de Juan Martini, uno de los personajes recuerda historias de personajes que habitaban la noche de Buenos Aires, recorriendo bares y calles que ya no existen, que desaparecieron cuando se construyó el Obelisco.
El personaje comparte sus memorias de esos tiempos, y siempre cierra sus relatos diciendo algo así como: "Pero claro, eso fue en la época en la que el Obelisco no existía". Esta frase instala la nostalgia con un efecto doble: por una lado nos cuenta una Buenos Aires que ya no existe, pero además, nos impide imaginarla, ya que es imposible visualizar esa zona sin tener presente al Obelisco.
Pienso que quizás en veinte años, pasaré por Viena y recordaré las noches en compañía del Zurdo, Joaquín, Moliné, el Negro, Gatica, Mecha Corta, Esperanza, Cortázar, y sentiré una nostalgia similar a la del personaje del cuento de Martini.
Sospecho que todos tenemos Obeliscos personales erigiéndose lentamente sobre los terrenos que marcaron nuestros mejores años.
Caminamos una cuadras por Viamonte, y a cada paso siento que mi entusiasmo disminuye. Ella acompaña mi andar pegada a mi pecho, casi acurrucada. Cuando llegamos a Suipacha, me señala un edificio.
-Es ahí -me dice, y cruzamos la calle. Ella busca en su cartera las llaves y luego abre la puerta; se da media vuelta, me mira, y como sabiendo lo que sigue, me pregunta:
- No vas a subir, ¿no?
- No - le digo. Ella asiente, y se queda callada mirando el piso por unos segundos. Finalmente sus ojos vuelven a buscarme, se acerca, me besa, entra al hall del edificio, y cierra la puerta. En el camino hacia al ascensor no se vuelve para mirarme.
El amor no es sólo impulso, pienso.
Camino por Viamonte buscando llegar a Callao. Pienso en el Angel Negro, y siento que al final el Zurdo tiene razón cuando bromea que soy un hombre chapado a la antigua; en mí solo hay lugar para un único amor.
Quién sabe, después de todo, quizás sea mejor así.
Viernes a la noche en Viena, nuestro refugio favorito. Estoy parado frente a la máquina de cigarrillos intentando decidirme entre Lucky y Camel; la elección no es sencilla, el camello siempre me puede, pero hoy me siento más Lucky (es un doble juego de palabras, así que el que entienda que se ria, y el que no... bueno, el que no siga de largo, viejo. No puedo andar explicando todo). Luego de algunos minutos me decido: introduzco algunas monedas, tiro de una perilla de acrílico bordeaux, y escucho el golpe seco del paquete al caer. Los hombres no se inclinan, se agachan, entonces me agacho para coger el paquete, y cuando estoy por agarrarlo, veo como dos manos de mujer se apoyan contra la máquina, y una voz suave le dice a mi oído:
- Te llevó un ratito decidirte ¿Siempre te cuesta tanto saber lo que querés, Martín? -mientras escucho, cierro los ojos, y no pasa un segundo antes de que me de cuenta de quién se trata. Pero hoy me siento distinto; hace días que me siento distinto, estoy para dar pelea. Entonces, sin incorporarme giro sobre mis talones, apoyo mi espalda contra la máquina de cigarrillos, y me encuentro frente a dos largas piernas de mujer con la cara a la altura del sexo. Todavía agachado, mirando a la entrepierna pregunto:
- ¿Nos conocemos? - veo como lentamente su mano izquierda se aproxima a mi cara para empujar mi mentón hacia el techo, hasta que nuestras miradas se encuentran. Con su larga cabellera negra cayéndole sobre los pechos, y un brillo peligroso en los ojos, el Angel Negro me sonríe.
Me pongo de pie, y vuelvo a recostarme contra la máquina
- No, no nos conocemos porque huiste como un cobarde luego de nuestro encuentro en el cumpleaños de Mariana. Cuando salí de baño ya te habías ido. Tu amigo Joaquín me dijo que te habías ido a otra fiesta, pero no le creí, creo que sólo quería hacerte quedar bien...
Me río para adentro. Pequeño demonio, ¡de cuántas formas distintas se puede cuidar a un amigo!
- Sí -digo- tenía otra fiesta.
Hay un pequeño silencio, yo abro el paquete de cigarillos, y estoy a puntar de encender un cigarrillo cuando ella me toma la muñeca y me dice:
- Pero que haces nene! no se puede fumar acá adentro, está prohibido!- miro su mano sobre mi muñeca, me incorporó lentamente, ella me mira, rodeo su cintura con mi brazo derecho, doy un rápido giro, apoyo su cuerpo contra la máquina, y la beso.
Es un beso largo, lleno de ganas.
Luego me separo bruscamente, y ella queda recostada sobre la máquina, mirándome. Extiendo mi brazo, ofreciendo la mano. Ella se incorpora, se acerca hacia mi, y pasando sus brazos por encima de mis hombros me besa.
Nos interrumpen algunos gritos y silbidos: se cortó la luz en Viena. En la oscuridad, tomo su mano y busco resuelto la salida. En el camino siento al corazón latiendo enloquecido; y es en este instante en que me doy cuenta de que está muerto de miedo.
Cruzando Callao, me encuentro con Mecha Corta. El camina hacia Pueyrredón, yo voy al San Martín. Como hace tiempo que no nos vemos, luego de saludarnos decido acompañarlo un par de cuadras para conversar un poco. Cortázar me había comentado días atrás que estaba más cruzado que nunca; su cara lo confirma.
Al llegar a la vereda lo primero que me dice es que está podrido del país. Yo asiento en silencio. Durante las próximas dos cuadras, no suelta palabra. Paramos en un quiosco, él señala un paquete de cigarrillos, entrega un billete, recibe el vuelto, y retoma su marcha. Yo compro un Shot, y comienzo a caminar detrás de él rápidamente, intentando alcanzarlo, mientras me pregunto si es realmente una buena idea.
De pronto un mimo se interpone entre nosotros; lleva pantalones negros, remera blanca de mangas largas, con rayas negras horizontales; tiradores rojos, y un sombrero Chaplín.
Camina algo encorvado, imitándo el andar y la expresión de Mecha Corta, inflando los cachetes y frunciendo el ceño. Dos mujeres que se cruzan con nosotros festejan la ocurrencia; después pasa una parejita que señala divertida al mimo. Yo apuro el paso presintiendo lo peor, pero llego tarde. En la esquina de Junín y Corrientes, Mecha Corta tiene al mimo contra la vidriera de una zapatería. Con sus dedos clavados en el cuello blanco, Mecha Corta habla con los dientes apretados, casi sin abrir la boca:
- Te reís de mi, eh? en medio de Corrientes, vos decidís hacerme burla a mi, jodiéndome a mis espaldas? ¿Y te parece que es gracioso, eh? Decime, te parece gracioso?
El mimo niega con la cabeza. Veo la tensión en las manos de Mecha Corta, y me pego a ellos. Cuatro o cinco curiosos ya comienzan a rodearnos.
- Decime, ¿te parece gracioso, pelotudo? Andas pintadito de blanco, hinchádole las bolas a la gente... decime ¿ te crees gracioso vos?
El mimo vuelve a negar con la cabeza.
- Hablá, carajo! -grita ahora enloquecido. Los ojos de Mecha Corta está inyectados en sangre, su mano izquierda ahora apreta las partes del mimo, mientras la derecha sigue sujetando el cuello; uno de los curiosos amaga con acercarse, pero se detiene cuando Mecha Corta le clava la mirada.
Entonces me arrimo al mimo, y le digo:
- Te doy un consejo, hablá. Si no, te va a arrancar las bolas de un tirón, creeme.
El mimo me mira, y rápidamente vuelve su cara hacia el frente y dice con voz quebrada:
- Perdoname. No, no es gracioso - y comienza a llorar.
El mimo, ya libre, apoyado contra la vidriera de la zapatería, llora de verdad. El maquillaje se corre sobre su cara. Un silencio insoportable invade el lugar. Lo agarro a Mecha Corta del brazo y lo arrastro un par de metros. El camina como en trance.
- Qué hijos de puta - alcanzo a escuchar mientras nos hacemos paso entre la gente. De reojo, miro la cara de Mecha Corta; está ensombrecida.
Caminamos en silencio hasta Larrea; llegando a la esquina, me detengo para despedirlo. Lo abrazo, y le digo cuidate, pero el sigue con los brazos pegados al cuerpo, mirando al infinito.
- Qué país de mierda - piensa en voz alta. Yo asiento en silencio, y luego me alejo resignado.
Hoy desperté y me sentí un hombre distinto. Supongo que mañana en terapia se lo mencionaré a Juan, no lo sé; tal vez lo reserve para mi encuentro con Eugenia. Como sea, me pregunto cuánto tiempo lleva dejar cosas atrás, ¿ qué se requiere para que un cambio acontezca? Descubrí hace años que soy una persona binaria: mi daltonismo me impide ver los matices de los colores, mi oídos no captan las ondas medias de los sonidos, y el paso de la inacción a la acción funciona en mí como un interruptor de luz. Juliana sostenía que en mí los cambios suceden, no se gestan. Esa idea le interesaba más a ella que a mi; yo siempre supe que lo que luce como un K.O. ante otros, es sólo el último round de una larga pelea interna que se definió por puntos hace mucho tiempo. Sí, soy un hombre que, desafiando las leyes de la gravedad y del tiempo, cae con delay. Me levanto de la cama y miro por la ventana; el Sol crece en el horizonte. Lleno de esperanzas, viene a mi cabeza el brindis del Romántico:
Un suspiro para los que me quieren,
una sonrisa para los que me odian,
y sea cual fuere el cielo
que se encuentre sobre mi cabeza,
he aquí un corazón dispuesto a todo.
Me siento como un bígamo. Desde que Juliana me dejó, o luego de que yo forzara a Juliana a dejarme, tengo dos analistas.
Todo comenzó mientas buscaba el reemplazo de Juliana; así llegué a Juan, un analista que alguna vez le habían recomendado a Joaquín. La primer entrevista con él fue buena, y pensé que contar con un terapeuta varón en este momento, podía ser algo conveniente. Presintiendo la carga que yo sentía por estar comenzando nuevamente terapia, casi cerrando la charla me dijo:
- Martín, uno retoma desde donde dejó.
Lo pensé un momento, y acordé con él. Eso solo sirvió para que saliera aliviado de su consultorio.
Pero cuando el Negro Avellaneda me insistió para que tuviera una primera charla con Eugenia, fue tal su entusiasmo que no pude más que aceptar. Llevaba recién tres sesiones con Juan, y no sentí a esta nueva consulta como una traición. También es cierto que no la mencioné en las sesiones siguientes.
No recuerdo lo que dije durante los primeros diez minutos de la entrevista con Eugenia; desde que ella abrió la puerta de su consultorio, quedé absorto con sus enormes y firmes pechos, sus labios carnosos, su pelo negro, y su voz efeme. Un maquillaje liviano resaltaba sus ojos color miel. Mi atención luego quedó atrapada por una duda ¿ el Negro me había buscado una analista, o alguien de quién enamorarme?
En un momento comencé a escuchar lo que le estaba diciendo, y de a poco tomé control de la situación; incluso pude plantear mis expectativas y necesidades, y escuchar cuál era su propuesta. La claridad y consistencia de su discurso, junto con su mirada firme y limpia, evitaron que mis ojos volvieran a reposarse en sus pechos durante esos minutos. Quedamos en volver a vernos a la semana siguiente.
Los lunes son de Juan, los miércoles de Eugenia. Recién nos estamos conociendo, pero presiento que formaremos un gran equipo.
Participé, una vez, de una partida de poker que ocurrió años atrás, y que finalmente perdí por jugar mal la mano decisiva. Quedábamos sólo dos jugadores en la mesa, casi con la misma cantidad de fichas. Recibí una gran mano de entrada, pero la suerte me traicionó, y cuando la quinta carta se descubrió, todo el pozo fue a parar a las manos del Cordobés.
Lo que vino después fue sólo un trámite, en cuatro o cinco manos me retiré de la mesa vencido.
Había perdido mucha plata.
Me quedé en la barra ahogándome en whiskey. Un buen rato después se acercó el Zurdo y se paró callado a mi lado. Había visto toda la partida junto con Cortázar, y cuando me levanté de la mesa, su cara mostraba más enojo que la mía. Las derrotas de los amigos son, de alguna manera, derrotas propias.
Sabía que no iba a hablar hasta que yo no dijera algo primero. Luego de tomar otro whiskey, finalmente dije:
- La perdí en esa mano... con esa puta reina de corazones en la quinta carta.
- Sí -respondió el Zurdo. Sirvió su vaso nuevamente, y lo bebió de un trago. Después miró por sobre sus hombros, como queriendo asegurarse de nadie escuchaba, dio un paso hacia adelante, y girando sobre sus talones quedó de frente a mí.
- Apostaste poco -me dijo- por eso perdiste.
- Tuve mala suerte, Zurdo, ese Cordobés culo roto viene a ligar a último momento la reina de corazones!!, dejame de hinchar...
El Zurdo calló, y me miró decepcionado; por algún motivo en ese instante me sentí culpable. Vi cómo se rascaba el cuello, llevando el mentón hacia arriba, mirando hacia un costado; un gesto típico suyo cuando algo lo molesta de sobremanera. Luego se balanceó sobre sus piernas, y finalmente dijo:
- Martín, pensá lo que quieras, pero dejame decirte algo: esa partida la perdiste por tibio - hizo una pausa, y mirándome a los ojos, agregó- Y vas a perder mucho más en la vida si no sabes darte cuenta cuando tenes que rajar, o jugarte y apostarlo todo.
Bajé los ojos, y el Zurdo tuvo piedad. Llenó los dos vasos, me alcanzó uno, los chocamos levemente en el aire, y en un solo movimiento los bebimos de un trago.
- Fue mucha plata no? -preguntó , y yo asentí.
- Mejor, así no te olvidas de la boludez que hiciste. Boludos no son los que hacen boludeces, Martín, boludos son los que las repiten.
Días atrás, parado frente a un mingitorio, con el alma turbada por otro problema, el Zurdo susurró a mi lado mientras hacía lo suyo:
- Acordate de la reina de corazones.
Y reviví entonces esa noche, la charla con el Zurdo, y hasta pude ver la fea cara del Cordobes reflejada sobre la porcelana blanca; admití que debía decidir: una cosa o la otra.
El resultado es incierto, pero sé que de ningún modo voy a permitirme perder esta partida por tibio; tampoco por boludo.
Entro a mi departamento, y mientras dejo mi abrigo sobre el sillón, noto que en el contestador del teléfono una luz roja parpadea lentamente. La situación me inquieta. Logro llegar a la cocina sin pisar al gato, que una y otra vez zigzaguea delante de mis zapatos. Busco una botella en la heladera, y luego bebo algunos tragos de agua.
Regreso al living. Doy vueltas alrededor de la mesa del teléfono, como un gato que inspecciona un plato con comida. Finalmente tomo una silla, me siento, y coloco la botella de agua sobre la mesa. Apoyo mi espalda contra el respaldo de la silla, bebo un sorbo de agua, y pulso el botón de Play.
Escucho el mensaje; cuando termina, retrocedo y lo escucho nuevamente. Espero unos segundos y después borro el mensaje del contestador.
Era Juliana. Su mensaje decía que no podía continuar atendiéndome, y me dejaba los datos de otros dos terapeutas.
Me paro y camino hasta el balcón. Corro el ventanal y salgo a la noche. El gato aparece entre mis piernas y maúlla; no le gusta el frío. A mi sí. Miro hacia la avenida y me quedo pensando. Luego de algunos minutos el frío me rescata y regreso al departamento, dejando el ventanal abierto.
Ahora, en el contestador del teléfono la luz roja ya no parpadea. Me siento en el sillón y me tapo con el abrigo. Apoyo los codos sobre mis rodillas, me inclino, y cierro los ojos mientras mi dos manos me agarran la cabeza.
En este momento, Munch daría cualquier cosa por retratarme.
Bajo del ascensor, y a través del vidrio de la puerta de calle, veo el auto de Joaquín estacionado, y una gorra de policía inclinada sobre la ventanilla del lado del conductor. Salgo a la vereda, camino unos pasos, y cruzo la calle en dirección al quiosco; al pasar por delante del auto, Joaquín finge no verme. Llego a la otra vereda, saludo a Méndez, compro cigarrillos, fósforos y un Shot, y me quedo mirando la escena. Luego de unos pocos minutos veo que la mujer policía se aleja del auto de Joaquín y camina en dirección a Talcahuano. Entonces Joaquín me hace una seña y yo cruzo la calle, y me subo al auto. - ¿Qué pasó? - Nada, se acercó para decirme que no podía detenerme en este lugar, le dije que te estaba esperando, y me pidió que "circulara". Cuando intenté chamuyarla un poco más para hacer tiempo, amagó con hacerme la boleta. - ¿La piropeaste? - Obvio - Cómo sos, eh... - Es que mientras hablaba con ella, le vi la esposas en la cintura, colgando de ese cinturón de cuero ancho... y no sé, me calentó un poquito... - ¿Estaba buena? - No -me dice termimante y entre risas- para nada. Me río. Ajusto el cinturón de seguridad sobre mi pecho, y entonces veo la boleta de infracción sobre la luneta negra. - Pero al final te hizo la multa, gil! - Sí, me la hizo. Leela. Tomo el papel, y mientras Joaquín acelera, veo los datos del auto y de Joaquín y el motivo de la infracción; y al dorso, con trazos grandes, el número de teléfono de la agente Paula. Sin mirarlo, sé que Joaquín está sonriendo lleno de satisfacción. Pequeño demonio.
Recostado sobre el césped con los brazos en cruz, los ojos cerrados y los párpados incendiados de naranja, pienso en ella. Mi respiración es suave en su ir y venir, y el calor que acaricia mi cara me llena de bienestar. En esta paz repentina, pienso en ella; y me doy cuenta de que la extraño.
Abro los ojos y me incorporo. A unos metros algunos chicos juegan mientras sus padres los observan con ligera atención. La tranquilidad del domingo parece invadirlo todo.
Sonrío, me alegra saber que puedo extrañarla sin dolor. Me pongo de pie y camino hasta el extremo de la plaza. Compro un helado, y sin apuro busco un banco donde sentarme.
Un hombre le enseña a un niño cómo remontar un barrilete. El niño ríe y corre mirando hacia el cielo.
Sentado bajo la sombra de un árbol, disfruto del helado. Pienso en ella con alegría; sé que si estuviera aquí a mi lado, le diría que la quiero.
Nuevamente estoy en el café de la calle Juncal, el que utilizo como espacio de preterapia. Faltan todavía algunos minutos para que Agustina se despida de Juliana, y se cruce fugazmente conmigo en el lobby del piso veintidós, para tomar el ascensor que la dejará en la planta baja, mientras yo ingreso al departamento con la urgencia de hablar sobre las nuevas andadas de mi otro yo.
Le pido otro cortado a la morocha, y también la cuenta. En la tele la Presidenta le habla otra vez al conurbano bonaerense. Reviso mi billetera, y separo algunos billetes para pagar la cuenta y la sesión. El reloj de la pared cuenta siete minutos para las siete. La morocha se acerca sonriente y deja sobre la mesa el cortado y la cuenta; le pago en ese momento, y sólo le guiño un ojo cuando me agradece la propina. Tomo el cortado en tres sorbos, el último de ellos mientras me pongo de pie; luego miro la mesa para asegurarme de que no me olvido nada. Doy media vuelta, y salgo a la calle.
No me cruzo con Agustina. Al entrar al departamento, Juliana me recibe con una sonrisa. Viste una pollera larga negra que le marca la cintura y que resalta sus piernas. Aborto de inmediato estos pensamientos y me acomodo rápidamente en el sillón. Ella toma asiento. Hay unos segundos de silencio y luego comienzo mi relato.
Realizo algunas pausas, contesto algunas dudas que surgen, y finalmente termino de decir lo que tenía para decir.
Silencio. Juliana me mira, y yo la miro; no dice nada. Espero.
Nada.
Entonces decido actuar
- Juliana, quisiera saber lo que pensás sobre lo que termino de contarte -digo- Sé que lo importante es lo que yo pienso, y lo que hago con lo que pienso; pero ahora, Juliana, en este momento, quiero saber lo que vos pensás, ¿puede ser? -y mi sonrisa es solo una mueca tensa.
Silencio, se mira la falda, cierra la agenda y la apoya sobre la mesa, recoge sus brazos, y finalmente me dice:
- Martín, tu enojo con esta situación es comprensible, sí. Pero, ¿no podríamos relacionarlo también como tu rechazo a tus propios alter egos, Martín, a tu fijación por la unicidad de tu personalidad?
No entiendo.
- ¿Qué otros alter egos, Juliana?
- Pensalo Martín, quizás valga la pena -dice, y la veo que va a tomar nuevamente su agenda. Entonces levanto un poco la voz, y digo:
- No te entiendo, Juliana. -ella detiene el movimiento de su brazo, endereza su postura, cambia el cruce de sus piernas, y luego dice
- Martín, yo veo en vos cierta tendencia a reafirmar exageradamente tu identidad, lo que me hace pensar... digo, permanentemente decís que sos Martín...
- Soy Martín, Juliana, ¿qué querés que diga?, no te entiendo...
- Pero Martín, no puede ser que recurras a esa afirmación permanentemente, a mi siempre me llamó la atención...
- ¿Qué cosa?
- Eso, Martín. Por ejemplo, hace más de dos años que nos conocemos, y nunca me dijiste tu apellido! Solo contestas eso, Martín...
Me quedo callado, y me cuesta creer lo que esta ocurriendo. Juliana me mira como con pena, mientras yo comienzo a sentir una víbora de ira trepando por mi esófago. Me acomodo en la silla, y le digo lentamente:
-Juliana, asi como hay gente que se apellida Juan, o Marcos, mi apellido es Martín. Anotalo en la agenda si querés, asi no te lo olvidas -me detengo, y luego digo- igual creo que es fácil de recordar: me llamo Martín Martín. Creo haberte comentado que mi padre eligió mi nombre, ¿no?
La expresión de Juliana se congela, presiente el cataclismo. No voy a tener compasión. Mi dedo la señala mientras digo
- Cuando te llamé por primera vez me presenté. "Hola soy Martín" te dije , "Martín, Martín... ¿qué?, " contestaste, y yo te aclaré "Martín Martín". Hiciste un silencio y me dijiste "Ok, Martín, entonces", y te reíste un poco, y te dije que sí, que así me llamaba todo el mundo. Pensé que me habías entendido. Veo que no fue así.
Juliana seguía mirándome petrificada. La víbora ya llegaba a mi garganta, mientras sentía como mis dientes mordian el labio inferior. Comencé a negar con la cabeza, estaba conteniéndome para no pegarle.
- Martín...-dijo, y se detuvo cuando me vio ponerme de pie. Se quedó sentada, mirándome con los ojos húmedos. No, no tendría piedad con ella.
- Juliana, ¿vos sos medio pelotuda, no? -le dije finalmente.
- Con más de dos años de terapia ¿nunca te diste cuenta de esto?¿jamás se te vino a la cabeza o lo relacionaste con las cosas que te conté?
Mientras me acercaba aun más a ella, sentía que mis ojos ardían y las lágrimas no caían por mis mejillas sino por mis sienes.
- ¿Me querés decir cómo carajos figuro yo en tu agenda?
Me incliné un poco para estar a su altura, y con mi cara casi pegada a la suya le grité
-¿Eh? ¿Qué soy?¿Martín a secas? ¿El Hombre Sin Apellido? ¿cómo carajos figuro yo en tu agenda, Juliana? ¿ Quién carajos soy? ¿Me querés decir quién carajos soy yo, Juliana?
Domingo a la mañana, el teléfono me despierta como con bronca. Atiendo solo para saber a quién voy a matar más tarde; insólitamente, es la voz de Moliné, que claramente alterado me pregunta:
-¿Estás bien, Martín?
Demoro en responder. Repaso las últimas horas de la noche anterior y siento que he perdido algo en el medio, porque la pregunta se me hace insólita.
- Sí -contesto secamente- ¿por qué?
- Mirá, pasó algo muy raro , esta madrugada me llamaron de la comisaría de Llavallol, para decirme que te habían detenido, y que vos me habías designado como tu abogado...así que me f...
- ¿Bajo qué cargos? -interrumpí, la historia ya comenzaba a sonarme conocida.
- ¿Qué?
- Digo, ¿cuando te llamaron no te dijeron bajo qué cargos estaba detenido?
- Sí, por falsificación de identidad, me dijeron - "Hijo de puta", pensé. Imaginaba como seguía el resto el relato, pero lo dejé continuar- En tu casa no contestaba nadie, y como vos no tenés celular, me vestí y me fui corriendo para Llavallol.
Hubo un alto en relato, y como confesándome una dura verdad Moliné me dijo:
- Deberías tener celular, Martín...
- No uso celular -dije.
- Bueno, pero es útil, fijate en este caso...
- No uso celular -hubo un silencio, y luego Moliné continuó con su relato- el tema fue que al llegar ahí me comunicaron que no tenían tu entrada registrada en el libro... Ah, no sabés el quilombo que armé, me puse loco. Al final apareció el comisario, y hablando comenzamos a sospechar que quizás todo era una broma de algún tarado... En fin... recién llego de ahí ¿Podes creer esto que te estoy contando?
- Sí -le dije- hay alguien por ahí que se está haciendo pasar por mí, Moliné -y entonces lo puse al tanto de los últimos acontecimientos con mi alter ego: la cita con Joaquín, el quilombo con la mujer del Dandy, y ahora esto. Luego de unos segundos lo escucho decir:
- Pero que turro! y para colmo hace esta jodita alegando falsificación de identidad!!
- Sí- admito- muy ingenioso. Ya lo voy a agarrar igual -pensé en lo sucedido, y que extrañamente en el tono de Moliné había sólo sorpresa, no podía detectar rastros de enojo por lo ocurrido- Te agradezco, che. Me jode que te hayas comido este garrón al pedo...
- No, ya está -me dijo- Igual como no conocía Llavallol, aproveché para caminar un poco por ahí. Es una zona baja, pero tiene algunas casas lindas, que sé yo. Incluso aproveché para tomarme un café en un barcito que parecía sacado de un relato de Arlt! - nos reímos juntos. Un personaje Moliné, su espíritu particular le había permitido ignorar las molestias de esta broma, y encima sentía haber sacado hasta cierto provecho a toda la situación.
Antes de cortar le dije
- Moliné, te pido una sola cosa...
- Decime...
- Si te vuelven a llamar de una comisaría por un tema mío, por favor no dejes de ir, aun temiendo que sea una otra broma.
- ¿Por? - contestó algo confundido.
- Porque puedo ser yo en serio, che.
Nos reimos un poco, y después cortamos la comunicación. Pero yo ya no pude seguir durmiendo.
No tolero saber que alguién ahí afuera se pasea cómodomante haciéndose pasar por mí.
Hay un único Martín, y ese soy yo.
Cortázar me estaba por contar algo sobre la prolongada ausencia de Mecha Corta, cuando lo interrumpieron los insultos y el ruido de sillas. Era Pereyra que andaba a los manotazos con dos o tres pibes que tomaban cerveza en una mesa vecina.
Cuando llegamos para separar, Pereyra ya había repartido más de un bife, y había cobrado un poco. Cortázar se lo llevó a Pereyra; yo me quedé para pegar cuatro gritos y un cachetazo, y les dije que se rajen. Con eso alcanzaba, eran muy pibes como para seguirla, si hasta dejaron plata para la cuenta antes de irse.
Sin entender todavía lo que había pasado, fui hasta el baño para ver cómo estaba Pereyra. En la puerta me atajó Cortázar,
- ¿Qué pasó? -le pregunté.
- Nada. Está mamado, estuvo tomando desde el mediodía -me dijo, y a modo de explicación agregó- ¿sabias que se separó de la mujer, no?
Negué con un movimiento de cabeza, y entré al baño. En uno de los compartimentos, sentado sobre un inodoro, Pereyra lloraba con las manos cubriéndole la cara . Apoyado contra el marco de la puerta, el Zurdo lo miraba en silencio. Trabé la puerta del baño y me paré junto al Zurdo. Así nos quedamos unos cuantos minutos viéndolo llorar a Pereyra.
No habló cuando dejó de llorar. Solo se incorporó, tomó aire, y se apoyó contra la pared. Sus ojos seguían nublados, y parecían no vernos. Luego colocó los codos sobre sus rodillas y el mentón sobre sus puños cerrados, y como pidiendo ayuda preguntó:
- ¿Cómo se recupera un amor?
A buen puerto fuiste por palos, pensé.
El Zurdo me miró y también calló. Pereyra levantó su vista hacia nosotros, y otra vez con los ojos desbordados de lágrimas, dijo:
-¿ Me quieren decir cómo carajos se recupera un amor, eh?
No preguntaba si era posible, preguntaba cómo. Nos miramos con el Zurdo: ese hombre necesitaba una respuesta desesperadamente.
- Con mucho esfuerzo -sentenció al final el Zurdo.
Pereyra lo miró, y asintió lentamente. Se puso de pie, y apoyó sus manos en nuestro hombros
- Con mucho esfuerzo -repitió como hipnotizado. Dio unos pasos fuera del compartimento, y sin decir nada más salió del baño.
Durante unos segundos sólo nos miramos con el Zurdo. Entonces me asaltó una duda
- ¿Pero vos dónde estabas, Zurdo? no te vi separando, ni entrando al baño... - el Zurdo me miró
con algo de fastidio y pudor, y luego dijo:
- No nene, yo estaba cagando acá al lado cuando entró Cortázar con Pereyra. Al principio no salí, pero la verdad es que es imposible tratar de cagar con alguien llorando al lado...
Nos reímos los dos. Callamos. Y después nos reímos de nuevo.
- Bueno, disculpame, vuelvo a lo mío -y diciéndome esto el Zurdo se metió en su compartimento y cerró la puerta.
Mientras me lavaba las manos pensé en Pereyra, y sentí pena. Mirando al espejo, dije
- ¿Alcanza?
-¿ Qué decís? -preguntó el Zurdo malhumorado
- Que si alcanza...
- ¿Qué cosa?
- Digo, si alcanza con el esfuerzo...
Me di vuelta para mirar la puerta del compartimento, como si al abrirse fuera a encontrar la respuesta. Pero no, hubo solo silencio. Caminé hasta la salida del baño, y entonces lo escuché al Zurdo a mis espaldas, contestándome:
- No, no siempre alcanza, Martín.
Y luego agregó
- Pero no te arrepentís de haberlo intentado.
Al llegar a la barra, Cortázar me esperaba ansioso con un whiskey, y con las novedades que le habían llegado sobre Mecha Corta.
Tenía veinte años la primera vez que me enamoré. Así lo sé ahora, que entiendo que no deben incluirse en este tipo de cuentas las noviecitas del colegio, los romances de verano, ni los primeros metejones ocasionados por la inexperiencia sexual. Hablo del amor como droga dura, a lo Peri Rossi; de ese amor que generalmente termina haciéndonos mal.
Ella tenía veintiséis. Y era una mujer hermosa.
Fueron meses muy intensos los que pasamos juntos. El día en que todo terminó, regresábamos caminando de una fiesta, y simplemente me dí cuenta de que no me quería. No sé porqué, simplemente lo supe.
Es terrible entender que el amor no es recíproco. Es una tristeza tan grande que ahoga, y que no se diluye con lágrimas ni con alcohol. Y es así, creo, porque no hay ya nada más que hacer.
- Vos no me queres -le dije mirándola a los ojos. Sus labios se separaron para dejar salir alguna palabra, pero no dijo nada. Me acerqué y la abracé. Ella me acarició la cabeza. Paré un taxi que pasaba, abrí la puerta para que ella subiera, y luego me quedé parado viendo como el taxi bajaba por Callao rumbo al Bajo.
Me senté en el cordón de la vereda y comencé a llorar. Luego vomité, y después seguí llorando, cada vez más lentamente, hasta que me quedé dormido.
Nunca más volví a verla.
Supe que la había olvidado cuando volví a enamorame. El Zurdo suele decir que esas historias hieren pero no matan, que son como esas balas que entran y salen del cuerpo, que dejan una herida limpia que eventualmente se cura con el tiempo.
-Peores son las que quedan adentro, Martín -dice el Zurdo- creeme.
Llegamos un poco tarde, y luego de felicitar a la cumpleañera, nos ubicamos cerca de una barra improvisada que estaba ubicada sobre una de las paredes laterales del living, a pasos del ventanal que precedía al balcón. Había mucha gente en el departamento, quizás demasiada, pero aún así parecía una gran fiesta.
Un sujeto calvo vestido de negro se encargaba de la música con notable pericia y buen gusto. Luego de beber y fumar algunos cigarrillos, decidí recorrer el departamento. Tomé el pasillo, me asomé a la cocina y salí espantado por la luz blanca que reinaba, y por la apariencia aburrida de tres mujeres que conversaban entre ellas, sentadas a la mesa mientras tomaban café. Estuve tentado de cerrar la puerta al retirarme para que el clima no contagiase al resto, pero me contuve. Seguí caminando por el pasillo, pase por un escritorio, un cuarto pequeño, otro grande con la cama tapada de abrigos, y al final, la puerta cerrada del baño.
Apoyada contra el marco de la puerta, primera en una cola inexistente, una morocha altísima miraba hacia el piso mientras acomodaba su cabello . Me acerqué despacio, y me detuve a unos pasos de distancia de la puerta. Tardó unos segundos en percatarse de que estaba ahí, apenas hubo un contacto visual mínimo, y luego continuó ajustando su peinado. Llevaba un pantalón negro muy ajustado, botas, y una remera de lycra negra de mangas largas, con un gran escote en V . No estaba maquillada, no llevaba aros, ni anillos, ni cinturón. Era un como ángel vestido de negro.
- Hola-dije- Soy Martín -giró y me miró de frente. Sentí que me contestaba apenas por compromiso:
- Hola Martín
1,2,3,4,...
- Tenés fuego?
- No, no fumo -dijo, mientras sus manos reforzaban el no con un gesto suave y firme.
- Ah... yo tampoco-dije, y callé. Sonrió apenas. En esos segundos de silencio ella sostuvo su mirada, y finalmente dijo
- ¿Qué querés, Martín?
No pude responder inmediatamente. Iba a decir algo, pero me arrepentí, quise cambiar la respuesta en el aire, y no pude evitar un segundo de silencio delator, que ella supo -y quiso- aprovechar. Finalmente me quede callado. Ella sonrió, y ante mi sorpresa, cerró la distancia que nos separaba, me dió un beso cerca de los labios, y dijo:
- Chau, Martín.
En ese momento se abrió la puerta, y un gordo salió del baño acomodándose el cinturón. Cuando levanté la vista, ella ya no estaba ahí.
Volví al living. Joaquín bailaba algo ebrio con la rubia platino. Me acerqué a él y le dije que me iba. Hizo una pregunta que no contesté, no podìa perder un segundo. Antes de que el angel negro saliera el baño, yo debía estar afuera del departamento.
Cuando llegué a la calle respiré profundamente, sentía que me faltaba el aire. Estaba mareado, Supe que esa pregunta no dejaría de rebotar en mi cabeza, hasta que le encontrara una respuesta sincera.
Hoy se cumplen dos años. Abro los ojos, acostado en mi cama, y lo primero que se viene a mi mente mientras miro el cielorraso, es que hoy se cumplen dos años. Fue, también, lo último en lo que pensé antes de quedarme dormido. En el medio no hubo nada: no soñé, no me desvelé, no caminé dormido, ni di vueltas en la cama. Nada, solo me desconecté, y apuré de un trago las horas que faltaban para que se cumpliesen dos años.
El gato salta sobre la cama, me mira y maulla. Tiene hambre. El no sabe que hoy se cumplen dos años, tan sólo tiene hambre y quiere comer. Alguna vez escuché que los gatos no tienen memoria. No creo que sea cierto. Me incorporo, tomo al gato y lo dejo sobre el piso, luego corro las mantas y me pongo de pie.
Voy hasta la cocina, mientras él sigue a mis piernas. Lleno su plato con alimento, renuevo el agua de su bowl, y salgo de la cocina rumbo al balcón.
El aire frío me corta la respiración. Un ligero temblor me sacude y se va. Son las seis de la mañana, y el sol apenas se asoma por sobre los edificios de la avenida. Parado en el balcón, de espaldas al vacio, miro a través del ventanal hacia el interior del departamento.
Dos años, pienso.
Del otro lado del vidrio el gato maulla. Quiere que entre.
Sí, mejor entrar, no hay mucho más por hacer acá afuera.
Quand il me prend dans ses bras,

Il me parle tout bas

Je vois la vie en rose

¿Es posible escuchar a ese gorrión desgarrado sin emocionarse hasta las lágrimas?
Tengo que ir a terapia. No mañana, no hoy, ni un rato; ahora. Y no tengo ganas. Como acostumbro, hago tiempo en el café que queda sobre Juncal, a la vuelta del consultorio donde atiende Juliana. Es un lindo lugar, un café diurno, si se entiende; tiene amplios ventanales, mucha iluminación, camareras ágiles, un café aceptable, y, lo más importante, excelentes tostados de jamón y queso de pan negro.
No voy a ir a terapia. De hacerlo, debería hablar de mi otro yo, ese hijo de puta que anda por ahí diciendo que es Martín. O de mis eventuales deseos de cagar a trompadas a Juliana, punto que quedó pendiente pero sospecho que no por mucho tiempo; tarde o temprano Juliana se las va a arreglar para que el tema salga a la luz. Al final, siempre se habla de lo quiere el psicólogo, cuanto mejores son, más sutiles son sus mecanismos. Con Juliana me pasa eso, le estoy contando la angustia que me genera esperar al ascensor, y terminamos hablando de una supuesta tendencia mía a escaparme de las situaciones que me incomodan.
Pido la cuenta. Mientras espero, bebo del pequeño vaso con agua que vino junto con el café. Dejo unos billetes sobre la mesa, me coloco mi abrigo, y buscó la vereda con paso rápido. Son las siete menos cinco.
Al llegar a la esquina me detengo en el quiosco y compro un Shot. Miro hacia Las Heras, a esa altura Coronel Díaz cae en picada hacia Libertador. Muerdo un bloquecito del chocolate, lo mastico con fuerza, y trago esa baba triturada de chocolate. Es rico el Shot, aunque perdió mucho con el cambio de envoltorio. Camino media cuadra, me detengo, y miro el reloj: resta un minuto para las siete.
A veces siento que ese café funciona en mí como una preterapia. Voy a dar pelea. Me acerco al portero eléctrico y oprimo el botón que corresponde al veintidos (el loco). Escucho un buzzz, y un hola
- Soy Martín -digo.
Empujo la puerta, subo al ascensor. En ese camino eterno hacia los cielos aprovecho y tomo aire. Siento que estoy a punto de subir a un ring.
Que sea pato o gallareta.