La presentación de The Bad Plus del viernes no hizo más que agigantar mi necesidad de escuchar jazz; no costó mucho convencer a Joaquín y a Esperanza para ir a Thelonious el sábado por la noche. Teníamos reservados lugares en el extremo de la barra; nos acomodamos y le pedimos al barman algunos tragos. Para mi sorpresa había poca gente en el lugar, y el clima era muy relajado. Mientras esperábamos la aparición de la banda, Esperanza nos relató su accidentado encuentro con una pelirroja en la Richmond; pero el muy pillo cambió la fecha del hecho para no quedar en evidencia y delatar su faltazo al evento de Gatica. Como era sábado a la noche y yo estaba de buen humor, no quise terminar con esa farsa, y decidí enterrar el asunto para siempre.

No habíamos hecho el segundo brindis cuando se nos unió Jude Law. Entró al lugar con paso rápido y con cara de mal llevado. Pidió un gin tonic, y lo tomó parado y en un solo movimiento; luego dejó el vaso sobre la barra, se pasó el dorso de la mano por sus labios, le señaló el vaso vacío al barman, y luego dijo:

-Ya está, me siento mejor – y su cara sonrió. Así de raro es Jude Law.

La banda comenzó a tocar casi sin que nos diéramos cuenta; el correr de los vasos y la charla nos resultaban más interesantes. Jude nos invitó a una fiesta que organizaban unas conocidas, y todos nos entusiasmamos con la idea: las fiestas de Jude son infalibles. Joaquín pidó más detalles, mientras yo iba al baño y salía a comprar cigarrillos. En el camino decidí avisarle de la fiesta a Gatica; encontré un teléfono público en la calle, busqué algunas monedas en mi bolsillo y mientras marcaba el número, vi pasar a mi lado a la pelirroja que estaba con Esperanza en la Richmond; iba acompañada por un señor mayor que la abrazaba sonriente. Me interrumpió una voz en el teléfono, que no era la Gatica, pero que sonaba familiar

-Hola-repitió, esperé un segundo, y pude reconocer la voz dormida de Manrein. Corté la comunicación; vaya a saber que extraña confusión me llevó a discar su número y no el de Gatica. Hacía tiempo que no nos veíamos, y creí recordar que teníamos un almuerzo pendiente; Manrein es, al igual que el Zurdo, una de esas personas de las que se aprende mucho; a diferencia del Zurdo, Manrein es respetuoso de la ley.

Regresé a Thelonious sin llamar a Gatica. Subí por las escaleras y me encontré con el grupo que discutía si debíamos o no ir a la fiesta en un único auto.

Decidimos ir en mi auto. Mala elección, horas después, lo lamentaría mucho.

Recuerdo la última sesión con Juan. Luego de una pausa, me mira, y finalmente me pregunta:
- Pero entonces,  Martín, ¿vos que esperás de tu analista?
He practicado los alrededores de este tema muchas veces (aplausos para Juan Martini), acercándome y alejándome de la respuesta en una elipse infinita. Creo que he esperado distintas cosas a lo largo  de estos años: que pudiera hacerme conciliar el sueño, o dejar de buscarme problemas, que lograra hacerme olvidar a una mujer; nimiedades, equivocaciones. Nunca antes había sentido la urgencia de reencontrarme con mi deseo, con la vibración que me lleve a la frecuencia de resonancia de mi ser,  que me devuelva la paz.
Pienso en esto, y sé que no es una respuesta, pero que la sugiere.
-Necesito alguien que me ayude a pensar- digo finalmente. 
Y aún sin estar plenamente satisfecho con esta afirmación, entiendo que es  lo más cercano que tengo  a la verdad.
Juan asiente, y parece dispuesto a asumir ese rol;  me siento aliviado. 
Joaquín, dice que de dos el barco se mueve, pero es más difícil que se hunda. No me parece un mal consejo.
The Bad Plus tocaba a las nueve y media en Niceto. 
Gatica caminaba ansioso por el balcón, devorándose un cigarrillo, mientras repetía una y otra vez
- Vamos a llegar tarde.
Yo estaba sentado en el sillón de su living, tomando un Daniel's y fumando un cigarrito, sabiendo que íbamos a llegar cuando el concierto ya hubiera comenzado; me había adaptado a esa idea con la misma  resignación con la que hacía tiempo había aceptado  la inexistencia de Dios. Joaquín había conseguido las entradas, y luego llamado para decirnos que pasaría a buscarnos a las nueve; todos los que lo conocemos a Joaquín sabemos perfectamente que siempre llega tarde, es casi una cuestión de principios para él.
A las nueve y media Joaquín aparecía a toda velocidad en su bala plateada. Nos recibió con una sonrisa y una humareda, y no demoramos más de algunas cuadras en estar completamente inmersos y tomados por el programa. The Bad Plus tocaba esa noche en Buenos Aires.
Nos ubicamos cerca de la barra lateral, asi ganamos en comodidad y visual, resignando algo de calidad de sonido. Fue una decisión acertada, somos bon vivants, no fanáticos. Gatica fiel a su estilo,  pidió directamente una botella de Daniel'; nos acodamos en la barra, servimos nuestros vasos, y nos dispusimos disfrutar. 
En el escenario tres tipos tejían música. Yo volví a sentir envidia de esta raza jazzera, que se fue transformado luego en alegría y ganas de bailar. Cada tanto comentábamos algo entre nosotros, quizás solo para registrar aún más el momento. 
Mi corazón se detuvo cuando versionaron Changes, de Bowie. My God.
La intensidad del concierto fue disminuyendo lentamente, y luego del bis salimos rápidamente del lugar. Subimos a la bala plateada, y en silencio, emprendimos un paseo urbano que nos llevó por distintos barrios. Yo decidí bajarme en Congreso y caminar un poco.
Viernes a la noche, The Bad Plus había tocado en Buenos Aires. Pensando en eso tomé Avenida de Mayo y decidí alargar mi paseo algunas horas más. Quería disfrutar un rato más del brillo de esa noche. 
Bajo del taxi intentando convencerme de que no estoy llegando tarde, camino rápido los metros que me separan de la entrada del cine, cruzo las puertas de vidrio, y al llegar a la boletería me informan que la función ha comenzado hace algunos minutos. Me quedo parado con la cabeza gacha y las manos apoyadas contra el borde del pequeño mostrador, asimilando el golpe, digiriendo la bronca. Me pregunto cómo alguien que estuvo todo el día pelotudeando puede llegar tarde al único evento importante que había previsto realizar desde temprano.
Una señora pregunta por sobre mi hombro por los horarios de la próxima función al joven boletero, que va y viene con su cabeza intentando mirar a la persona que le está hablando en ese momento. Me hago a un lado, doy unos pasos, y me apoyo sobre la pared que contiene a la escalera que conduce a la sala.
Desde la pared opuesta, con un sobretodo cruzado negro, ajustadisimo en su cintura, y el pelo cayendo sobre sus hombros, Eugenia me mira. Necesité unos segundos para recomponerme, pero no dudo en cruzar lentamente el hall y acercarme hasta donde está ella.   
Nos saludamos con un beso.
-¿Cómo estás, Martín? -pregunta, y no como un saludo.
- Bien -le digo mirándola a los ojos. Otra vez no estaba pensando en lo que decía; algunos creen que eso es mentir, se equivocan, es tener la atención puesta en otra cosa; yo estaba viendo lo hermosa que es esta mujer.
Ella asiente y se queda callada.
- Llegué tarde...- explico, mientras señalo la boletería. Ella sonríe, pero no dice nada. 
A mal paso darle prisa dice siempre el Zurdo:
-¿Estás esperando a alguien? -le pregunto finalmente. Creo que moderó la sorpresa por la pregunta, y en ese intento no tiene tiempo para inventar una excusa
-No -dice finalmente, y luego entre risas agrega- yo también llegué tarde...
Nos reímos un poco, mientras yo procuro no equivocarme en mi próximo movimiento. Entonces doy un paso hacia atrás, miro hacia a la calle, luego vuelvo mis ojos hacia ella, y le digo:
- ¿Caminamos unas cuadras? -veo en sus labios una señal de duda - dale..- agrego, mientras noto con emoción como ella se separa de la pared y se acerca hacia mí.
Salimos del cine en silencio, paramos en un quiosco, y yo compro un Shot y una cajita de fósforos, ella no quiere nada. Caminamos por Cerrito conversando sobre lo que sabíamos de la película que no hemos visto. Pasamos por el Colón, doblamos hacia Libertad, y recorremos muy lentamente esas cuadras tan lindas de Buenos Aires.
Le cuento sobre mi terapia con Juan; ella se alegra, y yo me siento aliviado. También creo que quizás ayudará a que olvide que fue -brevemente- mi analista. Rompo el envoltorio patético del Shot, y le ofrezco chocolate. Pienso que lo va rechazar, pero no, no lo hace, toma mi mano, la acerca a su boca y muerde, apenas, la esquina de un bloquecito.  Me quedo petrificado.  De repente me siento helado y débil, me pregunto que carajos estoy  haciendo; y me doy cuenta de que en este momento, no necesito saberlo. Ya lo hablaré con Juan más adelante. 
 
La reunión era a la noche en lo de Gatica, así me lo había confirmado el Negro cuando me llamó a la mañana. A mi me tocaba hablar con Joaquín y con Esperanza. Joaquín estaba jugando al golf cuando me atendió, y luego de contarle el plan  solo preguntó que tenía que llevar. Con Esperanza fue más difícil.
Lo llamé dos veces sin poder encontrarlo. La tercera vez que intenté comunicarme con él, debí romper mi costumbre y dejar un mensaje en el contestador. Luego  me olvidé del tema por unas horas; almorcé en San Telmo, recorrí  Plaza de Mayo y luego caminé hasta mi departamento.
Mi gato me esperaba hambriento y algo histérico. Mientras me dirigía hacia la cocina vi la luz roja de mi contestador titilando, y recordé a Juliana. Me angustié. Llené de comida el plato del gato, coloqué agua fresca en su bowl, y regresé al living.
Me senté en una silla cercana al contestador, oprimí el botón, y la voz de Esperanza asomó por el parlante de la máquina para excusarse del plan de la noche: debía estudiar mucho para su tesis, decía. Borré el mensaje del contestador, y fui hacia el baño a ducharme.
Dormí algunas horas, y  me desperté ansioso, necesitaba salir. Me vestí enseguida y decidí dar un paseo por la ciudad antes de ir para lo de Gatica.  Tomé Talcahuano rumbo a Córdoba, tracé al azar algunos zigzags, y me metí en un barcito que vi en una esquina. Pedí una ginebra, sospecho que solo para llamar un poco la atención, y porque no quería demorarme más de algunos minutos allí. Bebí de un trago el veneno, pasé por el baño, y salí con paso rápido rumbo a Plaza San Martín. Faltaba poca más de una hora para el encuentro en lo de Gatica. 
En el camino algo hizo que mi trayectoria se desviara, y al pasar por la Richmond me invadieron los recuerdos, y decidí visitar ese subsuelo en el que desperdicié tantas horas, y me dieron ganas de tirar algunas carambolas. Pedí un whiskey, ubiqué las bolas sobre el paño, y me desintegré en paz, inmerso en ese maravilloso mundo perfectamente previsible y geométrico.
No había pasado más de media hora cuando, ante mi asombro,  veo bajar por la escalera a Esperanza, acompañado de una pelirroja de curvas pronunciadas. Yo me puse de perfil, de modo que no me vieron al pasar, y se acomodaron en una mesa del fondo, contra la pared. Yo dejé la mesa de billar, y me ubiqué en una mesa cercana a una columna, desde donde podía verlos sin ser observado.
Hablaban en voz baja, se sonreían, el deseo los desbordaba. La cara de ella me resultó familiar, pero no pude identificarla.
Fui hacia al baño, levanté el tubo  del teléfono público, dejé caer algunas monedas, disqué el número y esperé. Así era nomas: no iba a poder ir a lo de Gatica, tenía que estudiar toda la noche. Nos despedimos. Corté la comunicación, hice un par más de llamados, y volví a mi mesa a esperar lo que venía.
A la media hora la vi aparecer a la rubia platino bajando por la escalera. Pasó por al lado mio y me guiñó disimuladamente un ojo, para seguir derecho hacia la mesa donde Esperanza conversaba con la colorada. La rubia se plantó delante de la mesa, y saludó llena de sorpresa y alegría dejando una terrible marca de rouge en la mejilla de Esperanza, luego se metió en el baño, demoró unos minutos, y al regresar solo deslizó una sonrisa al pasar por al lado de su mesa. La cara de la colorada era para alquilar balcones, lo miraba a Esperanza que le explicaba vaya a saber uno que cosa.
No pasaron más de diez minutos antes de que cayera Sol y repitiera la escena. Lo de Sol, como era de esperar, fue todavía más escandaloso, y vergonzoso. Esperanza terminó con sus dos mejillas marcadas, y la pelirroja reclinada hacia atrás, con los brazos cruzados mirándolo con bronca. 
Era hora de irme. Disimuladamente subí las escaleras, y fui hasta la barra del piso superior, y le dije  al barman que la pareja amiga que estaba abajo, quería ordenar una botella de Don Perignon.
Salí a Florida satisfecho, y emprendí el camino a lo de Gatica, que ya debía estar esperándonos. 

Lunes dos aeme,  mis ojos se abren y, súbitamente, estoy despierto y pensando. Conozco muy bien lo que sigue: daré algunas vueltas en la cama, escucharé al camión recolector en  la avenida, compactando bolsas negras que contienen residuos de comida, pañales usados y gatos tiesos; una alarma sonará cerca de las 3, cuando mi vecina regrese otra vez  ebria y deje, otra vez, mal cerrada la puerta del ascensor;  luego veré como la claridad comienza a filtrarse lentamente a través de la persiana de mi cuarto. Restando dos o tres horas para que deba levantarme, me quedaré dormido sin darme cuenta.

Hay noches en las que opto por vestirme y salir a caminar. Recorro algunas cuadras  fumando un cigarrillo, y procurando mantenerme alejado de problemas; no siempre lo consigo.

Cuando esto comenzó,  solía levantarme de la cama, ir al living y poner algo de música, prepararme un trago y sentarme a leer; pero al poco tiempo tuve que abandonar esa opción: generalmente terminaba acostándome a media mañana completamente ebrio.

Así es, soy insomne.

Perdí  la capacidad de dormir de corrido hace años, y he aprendido a vivir así; por eso aclaro que yo no sufro de insomnio, yo soy insomne.

-…Pero sufrís por otras cosas, Martín… -agregó Juan cuando lo notifiqué de mi condición. Lo miré callado, respiré suavemente, y luego le contesté

-  Juan, espero algo más de vos y de nuestras sesiones que este tipo de interpretaciones.

El se reacomodó en su sillón, y bajo su vista para revisar las notas de su cuaderno; luego, dejando pasar definitivamente de largo mi respuesta, dijo:

- Te despertás pensando, Martín. ¿Pero pensando en qué? ¿Cambian esos pensamientos con las noches, Martín?

Estoy a punto de contestar que sí, que cambian muy seguido, pero sé que no siempre es así, que he pasado épocas enteras despertándome con una misma pregunta quemándome en el cerebro;  que he cambiado de preguntas, y a veces he vuelto a plantearme temas que creía superados. No, no es tan fácil esta respuesta. Tomo una pausa, y finalmente digo:

- Me despierto pensando en las cuestiones     que no entiendo, Juan. No podré descansar mientras haya cosas que no entienda.

Juan asiente en silencio y anota algo en su cuaderno. Yo medito sobre lo que termino de decir, que me sabe a maldición gitana.  

Me pregunto si llegado el momento, no me convertiré en un fantasma.

El Zurdo se adelantó dos o tres pasos por sobre el resto de nosotros, con la cabeza en alto y la mirada sosegada. Detrás suyo no faltaba nadie; viejos amigos de lejos se habían acercado para sumarse a la columna.
A media noche, bajábamos por el medio de Callao como una manada de lobos, a paso rápido, con ritmo creciente, como conteniendo un galope temible y final. En ese andar nos mirábamos nerviosos, impacientes, llenos de ansiedad. Nuestros puños estaban cerrados, el pecho erguido, el peso de nuestros cuerpos inclinado hacia adelante, presintiendo la carrera. Los dientes apretados, los corazones redoblando el paso.
Callo comenzaba a caer en picada hacia el Bajo, y el Zurdo aceleró el paso. Primero fue un trote sonoro: tac, tac, tac; luego alargó su tranco y aceleró el ritmo. Yo sentí que mis sienes latían con fuerza, y que estaba listo para todo. 
Cuando el Zurdo comenzó su embestida final, todos emprendimos una carrera feroz detrás suyo. Aullábamos como locos, completamente poseídos. Nada podría detenernos ya, eramos una tromba que se llevaría puesto todo lo que hallara en su camino. 
Mientras subía las escaleras del subte, en dirección al consultorio de Juan,  me sentí satisfecho con la decisión que había tomado días atrás. Escapé del gentío que poblaba Santa Fe doblando por Thames, y caminé algunas cuadras buscando un nuevo lugar donde preparar mi sesión.
Como salido de un sueño, o de una calle del Soho, me encontré con un club de fumadores de habanos que me resultó irresistible. Con amplios sillones, una luz tenue y, por supuesto, exquisitos cigarros para probar -sí, Esperanza, exquisitos-, no pude más que admitir que era el lugar perfecto para esos momentos previos a la terapia que me resultan tan especiales.
Como disponía de bastante tiempo decidí probar un robusto cubano que me recomendó la muchacha que atendía el lugar. El cigarro me pareció muy fuerte; la muchacha también. Le pregunté si ella fumaba habanos
- Sí, claro- contestó con una sonrisa cortés. 
Me di cuenta de que lo nuestro era imposible: soy incapaz de enamorarme de una mujer fumadora; puedo sobrellevar o ignorar otros vicios, acaso igual de dañinos, no se trata de eso, el punto es que el humo es cosa de hombres.
Mientras saboreaba el puro, y disfrutaba echando el humo hacia el techo, ordené mis ideas y mi discurso. Cuando me despedí de la muchacha me sentía listo para mi encuentro con Juan.
- Hasta el próximo viernes -le dije mientras empujaba la puerta de calle y salía a la noche.
Me estaba resultando una sesión incómoda. Las pocas acotaciones de Juan me habían descolocado, obligándome  a esforzarme mucho para ampliar el espectro y cambiar mi registro. Estaba empantanado con este asunto de mi alter ego.  Luego de una corta pausa, repasé los últimos eventos de este saboteador y finalmente dije:
-Lo que daría por agarrarlo a este hijo de puta!
Juan me miró callado, y luego preguntó
- ¿Y qué harías si lo encontraras, Martín?, digo, ¿no sería mejor que simplemente dejara de complicarte la vida? ¿o necesitas conocerlo? agarrarlo, como vos decís...
Lo pensé unos segundos, y supe lo que quería
- No, quiero agarrarlo -dije- quiero tenerlo enfrente mío y que me explique por qué carajos me está jodiendo la vida, que me diga por qué carajos hace lo que hace -dije, y callé con bronca.
Hubo una pausa, quizás Juan esperaba que yo dijera algo más; no fue así, y entonces me preguntó:
- ¿Y que pasaría si no sabe por qué hace lo que hace? - aventuró Juan -¿dónde te dejaría eso, Martín? - esa posibilidad se me hizo ridícula, casi insultante. Lo miré a Juan con enojo, y dije:
- Pero por favor, Juan,  no me jodas ¿ que clase de pelotudo no sabe por qué hace lo que hace?
La cara de Juan parecía de piedra, pero yo imaginé que él estaba haciendo un esfuerzo enorme por no esbozar una sonrisa. Mis ojos se clavaron en su cara, buscando un gesto, un mínimo gesto del cual pudiera agarrarme para soltar toda mi ira. Fue inútil. Juan dirigió su mirada hacia su cuaderno, apoyó la lapicera sobre la mesa, y luego dijo
- Vamos a dejar acá, Martín.
Algunos minutos atrás había espiado su reloj y sabía que apenas llevábamos media hora.
- No- contesté con firmeza- no vamos a dejar acá. Sigamos -dije, y lo miré fijamente con los ojos encendidos.
Juan se reclinó hacia atrás sobre el respaldo de su sillón, y sostuvo, impasible, mi mirada. E inmediatamente dijo con una voz suave y firme:
- Martín, yo decido cuando una sesión termina; y esta sesión terminó.
Me quedé sentado unos minutos en silencio. Luego me puse de pie y caminé hacia la puerta.
Al salir lo escuché decir:
- Te espero el viernes que viene.   
 
A media mañana, Joaquín pasa a buscarme por mi departamento, y cuando bajo y abro la puerta de calle me encuentro con que ha cambiado -nuevamente- su auto: me espera sonriente en un Mitsubishi impecable  con forma de bala plateada.  Lo felicito, me ajusto el cinturón de seguridad ya dispuesto a comenzar el viaje, y noto que me mira con algo de reproche.
- Andá a cambiarte - me dice. Yo reviso mi ropa, y lo miro después a él, que me observa seriamente. 
- ¿Qué tengo? -le pregunto, sin entender.
- Hoy comienza la Primavera, pelotudo, o no te enteraste,  ¿y vos te venís todo vestido de negro? Dale, anda a cambiarte.
Hay un silencio breve, Joaquín mira hacia adelante como esperando que baje a cambiarme, espero unos segundos, y bajo a cambiarme de ropa.
Entro a mi departamento pensando en el vestuario, y mientras repaso mi placard comienzo a reírme: el planteo me parece absurdo, pero extrañamente sano. Las personas que registran ese tipo de cuestiones siempre me enriquecen, son una influencia positiva, y en esas ocasiones, mi risa es de alegría, de una alegría absolutamente infantil, causada por el descubrimiento de algo que mejora el presente.
Cuando regreso, abro la puerta del auto y veo como la cabeza de Joaquín se asoma, recorre mi vestimenta y dice:
- Así está mucho mejor. Dale, vamos - y unos minutos después estamos volando por Libertador rumbo a la quinta del Zurdo.
Cuando llegamos, nos recibe Susana, la mujer del Zurdo, que me abraza y me dice:
- Nene, querido, ¿cómo estas?
- No le digas Nene -acota el Zurdo inútilmente. Susana me dice Nene, y a mi me gusta que me  llame así, aunque nunca vaya a admitirlo.
Cerca de la parrilla, el Negro Avellanada discute con Gatica sobre el punto de cocción de las achuras, mientras Moliné y Esperanza disfrutan de un vino sentados al sol. Hay una larga mesa ubicada en el centro del jardín, sillas, un equipo de música sonando, y una mezcla de humo y olor a carne asada que es una maravilla.
El Zurdo se acerca con un vaso de vino, brindamos, y pasa su brazo por detrás de mi espalda y lo apoya sobre mi hombro. Nos quedamos callados mirando como Gatica y el Negro continúan discutiendo.
-Parecen novios -acota Joaquín, atento a la situación. Nos reímos, y brindamos los tres.
Susana se acerca con la foto de la hija de una amiga, y me pregunta que me parece. Yo sonrio y niego con la cabeza, y con preocupación exagerada, me dice
- Pero Nene, te vas a quedar soltero así...
- Puede que sí - respondo -pero puede que no - agrego. Me mira, y  acaricia mi mejilla con un gesto maternal, y luego regresa a la casa.
Las risas de Esperanza sobrevuelan el jardín, ya está ebrio y habla a los gritos. Se lo ve contento. Moliné lo mira divertido y nos hace señas disimuladamente. El Negro se le acerca a Esperanza y le sirve más vino, y todos sonreímos mirando hacia abajo.
Nos sentamos a la mesa, mientras Gatica saca las achuras de la parrilla y las coloca prolijamente sobre una tabla de madera. Que buen asador es este hijo de puta. 
Susana acerca otra botella de vino, servimos los vasos, brindamos, y  con entusiasmo todos atacan sus platos. Yo me quedo unos segundos disfrutando de  la escena y del momento, y me encuentro emocionado. Disimulo,  clavo mi vista en la molleja y comienzo a comer.
Y yo iba a venir vestido de negro!, pienso. Me río de mi mismo, me averguenzo un poco también, y niego con la cabeza,  azorado de lo desconectado que puede estar uno a veces. 
Cuando levanto la vista, Joaquín me está mirando, levanta su vaso y me guiña un ojo. Alzo el mío, y brindamos en silencio por este presente, y por lo que viene.
  
Mi primer encuentro con el Zurdo, y con la mesa chica de Viena, fue jugando al truco. Cortázar me lo había presentado algunos días atrás, pero después de eso no habíamos intercambiado ni una palabra, a pesar de habernos cruzado un par de veces en Viena.
Esa noche yo llegué al bar de mal humor. Estaba acodado en la barra bebiendo whiskey cuando el Zurdo se me acercó, y señalando con la cabeza la mesa del fondo, me dijo:
- Nos hace falta uno para el truco. ¿Te animás? -yo miré hacia la mesa, vi a dos hombres sentados sobre laterales contiguos, y a Cortázar de pie, a unos pocos pasos de la mesa, como siempre. Entendí que iba a jugar contra el Zurdo. 
Afirmé con la cabeza, terminé mi trago,  y lo seguí al Zurdo hasta la mesa. Cuando llegamos, el Zurdo señalo a los otros dos jugadores y dijo:
- El Negro Avellaneda , Joaquín - luego se sentó frente al Negro, tomó el mazo de cartas, y agregó:
- Nene, jugamos sin flor, trescientos pesos al mejor de tres chicos, ¿sí?
- Martín -contesté
- ¿Qué ? -preguntó el Zurdo 
- Me llamo Martín -dije. Vi como Joaquín sonreía mientas cortaba el mazo; pero el Zurdo no dijo nada y comenzó a repartir las cartas.
Por suerte, Joaquín jugaba muy bien, pasaba las señas sólo cuando era necesario, y parecía saber cuando robar el tanto y cuando quedarse callado. Ganamos el primer partido con amplitud, y noté rápidamente como el humor del Zurdo comenzaba a empeorar. Empezó a decirme Nene en cada mano, y a cantarme el real envido o el truco a mí, ignorándolo a Joaquín.
Su humor no mejoró ni siquiera cuando ganaron el segundo partido. Siguió molestándome cuando comenzó el partido definitivo de un modo que no estaba dispuesto a tolerar. En un momento le contesté mal, y el clima se puso tenso. El Negro me ofreció un cigarrillo, intentando quizás descomprimir la situación. A mi izquierda, Cortázar miraba de pie la partida con cara de piedra.
Todavía en las malas, canté el envido. Hubo un silencio, el Negro indicó con un gesto que no tenía nada, pero el Zurdo ni  lo miró, con los ojos fijos en sus cartas dijo:
- Falta envido, pelotudito.
Lo miré, y sentí como mis dientes mordían mi labio inferior. Joaquín, algo incómodo, echó sus cartas sobre la mesa y se inclinó hacia atrás. Yo me debatía entre levantarme e irme, o bajarle los dientes de una trompada a este tipo.
- ¿Qué pasa Nene? ¿te asustaste? -continuó- te pesan mucho los trescientos pesos ¿no? - y lo miró al Negro sonriéndose.
Me puse de pie, saqué unos billetes del bolsillo del pantalón, los tiré sobre la mesa y dije
- No quiero.
Antes de irme, di vuelta mis cartas sobre la mesa mostrando mis treintaitrés de mano.
- Anda a cagar, Zurdo - le dije, y abandoné la mesa.
Volví a la barra y pedí otro whiskey. Al rato el Zurdo se me acercó mirándome a los ojos. Yo dejé el vaso sobre la barra, me planté bien sobre los pies, y me preparé para lo peor. Cuando llegó dónde estaba yo, alargó su brazo derecho, y ofreciéndome la mano dijo:
- Disculpame, Martín. 
Estaba serio y con un gesto solemne. Sostuvo su brazo en el aire hasta que finalmente estreché su mano. Entonces se acercó a la barra, se sirvió un trago, y mirando en dirección a la mesa dijo:
- Cortazar me había avisado que eras bravo, pero queríamos verte... ¿vos entendés, no? -me dijo.
Asentí. Teminé mi trago y me fui en silencio.
Llegué a mi departamento cansado. Me dí una ducha y luego, mientras ordenaba mi ropa, en el bolsillo derecho del saco, encontré seiscientos pesos. Sonreí, y me fui a dormir contento, sin saber que esa noche había ganado mucho más de lo que me imaginaba.
El cambio de analista me obligó a buscar un nuevo lugar para mi preterapia; luego de recorrer un poco el barrio, opté por pasar los minutos previos a mis encuentros con Eugenia en un bar ubicado sobre Marcelo T. Es un espacio pequeño, con pocas mesas, y una camarera diligente. El café es bueno, no así los tostados de jamón y queso de pan negro. Una pena.
Eugenia abre la puerta del consultorio y me saluda
- Hola Martín.
Paso, y me acomodo en el sillón negro, con las piernas cruzadas y levemente inclinado hacia atrás. Ella ocupa su silla enfrente de mí, y la sesión comienza.
Hablo, y  mi discurso intenta acorralar al impostor, ese otro Martín que procura sabotear  mi vida. ¿Quién es ese otro yo? ¿de dónde viene?, me pregunto.
Hago una pausa en mi relato, trato de acomodar mis ideas como hace un rato lo hice yo en el sillón, respiro, paso la palma de mi mano por sobre mis ojos,  y lo primero que veo cuando mis ojos quedan nuevamente al descubierto,  son los pechos grandes y firmes de Eugenia. 
He perdido completamente el hilo del relato. Bajo mi mirada, recuerdo el comentario de Joaquín, y entiendo que debo elegir. Me pongo de pie mientras Eugenia me mira sorprendida, y le digo 
- Disculpame Eugenia, pero no puedo seguir.
- ¿Pero qué pasó, Martín? venías tan bien...
- Eugenia, voy a ser claro: sos demasiado atractiva para ser mi terapeuta. Y en estos momentos, lo que necesito desesperadamente es resolver mis problemas, alivianar mi carga, poner foco ahí...
Callo. Ella se pone de pie, se acerca y dándome un abrazo me dice:
-  Me alegra que tengas eso claro, Martín. Vas a estar bien.
Mientras me abraza siento su respiración, y el suave roce de sus pechos contra mi cuerpo, y apelo a toda mi voluntad para no besarla y hacer de esto un completo desastre.  Nos despedimos.
Camino unas cuadras por Santa Fe buscando Plaza San Martín, son casi las ocho, y me muevo entre la gente que regresa apurada de trabajar.
Hacer cosas para estar bien, es empezar a estar bien, me dijo Juan en nuestro encuentro pasado. Creo en eso, y sé que voy a estar bien. 
Cortázar es, para muchos, el mozo de Viena. Digo para muchos pero podría decir para casi todo el mundo, menos para nosotros, sus amigos, que sabemos quién es Cortázar.
Es de baja estatura y tez morena, sus hombros y espaldas son anchos. Tiene abundante pelo negro azabache, prolijamente cortado en la nuca y sobre las orejas, y peinado a la gomina con un estilo particular:
-Parece Cortázar -me dijeron que comentó un día el Zurdo; y quedó. El Zurdo es de poner apodos que luego lo acompañan a uno para siempre; otro motivo para no hacerlo enojar.
Cuando atiende a una mesa, se acerca en silencio, se inclina levemente de costado y espera a que le hagan el pedido. Luego regresa con su bandeja cargada, deja las cosas sobre la mesa junto al ticket de la cuenta, y parte nuevamente hacia la barra. Durante ese ir y venir, ni una palabra saldrá de su boca.
A nosotros no nos atiende. Cuando llegué a Viena y formé parte del círculo local, pronto entendí que debía hacer mi pedido directamente en la barra, y llevar luego el café o el whiskey a nuestra mesa. El nunca se sienta, se queda parado muy cerca con el perfil orientado hacia la entrada, como vigilando el salón.
Hay pocas cosas que Cortázar no sepa, y casi ninguna que no pueda averiguar.
Sólo el Zurdo conoce algo sobre su pasado, para el resto de nosotros es una incógnita. Por su nariz achatada, y su juego de golpes, sospechamos que fue boxeador.
Le caí bien por casualidad, y al tiempo él me presentó al Zurdo. Allí mi vida comenzó a cambiar.
Escribo estas líneas estando a punto de tomar un tren con destino incierto. A diferencia de otros viajes emprendidos, en esta ocasión lo fundamental es el trayecto; y desde esa premisa, sé que lo que viene estará bien. Siento que ya es hora de moverse.
Bajo estas condiciones, he decidido que lo mejor es viajar liviano -gracias Billie-, llevo conmigo, entonces, algunas pocas cosas.
Dicen por aquí, que al final del recorrido de este tren se encuentra esta misma estación. Poco importa, de ser así, a mi regreso ya seré otro.
Hay quienes pueden enamorarse por sorpresa, de a poco. No es mi caso: cómo el jugador que presiente que una carta es ganadora, o el yonqui que identifica sin equivoco la calidad de su droga, yo detecto las mujeres fatales a primera vista.
Las reconozco en el acto, sobresaliendo del resto; todo se vuelve blanco y negro, menos su figura, y veo sus movimientos en cámara lenta, en medio de un silencio absoluto. Quedo sumergido en ese estado hipnótico hasta que algún amigo me rescata, o hasta que aparece un hombre y la toma del brazo.
Así fue la última vez que me enamoré; la vi en medio de un grupo de conocidos y desconocidos, y yo no podía dejar de preguntarme quién era esa mujer, y cómo su belleza no perturbaba a nadie más a mi alrededor.
Pese a las bromas del Zurdo, estos ataques que sufro son sumamente infrecuentes. El amor es una droga dura -la uruguaya tiene razón-mejor andar con cuidado.
En Obelisco, el genial cuento de Juan Martini, uno de los personajes recuerda historias de personajes que habitaban la noche de Buenos Aires, recorriendo bares y calles que ya no existen, que desaparecieron cuando se construyó el Obelisco.
El personaje comparte sus memorias de esos tiempos, y siempre cierra sus relatos diciendo algo así como: "Pero claro, eso fue en la época en la que el Obelisco no existía". Esta frase instala la nostalgia con un efecto doble: por una lado nos cuenta una Buenos Aires que ya no existe, pero además, nos impide imaginarla, ya que es imposible visualizar esa zona sin tener presente al Obelisco.
Pienso que quizás en veinte años, pasaré por Viena y recordaré las noches en compañía del Zurdo, Joaquín, Moliné, el Negro, Gatica, Mecha Corta, Esperanza, Cortázar, y sentiré una nostalgia similar a la del personaje del cuento de Martini.
Sospecho que todos tenemos Obeliscos personales erigiéndose lentamente sobre los terrenos que marcaron nuestros mejores años.
Caminamos una cuadras por Viamonte, y a cada paso siento que mi entusiasmo disminuye. Ella acompaña mi andar pegada a mi pecho, casi acurrucada. Cuando llegamos a Suipacha, me señala un edificio.
-Es ahí -me dice, y cruzamos la calle. Ella busca en su cartera las llaves y luego abre la puerta; se da media vuelta, me mira, y como sabiendo lo que sigue, me pregunta:
- No vas a subir, ¿no?
- No - le digo. Ella asiente, y se queda callada mirando el piso por unos segundos. Finalmente sus ojos vuelven a buscarme, se acerca, me besa, entra al hall del edificio, y cierra la puerta. En el camino hacia al ascensor no se vuelve para mirarme.
El amor no es sólo impulso, pienso.
Camino por Viamonte buscando llegar a Callao. Pienso en el Angel Negro, y siento que al final el Zurdo tiene razón cuando bromea que soy un hombre chapado a la antigua; en mí solo hay lugar para un único amor.
Quién sabe, después de todo, quizás sea mejor así.
Viernes a la noche en Viena, nuestro refugio favorito. Estoy parado frente a la máquina de cigarrillos intentando decidirme entre Lucky y Camel; la elección no es sencilla, el camello siempre me puede, pero hoy me siento más Lucky (es un doble juego de palabras, así que el que entienda que se ria, y el que no... bueno, el que no siga de largo, viejo. No puedo andar explicando todo). Luego de algunos minutos me decido: introduzco algunas monedas, tiro de una perilla de acrílico bordeaux, y escucho el golpe seco del paquete al caer. Los hombres no se inclinan, se agachan, entonces me agacho para coger el paquete, y cuando estoy por agarrarlo, veo como dos manos de mujer se apoyan contra la máquina, y una voz suave le dice a mi oído:
- Te llevó un ratito decidirte ¿Siempre te cuesta tanto saber lo que querés, Martín? -mientras escucho, cierro los ojos, y no pasa un segundo antes de que me de cuenta de quién se trata. Pero hoy me siento distinto; hace días que me siento distinto, estoy para dar pelea. Entonces, sin incorporarme giro sobre mis talones, apoyo mi espalda contra la máquina de cigarrillos, y me encuentro frente a dos largas piernas de mujer con la cara a la altura del sexo. Todavía agachado, mirando a la entrepierna pregunto:
- ¿Nos conocemos? - veo como lentamente su mano izquierda se aproxima a mi cara para empujar mi mentón hacia el techo, hasta que nuestras miradas se encuentran. Con su larga cabellera negra cayéndole sobre los pechos, y un brillo peligroso en los ojos, el Angel Negro me sonríe.
Me pongo de pie, y vuelvo a recostarme contra la máquina
- No, no nos conocemos porque huiste como un cobarde luego de nuestro encuentro en el cumpleaños de Mariana. Cuando salí de baño ya te habías ido. Tu amigo Joaquín me dijo que te habías ido a otra fiesta, pero no le creí, creo que sólo quería hacerte quedar bien...
Me río para adentro. Pequeño demonio, ¡de cuántas formas distintas se puede cuidar a un amigo!
- Sí -digo- tenía otra fiesta.
Hay un pequeño silencio, yo abro el paquete de cigarillos, y estoy a puntar de encender un cigarrillo cuando ella me toma la muñeca y me dice:
- Pero que haces nene! no se puede fumar acá adentro, está prohibido!- miro su mano sobre mi muñeca, me incorporó lentamente, ella me mira, rodeo su cintura con mi brazo derecho, doy un rápido giro, apoyo su cuerpo contra la máquina, y la beso.
Es un beso largo, lleno de ganas.
Luego me separo bruscamente, y ella queda recostada sobre la máquina, mirándome. Extiendo mi brazo, ofreciendo la mano. Ella se incorpora, se acerca hacia mi, y pasando sus brazos por encima de mis hombros me besa.
Nos interrumpen algunos gritos y silbidos: se cortó la luz en Viena. En la oscuridad, tomo su mano y busco resuelto la salida. En el camino siento al corazón latiendo enloquecido; y es en este instante en que me doy cuenta de que está muerto de miedo.
Cruzando Callao, me encuentro con Mecha Corta. El camina hacia Pueyrredón, yo voy al San Martín. Como hace tiempo que no nos vemos, luego de saludarnos decido acompañarlo un par de cuadras para conversar un poco. Cortázar me había comentado días atrás que estaba más cruzado que nunca; su cara lo confirma.
Al llegar a la vereda lo primero que me dice es que está podrido del país. Yo asiento en silencio. Durante las próximas dos cuadras, no suelta palabra. Paramos en un quiosco, él señala un paquete de cigarrillos, entrega un billete, recibe el vuelto, y retoma su marcha. Yo compro un Shot, y comienzo a caminar detrás de él rápidamente, intentando alcanzarlo, mientras me pregunto si es realmente una buena idea.
De pronto un mimo se interpone entre nosotros; lleva pantalones negros, remera blanca de mangas largas, con rayas negras horizontales; tiradores rojos, y un sombrero Chaplín.
Camina algo encorvado, imitándo el andar y la expresión de Mecha Corta, inflando los cachetes y frunciendo el ceño. Dos mujeres que se cruzan con nosotros festejan la ocurrencia; después pasa una parejita que señala divertida al mimo. Yo apuro el paso presintiendo lo peor, pero llego tarde. En la esquina de Junín y Corrientes, Mecha Corta tiene al mimo contra la vidriera de una zapatería. Con sus dedos clavados en el cuello blanco, Mecha Corta habla con los dientes apretados, casi sin abrir la boca:
- Te reís de mi, eh? en medio de Corrientes, vos decidís hacerme burla a mi, jodiéndome a mis espaldas? ¿Y te parece que es gracioso, eh? Decime, te parece gracioso?
El mimo niega con la cabeza. Veo la tensión en las manos de Mecha Corta, y me pego a ellos. Cuatro o cinco curiosos ya comienzan a rodearnos.
- Decime, ¿te parece gracioso, pelotudo? Andas pintadito de blanco, hinchádole las bolas a la gente... decime ¿ te crees gracioso vos?
El mimo vuelve a negar con la cabeza.
- Hablá, carajo! -grita ahora enloquecido. Los ojos de Mecha Corta está inyectados en sangre, su mano izquierda ahora apreta las partes del mimo, mientras la derecha sigue sujetando el cuello; uno de los curiosos amaga con acercarse, pero se detiene cuando Mecha Corta le clava la mirada.
Entonces me arrimo al mimo, y le digo:
- Te doy un consejo, hablá. Si no, te va a arrancar las bolas de un tirón, creeme.
El mimo me mira, y rápidamente vuelve su cara hacia el frente y dice con voz quebrada:
- Perdoname. No, no es gracioso - y comienza a llorar.
El mimo, ya libre, apoyado contra la vidriera de la zapatería, llora de verdad. El maquillaje se corre sobre su cara. Un silencio insoportable invade el lugar. Lo agarro a Mecha Corta del brazo y lo arrastro un par de metros. El camina como en trance.
- Qué hijos de puta - alcanzo a escuchar mientras nos hacemos paso entre la gente. De reojo, miro la cara de Mecha Corta; está ensombrecida.
Caminamos en silencio hasta Larrea; llegando a la esquina, me detengo para despedirlo. Lo abrazo, y le digo cuidate, pero el sigue con los brazos pegados al cuerpo, mirando al infinito.
- Qué país de mierda - piensa en voz alta. Yo asiento en silencio, y luego me alejo resignado.
Hoy desperté y me sentí un hombre distinto. Supongo que mañana en terapia se lo mencionaré a Juan, no lo sé; tal vez lo reserve para mi encuentro con Eugenia. Como sea, me pregunto cuánto tiempo lleva dejar cosas atrás, ¿ qué se requiere para que un cambio acontezca? Descubrí hace años que soy una persona binaria: mi daltonismo me impide ver los matices de los colores, mi oídos no captan las ondas medias de los sonidos, y el paso de la inacción a la acción funciona en mí como un interruptor de luz. Juliana sostenía que en mí los cambios suceden, no se gestan. Esa idea le interesaba más a ella que a mi; yo siempre supe que lo que luce como un K.O. ante otros, es sólo el último round de una larga pelea interna que se definió por puntos hace mucho tiempo. Sí, soy un hombre que, desafiando las leyes de la gravedad y del tiempo, cae con delay. Me levanto de la cama y miro por la ventana; el Sol crece en el horizonte. Lleno de esperanzas, viene a mi cabeza el brindis del Romántico:
Un suspiro para los que me quieren,
una sonrisa para los que me odian,
y sea cual fuere el cielo
que se encuentre sobre mi cabeza,
he aquí un corazón dispuesto a todo.
Me siento como un bígamo. Desde que Juliana me dejó, o luego de que yo forzara a Juliana a dejarme, tengo dos analistas.
Todo comenzó mientas buscaba el reemplazo de Juliana; así llegué a Juan, un analista que alguna vez le habían recomendado a Joaquín. La primer entrevista con él fue buena, y pensé que contar con un terapeuta varón en este momento, podía ser algo conveniente. Presintiendo la carga que yo sentía por estar comenzando nuevamente terapia, casi cerrando la charla me dijo:
- Martín, uno retoma desde donde dejó.
Lo pensé un momento, y acordé con él. Eso solo sirvió para que saliera aliviado de su consultorio.
Pero cuando el Negro Avellaneda me insistió para que tuviera una primera charla con Eugenia, fue tal su entusiasmo que no pude más que aceptar. Llevaba recién tres sesiones con Juan, y no sentí a esta nueva consulta como una traición. También es cierto que no la mencioné en las sesiones siguientes.
No recuerdo lo que dije durante los primeros diez minutos de la entrevista con Eugenia; desde que ella abrió la puerta de su consultorio, quedé absorto con sus enormes y firmes pechos, sus labios carnosos, su pelo negro, y su voz efeme. Un maquillaje liviano resaltaba sus ojos color miel. Mi atención luego quedó atrapada por una duda ¿ el Negro me había buscado una analista, o alguien de quién enamorarme?
En un momento comencé a escuchar lo que le estaba diciendo, y de a poco tomé control de la situación; incluso pude plantear mis expectativas y necesidades, y escuchar cuál era su propuesta. La claridad y consistencia de su discurso, junto con su mirada firme y limpia, evitaron que mis ojos volvieran a reposarse en sus pechos durante esos minutos. Quedamos en volver a vernos a la semana siguiente.
Los lunes son de Juan, los miércoles de Eugenia. Recién nos estamos conociendo, pero presiento que formaremos un gran equipo.