Me llevó unos días entender que estaba triste.  Como era de esperar, el delay emocional que me acompañaba desde pequeño, no estuvo ausente en esa ocasión. A media mañana, bajé al lobby del hotel a desayunar y me acomodé en la mesa que había ocupado los días previos, que estaba ubicada sobre un ventanal que separaba el salón de un patio interno muy luminoso; y allí esperé a que se acercara Daniela, la camarera del café del hotel.

Luego de unos minutos, Daniela llegó a mi mesa llevando en su bandeja un café con leche humeante, un plato con tostadas, dos o tres platitos con mermeladas de frutas, y otro con manteca. Me saludó con una sonrisa y sirvió lentamente el desayuno. Cuando estaba apoyando el plato con las tostadas sobre el mantel, me dijo:

-¿Querés que te alcancé el diario, Julio? – demoré unos segundos en reaccionar, busqué sus ojos en lo alto, y negando con la cabeza, suavemente dije

- No, gracias, Daniela.

Ya con la bandeja vacía, Daniela cambió de posición, se apartó de mi lado y se paró detrás de la silla que estaba frente a mí. Apoyó la bandeja sobre el respaldo de la silla, y llena de preocupación me preguntó:

-¿Estás bien vos?

Cuando sonreí por instinto para escapar, y escuché que le contestaba

- Sí, Daniela, gracias –me di cuenta que no, que no estaba bien. Me sentía solo. Estaba solo. Eso era lo que había buscado, y lo que había conseguido.

- Estoy bien –le confirmé.

- Bueno –me contestó sin mucha seguridad- cualquier cosa que necesites, me avisas ¿si? –asentí, y luego Daniela se alejó para ubicarse detrás de la barra del salón.

Mientras tomaba el café con leche, y me preparaba una tostada con manteca y mermelada de duraznos, a través del ventanal pude ver a un hermoso gato colorado trepado al aljibe que dominaba el centro del patio. El gato miraba, agazapado, a una paloma gris que estaba parada al pie del ventanal.

Pensé en cómo estaría mi gato, y como se estarían llevando con Esperanza. Me pregunté si volvería a verlo, y esa duda repentina, me generó un escalofrío, un mal presentimiento.

Terminé mi desayuno y tomé las escaleras para ir a mi habitación. Cuando llegué al tercer piso, del picaporte de la cuarta puerta, colgaba una bolsa de plástico transparente con el diario, y una nota que decía:

“Por si te arrepentís – Daniela”

Entré al cuarto, dejé el diario sobre la cama, y fui al hasta el baño  a lavarme la cara. Luego regresé a la habitación, miré los rincones, los costados del escritorio, entonces tomé el diario y lo arrojé en el cesto de papeles.

Salí de la habitación y bajé las escaleras rumbo a la calle. Ya era muy tarde para arrepentimientos.

La charla en Viena fue corta, no había mucho que explicar: yo no estaba dispuesto a  aceptar como algo normal, al conjunto de circunstancias que se había generado en las ultimas semanas, como si se tratara solo de algunos incidentes típicos a los que debería estar acostumbrado y poder sortear sin mayor complicación. No, esa no era mi vida; y si lo era, entonces iba a cambiar.
¿Qué hacía yo caminando por la calle con un bolso y mi gato a cuestas? ¿desde cuándo debía controlar que nadie me estuviera siguiendo? 
Fui cuidadoso con las palabras y con el tono de voz elegidos: como mi decisión afectaba sus planes, estaba allí para que no hubieran dudas de mis motivos, pero no para discutirlos. Creo que el Zurdo entendió de inmediato que no estaba pidiendo consejo, que simplemente les estaba comunicando mi decisión. Me escucharon callados. Una gravedad densa envolvió la mesa chica de Viena durante esos minutos. Cuando terminé de hablar hubo un silencio largo, de esos que acontecen cuando algo inevitable se ha revelado, y luego el Zurdo finalmente preguntó:
- ¿Y qué vas a hacer, Martín?  
La pregunta del Zurdo era la de todos. Fue un momento difícil. Las palabras operan sobre la realidad, y yo sabía que decirlo era, de alguna manera, comenzar a vivirlo. Apoyé entonces las manos sobre la mesa, recorrí las caras de mis amigos, y con voz firme les dije:
- Voy a desaparecer.
Algunos bajaron su mirada hacia la mesa, otros asintieron en silencio. Solo el Zurdo se me quedó mirando con una expresión en su cara que no pude descifrar. 
Me puse de pie y abandoné la mesa. Caminé ensimismado bordeando la barra del salón,  buscando la salida, aire fresco. Cuando llegué a la vereda respiré profundamente; sentí que iba a llorar. Di media vuelta para ver la puerta de Viena una vez más, y vi como el Zurdo la atravesaba  con autoridad. Se acercó hacia mí y  me extendió un abrazo. Luego se separó unos pasos, me miró, y como si fuera una orden, me dijo:
-Cuidate, Nene.
Y a partir de ese instante, desaparecí.   
  

Un vagabundo caminaba por la calle empujando un carro de supermercado que contenía sus pertenencias. Podía ver a través de tejido metálico un colchón enrollado de color gris, una manta que debió haber sido azul o celeste, algunas bolsas de plástico anudadas, una botella de agua mineral rellena con un líquido oscuro, y coronando esa pila heterogénea, un enorme radiograbador plateado. A pesar de los metros que nos separaban, el olor de su ropa y de su cuerpo me estremecía.

Yo también caminaba con mis pertenencias a cuestas: un bolso en una mano, y a mi gato en mi brazo izquierdo, envuelto en un toallón de color  rojo. Me pregunté si la persona que estaba a mis espaldas sabría que ese olor pestilente no provenía de mi, sino de mi predecesor; sospeché que no.

Al llegar a la esquina, crucé la calle y seguí mi camino por la otra vereda. En frente, el vagabundo había hecho un alto para revisar unas bolsas de residuos que se encontraban  apoyadas sobre la base de un árbol 

-¿Cómo se termina asi? -pensé- ¿no suena alguna alarma en el camino? Nuevamente sospeché que no, que el descenso a los infiernos tiene, apenas, una suave pendiente por la que uno se desliza inadvertidamente. Un día uno abre los ojos, y se está ahí, rodeado de sufrimiento.

Al llegar a Tucumán, decidí descansar en  un banco de la plaza. Dejé el bolso sobre el piso, y mientras sujetaba a mi gato, me las arreglé para encender un cigarrillo. Una señora mayor pasó por delante de mí, vío la cabeza del gato que se asomaba a través del doblez del toallón, el bolso a mis pies, me miró por unos segundos, y luego siguió su marcha;  creí haber reconocido  en sus ojos algo de pena.  Quién sabe que historia habrá imaginado.

Estaba anocheciendo; debía decidir que hacer. Lo primero era conseguir a alguien que cuidara de mi gato por unos días. Me puse de pie, tomé mi bolso, y caminé hasta encontrar un teléfono público. Luego de algunos llamados, paré un taxi, subí al auto, y le indiqué  al chofer la dirección del departamento de Esperanza.

Cuando llegé a la puerta de su edificio, Esperanza me recibió con la cara seria. Abrí la puerta del auto y le entregué a mi gato. Lo cargó con algo de miedo en sus brazos, y luego me preguntó:

- ¿Seguro que no te querés quedar acá, Martín?

Negué con la cabeza, le agradecí, cerré la puerta del auto  y le indiqué mi próximo destino al chofer del taxi. Cuando retomamos la marcha, me miró por el espejo retrovisor y me dijo:

- Te separaste, no? – esperé unos segundos, y finalmente le respondí

- Sí

- Es jodido –agregó- pero vas a estar bien, eh, vos  tranquilo pibe, eh.

- Si –le dije- Gracias.

El resto del camino lo recorrimos en silencio.  De pronto se me vino a la cabeza una de las frases preferidas del Negro Avellaneda:

- Nunca subestimes el poder de la negación.

Sí, hay alarmas que suenan, luces amarillas que uno puede reconocer si no cierra los ojos. La versión oriental de la frase del Negro afirma que saber, y no hacer nada al respecto, es como no saber. Negar, o no hacer, son las caras de una misma moneda.

Al llegar a la puerta de Viena el auto se detuvo, le entregué algunos billetes al chofer, que al bajar del auto me recordó su consejo:

- Tranquilo pibe, eh…

Asentí, y cerré la puerta del auto.

Al entrar a Viena, lo vi al Zurdo hablando con Cortázar y con Expedition Al, y entendí que me estaban esperando, y que probablemente ya estaban al tanto de lo que había pasado. 

Lo que ellos no sabían, lo que no podían siquiera imaginar, era que esa noche, yo estaba yendo a Viena para despedirme.

El Zurdo me despidió preocupado por la falta de noticias de Expedition Al luego de nuestro encuentro fallido. Tan serio estaba el Zurdo por este asunto, que ni siquiera se interesó en la posibilidad de que efectivamente el otro Martín estuviera siguiéndome. Yo conocía sólo una parte del plan, pero era evidente que este imprevisto ponía en riesgo todo el trabajo. Las últimas instrucciones del Zurdo antes de subirse al taxi, fueron que estuviera atento: - Abrí los ojos, Martín, y no te metas en más problemas –concluyó. Yo lo miré extrañado, pero no contesté. Creí entender que se estaba refiriendo al Buick, y que no quería que discutiéramos en ese momento, por lo que simplemente asentí y cerré la puerta del taxi. Caminé unas cuadras por Arenales pensando en las últimas palabras del Zurdo ¿por qué debía abrir los ojos? ¿era un reproche por no haberme dado cuenta de que me habían seguido a mi encuentro con Expedition Al? ¿o lo decía simplemente para que me cuidase del Buick? ¿Por qué me había dicho que no me metiera en “más problemas”? ¿en qué otros problemas estaba ya metido, entonces? Me sentí desconcertado, perdido en lo que estaba ocurriendo, como si estuviera ausente en mi propia vida. Llegué a la puerta de mi edificio muy cansado. Mientras esperaba con pesar al ascensor, me prometí conversar con Juan sobre la angustia que siempre me invade en esos minutos perdidos, en los que lo único que puede hacerse es ver como una lucecita naranja va iluminando consecutivamente los distintos números, recorriéndolos en forma ascendente o descendente. Preciosos minutos de mi vida tirados a la basura sólo por no poder volar. La puerta del ascensor se abrió de repente, estrellando esos pensamientos en mi cara como una bofetada. Un hombre salió del ascensor sin siquiera mirarme y encaró velozmente hacia la puerta de entrada del edificio. Subí al ascensor, y mientras presionaba el botón que corresponde al piso en que vivo, tuve un mal presentimiento. Los minutos que demoró el pequeño viaje se me hicieron eternos. Bajé del ascensor rápidamente, y al llegar al pasillo vi la puerta de mi departamento entreabierta. Me quedé inmóvil, sentí mi cara helada y los dedos de mis manos tensos como garras. Finalmente avancé con decisión por el pasillo, en el camino tomé el matafuegos de la pared y entré al departamento decidido a todo. Parecía como si un tornado hubiese pasado por allí, no había quedado nada en pie, los muebles, los libros, la ropa, la lámpara de pie, todo estaba desparramado por el piso. Recorrí los ambientes y volví al living. Quité del sillón algunos libros y un cuadro, y me senté. Sin poder entender todavía lo que había ocurrido, me di cuenta de que no había visto a mi gato. Salté como un resorte del sillón y comencé a buscarlo por todos los rincones, por sus escondites favoritos, pero no aparecía. Fui hasta el balcón, luego al lavadero, finalmente regresé al living y me desplomé, abatido, en el sillón. Cerré los ojos, apoyé las palmas de mis manos sobre mis párpados, y me pregunté cómo diablos había llegado a esta situación, ¿en qué momento mi vida había tomado esta dirección? De pronto escuché un maullido, y recibí todo el peso del gato sobre mi pecho. Gato vivo, pensé. Lo abracé, y luego exploté en un llanto inútil. Cuando pude tranquilizarme, me puse de pie, junté algunas cosas en un bolso, envolví al gato en un toallón, lo cargué en un brazo, y de un portazo abandoné el departamento. Mientras cruzaba la puerta de entrada del edificio sentí que la ira comenzaba a invadirme. Un enojo genuino, antiguo, intenso me dominaba, y una certeza me atravesó por completo: alguien iba a pagar por todo esto.
A veces, cada tanto, suelo hacer brindis solitarios. No como lo hacen esos hombres embriagados que levantan sus vasos en un bar y los pasean por el aire mientras balbucean una cadena de palabras inentendibles; no, no de esa manera. 
Yo prefiero realizarlos en intimidad, revolver los pensamientos y las palabras del brindis en el fondo del vaso, dedicar por unos segundos toda mi atención a esa persona, hasta poder ver su cara, hasta lograr su presencia,  y poder entonces beber de un trago el vaso a su salud.
El motivo de la ausencia cambia frecuentemente, las particularidades en cada ocasión pretenden engañarnos, pero al final, siempre se trata de un desencuentro.
En todo caso, brindar  es desear el bien, y la idea de hacerlo sin que el otro lo sepa, es algo que me parece acertado.
Hace algunos minutos comencé a preparar esta ceremonia íntima. He buscado algunos recuerdos, y he elegido cuidadosamente las palabras que trasmitirán mis deseos. 
Sirvo mi vaso, y camino hacia el balcón. Afuera hay una noche hermosa. 
Miro al cielo, y pienso en Little Pill. Sonrío.
El hechizo se completa; levanto entonces mi vaso hacia la noche,  brindo en su nombre, cierro los ojos, y bebo hasta quedarme solo.
   
Su voz apenas se escuchaba a través del auricular, y debí esforzarme mucho para poder entender lo que me decía; finalmente acordamos encontrarnos en "50`s" para conversar sobre los detalles del trabajo en cuestión.
Expedition Al es un hombre de confianza del Zurdo; su especialidad son los sistemas informáticos, y el jazz. Con sus dos metros de altura y casi ciento sesenta kilos, alguna vez me contaron que de joven supo correr los cien metros en doce segundos. Cuando lo conocí me sorprendió su tono de voz bajo, y su conversación pausada. Pronto entendí que es un hombre al que le gustan las cosas simples y claras. 
Siempre me causó curiosidad  que alguien con manos de ese tamaño descomunal hubiera decidido dedicar su vida a los teclados; quizás el dominio de esos temas comienza con un sometimiento físico de las teclas, quién sabe.
Ingresé a "50´s" y en unos segundos comprobé que él todavía no había llegado. Me ubiqué en una mesa cercana a la ventana, pedí un whiskey y comencé, impaciente, a jugar con mi encendedor. 
El Zurdo me contó una historia sobre Expedition Al, que recordé mientras esperaba mi trago. Expedition Al era pianista del Trianón, el cabaret de lujo que en ese entonces gestionaba Purrete  Roncedo.  Al parecer, en un momento algo pasó, Roncedo no acordó con la policía, o alguien no cumplió con lo pactado, como fuera, hubo una redada en el Trianón y, como era de esperarse, la cosa se puso fea.  El Zurdo estaba esa noche en el lugar, y me dijo que un grupo de policías, liderado por el Sargento Benitez,  entró dando palos al salón. La gente comenzó a correr, hubieron gritos, empujones, y en un momento, el Zurdo vio que Benitez agarraba del brazo a Lucilene  y comenzaba a arrastrarla hacia la puerta del salón. Lucilene era la preferida de Roncedo, la reina del Trianón y, según el Zurdo, la morocha más impresionante de la noche de Buenos Aires por esos años. Pero Benitez nunca llegó a la puerta. Expedition Al tomó al sargento por el cuello, obligándolo a soltar a Lucilene, luego lo rodeó con sus brazos, lo levantó sobre su cabeza, y con un rápido giro, arrojó el cuerpo del Sargento Benitez por las escaleras que llevaban a la puerta de entrada. Luego Expedition Al tomó a Lucilene con un brazo, y haciéndose paso a las trompadas, abandonó el Trianón. 
Expedition Al fue detenido al día siguiente, y estuvo casi un mes preso. Al Zurdo le consta que su liberación, y su estadía tranquila en la comisaría, se debieron a las gestiones de Purrete Roncedo.
El Sargento Benitez salió en muletas del hospital después de tres meses de recuperación; las muletas todavía lo acompañan.
Luego de este incidente Lucilene abandonó Buenos Aires. Antes de irse, se dice, visitó a Expedition Al en la comisaria, y  de alguna manera logró entrar a la celda y despedirse de él.
Mientras pensaba en esta imagen, el mozo se acercó con mi whiskey. Dejó el vaso sobre la mesa, junto a una nota que decía: 
"Te siguieron, espera mi llamado" Al.
Quedé sorprendido, desconcertado. Miré alrededor como buscando una respuesta, un culpable, pero fue inútil.
Terminé mi trago, pagué la cuenta, y salí del bar sintiéndome observado. Mientras paraba un taxi y pensaba que dirección indicarle al chofer, tuve el presentimiento de que  Expedition Al se había cruzado con Martín, al otro Martín siguiéndome a mi; por un momento me ilusioné: existía la posibilidad de que Expedition Al le hubiese visto la cara a Martín.
 

Me dirijo  a la boca de subte de Alem, sin haber tomado una decisión todavía. Por el momento, sigo los pasos que me llevarán a mi encuentro con Martín: viajaré en subte hasta Chacarita, subiré luego las escaleras y caminaré por Federico Lacroze hasta llegar a Alvarez Thomas, en la esquina donde solía estar Argos. Me pregunto porqué Martín eligió ese lugar; está claro que no fue una coincidencia: durante algunos años jugué mucho al billar en las mesas de ese café que ya no existe. Por entonces, yo recién llegaba a Buenos Aires, y junto al Narigón Pirata, recorríamos las mesas del salón durante horas aprendiendo trucos inútiles.

Dejamos de ir a Argos por razones de fuerza mayor: en una discusión acalorada, el Narigón Pirata perdió la calma y le partió una silla en la cabeza a Pallotas, el mozo del lugar. Nos corrieron casi diez cuadras por Alvarez Thomas hasta que logramos dejarlos atrás. Recuerdo que después nos desplomamos en el banco de una plaza, y cuando recuperamos el aire, comenzamos a reírnos. Cuando nos pusimos de pie para retomar nuestra marcha, el Narigón extrajo del bolsillo de su saco una bola de marfil y la mostró en lo alto como un trofeo de guerra.

Tiempo después, el Narigón dejaba para siempre esta ciudad. Mientras nos despedíamos en Retiro, antes de subirse al ómnibus me regaló esa bola de billar, que ocupa ahora un lugar especial en mi biblioteca.

Las estaciones se suceden, la gente sube y baja del vagón,  son casi las seis de la tarde. Pienso en mi último encuentro con Juan, fue una sesión extraña en la que él habló y yo escuché

-¿Por que vas, Martín? –me preguntó finalmente, desconcertado.

- ¿Porqué no puedo mantenerme alejado de los problemas?  - le respondí con tono burlón. El chiste no le hizo gracia y me miró callado. Me di cuenta de que estaba descentrado, ¿desde cuándo hacia chistes en terapia? Cuando me fui de su departamento, tuve la sensación de que mi encuentro con Martín lo preocupaba a Juan seriamente.

Ayer por la noche, en Viena, todo este asunto fue tema de discusión. El Zurdo y Joaquín querían emboscarlo y molerlo a palos; el Dandy, exagerado como siempre, quiso facilitarme un treintaiocho; sólo el Negro Avellaneda me preguntó:

-¿Para que vas a ir, Martín?

Mientras recorro las estaciones que restan hasta Chacarita, intento responderme esa pregunta.

Subo finalmente las escaleras y me asomo a los últimos metros de la calle Corrientes. Miro hacia el cielo y noto que es una tarde tranquila. Todavía tengo algo de tiempo; bordeo la pared del cementerio y llego al bar de la calle Rodney. Ocupo una mesa en la vereda y le pido al mozo un whiskey. Hace muchos años en este bar, en una noche oscura, una mujer me dijo que era un hijo de puta. 

Lo recuerdo bien, se puso de pie,  acercó su boca a mi oído, y con un murmullo me dijo:

-Vos sos un hijo de puta.-luego tomó su cartera de la barra y abandonó el bar. 

Cierro los ojos y recuerdo esa época; sí, fueron días difíciles. Y esa mujer tenía razón, en ese momento, yo era un hijo de puta.

El mozo se acerca, deja el vaso sobre la mesa, sirve una medida de whiskey y luego se aleja. Bebo un trago, y pienso que yo no soy el mismo hombre que estuvo esa noche en este bar, hace muchos años. Ni soy aquel que jugaba al billar en Argos. Y ahora, sentado aquí, en la mesa de este bar, tampoco me siento como el Martín que días atrás necesitaba encontrar a su alter ego para agarrarlo por el cuello hasta que escupiera una respuesta, algo que me permitiera entender su obsesión conmigo. No, en los últimos días algo ha cambiado. En todo caso, creo soy la suma de  los distintos hombres que he sido y que se suceden. Tengo ya bastante trabajo con comprender eso.

Miro el reloj de la pared del bar: faltan diez minutos para las ocho. Termino de beber mi whiskey, enciendo un cigarrillo, me pongo de pie y dejo algunos billetes sobre la mesa. Camino lentamente por las cuadras arboladas hasta alcanzar la entrada al subte; bajo las escaleras, paso por un molinete,  me subo al vagón, y emprendo mi camino de regreso.

Me despierto, y veo mi cara reflejada en los ojos del Buick. Es tarde en la noche, estamos en su cama, ella tiene la cabeza apoyada sobre su mano, los hombros descubieros y el pelo cayendo sobre un costado.
Me mira y siento que está viendo a otro, no a mí, y no en este presente; me mira recordando. Sus ojos están perdidos en otros ojos, en otro tiempo, en un amor. 
No se da cuenta de que la estoy mirando. 
Guardo silencio, cierro los ojos y, sin quererlo, comienzo a pensar en Martín, en el otro Martín, y en nuestro encuentro pendiente.
Siento que no tengo fuerzas, ni ganas de encontrarlo. Me pregunto si es miedo, o si estoy adoptando la mirada de Juan.
Sé que no estoy listo todavía, y que el tiempo se acaba. 
Recuerdo el consejo de Peri Rossi: 
- Estando entre la espada y la pared, lo mejor es no decidirse.
Ya entre sueños, se me ocurre que quizás no sea una mala opción.
Al regresar de mi paseo, abro la puerta del departamento y choco contra la luz roja parpadeante del contestador automático del teléfono. Esa máquina me cae mal, nadie deja buenas noticias en un contestador automático.
Voy hasta la cocina, abro la ventana, y luego salgo y recorro el pasillo que lleva a mi dormitorio. Dejo el abrigo sobre la cama, me siento y enciendo un cigarrillo. El gato se asoma por el marco de la puerta sólo para verificar que soy yo quien ha ingresado al departamento, después da media vuelta y desaparece para atender sus asuntos.
Me pongo de pie y camino hasta el living, al pasar por al lado del equipo de música, oprimo un botón; confío en que la música mejore algo el clima. Salgo al balcón y termino de fumar mi cigarrillo. Miro hacia la avenida, y veo que hay un atardecer hermoso cayendo en ese momento sobre la ciudad rosada.
Entro al living, aplasto el cigarrillo contra el cenicero y me dirijo hasta la mesa del teléfono. Apago el equipo de música, tomo una silla, y me siento. Respiro, y me doy cuenta de que lo que realmente quiero es apretar el botón de play y escuchar una voz amiga. Quizás sea así, pienso mientras acerco mi mano al contestador automático.
Presiono el botón, y luego de un segundo de silencio, escucho:
- Hola Martín, habla Martín. Sé que me estas buscando. Te espero el sábado a las ocho, en la esquina de Argos -hay un click, y luego más silencio.
Me quedo inmóvil en la silla. Siento mi cuerpo tenso y a mi corazón latir desordenadamente.
Respiro contando del uno al ocho, y luego del ocho al uno, tres veces. Me paro y camino hasta el baño; me siento mareado. Abro las canillas y hundo mi cabeza bajo el chorro de agua.
Dejo pasar los minutos, luego me incorporo, y cuando abro los ojos y miro en el espejo, veo la cara de un hombre que tiene miedo.
Esta noche he decidido quedarme en mi departamento a escuchar música, fumar y mirar la ciudad desde el balcón. Los preparativos son pocos pero necesarios: cambiar la posición de la lámpara de pie, encender algunas velas, guardar en un cajón revistas y otros objetos que enturbian la visión, abrir el ventanal.
Luego de unos minutos, observo el ambiente y pareciera que lo he ordenado todo esperando la visita de una mujer. Es curioso, pienso.
Todavía no puedo anticipar qué estado de ánimo dominará mi noche; ¿volveré a pensar en ella y entristecerme? ¿me embriagaré mirando las luces de la avenida, hasta quedarme dormido en el balcón? ¿Intentaré descifrar los consejos de Jude y del Zurdo sobe el Buick? No lo sé.
La elección de la música es importante; tomo la pila de discos, y finalmente escojo uno y lo introduzco en el equipo de audio. Es la rubia que me da alegría cuando canta:
Nothing's impossible I have found
For when my chin is on the ground
I pick myself up, dust myself off, start all over again
Mientras me sirvo un trago, el gato aparece en el living, y se queda sentado mirando la noche a través del ventanal. Pareciera que no me ha visto, de espaldas a mí, observa el cielo como si algo fuera a ocurrir.
Retrocedo unos pasos, apago una luz y ocupo el sillón que enfrenta al ventanal.
But please dont bring your lips so close to my cheek
Dont smile or Ill be lost beyond recall
Bebo lentamente, disfrutando de la música y de la tranquilidad que me ha invadido. La Luna aparece en el marco del ventanal, y en ese momento, el gato aulla, y me llena de escalofríos. Veo como estira su cuello hacia la Luna, como si fuera un lobo, y deja escapar de su cuerpo un grito dolorido, un llanto. Continua de espaldas a mi, con la mirada fija en el cielo de la noche. Con un tono mucho más bajo, sostiene un quejido que me apena.
No sabía que los gatos pudieran sentir tristeza.
Unos minutos después de que la Luna abandona el ventanal, el gato continua sentado en la misma posición, como si estuviera hipnotizado o fuera incapaz de moverse. ¿En qué pensará? o mejor ¿en quién estará pensando el gato?
Termino mi trago, me pongo de pie, tomo mi abrigo y me preparo para salir. Apago las luces, y antes de cerrar la puerta, puedo ver la figura del gato recortada contra el ventanal, enfrentando la noche.
Salgo del departamento sigilosamente. Mejor dejarlo solo, pienso.
Estábamos sentados con Joaquín en la mesa chica de Viena, conversando sobre los pocos reparos morales que suele tener Esperanza en cualquier situación en la que una mujer atractiva entra en escena, cuando lo vimos llegar al Zurdo, y algunos metros atrás, a Cortázar. El Zurdo se sentó, y dejó sobre la mesa una botella de whiskey y su vaso. Cortázar se quedó parado en su lugar, atento a la gente que entraba en el salón. Continuamos nuestra conversación entre risas, y el Zurdo, testigo de muchas de las canalladas de Esperanza, aportó lo suyo. Quizás porque no había más para decir, o porque ya nos habíamos reído mucho, Joaquín desvió un poco el tema, y con mirada pícara preguntó: - ¿Y? se vieron de nuevo con el Buick? No llegué a contestar, la expresión de la cara del Zurdo, y un leve movimiento que hizo avanzando sobre la mesa, me detuvieron. Hubo un silencio y, perturbado, oscurecido, el Zurdo preguntó: - ¿Y vos cuándo conociste al Buick? Me quedé callado, sin ganas de contestar, intuía que lo que vendría no sería bueno. - El otro día –contesté, mirando mi vaso; no dije más. El Zurdo asintió callado, y luego agregó: - ¿Y quién te la presentó? Tomé un cigarrillo del paquete, lo encendí, aspiré un poco de humo, y dije: - Jude Law, me la presentó Jude Law el sábado pasado. El Zurdo volvió a asentir en silencio; sirvió su vaso nuevamente, bebió un poco, y luego, mirando hacia un costado, dijo: - Tené cuidado, Martín, el Buick te puede destrozar. Nadie se movió de la mesa. Yo no quería saber de dónde el Zurdo conocía al Buick, tampoco porqué me hacia esa advertencia. Lo miré al Zurdo y lo noté ausente, con sus ojos nublados, y su cara cargada de preocupación y de fatalidad. Luego de unos minutos me puse de pie, y abandoné Viena. Necesitaba estar solo y pensar; tenía el horrible presentimiento de estar cometiendo una gran equivocación.
Entro a Viena completamente empapado y muerto de frío, dejo mis cosas detrás de la barra y pido un café fuerte, cargado y bien caliente. Debido a la lluvia, hay mucha gente en el salón; puedo verlo a Cortázar recorriendo las mesas con cara de pocos amigos, y a Joaquín y a Gatica sentados en la mesa chica del fondo. Están tomando champagne, y se ríen a carcajadas, burlándose de la lluvia, de los paraguas y del malhumor general; me alegro por un momento sólo de verlos así.

Mi café llega finalmente; tomo la taza por su borde y lo pruebo: está caliente y fuerte. Busco el libro en mi bolsillo y releo el párrafo marcado. Cierro el libro y lo guardo nuevamente en mi impermeable, mientras siento que el café le devuelve a mi cuerpo algo de calor.

¿En qué creen los que no creen? se pregunta Coupland.

El Zurdo pasa por mi lado, palmea mi hombro, y sigue caminando en dirección a la mesa del fondo; sabe que cuando estoy solo en la barra, lo mejor que alguien puede hacer es seguir de largo. EL Zurdo no cree en Dios, cree en él, y en un código de lealtades que define amigos y enemigos. Joaquín es un ateo activista, el cree en la no existencia de Dios, una de las respuesta que se le escapó a Coupland en su libro. Gatica cree sólo cuando le conviene, y tiene una teoría interesante al respecto, que todos pensamos que debería escribir algún día. Cortázar, bueno…él resume su postura diciendo:

- Dios es para la gilada.

Yo no puedo recordar cuando dejé de creer en Dios; sé que fue mucho antes de convertirme en insomne. Un día supe que no creía en Dios, como otros saben cuando el amor se ha acabado; me sentí solo y bastante triste. Después de un tiempo respiré aliviado.

Releyendo el libro de Coupland recordé esa época que parece ahora tan lejana.

Me pregunto en qué creo ahora, y encuentro corazonadas, sensaciones, pero no una respuesta clara. Terminó a mi café, tomo mi libreta negra de notas y apunto:

- Escribir mi credo

Luego me dirijo hacia la mesa chica de Viena, donde Gatica, Joaquín y el Zurdo me esperan con sus copas en alto.

Entro a mi departamento y, sin encender las luces, voy directo a la cama a desplomarme y cerrar los ojos. Mis oídos zumban, y siento la frente caliente y húmeda. El sol está en lo alto de un cielo libre de nubes. Me incorporo, bajo la persiana y me dejo caer nuevamente sobre la cama.
Afuera, alguien golpea una chapa; también se escuchan cantos de pájaros y algunas bocinas de autos. Siento que no voy a poder dormirme.
¿Cuándo fue la última vez que dormí toda la noche, sin interrupciones? No puedo recordarlo. Sí puedo ubicar la época en la que dormir no era un problema para mi, pero no la última noche de paz. Tampoco la primer noche de insomnio.
Juan me dice que el olvido es una forma de defensa. Puede ser, pienso.
El gato entra a la habitación, me mira, maulla, y luego se va. A veces pienso que él cree que entiendo lo que me dice.
Voy a la cocina y tomo un vaso de leche tibia. Con asco, vuelvo a la cama y me acomodo como para dormir. Sé que no voy a dormirme, pero debo llamar al sueño de alguna manera. Entonces me preparo, respiro, y comienzo el ritual de todas mis noches.
Nunca imaginé que fuera a conocer al Buick, y mucho menos que pudiera llegar a tener un romance con ella.
Jude Law nos acercó por primera vez en la fiesta del sábado pasado, y también facilitó los encuentros que siguieron, y que fueron necesarios para que ella se decidiera, y para que yo superara el miedo que me inspira.
Fue el miércoles por la noche cuando todo voló por lo aires.
Salimos ya ebrios de "50's", subimos a su descapotable, y ella comenzó a manejar enloquecidamente por la ciudad, acelerando todo el tiempo, llenándonos de vértigo y viento. El Buick no me miraba, sus ojos negros estaban fijos en lo que vendría; conducía con una sola mano al volante, exageradamente erguida, en pose; su brazo derecho estaba apoyado sobre el respaldo del asiento delantero, y cuando su mano no sostenía un cigarrillo, se entretenía acariciando mi cuello suavemente.
Volábamos por las calles como un meteoro, sobrepasando siempre al auto que se encontraba adelante, doblando abierto en las esquinas, y acelerando furiosamente. Como si fuera sólo un espectador, cada tanto me encontraba preguntándome cómo iba a terminar todo aquello; pero al mirarla a ella, noté que la expresión de su cara era serena; parecía como si esa carrera alocada la sedara; aparentaba tener todo bajo control. Así es, el Buick solo encontraba tranquilidad llevando su vida a toda velocidad.
Llegamos a su departamento, ingresamos en silencio, y luego ella desapareció por un largo rato. Yo me senté en el balcón a esperarla, mientras intentaba desentrañar el sentimiento extraño que reptaba dentro mio.
Finalmente ella apareció; había cambiado su vestido y su peinado. Tenía en sus manos dos vasos y una botella. Sus ojos brillaban y sus labios, perfectamente delineados, posaban en un sonrisa sensual, una sonrisa que ella había practicado hasta alcanzar la perfección. Me acerqué a ella despacio, sin quitar la mirada de sus ojos. Antes de besarla, entendí que yo era para ella sólo una presa más. Ya había caído en la misma trampa en otra ocasión; aquella vez fui sorprendido, y rodé sin defensas. Mientras nos besábamos escuché la voz de Jude, dándome su último consejo:
- Martín, no te enamores de esta mujer.
En el hall de la estación de subte Mtro. Carranza un joven toca canciones de los Beatles.
Lo descubrí hace algunas semanas cuando iba a verlo a Juan; el vagón se detuvo, las puertas se abrieron, y entre chirridos y sonidos de altoparlantes, pude reconocer la melodía de "A Hard Day's Night".
Bajé al andén de un salto, sin pensarlo, me acerqué hacia él y escuché la última parte de la canción, pero pude repetir el estribillo un par de veces con mucha alegría. Aplaudí con ganas cuando terminó la canción, y el joven lo agradeció inclinando levemente la cabeza. Dejé algunas monedas en un sombrero, y mientras esperaba que llegara el próximo tren, me regaló una muy buena versión de "Black Bird".
El viernes siguiente, apenas pasadas las 19, premeditadamente bajé en la estación Beatle. Llegué para el comienzo de "Lucy in the Sky with Diamonds". Es una canción que siempre me fascinó. Comencé a susurrarla, y de pronto la letra me llevó a mi visita a Strawberry Fields en Central Park, a los pasos que siguieron luego hasta el edificio Dakota, y la oscuridad que me invadió al llegar a esa entrada; The Catcher in the Rye, y toda esa historia incomprensible y ridícula que aconteció. Creo que el joven advirtió mi mirada perdida. Ni siquiera el comienzo abrupto y pegadizo de "Mr. Postman" pudo rescatarme. Dejé algo de dinero en el sombrero, esbocé una sonrisa, y busqué refugio entre el gentío que aguardaba al tren.
Las pocas estaciones que faltaban pasaron veloces. Bajé en Plaza Italia y subí las escaleras ensombrecido. Se me hizo presente una escena de Bird, la película de Eastwood sobre la vida de Charlie Parker, en la que mirando el puente de Brooklyn le dice a un amigo: “There is not enough kindness in this world”. En la otra punta del mundo, en Caballito, un amigo mío me confesó una noche que la angustia de su alma no tenía remedio, y que por eso su afán de venganza era legítimo.
Llegué a lo de Juan en ese estado y, obviamente, el barco se movió mucho, tanto que terminé la sesión con náuseas. Sí, a veces la terapia resulta como un vómito ardiente.
Sin embargo, una semana después, bajaba nuevamente en la estación Beatle. Esta vez el joven estaba acompañado de un amigo, a cargo de un bajo. El reloj marcaba las 19.20, y comenzaron a cantar cuando me vieron aparecer en el hall; sentí que me estaban esperando. Me recibieron con "Hey Jude", y el buen consejo de no cargar solo con el peso del mundo.
Meses atrás, un jueves de invierno, nadie apareció por Viena. Estábamos solos con Cortázar en la mesa del fondo, yo sentado, y él parado con la bandeja bajo el brazo y una mano apoyada sobre el respaldo de mi silla, mirando hacia la puerta de entrada del salón; ya era la hora de cierre. Cortázar caminó entonces hacia la barra, y regresó con una botella de whiskey y dos vasos; depositó todo sobre la mesa, tomó una silla, y se sentó a mi lado. Yo miré alrededor en busca de testigos, alguien que pudiera luego confirmar que, una vez, Cortázar se había sentado en la mesa chica de Viena; fue inútil, Cortázar y yo estábamos solos en el lugar. Abrió la botella, sirvió los dos vasos, arrimó su silla a la mía y se inclinó levemente hacia delante, acortando la distancia que nos separaba, y con una voz muy baja y como si estuviera apunto de hacerme un regalo, me dijo: -Martín, te voy a contar una historia. Y sin más, me introdujo a los hechos, y a una verdad. Era la primera vez que lo veía así a Cortázar: relajado, compenetrado con el relato y los detalles, disfrutando del decir. Se sentía como un mago en pleno acto de prestidigitación, jugando con mi atención a su antojo. Sus ojos brillaban, y cuando quería darle más intensidad al relato, sus manos sobrevolaban la mesa con gestos suaves. Parecía contento, orgulloso diría; y era justo: realmente tenía una gran historia para contar. Cuando concluyó su relato, yo estaba conmovido. El terminó su vaso de whiskey, mientras yo pensaba en lo que acababa de escuchar. Luego lo miré: -¿Es cierto lo que me decís, Cortázar? –le pregunté débilmente. El apenas sonrió, miró el fondo de su vaso vacío y, asintiendo, se puso de pie. Garabateó algo en un papel, lo dejó doblado sobre la mesa, me palmeó el hombro, y caminó lentamente hasta ocupar su lugar en el extremo de la barra, parado con la bandeja apoyada a la altura de su pecho. Necesité dos o tres whiskeys más antes de decidirme a ponerme de pie y abandonar la mesa. Recogí el papel, lo apreté con fuerza en mi puño, y luego lo guardé en el bolsillo de mi abrigo como a un tesoro. Me dirigí hacia la salida con paso pesado, y pensativo. Al pasar por la barra Cortázar ya no estaba. Esa noche, yo apagué las luces de Viena

La presentación de The Bad Plus del viernes no hizo más que agigantar mi necesidad de escuchar jazz; no costó mucho convencer a Joaquín y a Esperanza para ir a Thelonious el sábado por la noche. Teníamos reservados lugares en el extremo de la barra; nos acomodamos y le pedimos al barman algunos tragos. Para mi sorpresa había poca gente en el lugar, y el clima era muy relajado. Mientras esperábamos la aparición de la banda, Esperanza nos relató su accidentado encuentro con una pelirroja en la Richmond; pero el muy pillo cambió la fecha del hecho para no quedar en evidencia y delatar su faltazo al evento de Gatica. Como era sábado a la noche y yo estaba de buen humor, no quise terminar con esa farsa, y decidí enterrar el asunto para siempre.

No habíamos hecho el segundo brindis cuando se nos unió Jude Law. Entró al lugar con paso rápido y con cara de mal llevado. Pidió un gin tonic, y lo tomó parado y en un solo movimiento; luego dejó el vaso sobre la barra, se pasó el dorso de la mano por sus labios, le señaló el vaso vacío al barman, y luego dijo:

-Ya está, me siento mejor – y su cara sonrió. Así de raro es Jude Law.

La banda comenzó a tocar casi sin que nos diéramos cuenta; el correr de los vasos y la charla nos resultaban más interesantes. Jude nos invitó a una fiesta que organizaban unas conocidas, y todos nos entusiasmamos con la idea: las fiestas de Jude son infalibles. Joaquín pidó más detalles, mientras yo iba al baño y salía a comprar cigarrillos. En el camino decidí avisarle de la fiesta a Gatica; encontré un teléfono público en la calle, busqué algunas monedas en mi bolsillo y mientras marcaba el número, vi pasar a mi lado a la pelirroja que estaba con Esperanza en la Richmond; iba acompañada por un señor mayor que la abrazaba sonriente. Me interrumpió una voz en el teléfono, que no era la Gatica, pero que sonaba familiar

-Hola-repitió, esperé un segundo, y pude reconocer la voz dormida de Manrein. Corté la comunicación; vaya a saber que extraña confusión me llevó a discar su número y no el de Gatica. Hacía tiempo que no nos veíamos, y creí recordar que teníamos un almuerzo pendiente; Manrein es, al igual que el Zurdo, una de esas personas de las que se aprende mucho; a diferencia del Zurdo, Manrein es respetuoso de la ley.

Regresé a Thelonious sin llamar a Gatica. Subí por las escaleras y me encontré con el grupo que discutía si debíamos o no ir a la fiesta en un único auto.

Decidimos ir en mi auto. Mala elección, horas después, lo lamentaría mucho.

Recuerdo la última sesión con Juan. Luego de una pausa, me mira, y finalmente me pregunta:
- Pero entonces,  Martín, ¿vos que esperás de tu analista?
He practicado los alrededores de este tema muchas veces (aplausos para Juan Martini), acercándome y alejándome de la respuesta en una elipse infinita. Creo que he esperado distintas cosas a lo largo  de estos años: que pudiera hacerme conciliar el sueño, o dejar de buscarme problemas, que lograra hacerme olvidar a una mujer; nimiedades, equivocaciones. Nunca antes había sentido la urgencia de reencontrarme con mi deseo, con la vibración que me lleve a la frecuencia de resonancia de mi ser,  que me devuelva la paz.
Pienso en esto, y sé que no es una respuesta, pero que la sugiere.
-Necesito alguien que me ayude a pensar- digo finalmente. 
Y aún sin estar plenamente satisfecho con esta afirmación, entiendo que es  lo más cercano que tengo  a la verdad.
Juan asiente, y parece dispuesto a asumir ese rol;  me siento aliviado. 
Joaquín, dice que de dos el barco se mueve, pero es más difícil que se hunda. No me parece un mal consejo.
The Bad Plus tocaba a las nueve y media en Niceto. 
Gatica caminaba ansioso por el balcón, devorándose un cigarrillo, mientras repetía una y otra vez
- Vamos a llegar tarde.
Yo estaba sentado en el sillón de su living, tomando un Daniel's y fumando un cigarrito, sabiendo que íbamos a llegar cuando el concierto ya hubiera comenzado; me había adaptado a esa idea con la misma  resignación con la que hacía tiempo había aceptado  la inexistencia de Dios. Joaquín había conseguido las entradas, y luego llamado para decirnos que pasaría a buscarnos a las nueve; todos los que lo conocemos a Joaquín sabemos perfectamente que siempre llega tarde, es casi una cuestión de principios para él.
A las nueve y media Joaquín aparecía a toda velocidad en su bala plateada. Nos recibió con una sonrisa y una humareda, y no demoramos más de algunas cuadras en estar completamente inmersos y tomados por el programa. The Bad Plus tocaba esa noche en Buenos Aires.
Nos ubicamos cerca de la barra lateral, asi ganamos en comodidad y visual, resignando algo de calidad de sonido. Fue una decisión acertada, somos bon vivants, no fanáticos. Gatica fiel a su estilo,  pidió directamente una botella de Daniel'; nos acodamos en la barra, servimos nuestros vasos, y nos dispusimos disfrutar. 
En el escenario tres tipos tejían música. Yo volví a sentir envidia de esta raza jazzera, que se fue transformado luego en alegría y ganas de bailar. Cada tanto comentábamos algo entre nosotros, quizás solo para registrar aún más el momento. 
Mi corazón se detuvo cuando versionaron Changes, de Bowie. My God.
La intensidad del concierto fue disminuyendo lentamente, y luego del bis salimos rápidamente del lugar. Subimos a la bala plateada, y en silencio, emprendimos un paseo urbano que nos llevó por distintos barrios. Yo decidí bajarme en Congreso y caminar un poco.
Viernes a la noche, The Bad Plus había tocado en Buenos Aires. Pensando en eso tomé Avenida de Mayo y decidí alargar mi paseo algunas horas más. Quería disfrutar un rato más del brillo de esa noche. 
Bajo del taxi intentando convencerme de que no estoy llegando tarde, camino rápido los metros que me separan de la entrada del cine, cruzo las puertas de vidrio, y al llegar a la boletería me informan que la función ha comenzado hace algunos minutos. Me quedo parado con la cabeza gacha y las manos apoyadas contra el borde del pequeño mostrador, asimilando el golpe, digiriendo la bronca. Me pregunto cómo alguien que estuvo todo el día pelotudeando puede llegar tarde al único evento importante que había previsto realizar desde temprano.
Una señora pregunta por sobre mi hombro por los horarios de la próxima función al joven boletero, que va y viene con su cabeza intentando mirar a la persona que le está hablando en ese momento. Me hago a un lado, doy unos pasos, y me apoyo sobre la pared que contiene a la escalera que conduce a la sala.
Desde la pared opuesta, con un sobretodo cruzado negro, ajustadisimo en su cintura, y el pelo cayendo sobre sus hombros, Eugenia me mira. Necesité unos segundos para recomponerme, pero no dudo en cruzar lentamente el hall y acercarme hasta donde está ella.   
Nos saludamos con un beso.
-¿Cómo estás, Martín? -pregunta, y no como un saludo.
- Bien -le digo mirándola a los ojos. Otra vez no estaba pensando en lo que decía; algunos creen que eso es mentir, se equivocan, es tener la atención puesta en otra cosa; yo estaba viendo lo hermosa que es esta mujer.
Ella asiente y se queda callada.
- Llegué tarde...- explico, mientras señalo la boletería. Ella sonríe, pero no dice nada. 
A mal paso darle prisa dice siempre el Zurdo:
-¿Estás esperando a alguien? -le pregunto finalmente. Creo que moderó la sorpresa por la pregunta, y en ese intento no tiene tiempo para inventar una excusa
-No -dice finalmente, y luego entre risas agrega- yo también llegué tarde...
Nos reímos un poco, mientras yo procuro no equivocarme en mi próximo movimiento. Entonces doy un paso hacia atrás, miro hacia a la calle, luego vuelvo mis ojos hacia ella, y le digo:
- ¿Caminamos unas cuadras? -veo en sus labios una señal de duda - dale..- agrego, mientras noto con emoción como ella se separa de la pared y se acerca hacia mí.
Salimos del cine en silencio, paramos en un quiosco, y yo compro un Shot y una cajita de fósforos, ella no quiere nada. Caminamos por Cerrito conversando sobre lo que sabíamos de la película que no hemos visto. Pasamos por el Colón, doblamos hacia Libertad, y recorremos muy lentamente esas cuadras tan lindas de Buenos Aires.
Le cuento sobre mi terapia con Juan; ella se alegra, y yo me siento aliviado. También creo que quizás ayudará a que olvide que fue -brevemente- mi analista. Rompo el envoltorio patético del Shot, y le ofrezco chocolate. Pienso que lo va rechazar, pero no, no lo hace, toma mi mano, la acerca a su boca y muerde, apenas, la esquina de un bloquecito.  Me quedo petrificado.  De repente me siento helado y débil, me pregunto que carajos estoy  haciendo; y me doy cuenta de que en este momento, no necesito saberlo. Ya lo hablaré con Juan más adelante.