martes 21 de abril de 2009
jueves 2 de abril de 2009
viernes 20 de marzo de 2009
martes 18 de marzo de 2009
I and the public knowWhat all schoolchildren learn,Those to whom evil is doneDo evil in returnPara entenderlo, o estar seguro de haberlo entendido, necesité de algunos minutos y tres o cuatro relecturas.Entonces, dejé la hoja sobre la mesa, y giré sobre la silla en dirección al ventanal; me quedé meditando sobre esos versos, y sus implicancias, durante un largo rato, hasta que en un momento, sin proponérmelo, tomé aire y en voz alta comencé a repetir los versos lentamente, con cierta gravedad, como si estuviera pronunciando una sentencia. Al terminar, sentí sobre mí el peso de una ley ineludible, como la del paso del tiempo o la finitud de nuestra consciencia, y nuevamente me invadió el presentimiento de una tragedia inminente.Pasó también volando el recuerdo de mi amigo, esa noche en Caballito, explicándome que la angustia sin remedio de su alma justificaba plenamente su deseo de venganza.Sin pensar que era lo más conveniente, dejé el sobre donde lo había encontrado, tomé las llaves, los cigarrillos, y salí del departamento apurado.El aire de la calle y la caminata me hicieron bien, luego de un rato decidí dejar de pensar en abstracto, y dedicarme a entender a quién iba dirigido ese sobre, quién lo había escrito, y por qué.Sentí que no podía demorarme ni un segundo.Entré en un bar y le pedí al mozo un café doble; mientras esperaba, pensé que haría el Zurdo en esta situación: plantear alternativas, sin descartar ninguna, me dije. Le pagué al mozo inmediatamente después de que me dejó el café sobre la mesa; no quería interrupciones.Repasé lo que había elaborado hasta el momento, y me sentí satisfecho: tenía un plan. Terminé el café, dejé unas monedas sobre la mesa, y con paso firme y rápido abandoné el café.Caminé de prisa por Córdoba hasta llegar a Callao, allí paré un taxi y le pedí que me llevara al amarradero del Liceo, sobre Costanera Norte. Bajé la ventanilla y encendí un cigarrillo, y a los pocos segundos el chofer me miró por el espejo retrovisor, pero no dijo nada; creo que mi cara de pocos amigos lo intimidó.El auto volaba por las calles mientras yo miraba a través de la ventana, pero miraba sin ver; estaba tan nervioso que me sudaban las manos y me zumbaban los oídos. Para recobrar el valor y recobrar la confianza, repasé varias veces el plan que me había fijado.Cuando el auto llegó a la Costanera, y entendí que restaban unas pocas cuadras, me limité a repetir el primer paso del plan, acaso el más difícil: encontrarlo al Dandy, y obligarlo a hablar.
viernes 6 de marzo de 2009
jueves 5 de marzo de 2009
martes 24 de febrero de 2009
jueves 13 de febrero de 2009
lunes 19 de enero de 2009
Fue en Rosario, en un cuarto del hotel Avellaneda, durante la tarde del martes 30 de Diciembre, cuando yo tomé conocimiento de los hechos que habían ocurrido días atrás, en Buenos Aires.
La jornada había transcurrido en el marco de la tranquilidad a la que me había habituado; había amanecido cerca del mediodía, y luego de un almuerzo tardío frente al río, había regresado al hotel a descansar. Por la tarde, cerca de las siete, desperté de una siesta y disfruté de una prolongada ducha tibia. Mi humor era excelente; había decido tomar un buen baño, servirme un trago en la habitación mientras me vestía y escuchaba algo de música, y después pasar por el “Café del Mar”.
Salí del baño todavía mojado, y me recosté en la cama, sobre un inmenso toallón blanco. Tomé el control remoto, encendí el televisor, y comencé a recorrer los canales buscando algo de música. Me detuve unos segundos en un canal de deportes para ver los goles de la primera división de la liga galesa de fútbol, luego, en el canal siguiente me tope con un noticioso. Estaba por retomar mi recorrida televisiva, cuando el anuncio que hizo la conductora del programa, me paralizó el corazón. Continuando con lo informado durante los días anteriores, se confirmaba que había fallecido el policía herido durante el intento de asalto que había sufrido la bóveda judicial de La Plata, durante la madrugada del 25 de Diciembre pasado.
El Zurdo, pensé.
No se daban más detalles. Al parecer, la noticia ya era vieja, y la única novedad era la del deceso del oficial; ocurrido esto, la atención pública no volvería a tener noticias de este episodio, hasta tanto no se detuviera a la banda de asaltantes responsable por el ilícito.
Apagué el televisor, apoyé la cabeza en la almohada, e intenté pensar. La conductora había dicho “intento de asalto”, esto indicaba que el robo no se había finalmente cometido. O tal vez este dato era simplemente el resultado de una mala información, de una estrategia policial, o de una decisión política. Como fuera, la muerte del policía confirmaba dos hechos: el trabajo del Zurdo se había llevado a cabo finalmente, y, sin dudas, había salido mal.
Mientras me vestía, recordé mi despedida de la mesa chica de Viena, mi decisión de salirme, de no participar, y los segundos que siguieron: el silencio del Zurdo, la mirada acusadora del Dandy, la desaprobación de Cortázar. Mal momento para estar lejos de Buenos Aires, me dije. Íntimamente, sabía que la culpa estaba haciendo su trabajo, pero la angustia que sentía, y la necesidad de saber cómo estaban mis amigos, no me permitieron serenarme. En pocos minutos retiré mi ropa del placard, revisé los cajones, y dejé la habitación.
Mientras pagaba mi estadía, le pedí al conserje que llamara a un taxi. En poco más de una hora, sentado en la primera butaca del micro, viajaba rumbo a Buenos Aires.
La estadía en Rosario me estaba haciendo bien. Esa mañana, me desperté cerca del mediodía, y al abrir los ojos me sentí profundamente descansado; la sucesión de días de buena alimentación, lectura y buen dormir, había reparado mi cuerpo y mi espíritu. Me levanté de la cama, fui al baño, y al mirarme en el espejo noté que había recuperado algo de peso, y que mi cara ya no lucía demacrada; de alguna manera había recobrado mi semblante y el buen humor. Decidí afeitarme, ir a desayunar y luego pasar por la peluquería a emprolijarme un poco.
Bajé al comedor del hotel llevando conmigo el libro de Bernardo Jobson, que estaba por terminar de leer; algunos de los cuentos me habían gustado mucho, en especial “Los caballos no saben que es domingo”, que me hizo recordar al Negro Avellaneda y su sana pasión por los burros. Al cabo de unos minutos, el mozo se acercó a mi mesa, me saludó y me dijo:
- ¿Va a pedir lo mismo?
- Sí – le contesté- gracias –el mozo se alejó, yo abrí el libro y me dispuse a zambullirme en uno de los cuentos que me faltaba leer.
La historia transcurría en
Cerré el libro, lo dejé sobre la mesa, y mientras esperaba que el mozo me trajera el desayuno, recordé otros gestos que representaban bien esa idea: Oscar Wilde dándole una propina al chofer del carro que lo llevaba a la cárcel a cumplir su condena; María Antonieta, disculpándose con su verdugo por haberlo pisado; Shelley, leyendo un libro mientras su barco se hundía; Aramburu diciendo “Proceda”.
Miré la tapa del libro, las letras blancas con el nombre de Jobson sobre un fondo violeta, y pensé en lo reveladora que puede resultar la lectura de un cuento, aun mal interpretado.
El mozo se acercó nuevamente a mi mesa, y apoyó sobre ella un vaso con jugo de naranjas, un plato con huevos revueltos sobre dos tostadas de pan negro, y un cenicero de metal plateado.
A veces, las historias de otros, aunque sean ficticias, ponen en perspectiva nuestra propia existencia. Mientras me alimentaba y disfrutaba de mi desayuno, recordé a mis amigos, y la posición común que reinó en la mesa chica de Viena respecto a mi partida de Buenos Aires, y mis problemas con el otro Martín; sentí que quizás había exagerado mi reacción. O tal vez fuera que, luego de estar lejos por un tiempo, la tranquilidad y el descanso me habían dado las fuerzas que necesitaba para enfrentarme con lo que me estaba pasando.
Terminé el desayuno, firmé un papel que llevaba mi número de habitación, me puse de pie, y salí a la calle.
Caminé hasta el boulevard, y comencé a recorrerlo despacio. Todavía no estaba listo para volver a Buenos Aires, me sentía mejor, pero algo, o la falta de algo, me impedía volver. Al cabo de unas cuadras encontré un banco de madera bajo la sombra de un jacarandá. Fue como una invitación; me senté, encendí un cigarrillo, y, esperanzado, abrí nuevamente el libro de Jobson.