Llevaba horas sentado en el sillón del living, con la espalda recta, la vista al frente y los pies bien apoyados sobre el piso, impaciente, listo para partir apenas el reloj marcara un cuarto para las tres, soportando, también, la mirada intensa de mi gato que había decidido estudiar la situación en silencio, detenidamente, hasta entender lo que estaba ocurriendo.

Nunca sabré lo que él dedujo, pero su desaprobación final fue clara: sus ojos cambiaron de expresión, se volvieron ausentes y llenos de decepción; giró sobre sus patas, y caminó hasta el balcón; allí se sentó de espaldas a mi, con la mirada perdida en las copas de los árboles de la plaza o en las fachadas de los edificios que dan a la avenida. Es así, pocas cosas pueden ocultársele a un gato.

Diez minutos antes de partir hice una nueva recorrida por el departamento para comprobar que todo estuviera en orden, luego fui al baño y me lavé la cara y las manos; al salir evité mirarme en el espejo.

Antes de cerrar la puerta, revisé mis bolsillos por décima vez; llevaba todo. Lancé una última mirada al interior de mi departamento

_ Nunca estuvo tan ordenado-pensé.

En el balcón el gato continuaba mirando hacia la plaza; esta vez, había optado por no despedirse.

Al salir, pasé llave a las tres cerraduras, respiré hondo, y me dirigí al ascensor. Un hilo helado bajaba lentamente por mi nuca; pasé mi mano por mi cabello y por mi cuello, y me dije

_ Vamos, Martín, no aflojes.

Sí, estaba muerto de miedo. Supe desde un principio que iba a ser así, que no iba a poder evitarlo, y que sería clave no detenerme, no pensar, limitarme a hacer lo que había planeado.

La tarde del día anterior, luego de escuchar el mensaje en el contestador, decidí pasar por Viena con la remota esperanza de encontrar a alguno de mis amigos ya de regreso; pero mi mal presentimiento se confirmó apenas di unos cuantos pasos en el salón y vi la mesa chica vacía, y a Chaco moviéndose sólo entre las mesas.

Se acercó hacia mí con la bandeja cargada de vasos y platos.

_No hay nadie, Martín –me susurró al oído- Cortazar avisó que llega mañana, y más vale que sea así porque yo no puedo manejar esto solo, no doy más…

En seguida, con cara de fastidio, Chaco siguió su camino y se perdió detrás de la barra.

Yo salí a la calle y comencé a caminar rumbo al Botánico. Recorrí los caminos que Martini describe en sus novelas, hasta que el calor y el cansancio me ganaron, y entonces decidí sentarme en un banco de madera de color verde.

_ La Cabra te espera mañana a la tarde en el bar, a las tres en punto. Trae todo.

No existía un sólo elemento en toda esta situación que no me preocupara seriamente, pero había un detalle que me perturbaba de sobremanera, un dato ínfimo, irrelevante en este contexto, pero que aparecía una y otra vez en mis pensamientos: la voz que me había dejado el mensaje en el contestador, era una voz de mujer.

Escuché el mensaje varias veces, palabra por palabra, pero - en caso de que conociera a esa mujer- no había logrado identificar su voz. A pesar de esto, tenía un fuerte presentimiento, un pálpito íntimo que me decía que esa mujer me conocía.

Tomé un taxi para ir al bar, pero a unas pocas cuadras de distancia decidí bajarme y continuar el camino a pie. Llegué a la entrada del bar que da a la calle, di dos pasos lentos y luego crucé decidido todo el largo del salón hasta llegar a la pared del fondo. Con un movimiento rápido acerqué la tarjeta al lector y abrí la puerta. Camine sobre la alfombra y la oscuridad y el silencio me envolvieron otra vez.

_ Dios quiera que sea la última vez que piso este lugar –pensé

Corrí las pesadas cortinas y me detuve: a mi izquierda, tras la barra, el calvo acomodaba unas botellas sobre unos estantes de vidrio de color verde; y en el fondo del salón, junto al piano, la pelirroja era absorbida por la lectura de unas partituras. No había nadie más en el salón.

El calvo me saludo con un movimiento descendente de su cabeza, e inmediatamente, su mentón me señalo uno de los compartimentos ubicados contra la pared que se encontraba a mi derecha, de frente a la barra. Luego giró y continúo ordenando las botellas sobre los estantes

El reloj en la pared indicaba que faltaba sólo un minuto para las tres de la tarde.

Al dirigirme al compartimento mis pasos despertaron a la pelirroja, que giró sobre su asiento para mirarme con indiferencia. Inmediatamente retomó su posición anterior, acomodó las partituras sobre el atril, y muy lentamente, sus dedos comenzaron a bailar sobre las teclas del piano, hasta moldear la inconfundible melodía de ese tango odioso llamado "Volver".

_ Hija de puta –susurré apretando los dientes, al tiempo que veía como la Cabra aparecía de la nada detrás la barra.

Cuando llegó a la mesa, me extendió su mano diciendo:

_ Disculpame la demora.

El reloj en la pared indicaba las tres y un minuto de la tarde. No entendí su sonrisa, ni el chiste.

_ Acá estoy –dije- te escucho.

La Cabra me miró callado, con la sonrisa todavía dibujada en su rostro.

_ Tranquilo, Martín, tranquilo –replicó- tenemos mucho para conversar, todo el tiempo del mundo -y mientras me decía esto con sus ojos clavados en mi, su mano apuntó a un costado, hacia el reloj de la pared, y en ese momento, la aguja del segundero detuvo su ronda.

Luego le hizo una seña al calvo, que inmediatamente abandonó la barra, para acercarse a la pelirroja y murmurarle algo al oído. La pelirroja asintió y en el acto apartó sus manos del piano, y se puso de pie; en segundos, los dos abandonaron en silencio el salón, dejándome a solas con la Cabra.


A pesar de saber lo patética que era mi situación, cerré la puerta del departamento de Juan conteniendo la risa.
_ No puedo más, Martín, me tenés harto -dijo a modo de resumen, luego de la pausa que precedió a su largo soliloquio.
Sí, finalmente había logrado sacar de las casillas a mi analista. Todo un record, sin dudas; de enterarse la mesa chica de Viena de esta nueva marca personal, sería el objetivo de sus burlas y comentarios por un largo tiempo.
El motivo de la exasperación de Juan, fue el surgimiento de un nuevo tema, en este caso, mi supuesta falta de determinación.
_ No, Martín, pará un poquito ¿otra vez necesitas revelar un nuevo misterio antes de actuar?
Ese fue la primera línea, la primer arcada, segundos después vomitó sobre mi el resto de su discurso, su frustración y su enojo acumulados.
Nos quedamos en silencio unos minutos, Juan me miraba con sus ojos bien abiertos, vacíos de respuestas, negando con su cabeza la existencia de una alternativa a esta situación; habíamos llegado a un punto sin retorno.
Nos pusimos de pie, dimos dos pasos y nos encontramos sobre la alfombra verde que tanto me gusta y sobre la cual bailaron mis pensamientos y mis recuerdos. Extendió su brazo y nos dimos un apretón de manos. Sus ojos estaban tristes.
_ Hacé de una vez lo que tengas que hacer, Martín -dijo.
Di media vuelta, y emprendí mi salida.
Ya no me quedaba nadie más a quién acudir.
La presión me estaba enloqueciendo, cuando pude entenderlo y luego aceptarlo, decidí seguir la receta que en ocasiones anteriores me había dado resultado: busqué refugio en las cosas que sabía con certeza que me hacían bien: visitar algunos de los rincones de la ciudad, charlar con algún barman, escuchar música, jugar al billar; olvidarme del tiempo.
Fue mientras que revisaba unos cajones que encontré una vieja libreta mía. La tomé con curiosidad, tímidamente, como si no me perteneciera, me senté en la cama y comencé a recorrer las páginas.
Noté que mi letra, la caligrafía, era distinta, y no quise en ese momento saber si me gustaba más que la actual. Había muy poco escrito, apenas un par de hojas; la última entrada decía:

"El mecanismo de mi memoria es extraño: me cuesta mucho recordar fechas, nombres, y otros detalles del pasado; pero en cambio, si me es fácil por ejemplo, ubicar un hecho dentro de determinada etapa de mi vida. Generalmente el proceso no se detiene allí, como si la memoria tuviera deseos de vivir, otro recuerdo surge y se asocia al anterior, casi en simultáneo, llueven otras cosas que ocurrieron también por ese entonces, y así, lentamente, voy hilando los recuerdos hasta que logro recuperar los sentimientos con los que conviví en ese momento, en esa época.
Ese tamiz temporal es muy simple, tiene muy pocas opciones para ubicar un recuerdo: tres sucesos determinan las etapas de mi vida, tres eventos determinantes -aunque es probable que haya algún otro que se me esté escapando, de ser así, se debe a que no lo he identificado como tal aún- que consecutivamente mutaron mi realidad, y que forjaron los sucesivos hombres que habitaron en mi.
En ese recorrido sinuoso, más de una vez estuve a punto de desbarrancarme, y ahora veo que logré esquivar el abismo, en parte, gracias a una enorme cuota de suerte. Así es, la rueda de la Diosa Fortuna siempre se detuvo cuando estaba a punto de aplastarme la cabeza, para retroceder y darme la chance de recuperarme, y de huir, hasta nuestro próximo encuentro. Y tras haberme cansado de maldecirla en un momento, y haber dirigido entonces mi furia y mis puteadas contra cuanto Dios y santo pudiera nombrar, con sorpresa, increíblemente, me encuentro ahora creyendo que, después de todo, he sido un hombre afortunado.
Como en el poker, lo importante es tener a la suerte de nuestro lado en el instante decisivo, cuando están todas las fichas sobre la mesa; que llegue entonces esa ayuda extra, inesperada por todos, improbable, que se necesita para vencer y continuar sobreviviendo."


El texto me resultaba ajeno, quizás había sido escrito en trance, durante mi periodo de sonambulismo; como fuera que haya sido, no recordaba haberlo escrito; tampoco esa teoría sobre las etapas de mi vida; y definitivamente, en modo alguno me sentía un hombre afortunado en ese momento, eso estaba claro. Pero a pesar de estas contradicciones, leer esas líneas me hizo bien; me recordaron que de una manera u otra, me las había ingeniado para atravesar otros tiempos difíciles.
Sentí que en esta ocasión lo me estaba faltando era determinación, no estaba acompañando mis actos con la actitud apropiada a la importancia que tenían; como diría el poeta, me estaba faltando un corazón dispuesto a todo.
Sentado en la cama, cerré la libreta y la dejé a mi lado. Supe que necesitaba encontrar un disparador, algo que me sacudiera y que me ayudara a hacer ese cambio interno.
_ Sentado acá en la cama no lo vas a encontrar -me dije.
Me puse de pie, tome un abrigo, y salí a la calle en dirección a la casa de Juan.

Me desperté con un grito ahogado y con la última imagen de la pesadilla todavía presente, clara y terrible: yo estaba atado a una silla en el interior de una pequeña habitación, y girando a mi alrededor, con ojos llenos de maldad, la Cabra cortaba el aire con el brillante filo de una inmensa navaja de afeitar.
Me incorporé sobre la cama y miré por la ventana, intentando apartar esa imagen: todavía no había anochecido; la poca claridad que resistía en la parte baja del cielo me dio algo de tranquilidad. Me puse de pie y fui hasta el baño. Giré la llave del lavatorio y sumergí mi cabeza bajo el chorro de agua, hasta que sentí que se me helaban las orejas, entonces estiré el brazo en dirección a la puerta, y busqué a tientas una toalla. Sequé mi cabello y mi cara inclinado sobre la bacha, luego dejé caer la toalla al piso y me incorporé con los ojos cerrados, escapándole al espejo; temía ver cómo a través de esa ventana, la pesadilla continuaba.
Cerré la puerta del baño al salir, y fui a la cocina en busca de agua, me había asaltado una sed tremenda. Me senté en el banquito con la botella en la mano, y me quedé allí unos minutos luego de haber bebido varios tragos de agua.
Advertí que mi pesadilla era muy similar a un pasaje de "Perros de la calle", en el que Michael Madsen tortura a un pobre tipo. Recordé que la primera vez que vi esa película en un momento no pude soportar más esa escena y cerré los ojos con fuerza para escaparle al horror; los abrí recién cuando Silvio me sacudió el brazo diciendo:
_ Ya está, ya pasó, boludo.
Sin embargo, en los últimos años había vuelto a ver esa película varias veces, sin taparme los ojos en ningún momento; esa escena tan tremenda se había convertido, con el tiempo, en una escena más. Todavía en la cocina, con las manos apoyadas sobre las rodillas, a punto de ponerme de pie, me pregunté en qué momento de mi vida ese pasaje de la película había dejado de impresionarme, ¿qué había cambiado en mi?
Entonces mi gato apareció y comenzó a refregarse contra mis piernas. Lo tomé en mis brazos y lo acaricié durante un largo rato; luego lo dejé en el piso, cambié el agua de su bowl, y fui a mi cuarto a vestirme; necesitaba salir urgentemente de allí.

Durante los días que siguieron no tuve paz. Me invadieron todo tipo de dudas, y no lograba dejar de preguntarme si mi encuentro con la Cabra no había sido, tal vez, un grave error.
Aterrado por esa posibilidad, aumento mi desasosiego: regresaron las noches de insomnio, y con ellas el cansancio permanente, el malhumor, el transitar una realidad inasible, como la de los sueños.
_ ¿Cómo sabía la Cabra lo de La Plata? -me preguntaba.
Estaba claro que algo le habían contado, ¿pensaría él que yo había sido el soplón? ¿por eso no estaba dispuesto a ayudarme a desaparecer?
Fue sentado en un banco de la plaza Vicente Lopez, viendo como unos niños jugaban a las escondidas, dónde recordé las palabras que me había dicho la Cabra cuando nos despedimos
_Aclará el tema -me dijo.
Ese pedido, o mejor dicho, esa condición que había impuesto la Cabra para ayudarme, revelaba un hecho vital.
_ ¿A quién se suponía que debía aclararle el tema?
Debí haberme preguntado eso antes, pensé; la respuesta llegó sola, casi sin pensarla
_ Con Dmitry -me dije.
_ Aclará el tema... con Dmitry- eso fue en realidad lo que me había exigido la Cabra esa noche antes de despedirnos.
Entonces, la Cabra conocía a Dmitry. Y más aún, deduje, también sabía que para Dmitri, era yo quién los había vendido con la policía.
La amistad, o quizás el temor, le impedían a la Cabra arriesgarse a tener un problema con Dmitry, sólo para ayudarme a mi. Ayudarme a mi a desaparecer, era ponerse en contra a Dmitry.
Con el correr de las horas esa idea se me hizo evidentemente cierta; y entonces se agregó una amenaza mayor: si la Cabra le contaba a Dmitry de nuestro encuentro, de mi deseo de desaparecer, Dmitry -sin dudas- confirmaría sus sospechas, se convencería de que yo era el soplón, y que por eso estaba planeando escaparme...
Caminé sin rumbo como un zombie, hasta que sentí que mis piernas no podían sostenerme más en pie. Al llegar a mi departamento, fui directo hasta mi cama y me dejé caer pesadamente sobre el colchón; estaba exhausto, tenía tal cansancio que ya todo había dejado de preocuparme; lo único que deseaba en ese momento, era poder dormir.






En ese momento, frente a frente con la Cabra, entendí que en verdad estábamos jugando una mano de póker: el había elevado la apuesta, y yo me había asustado como un chico.

_ Necesito ganar tiempo –pensé: lo mejor que podía hacer era guardar silencio. Lo miré callado, como si no hubiese escuchado lo que me había dicho; me serví un poco más de whiskey, le di otra pitada a mi cigarrillo y giré un poco sobre mi asiento, para quedar sentado en dirección oblicua a la barra.

Terminé de fumar el cigarrillo y me reacomedé para quedar nuevamente enfrentado con la Cabra; y mientras aplastaba el cigarrillo en un cenicero dorado, de forma triangular, le contesté:

_ No sé de qué me estás hablando.

La Cabra asintió en silencio, disgustado con la respuesta que había encontrado. Mientras pensaba cuidadosamente sus palabras, de la nada apareció la pelirroja y sin más, se sentó al lado de la Cabra.

Tenía la cara recién lavada, y se notaba que había llorado. Llevaba el pelo suelto cayendo sobre sus hombros, marcando aun más el escote; tenía ahora tres botones libres en su camisa blanca almidonada.

_ ¿Interrumpo algo? –preguntó irónicamente, mientras encendía el cigarrillo que la Cabra había dejado en el cenicero.

_ Sí –contestó secamente la Cabra, sin mirarla.

_ Ya me voy, quería que supieras que tu amigo me maltrato delante de todos, y encima me llamó maleducada. Preguntale a Julián si no me crees –dijo señalando al calvo con un movimiento de cabeza.

_ Tiene razón.

_ ¿Qué decís? –exclamó la pelirroja, escandalizada.

_ Que tiene razón. Sos una maleducada.

La Cabra se puso de perfil, de modo de poder mirarla a la cara, y concluyó la conversación diciendo entre dientes:

_ Y se me está terminando la paciencia con vos, Eva, así que tomatelas de acá.

Mientras la pelirroja se marchaba trágicamente, yo aproveché para recargar los vasos con más whiskey.

_ A esta le subieron el copete esos cuatro o cinco giles que se sientan ahí, cerca del piano, y que se babean mirándola cantar –dijo la Cabra con algo de bronca.

La Cabra tomó de un trago el vaso recién servido, lo apoyó sobre la mesa, e inclinándose hacia mi, finalmente dijo:

_ Mirá, Martín, el tema es así. Yo puedo ayudarte a encontrar a ese doble tuyo; no tengo problemas. Por lo que me contaste, el tipo te está haciendo la vida puta, así que te entiendo.

La pausa que sobrevino indicaba el turno de la mala noticia.

_ ¿Pero? – anticipé.

_ No puedo ayudarte a desaparecer, Martín; no mientras tengas asuntos pendientes por acá, ¿me seguís?

Procuré no pestañear y mostrarme inmutable, con cara de piedra.

_ Ok –repliqué, como si su rechazo parcial no me importara; sólo para confirmar le pregunté- ¿vas a encontrar al otro Martín entonces?

_ Dalo por hecho –asintió la Cabra.

La pelirroja volvió a interrumpirnos, sólo que esta vez lo hizo sentada al piano y con la melodía de “Cuesta Abajo”; me puse de pie de inmediato, ni loco me quedaba a fumarme ese tango.

Extendí mi brazo y estreché la mano de la Cabra en señal de despedida,

_ Haceme un favor: aclara ese tema, Martín. Cerralo de una vez – dijo en voz baja la Cabra.

Yo solté su mano, di media vuelta, y busqué apurado el camino de salida, intentando escapar a tiempo del comienzo de la segunda estrofa:

Era, para mí, la vida entera,
como un sol de primavera,
mi esperanza y mi pasión

Cruce las cortinas masticando bronca. Abrí la pesada puerta y entré en el salón que daba a la calle; seis o siete personas que desayunaban en silencio me miraron como a un espectro. Sí, tenía que atar ese cabo suelto. Me molestaba saber que él tenía razón; me jodía, también, que me lo hubiera dicho; pero lo que me desquiciaba, era que él estuviera al tanto de todo ese asunto, y ese halo de sospecha que me rodeaba inmerecidamente.

Nos acomodamos en silencio en la mesa, e inmediatamente la Cabra giró sobre el asiento de su silla y llamó la atención del calvo, que leyó sin demora el gesto de la Cabra y comenzó a preparar los tragos. Luego la Cabra sacó una cajetilla amarilla del interior del bolsillo de su camisa, la abrió, tomó un cigarrillo armado, lo colocó entre sus labios, lo encendió, y lo aspiró largamente mientras me miraba a los ojos, estudiándome, tratando, quizás, de adivinar mi pedido; después echó su cuerpo hacia atrás, apoyó el brazo izquierdo sobre el respaldo de la silla vecina, miró hacia el techo y expulsó una gran cantidad de humo blanco y denso; luego volvió a mirarme a los ojos, y me dijo:

_ A ver, contame…

_ Por dónde empezar –balbuceé con una sonrisa nerviosa.

_ Comienza por el principio, y sigue hasta que llegues al final; entonces, detente –dijo en tono teatral.

Reí,

_ Carroll –le dije.

_ Sí, Carroll –asintió la Cabra, complacido.

Esa introducción había borrado mi nerviosismo, y me sentí listo para explicarle mi pedido; me detuve unos segundos, sólo para esperar a que el calvo dejara los vasos y la botella sobre la mesa y entonces, hablé.

La Cabra cambió su postura a los pocos minutos de haber comenzado mi relato: dejó el cigarrillo en el cenicero, se inclinó hacia delante, apartó la botella de whiskey y apoyó sus manos sobre la mesa con los dedos entrelazados; sus pulgares, libres, giraban alrededor de un eje invisible sin tocarse; en todo momento, sus ojos me miraban fijamente; era claro que había captado su atención.

_ En fin –dije, queriendo ya ir al grano- necesito tu ayuda para dos cosas, Cabra…

La Cabra levantó primero las cejas, y luego bajó levemente su mentón, como si quisiera aumentar aún más su atención a mis palabras.

_ Necesito encontrar al otro Martín.

Hice una pausa, y continué:

_ Y después… desaparecer. Quiero desaparecer – concluí.

No quise mirar su cara en ese instante, preferí servir mi vaso de la botella, y encender un cigarrillo. Pasados unos segundos, mis ojos volvieron a la cara de la Cabra, y se encontraron con una mirada impasible, y peligrosa.

Esperé todo lo que pude, hasta que finalmente le pregunté:

_ ¿Y? ¿podes ayudarme? –la Cabra no hizo el más mínimo gesto, apenas entreabrió los labios, y frunció el ceño:

_ No sé, Martín, no lo sé todavía – hizo un movimiento con su cabeza, y trató de explicarse - esto es como el psicólogo ¿viste? Puedo ayudarte si me contás todo; y creo que vos no me estás contando todo, Martín…

La mirada de la Cabra había cambiado, ya no me producía miedo, sino culpa.

Un hilo helado recorría mi espalda; por supuesto que había hablado en cuentagotas, lo mínimo indispensable para darle coherencia a mi historia –y a mi pedido-. Hice un esfuerzo por escaparme:

_ No te entiendo –le contesté con mirada perpleja- pero decime, a ver ¿qué necesitarías saber?

Advertí en su cara un gesto de desagrado casi imperceptible; su lengua se asomó y recorrió rápidamente el labio inferior, como una víbora furiosa. Decidido a mostrarme a que se refería, con algo de sarcasmo, y mirándome a los ojos, preguntó:

_ El temita este de La Plata, por ejemplo, ¿no tiene nada que ver con este deseo tuyo de desaparecer, acaso?

Me quedé helado, me sentía desnudo, al descubierto, completamente vulnerable. Entendí que había cometido un grave error, que ignorando los consejos del Zurdo, lo había subestimado.

_¿Cuándo se me ocurrió a mi, que podía pasarlo a la Cabra? -pensé.

Guardé silencio, e intenté no quebrarme. Tenía dos opciones: confiar en él, y contarle todo; o mandarlo a la puta madre que lo remil parió.

Mi último sostén desapareció cuando las manos de la pelirroja se apartaron de las teclas del piano. Sentí en ese instante que mi derrumbe era inminente, y en un intento desesperado por resistir, me puse de pie, me acodé en la barra, y apoyé mi frente sobre los puños.
No quise mirar el reloj: tomar consciencia del tiempo transcurrido desde mi llegada al bar –o lo que es lo mismo, de la cantidad de whiskey ingerida- hubiese sido el golpe de KO; supe que debía ponerme en movimiento y entonces, lentamente, comencé a caminar rumbo al baño.
En el extremo opuesto de la barra, la pelirroja disfrutaba de un descanso saboreando una copa de Martini con los ojos cerrados. Sentada de perfil, lucía pantalones y saco de color negro, y una camisa de frac muy blanca y almidonada, con los dos últimos botones libres.
A medida que me acercaba a ella, pude apreciar cómo sus firmes pechos empujaban la camisa frac blanca; estando ya a unos pocos pasos de ella, una señal de alarma sonó en mi interior, inmediatamente mi mirada recuperó la horizontal y se clavó en la pared gris del fondo, apenas una milésima de segundos antes de que ella abriera los ojos y me mirara.
La muy perra…
Continué mi marcha hasta el baño satisfecho de no haber caído en esa trampa, esta vez la experiencia se había impuesto al alcohol y al cansancio.
Al entrar al baño me encontré con Alberto, que dudó entre ignorarme o preguntarme si necesitaba algo. Finalmente optó por emprolijarse frente al espejo y demorar su salida, esperando que yo decidiera.
Mojé mi cara reiteradas veces con agua fría hasta que sentirme despejado; sabía que el efecto no duraría mucho, pero al menos lograría demorar mi colapso un rato más.
Salí del baño con el paso firme y la mente serena. Me detuve frente a la pelirroja y le pedí fuego; ella quiso hacerme pagar mi indiferencia: sin mirarme, levantó su mentón y mientras dejaba escapar algo de humo al techo, deslizó su encendedor sobre la barra desde el costado de su copa hasta donde estaba apoyada mi mano. Le hice una seña al mozo, y cuando se acercó le pedí un whiskey, y fuego
_ Y lecciones de modales para esta maleducada –agregué. El calvo giró para servir mi trago, pero a través del espejo pude ver su sonrisa contenida, y los ojos de la pelirroja escupiendo fuego.
Retomé mi posición en el extremo opuesto de la barra, al mismo tiempo que la pelirroja se sentaba al piano. El calvo me acercó el vaso, y se quedó acodado a mi lado en silencio; su compañía me reconfortó. La pelirroja jugó con las teclas, anunciando su próximo tango; hizo una pausa, y antes de comenzar levantó la cabeza y me miró maliciosamente.
Por un segundo quise creer que estaba errado, que era sólo otra de mis ideas paranoicas, pero cuando el calvo me palmeó la espalda y se alejó de mi, supe que se venia un cachetazo. Y así fue.
Las primeras notas se sucedieron, y la melodía me resultó conocida; pero cuando identifiqué al tango de Claudia Levy ya era demasiado tarde, la pelirroja había comenzado a cantar:

Me dijeron que te vieron a las tres de la mañana,
la corbata enmarañada, caminando de coté,
que ya estabas tan en curda, que le hablabas a los postes,
que pateabas la basura por culpa de una mujer

No te hagás el pobre tipo porque todos ya sabemos,
que a vos no te importa un bledo si hacés mal o si hacés bien
que a la mina que llorabas ,arrastrado por las calles
la fajaste siete veces y la maltrataste cien.

Con su mirada cargada de venganza y de burla clavada en mi, todo el salón entendió que algo pasaba, y el silencio se hizo más profundo.
_ Suficiente –me dije.
Me puse de pie y comencé a caminar hacia el piano. Lo último que escuché antes de llegar hasta la pelirroja fue:

Llorá , que no hay Cristo que te salve.
Llorá , que llorar te hace tan bien

Algo en la expresión de mi cara no debió estar bien, porque cuando estuve a su lado, la pelirroja dejó de tocar. Sentí que me latía la sien izquierda, y que los dedos en mis manos se movían como tocando las teclas de una piano invisible.
La pelirroja se puso de pie, y levantó su mentón provocativamente, como invitándome a que le cruzara la cara con un cachetazo.
Noté que era mucho más joven de lo que me había parecido en un primer momento; y entonces dudé, se me vino la imagen de Juliana en mi última sesión con ella, y ese recuerdo se llevó mi ira como si fuera una lluvia de verano.
Del fondo de mi memoria rescaté la letra del tango, y bajo el fuego de los ojos de la pelirroja, con voz pausada y mirando las caras a mi alrededor, recité el resto de la estrofa:

Y bajate del caballo y anda poniéndote al día,
y dejá la cobardía de pegarle a una mujer

Luego me detuve, y le dije:
_ Dale, seguí.
Los labios de la pelirroja temblaban apretados; sabía que estaba a punto de pegarme, o de comenzar a llorar; su silencio era insostenible. Estaba por besarla, cuando una voz terrible me detuvo; la orden fue clara y definitiva:
_ Terminá el tango, Eva.
Era la Cabra, que parado desde la puerta del salón observaba, serio, la situación.
Los ojos de la pelirroja brillaban de bronca; cerró la tapa del piano de un golpe, y luego corrió hacia el baño de mujeres llorando como una nena caprichosa. Me di cuenta que ella deseaba ese bife con toda su alma; esa hubiese sido su victoria.
Rápido de reflejos, el calvo puso algo de música y unos segundos después, cada uno volvió a la suyo y las conversaciones renacieron en las mesas.
Yo me acerqué a la Cabra
_ Disculpala a la piba…- susurró.
_ Ya pasó –contesté, haciendo un gesto con mis labios que indicaba que daba por superado el hecho.
_ Tengo que hablar con vos –le dije
La Cabra me miró intrigado y preguntó:
_ ¿Qué pasó? –yo hice una pausa, le señalé una mesa vacía con la cabeza, y le contesté:
_ Vengo a pedirte un favor.
Había pasado un rato largo desde que el barman me había pronosticado erróneamente la pronta llegada de la Cabra, y me vi forzado a sobrellevar la espera dirigiendo mi atención a las melodías que la pelirroja desnudaba desde el piano, y vaciando mi vaso cada vez que el hombre calvo que se movía detrás de la barra, lo llenaba.
Mi mirada confusa comenzó a pasearse por el salón, y en su deambular errático se topó con Alberto saliendo del baño con un cliente, que entendió -o quiso entender- que yo también requería de sus servicios. Procedió entonces a acercarse hasta mi y a ocupar una butaca a mi lado.
Lo noté más viejo y más gordo que la última vez; y cuando comenzó a hablarme también me di cuenta que él estaba muy ebrio, mucho más que yo acaso.
Sospecho que notó mi desinterés y mi aburrimiento, porqué no se explicaba de otra manera la confesión que hizo al oír las primeras notas del tango que el piano de la pelirroja dejaba escapar:

- Yo tenía un año cuando murió Gardel -me dijo - y en casa, me contó luego mi madre, hubo luto por un mes, durante el cual mi padre no emitió palabra.
Alberto hizo una pausa para indicarle al calvo que quería otra copa, y luego prosiguió,
- Mi padre decía que escuchar los tangos de Gardel le hacían sentir que su vida era menos miserable.
Yo apenas prestaba atención a este discurso, lo poco que entendía me parecía patético y trillado.
- Este tango, Volver -aclaró, faltándome el respeto- es una maravilla. Es un resumen de la experiencia de una vida, un regalo de sabiduria -dijo mientras levantaba las cejas y asentía lentamente, aceptando su afirmación.
Se hizo luego un silencio, yo terminé mi trago, y cansado de la espera, del calvo, de la pelirroja, de Gardel y de Alberto, dije:
- Es un tango de mierda.- apoyé el vaso vacio sobre la barra y luego giré para quedar de frente al reflejo borroso que me devolvía el espejo.
Su reacción fue inmediata:
-¿Qué dijo?! ¿está loco, usted?
- Ya me escuchaste, Alberto. Pero por las dudas te lo repito, es un tango de mierda. Nadie vuelve nunca a ningún lado.
- Y ahora tomatelás, viejo falopa. Dejame solo.

Alberto se inclinó levemente hacia atrás, como si necesitara esa distancia para ver mejor mi cara y comprobar si estaba hablando en serio o no. Le tomó dos segundos comprender que no bromeaba; dejó su copa sobre la barra, le hizo al calvo un gesto ampuloso, indicando que yo estaba loco, y se alejó de mi lugar.

El reloj de la barra marcaba las cinco; la noche se me iba, creí que la Cabra finalmente no iba a aparecer, y que mi plan de salvación, había fracasado.

5 de mayo de 2009

Al correr la cortina y entrar en el bar, el ruido de mis pasos fue absorbido por la gruesa alfombra de color violeta que cubría todo el piso del salón. Me acomodé cerca de uno de los extremos de la barra, con la intención de comprobar desde allí si la Cabra se encontraba entre las numerosas personas que poblaban las mesas y la barra.

Noté que, exagerando su hermetismo, el bar carecía de ventanas; y que el techo estaba oculto detrás de una goma espuma densa y oscura, que ahogaba los sonidos que lograban escaparse de la gravedad de la alfombra.

- El mundo termina en la puerta de este bar –pensé.

El bartender era un hombre calvo, de mediana edad, extremadamente delgado y de piel muy clara -tan blanca que no podía ocultar las finísimas venas violetas que recorrían sus brazos, o que asomaban al costado de su nuca, detrás de sus orejas-; sus movimientos eran simples y armónicos, prolijos, pero enérgicos. Se acercó a mi lugar para buscar hielo y comenzó a enfriar una copa de martini, y sin detenerse, imprevistamente me miró y dijo:

- ¿Qué le sirvo?

- Walker negro -respondí- sin hielo.

Con un gesto inconfundible dibujó en el aire un

- Entendido - luego se alejó hacia el otro extremo de la barra, a servirle a la pelirroja pianista, el martini que esperaba por la copa fría en una coctelera plateada.

Desafiando la prohibición de la ciudad, casi todo el mundo fumaba despreocupadamente, y distintos aromas y densidades se mezclaban en el aire; en seguida me sentí ingenuo con la observación, estaba claro que en este lugar regían otras leyes.

- Mejor tener esto bien presente -me dije.

Los tragos se sucedieron mientras esperaba que la Cabra apareciera, y el alcohol o la ansiedad me hicieron dudar, ¿qué me había hecho dar por sentado que encontraría a la Cabra, y que él estaría dispuesto a ayudarme? ¿La desesperación?

- ¿Soy un hombre desesperado? -me pregunté. En ese momento sentí que sí, que lo era; busqué una confirmación en el fondo del vaso del whiskey, pero estaba vacío.

Le mostré mi vaso al calvo, y él se acercó de inmediato con la botella dorada y me sirvió una medida generosa. Aproveché ese gesto amable y le confesé

- Estoy buscando a la Cabra -dije, pero él no levanto la mirada, sólo formó una medialuna con sus labios, como si le hubiese dicho algo que no le importaba, o algo que no quería saber, acomodó la botella en un estante, y volvió al centro de la barra.

Necesité dos whiskeys y casi dos horas adicionales antes de que el calvo se acercara nuevamente y susurrara:

- En un rato llega. Suerte.



jueves 30 de abril de 2009

Al llegar a la vereda opté por ir caminando y de paso aprovechar esas cuadras para pensar un poco más sobre lo que iba a hacer; pero finalmente la impaciencia me desbordó y al llegar a Charcas terminé tomando un taxi. Al subir, le indiqué al chofer el destino del viaje, y luego, casi automáticamente, bajé la ventanilla y encendí un cigarrillo; a través del espejo retrovisor advertí un gesto de fastidio, que decidí ignorar llevando mi mirada hacia la calle.


Mucho tiempo atrás, en una madrugada complicada, acompañé al Zurdo a un bar ubicado sobre la calle Ayacucho. Entramos con paso rápido, y yo seguí al Zurdo hasta el fondo del salón; allí, sobre la pared lateral de color gris oscuro había una puerta perfectamente disimulada, que el Zurdo empujó luego de acercar una tarjeta negra a un sensor ubicado sobre la pared posterior, al lado de una llave de luz.

Atravesamos la pared y el ruido quedó atrapado a nuestras espaldas; dimos dos o tres pasos en la oscuridad, y detrás de una pesada cortina, apareció otro bar.

Era una ambiente mucho más acogedor que el anterior, con paredes revestidas en madera, luz tenue, y una soberbia barra que corría de pared a pared, a lo largo de todo el salón. En un rincón, una pelirroja tocaba en el piano un tango lento. El Zurdo caminó entre las mesas y se detuvo a la altura de la mitad de la barra. Luego dirigió su mirada hacia una mesa en la que dos hombres conversaban en voz baja; el que se encontraba de espaldas a nosotros tenía el cuerpo de niño; el otro, que parecía un gigante, le hizo un gesto al hombrecillo cuando advirtió nuestra presencia, se puso de pie y comenzó a caminar hacia nosotros.

Era un hombre alto y gordo, con el pelo muy corto y canoso. A menos de un metro de nosotros detuvo su marcha y una súbita sonrisa llenó su cara; abrió los brazos y dijo:

- Zurdo, querido…

El Zurdo se acercó y se confundieron en un abrazo profundo. Cuando finalmente se separaron, sus ojos me miraron, y entonces el Zurdo aclaró:

- Es mi amigo.- la Cabra asintió, y luego los tres avanzamos hacia la mesa donde el hombrecillo aguardaba con mala cara.

Nos acomodamos en la mesa, y a los pocos minutos el hombrecillo se puso de pie y desde su escasa altura, lo miró a la Cabra:

- La seguimos mañana –le dijo. Luego nos miró a nosotros, inclinó levemente su cabeza en señal de saludo, y abandonó la mesa.

Al tiempo en el que el hombrecillo se perdía detrás de la cortina oscura, el Zurdo meneó su cabeza y dijo

- No le gustó la interrupción… –la Cabra esbozó una sonrisa y susurró:

- No era nada importante ¿Sabes quién es no? –el Zurdo afirmó con la cabeza y dijo:

- Falero

- Falero –repitió la Cabra, con satisfacción.

Entonces sobrevino un silencio, pasaron unos segundos y finalmente el Zurdo fue al grano y le explicó a la Cabra el motivo de nuestra visita.

Cerca de las cinco abandonamos el lugar. Al salir a la calle caminamos en silencio por Ayacucho hasta Santa Fe. El Zurdo parecía estar tranquilo, pero yo estaba inquieto y muy preocupado ¿qué pasaría si finalmente la Cabra no lograba ayudarnos? Me detuve en la esquina de Arenales, encendí un cigarrillo, aspiré un poco de humo, y dije:

- Entiendo que vos confias en él, Zurdo, ¿pero realmente crees que lo va a conseguir?

El Zurdo pasó el brazo por detrás de mi espalda, y luego su mano sujetó mi hombro con firmeza mientras me decía:

- Tranquilo Martín, tranquilo! él puede arreglar esto de taquito.

- ¿Sabes? Hay un dicho en Buenos Aires, entre los que lo conocen, claro –hizo una pausa, y continuó

- El Diablo le pide permiso a la Cabra, Martín –dimos algunos pasos más en silencio, y se despidió de mi diciendo

- Ahora andá a dormir, y olvidate de este asunto.

Algunos meses después, el Zurdo me pidió que lo ayudara a saldar la deuda con la Cabra, y si bien entendí que era lo que correspondía, me pareció que le estábamos devolviendo el favor con creces.

Todo terminó al poco tiempo con un brindis y un apretón de manos en el bar de la Cabra: finalmente quedábamos a mano. Cuando nos despedimos, la Cabra me dio una tarjeta de plástico negra, y recitó:

-Un favor por otro favor, Martín, esa es la regla.

Yo asentí, y guardé su tarjeta en mi abrigo. Cuando salimos del bar, sin mirarme, el Zurdo me advirtió:

-Te voy a dar un consejo Martín: esa tarjeta vale mucho, cuidala; puede serte de mucha utilidad en algún momento –y remató- Ahora bien, si llegas a pedirle algo a la Cabra, asegurate bien de devolverle después el favor…


Mientras le pagaba al chofer del taxi, tomé de mi billetera la tarjeta negra y la guardé en el bolsillo de mi pantalón.

Entré al bar, y caminé hasta el final del salón; acerqué la tarjeta a la pared, empujé la puerta, y al adentrarme en la oscuridad y en el silencio, supe que estaba tomando un camino sin retorno.

miércoles 28 de abril de 2009

Me despertó un espasmo que anunciaba un vómito inminente, que me obligó a saltar de la cama y volar hacia el baño, casi a tiempo para levantar la tapa del inodoro y volcar en él una catarata ácida y marrón. La descarga me agotó, y cuando terminó, sólo me quedaron fuerzas para meterme en la bañera, sentarme en el piso, abrir la canilla y dejar que el agua tibia corriera por mi cuerpo.
Fueron necesarias cuatro cepilladas para eliminar de mi boca el sabor repugnante del vómito. En el espejo, mis ojos se veían rojos, y mi cara no lucía bien. Noté que el peso de mi cuerpo descansaba sobre mis brazos, que se apoyaban sobre el lavatorio, y que mis piernas sufrían un ligero temblor.
Me envolví en mi bata, me dirigí al living y, agotado, me dejé caer sobre el sillón.
La persiana estaba levantada, y a través del ventanal la luz blanca y pura de la mañana llenaba todo el ambiente. Muy cerca del vidrio del ventanal se encontraba mi gato, sentado, erguido como un zen con la cara apuntando al sol, inmutable.
Durante largos minutos me quedé observándolo, esperando tal vez que notara mi presencia, que se acercara, y que saltara sobre mis piernas para después enrollarse y quedarse dormido. Pero nada de eso ocurrió; su simbiosis con el sol se constituía como un todo que nos quitaba al resto la existencia.
- Un momento de absoluta plenitud –pensé asintiendo. Y mientras miraba a mi gato, sentí la necesidad de identificar algunos momentos así, que me pertenecieran: vino rápidamente una tarde plácida en Rosario, leyendo un cuento de Haroldo Conti frente al río; luego, sin quererlo, la imagen de una mañana vieja de Mayo, en la que me quedé dormido sobre su pecho mientras ella abrazaba y me decía que descanse; y después, una escena de mi infancia: la ansiedad que me desbordaba, y toda mi atención dedicada a escuchar la voz de mi padre leyéndome La Isla del Tesoro - trece hombres van sobre el cofre del muerto, jo, jo, jo, la botella de ron…
El gato giró la cabeza hacia donde yo estaba, abrió los ojos, me miró, y se quejó con un maullido agudo y deformado; mis pensamientos lo molestaban. Luego cerró nuevamente los ojos, y giró su cabeza para quedar otra vez a solas con el sol. Yo me levanté del sillón y fui a mi cuarto a vestirme.
No era posible recuperar mi pasado, pero sí podía reencontrarme con la libertad que había vivido durante mi último viaje.
Mientras bajaba por el ascensor, supe lo que tenía que hacer. Sin Cortázar en Buenos Aires, la única persona que podía ayudarme a conseguir lo que necesitaba, era la Cabra.

martes 21 de abril de 2009

Perdido en la lectura del cuento, demoré unos minutos en detectar la incomodidad que me había asaltado, y que operaba como un zumbido molesto que me impedía avanzar. 
Inquieto, retrocedí algunas páginas para  repasar lo leído: 
-Los vaivanes del espíritu no tienen objeto -decía un personaje de Bolaño en medio de su monólogo.
Releí la frase en voz alta, para escuchar como sonaba, la pensé, la validé contra mi realidad, y no pude digerirla; algo de ella me molestaba y me producía rechazo. 
Miré a través de la ventana del bar: en la calle la gente se movía en completo silencio. Sin pensarlo, decidí cerrar el libro, ponerme de pie, dejar algunos billetes sobre la mesa y abandonar el lugar.

Esa noche fui a Viena de aburrido que estaba. Entré al salón algo malhumorado, me acodé en la barra, y comencé a buscar a Cortázar. Luego de algunos minutos comencé a impacientarme, desde allí podía ver la mesa chica vacía; pero detrás de la barra sólo estaba Chaco, el lavacopas que había reclutado Cortázar algún tiempo atrás, limpiando y repasando la barra con un trapo gris. 
Fui entonces hasta el baño, pasé por la habitación del subsuelo, y luego retorné a la barra.
Finalmente di media vuelta, lo miré a Chaco, y le pregunté dónde estaba Cortázar:
- ¿Dónde está Cortázar, che? –dije. Mis palabras detuvieron los movimientos de Chaco, y lo eyectaron de ese mundo paralelo en el que vive
- No está, Martín –respondió tímidamente- se fue con Moliné y Esperanza al Festival de Tango de Montevideo –y agregó- salieron el sábado, pensé que sabias…
Me quedé perplejo mirándolo a Chaco, dejé escapar un chistido de decepción y de bronca, y sin decir más, me fui de Viena sintiendo que estaba a punto de estallar.
¿Quién más faltaba irse de esta puta ciudad?
Esa noche apenas dormí: di vueltas en la cama, intenté leer, lavé algo de ropa, para luego volver a dar vueltas en la cama; finalmente cerca de las cuatro conseguí cerrar los ojos y quedarme dormido.
Me desperté asfixiado y temblando, con mi ojos abiertos reteniendo todavía las últimas imágenes de la pesadilla. Me incorporé en la cama y respiré pesadamente; mi cuerpo y las sábanas estaban empapadas de sudor. Estaba helado, pero sentía que hacia muchísimo calor en la habitación.
Miré el reloj: faltaban veinte minutos para las cinco. Me tomé la cabeza con las manos, y esperé unos segundos sin saber que hacer. Luego me paré, fui hasta el living, tomé la botella, caminé hasta el baño, entré en la bañera, abrí la ducha y no salí hasta que terminé de beberme todo el whiskey.
El vapor o el alcohol me empañaron la vista. Llegué a mi cuarto a los tumbos, todavía con la botella en la mano y me dejé caer sobre la cama. No podía mantener los ojos abiertos; tampoco cerrarlos. En esa nube irreal, nuevamente volaron ante mis ojos los fantasmas de la pesadilla; desesperado, intenté apartarlos con manotazos e insultos, pero me fue imposible. 
Cuando me quedé sin fuerzas, dejé caer mi cabeza sobre la almohada, mi brazo quedó colgando sobre el vacío, mi mano soltó la botella vacía y, finalmente, cerré los ojos. Lo último que recuerdo antes del apagón total, fue escuchar a mi voz diciendo:
-No doy más. 

jueves 2 de abril de 2009

Esa noche el Dandy no regresó a dormir a casa, y tampoco lo hizo en los días que siguieron. Fue en la mesa de Viena que Joaquín tiró la pelota afuera, y como si no estuviera dispuesto a compartir mi nueva angustia, dijo:
- Se debe haber ido a Punta del Este en el barco; ya sabés, a estar un poco solo y pegarse una buena joda allá. Vos no te preocupes -agregó-  él se sabe cuidar.
Asentí sin estar del todo convencido, mientras recordaba la vez que Floyd Rodriguez me confesó que lo más difícil para él era cuidarse de sí mismo. Luego me preguntaría por qué Jaoquín me había aclarado que el Dandy se sabía cuidar, ¿qué me había querido decir? ¿que yo no sabía hacerlo acaso? 
No había noticias del Zurdo; Gatica se había escapado a la Costa con una sommelier paraguaya que había conocido en un evento de tecnología, y esa misma noche Joaquín comentó que se iba al Sur con el Negro, a pescar truchas; y yo pensé que carajos me iba a quedar haciendo en Buenos Aires. Joaquín me leyó el pensamiento, y un poco entre risas, me dijo:
- Vos mientras tanto busca algo para entretenerte...
Cortázar le festejó el chiste, y yo me sentí obligado a empujar mi malhumor con un poco de vino y a esperar a que alguien cambiara de tema. Al día siguiente Juan me preguntaría si podía identificar lo que me había molestado de ese comentario; un rato más tarde, y con otros interrogantes a cuestas,  yo abandonaba en silencio el consultorio, sin haber podido encontrar ni una sola respuesta. Otra vez me había cagado a palos.
Regresé a mi departamento caminando, intuyendo que esa noche no iría a Viena. 
Al llegar a casa, me dí una larga ducha; luego me serví un whiskey doble y fui hasta el living y decidí  escuchar un poco de música. Vi en ese momento, apoyado en la mesa,  el sobre de papel madera; lo tomé y caminé hasta el balcón. Me senté  y encendí un cigarrillo, vi que era una noche apacible y agradable, pero nada de eso me reconfortó. Exhalé largamente  una bocanada de humo, y casi sin pensarlo, prendí un fósforo y luego,  lentamente, como hipnotizado, acerqué unos de los extremos del sobre a la llama amarilla. Inmediatamente después dejé caer el sobre al piso y me quedé mirando como el papel ardía y se convertía en cenizas.
Luego fui hasta el living, tomé la botella, subí aun más el volumen del equipo de música, y me desplomé sobre el sillón.  Antes de que las luces se apagaran, di un paseo por el pasado y por los distintos futuros que pudieron haberse sucedido desde el borroso momento que todo comenzó a complicarse.

viernes 20 de marzo de 2009

Atravesé la entrada del Liceo entremezclado con un grupo de jóvenes distraídos, y pocos metros después de haber dejado atrás la garita de vigilancia, me separé de ellos para ir directo hacia el muelle. 
Sabía que el yatch del Dandy no era demasiado grande, y que llevaba "Bolivar" por nombre. Creí recordar en ese momento que así también había bautizado Byron a su barco; y me pregunté si habría algún otro punto de contacto entre Byron y el Dandy
Caminé lentamente por el muelle principal y por sus ramificaciones, deteniéndome cada tanto para mirar a mi alrededor, deseando encontrarme de pronto con la figura del Dandy recortada contra el cielo celeste. 
Pase un largo rato deambulando inútilmente, y antes de darme por vencido, recorrí nuevamente los caminos de madera que apenas lograban separar los barcos entre sí; finalmente me detuve en el extremo último del muelle y resignado, me senté y encendí un cigarrillo. Apoyé mi espalda contra un poste de madera, cerré los ojos, y dejé que el sol incendiara mi cara.
Me quedé pensando en el sobre de papel madera, y en esos versos de Auden; y de pronto me parecieron una advertencia, o el  recordatorio de una deuda pendiente. 
Si el Dandy no tenía nada que ver con esto, ¿qué parte me tocaba a mi en este asunto? ¿ a quién había herido yo, en ese caso? Sin mucho esfuerzo, se me ocurrieron tres o cuatro nombres; pero negando con la cabeza, descarté esta idea paranoica y me dije:
-¿Quién no ha lastimado a alguien alguna vez? - y entonces me puse de pie, tiré la colilla del cigarrillo al agua, y emprendí mi camino de regreso a tierra firme.
El sol estaba ya en lo alto del cielo y el viento soplaba con ganas, y ante ese panorama sospeché que el Dandy no regresaría sino hasta después de algunas horas.
Al salir del club saludé  al cadete que vigilaba la entrada, y comencé a caminar por la Costanera en dirección al sur.  
Las nubes corrían apuradas, y a su paso las aguas del río cambiaban de color. Me apoyé sobre el muro y me quedé mirando cómo un hombre encarnaba el  anzuelo de su caña de pescar; a su lado, sentada en una reposera de playa, su  mujer preparaba un mate; se los veía tranquilos y contentos. Recordé en ese momento la imagen de Eliseo Morán solo frente al río,  y noté que algunos necesitan muy poco para estar en paz;  y no pude evitar sentirme un poco estúpido.

martes 18 de marzo de 2009


Ayer a la mañana desperté con el deseo de salir al balcón y desperezarme contra los rayos del sol. No me preocupé en ponerme los pantalones, y así como estaba, caminé por el pasillo, llegué al living, corrí el ventanal y salí al día.
Apenas corría una brisa fresca; y el Sol, que no había terminado de trepar por el cielo, me recibió con un calor maternal.  Tomé aire, entrelacé los dedos de las manos, y luego levanté los brazos hasta que sobrepasaron la línea de mis hombros; respiré suave y profundamente dos o tres veces más, y procedí a arquear mi espalda hacia atrás todo lo que me fue posible. Conservé esa posición por algunos segundos, y finalmente deshice la postura muy  lentamente.
Satisfecho, me apoyé contra la baranda del balcón y me dejé atrapar por las copas de los árboles de la plaza, y por los reflejos de las ventanas de los edificios que dan a la avenida. Permanecí allí varios minutos antes de que decidiera entrar a prepararme el desayuno.
Casi llegando a la cocina, apareció mi gato y comenzó a bailar alrededor de mis piernas,  maullando sin cesar, pero cuando me incliné para acariciarlo, se escapó de entre mis manos y corrió hacia la mesa del living. 
Lo seguí intrigado, y entonces puede ver allí, a unos pasos de la puerta de entrada del departamento, un sobre grande de color madera.  Me incliné nuevamente, tomé el sobre, acaricié al gato, y fui hasta la cocina a prepararme un café.
El sobre no tenía señas, y era muy liviano, como si llevara apenas una hoja. Y no estaba cerrado.
Terminé de prepararme el café,  regresé al living, y me senté a la mesa. Tomé unos sorbos de la taza, y luego examiné el sobre con cuidado: no advertí ningún detalle en especial.
Finalmente aparte la solapa del sobre, y extraje una hoja de papel algo gruesa y de color tiza. La primer carilla que vi estaba en blanco, di vuelta la hoja inmediatamente, y allí, perfectamente centrados en el papel, en tinta negra y en letra cursiva, estaban impresos unos versos de Auden, que decían así:

I and the public know
What all schoolchildren learn,
Those to whom evil is done
Do evil in return

Para entenderlo, o estar seguro de haberlo entendido, necesité de algunos minutos y tres o cuatro relecturas. 
Entonces, dejé la hoja sobre la mesa, y giré sobre la silla en dirección al ventanal;  me quedé meditando sobre esos versos, y sus implicancias, durante un largo rato, hasta que en  un momento, sin proponérmelo, tomé aire y en voz alta comencé a repetir los versos lentamente, con cierta gravedad, como si estuviera pronunciando una sentencia. Al terminar, sentí sobre  mí el peso de una ley ineludible, como la del paso del tiempo o la finitud de nuestra consciencia, y nuevamente me invadió el presentimiento de una tragedia inminente.
Pasó también volando el recuerdo de mi amigo, esa noche en Caballito, explicándome que la angustia sin remedio de su alma justificaba plenamente su deseo de venganza.
Sin pensar que era lo más conveniente, dejé el sobre donde lo había encontrado, tomé las llaves, los cigarrillos, y salí del departamento apurado.
El aire de la calle y la caminata me hicieron bien, luego de un rato decidí dejar de pensar en abstracto, y dedicarme a entender a quién iba dirigido ese sobre, quién lo había escrito, y por qué.
Sentí que no podía demorarme ni un segundo.
Entré en un bar y le pedí al mozo un café doble; mientras esperaba, pensé que haría el Zurdo en esta situación: plantear alternativas, sin descartar ninguna, me dije. Le pagué al mozo inmediatamente después de que me dejó el café sobre la mesa; no quería interrupciones.
Repasé lo que había elaborado hasta el momento, y me sentí satisfecho: tenía un plan. Terminé el café, dejé unas monedas sobre la mesa, y con paso firme y rápido abandoné el café.
Caminé de prisa por Córdoba hasta llegar a Callao, allí paré un taxi y le pedí que me llevara al amarradero del Liceo, sobre Costanera Norte. Bajé la ventanilla y encendí un cigarrillo, y a los pocos segundos el chofer me miró por el espejo retrovisor, pero no dijo nada; creo que mi cara de pocos amigos lo intimidó. 
El auto volaba por las calles mientras yo miraba a través de la ventana, pero miraba sin ver; estaba tan nervioso que me sudaban las manos y me zumbaban los oídos. Para recobrar el valor y recobrar la confianza, repasé varias veces el plan que me había fijado.
Cuando el auto llegó a la Costanera, y entendí que restaban unas pocas cuadras, me limité a repetir el primer paso del plan, acaso el más difícil: encontrarlo al Dandy, y obligarlo a hablar.

viernes 6 de marzo de 2009

Luego de muchos años de vivir sólo, es difícil evitar un sobresalto al  escuchar el ruido de la llave en la cerradura de la puerta de entrada; así, aún sabiendo ésto -y siendo casi obvio que se trataba del Dandy- abrí los ojos resignado, y me pregunté que hora sería. 
La puerta se abrió con violencia, chocando contra la pared lateral del departamento; escuché luego algunos pasos torpes,  ruidos sordos de bultos cayendo sobre el piso, silencio, y  finalmente un estrépito de sillas y muebles. Salté disparado de la cama, salí al pasillo y en tres saltos llegué al living. Allí, tirado al pie de la mesa, estaba desmayado el Dandy.
Con mucho esfuerzo logré levantarlo del piso y cargarlo hasta el cuarto.  Estaba casi inconsciente, y sus ropas sucias y algo desgarradas, olían a sudor y a alcohol;  tenía la frente lastimada, y la mano derecha hinchada como un globo.
Lo acosté en la cama, y cuando intenté aflojar el nudo de su corbata, tiró un manotazo al aire mientras balbuceaba:
-Salí, putazo.- inmediatamente después giró  su cabeza hacia un costado, y se quedó dormido.
Tomé mi ropa y salí de la habitación. Fui hacia el living y me vestí, luego levanté las sillas, acomodé el teléfono sobre la mesa, y llevé hacia el lavadaero la valija y la caja que el Dandy había traído. Deduje que había tenido un encuentro con Marta, y que que no había salido bien.
Bajé a la calle y caminé hasta el quiosco, introduje unas monedas en el  teléfono y disqué el número del departamento del Dandy. Luego de unos segundos Marta atendió, y pude notar su preocupación cuando reconoció mi voz. 
- ¿Pasó algo, Martín? -preguntó con la voz cargada de angustia. Le mentí, y solo le dije que lo notaba mal al Dandy, y que quería saber que estaba pasando. Me contó que el día anterior se había reunido con el Dandy, y ella le había confirmado su decisión de separarse. Según su relato, él la escuchó callado, y cuando Marta terminó de hablar, él se puso de pie, fue hasta el cuarto, preparó una valija, y luego recorrió el departamento y fue guardando distintos objetos en una caja de cartón.
- Antes de irse -me continuó diciendo Marta- se dio media vuelta, me miró, tiró las llaves del departamento arriba de la mesa y se fue dejando la puerta abierta.- allí Marta detuvo su relato y ahogó un sollozo. Yo esperé unos segundos, y con desagrado, le pregunté:
- Hay otro, Marta, ¿no? ¿es eso? -algo en el tono de su voz y en la demora de su respuesta me impidieron creerle cuando me respondió
- No, Martín -e  inmediatamente después agregó- Chau-y concluyó  la comunicación.
Yo colgué el auricular y decidí ir a desayunar. En el camino me detuve en una librería y, a pesar de haberlo leído, compré un ejemplar de El Autor Intelectual, de Juan Martini, por estar de oferta a un precio que era ofensivo.
La mañana transcurrió entre medialunas, café con leche  y las historias de Mario Barberi. Regresé a mi departamento cerca del mediodía, de buen humor y con la intención de despertar al Dandy y llevarlo a almorzar a la Costanera; pero al entrar a casa quedé descolocado al encontrarlo ya levantado.
Estaba sentado a la mesa del living, impecablemente vestido, afeitado, peinado y perfumado; y de no ser por un pequeño apósito que se había colocado en la frente, y por la venda que enfundaba su mano derecha,  hubiese sido difícil reconocer en él, al hombre que había visto apenas algunas horas atrás despatarrado en el piso del living como un despojo humano. 
Contestó mi saludo sin siquiera mirarme. Toda su atención estaba absorbida por la limpieza de su revolver: con movimientos lentos giraba la pieza, la examinaba a trasluz, introducía en el cargador o en el caño un cepillo largo y fino, luego volvía a examinarla, montaba las  partes, y luego volvía a desmontarlas;  así estuvo por varios minutos. Sobre la mesa había colocado un paño negro, un juego de cepillo, una franela y algunas balas. Yo lo observaba a cierta distancia, sentado en el sillón que da al ventanal, sintiendo que estaba a punto de suceder una tragedia.
Finalmente tomé coraje, y  buscando un tono casual, le dije:
- Y Dandy? mejor? 
Sus manos se detuvieron, me miró por unos segundos, y me contestó
-Estoy bien, gracias -e inmediatamente continuó con su tarea. Entendí que iba por mal camino, que él había decidido no decirme una palabra de su encuentro con Marta o algo acerca de su estado cuando llegó al departamento. 
Decidí entonces probar con otro tema; aclaré disimuladamente mi garganta, y forzando una sonrisa, tiré
- Que, ¿la estás preparando por si se aparece el rusito? - y cuando terminé la frase sonreí  mostrando mis dientes.  Esta vez él no detuvo sus movimientos, y sólo me respondió:
-¿Ya te fueron con el cuento?
- Sí -dije, luego me puse serio, y agregué- y quería agradecerte, Dandy. En serio, gracias...
- No tenés nada que agradecer, Martín -replicó todavía sin mirarme- lo único que hice fue aclararle a ese Dmitry cómo son las cosas.
Asentí, y sólo para estar seguro le dije:
- Igual vos sabés que yo no fui el que habló, ¿no Dandy? 
Al escuchar esas palabras, el Dandy apoyó el revólver sobre el paño negro, me miró con ojos fríos, y me contestó:
- Más te vale, Martín, porque  te juro que si yo descubro que me mentiste en esta, no me va a temblar el pulso con vos.- entonces tomó su revolver y comenzó a examinarlo nuevamente. Y a continuación, agregó:
- Alguien que es capaz de traicionarte así, de cagarse en aquellos que lo quieren... alguien que te condena a vivir con un dolor así, Martín... -hizo una pausa, meneó su cabeza, y con los dientes apretados, sentenció-  una porquería así no merece vivir, Martín.
Me quedé callado, mirándolo al Dandy, y me encontré de repente pensando en Marta, y en la sospecha del Zurdo y mía sobre los verdaderos motivos de su separación, y nuevamente me invadió el sentimiento de tragedia. 
Fue el Dandy quién me rescató de estos pensamientos, quién quizás queriendo borrar el clima denso. me dijo:
- Igual quedate tranquilo, pichón, yo sé bien que no fuiste vos... -lo miré algo sorprendido por su repentino cambio de humor
-Dalé, cambiá esa cara, che. Y andá a ponerte una camisa decente, que te invito a almorzar a un lugar que conozco.
No pude evitar una sonrisa, resignado, me puse de pie y fui al cuarto a cambiarme la camisa.

jueves 5 de marzo de 2009

Abrí los ojos resignado, como admitiendo que había perdido otra noche de sueño y descanso. Inquieto, me puse de pie, a tientas recogí de la silla algo de ropa y luego salí de la habitación rumbo al balcón. 
Tiempo atrás creí haber descubierto cierta correspondencia entre mis ataques de insomnio y las noches de Luna Nueva; había olvidado esa idea, pero cuando salí al balcón y miré hacia el cielo, y  la oscuridad total me confirmó que la Luna no estaba, sentí que en todo este tiempo había estado en lo cierto, y que por algún motivo misterioso, mis sueños se van con la Luna.
Me vestí rápidamente antes de sentarme en la silla y encender un cigarrillo. Sin que me diera cuenta, mi gato apareció a mi lado y se quedo allí contemplando la noche y haciéndome compañía; intuí que a él también lo inquietaba ese cielo oscuro y vacío.
Mientras intentaba formar anillos de humo como los que hace el Negro Avellaneda, recordé las palabras del Zurdo, y comencé a comprender las consecuencias que había tenido mi decisión de desaparecer.
El primer eslabón en la cadena de efectos que provocó mi partida fue la autoexclusión de Expedition Al del trabajo. Con el antecedente de nuestro encuentro fallido en 50's -la noche en que me siguieron-, y mi posterior desaparición de Buenos Aires, Expedition Al finalmente le dijo al Zurdo que  el se abría:
- Esto viene mal barajado, Zurdo -le advirtió.  La baja causaba un nuevo problema: Expedition Al era el responsable de obtener los accesos a la bóveda judicial; sin él, todo el plan se derrumbaba. Aquí es cuando aparece Dmitry.
Sospecho que fue forzado por las circunstancias, y por el poco tiempo con que disponía para buscar otras alternativas, que  el Zurdo se contactó finalmente con Dmitry. Con métodos completamente distintos a los  de Expedition Al, Dmitry aseguraba el mismo resultado; pero con una gran diferencia, todo el mundo sabe que no se puede confiar en Dmitry.
La muerte del policía,   que generó la noticia que precipitó mi regreso a Buenos Aires  fue consecuencia de la incorporación de Dmitry al trabajo y, por ende, también hija de mi desaparición. 
El policía muerto era parte del grupo esa noche, había sido reclutado por Dmitry para que facilitara el ingreso a la bóveda. Pero cuando las sirenas y las alarmas comenzaron a sonar, y todos entendieron que estaban cayendo en una trampa, el policía quiso salvarse y aparecer como un héroe; intentó detener al grupo hasta que llegaran sus compañeros, pero en un descuido fue el mismo Dmitry quien lo eliminó de un disparo.
- Después la policía disfrazó un poco la historia -me explicaba el Zurdo- para no dañar su imagen, y el nombre del policía ¿Sabías que tuvo un funeral con honores por haber caído "en servicio"? -yo negué con la cabeza.
- Me dijeron que con eso la viuda va a recibir una mejor pensión, que sé yo -concluyó.
La mención de la viuda por parte del Zurdo me molestó, formaba esa parte del paquete que no quería ver.
Encendí otro cigarrillo y mientras lo fumaba, acaricié lentamente a mi gato, que continuaba a mi lado contemplando la noche oscura.  Envidié su tranquilidad, y me dije que yo también deseaba vivir en sosiego. 
Detrás de los edificios que dan a la avenida, el cielo comenzaba a iluminarse; era hora de intentar dormir. Me puse de pie, apagué el cigarrillo, cargué al gato en mis brazos, y regresé a mi habitación en puntas de pie, procurando no hacer ruido para no despertar al Dandy.

martes 24 de febrero de 2009

Finalmente, el optimismo me había abandonado. Desde mi regreso había estado esperando pacientemente a que algo ocurriera, pero las semanas se sucedían y comenzó a parecerme que todos actuaban como si nada hubiese pasado. Así, todos los días, cerca de las once, me acomodaba en la mesa chica de Viena a esperar la llegada de mis amigos, con la esperanza de que en algún momento se comenzara a hablar del asunto; pero no, indefectiblemente, al terminar la noche regresaba a mi departamento con las manos vacías y con mi ansiedad a cuestas. 
Por eso, esa noche, cuando el Zurdo dijo como al pasar:
- Che, decidí irme de vacaciones por un tiempo…-el único que tiró las cartas sobre la mesa  fui yo. Los naipes se deslizaron hasta el otro lado de la mesa, chocando con la mano del Negro Avellanada -que orejeando sus cartas, buscando un envido salvador- que  sorprendido, exclamó:
- ¿Pero que hacés, che?!
El Zurdo levantó entonces su mirada de la mesa y alejó sus manos de las cartas, corrió  el vaso de whiskey hacia un costado, apoyó los brazos sobre la mesa, entrelazó sus dedos, y con un tono de voz pausado y lleno de paciencia –que luego me recordó a Juan- me preguntó:
-¿Qué pasa, Martín?
- No sé, Zurdo, no sé que pasa, justamente eso me pregunto yo –contesté algo escandalizado. Luego hice una pausa, y como distribuyendo mi reclamo, miré a todos los que estaban alrededor de la mesa, y agregué-  no sé que pasó, no se que está pasando ahora, no sé si va a pasar algo o no… no sé nada. 
Ante la cara de desconcierto de la mayoría, intenté explicarme:
- A ver: yo me vine a las corridas para Buenos Aires preocupado, angustiado diría, por su suerte. Pero al llegar me encuentro con la novedad de que el que tiene problemas soy yo, porque para la comodidad de muchos,  alguién concluyó que yo fui el soplón; de paso, me desayuno que Dmitry participó del trabajo y que encima cree que fui yo quién lo traicionó. Y cuando vengo acá  pareciera que no pasó nada, todo sigue igual, nadie habla del tema… y vos ahora te vas de vacaciones? 
La situación se me hacia irreal. Enojado, continué diciendo:
- Decidí desaparecer para intentar recuperar mi vida, y regresé por ustedes, para cerrar este quilombo y poder seguir mi viaje, pero a nadie parece importarle esto, y seguimos acá, jugando a las cartas. 
Advertido de la situación, Cortázar apuró el paso hacia la mesa acompañado por el Dandy y por Moliné, mientras Joaquín me hacia una seña con la mano para que bajara un poco el tono de voz. En pocos segundos, estábamos todos reunidos alrededor de la mesa, mirándonos a la cara en silencio.
Como era de esperar, todas las miradas terminaron buscándolo al Zurdo, que asintió pausadamente con la cabeza como indicando que ya sabía lo que iba a decir, y que la situación estaba controlada.
- Te entiendo, Martín -comenzó diciendo, supongo que buscando tranquilizar, ya que como una lluvia de verano, sus palabras  bajaron la temperatura de la mesa: se relajaron las caras, cayeron los hombros, y luego todos se acercaron, cerrándose aún más el círculo alrededor de la mesa. Entonces el Zurdo prosiguió
- Ahora, yo te dije que te iba a explicar todo a su tiempo ¿o no?  la verdad es que no sabía de tu apuro, Martín. Acá no hay nada que esconder, y si me lo hubieses pedido, yo te habría contado todo lo que sé. ¿Qué pasa?¿ te molesta que yo me vaya un tiempo ahora que vos regresaste? no hay nada que podamos hacer por el momento, Martín, esa es la verdad, aunque no te guste. Sólo dos cosas están claras: tenemos que encontrar la manera de compensar a Dmitry y a sus socios por este trabajo fallido, y, segundo, estar atentos y movernos para averiguar quién nos vendió; y sospecho que ambas tareas nos van a llevar mucho tiempo.
El Negro encendió un habano y comenzó a lanzar anillos de humo, que flotaban primero sobre sobre la mesa y luego ascendían hasta perderse por sobre la lámpara que colgaba del techo. 
Las palabras del Zurdo rebotaban en mi cabeza, pero yo me negaba a aceptar lo que ellas implicaban, yo necesitaba terminar todo este tema cuanto antes, y quería que todos lo supieran, que me entendieran, y que lo aceptaran. Y asi lo dije:
- Tratemos de apurarlo, Zurdo. Yo hago esto y me salgo, no quiero seguir más asi.
Los ojos del Zurdo se anticiparon a su respuesta, y al no que repetía su cabeza al decirme:
-No Martín, no lo vamos a apurar - se detuvo un segundo y luego fundamentó su respuesta- Cada uno tiene que que hacerse cargo de sus decisiones: vos quisiste desaparecer, asi... de un día para otro, de repente, y lo hiciste. Nos avisaste, es cierto, pero te fuiste, y nadie te lo impidió. 
Elevó su brazo, y con el pulgar de su mano apuntando en la dirección de su espalda, agregó:
- Ahí estabas afuera, Martín, te habías salido, finalmente; habias logrado lo que ahora decis que querés -en ese momento vi las caras alrededor de la mesa, y entendí que el Zurdo hablaba por  todos ellos-. Después, cuando te enteraste de todo lo que pasó, por el motivo que sea, decidiste regresar y resolver esto en dos patadas para poder rajarte de nuevo, esta vez sin sentir culpa.
- No, Martín, no podes entrar y salir de la vida de los demás cuando se te ocurre. Y no, no nos vamos a apurar, todo lo contrario, vamos a pensar muy bien nuestros próximos pasos, porque no podemos equivocarnos más.
El Zurdo terminó su vaso y se puso de pie. Tomo sus cigarrillos y me dijo:
-Veni, dejemos que terminen el juego que sino es mala suerte, y acompañame afuera un rato.
Lo segui callado, y con cada paso que daba me sentía más desorientado, sin saber que es lo que tenía que hacer. 
El aire fresco de la noche me alivió.  Caminamos varias cuadras en silencio, hasta que llegamos a la Biblioteca Nacional. Allí nos sentamos en un banco, encendimos un cigarrillo, y luego el Zurdo procedió a relatarme minuciosamente todo lo que había pasado desde el momento en que yo me fui de Buenos Aires. 
Cuando finalizó su relato, le hice algunas preguntas, sólo para confirmar que había entendido bien.  Luego repasamos juntos las conclusiones hasta que, con una palmada sobre la rodilla,me indicó que la charla había terminado. Nos pusimos de pie, y seriamente y con voz grave, me preguntó
-¿Puedo irme de vacaciones entonces?
Sonreí, él me cacheteó levemente detrás de la cabeza, y en tono amistoso, susurró:
- Pensá en lo que te dije, Martín. Las decisiones que tomas tienen consecuencias, provechosas y costosas, de las dos; y vienen juntas, en un mismo paquete, sólo que en ocasiones se revelan por completo después de que tiraste del piolín. Tratá de elegir bien, y de evitar las repeticiones. 
No lograba retener sus palabras, estaba algo aturdido y débil. Creo que él lo advirtió, porque contuvo lo que iba decir, hizo una pausa, y se despidió diciendo:
- Andá a descansar, y aprovechá este tiempo para pensar... y decidirte. 
Nos dimos un abrazo, y al separarnos agregó:
- Esta vez es a todo o nada, Martín.  Ojalá estés acá cuando regrese.

jueves 13 de febrero de 2009

El verano había sumergido a la ciudad en una quietud que me desesperaba. Para dominar mi ansiedad, y aprovechar de alguna manera ese impasse,  durante los últimos días de Enero retomé terapia.
Mi reencuentro con Juan no fue fácil: mi desaparición lo había afectado, y me llevó varios días explicarle lo ocurrido y convencerlo de la necesidad que tenía de continuar mis sesiones cuanto antes.
Tal como sospechaba que ocurriría, mientras lo ponía a Juan al tanto de las novedades, fueron surgiendo nuevos interrogantes que prolijamente se agregaron a la lista de  temas a resolver. Una vez que superó el shock  que los eventos acontecidos -y mi situación en particular-  le habían generado, y luego de haberme explicado -por obligación legal, me aclaró- sus responsabilidades como profesional ante el conocimiento de hecho ilícitos, nos zambullimos al análisis de las alternativas que había explorado durante mis días fuera de Buenos Aires.
- Es muy simple, Juan -le dije- solo debo solucionar los asuntos pendientes. Luego seré libre...
Continué con el sueño que había tenido durante la última noche del año, y expuse  en seguida la interpretación que había hecho, su explicación. El asintió, pero antes de que desviara la mirada hacia su cuaderno de notas, pude advertir en sus ojos algo de escepticismo o de pesar.
En los minutos que corrieron hasta el cierre, y  en las sesiones que siguieron,  sufrí un bombardeo de preguntas que me agotó, me alteró y me irritó de sobremanera; sistemáticamente, ante cada contestación que daba, Juan procedía a buscar en su cuaderno de notas una afirmación mía que era - o parecía ser- contraria a mi última respuesta. Finalmente perdí la paciencia, di un manotazo sobre la meza, y procurando moderar el tono de voz, quise terminar con ese juego:
- ¿ A dónde querés llegar con esto, Juan? -pregunté
El me miró sereno, y con voz pausada me contestó:
- Mirá, Martín, yo creo que estas tirando por la borda todo el trabajo que hiciste en este tiempo. Y si me aceptaras un consejo, te diría que no tomes decisiones en este momento.

Esa noche soñe nuevamente con ella. Estábamos otra vez  bajo el techo del puesto de diarios, refugiándonos de la lluvia torrencial, mirándonos en silencio; en un momento yo intenté abrazarla, pero ella dio un paso hacia atrás, llevó su mano a mi mejilla, y con los ojos llorosos intentó sonreír al decirme:
- No, Martín, no.
Luego ella comenzó a caminar bajo la lluvia; y yo me quedé inmóvil, viendo como la oscuridad la rodeaba y se la llevaba.   
Aun antes de despertarme supe que estaba soñando, la vida no puede ser tan cruel, pensé. Cuando abrí los ojos  todavía estaba masticando bronca y dolor. 
Fui hasta la cocina a beber un poco de agua, tenía la boca seca y la garganta dolorida, como si hubiese gritado.  Bebí atropelladamente para apagar la sed, y mientras intentaba no pensar más en el sueño y  guardaba la botella en la heladera, súbitamente  exclamé
- Andate a la puta que te parió, Juan.
Después caminé hasta el living, y procurando no hacer ruido para no despertar al Dandy, salí al balcón en busca de aire fresco. 
Atravesé la puerta de 50's, di dos pasos hasta el cordón de la vereda y paré un taxi.
_ Siga hasta Callao –murmuré, antes de perder la mirada detrás del vidrio de la ventanilla y de sumergirme en mi amargura.

_ Te odio.
Así me había despedido el Buick minutos atrás.
Luego de anunciar en Viena mi decisión de salirme del asunto de La Plata, y de alejarme por un tiempo de Buenos Aires, y tras haber ubicado a mi gato con Esperanza, había partido de la ciudad sin demorarme un segundo más. En los días que sucedieron, más de una vez pensé en llamar o en escribirle al Buick …siempre encontré un motivo para no hacerlo, hasta que finalmente la idea dejó de tener sentido.
Cuando ella me vio acercarme a la barra sus ojos se llenaron de desprecio y de dolor. Me acomodé a su lado en silencio, y decidí decir lo más importante que tenía para decirle:
_ Disculpame.
No me respondió.
_ Disculpame -repetí, e intentando ser más claro, agregué- sé que estuve mal con vos...
Ella asintió, tomo un cigarrillo de una cajita plateada, y comenzó a acariciarlo con los dedos
_ ¿ Y a qué venís ahora? -preguntó finalmente, con la mirada clavada en el espejo esfumado que recorría toda la pared detrás de la barra.
_ Quería contarte lo que me pasó -dije- explicarte por qué desaparecí...
Ella asintió nuevamente en silencio, tomó su encendedor, y presionó uno de los costados para que apareciera una llama amarilla. Antes de encender el cigarrillo, dijo
_ Tarde, Martín, muy tarde. Ya sé lo que pasó, no necesito que me cuentes nada -y con una voz fría, continuó
- Y ya que me dijiste lo que me venias a decir, te pediría que te vayas, estoy esperando a alguien.
Quise contestarle, pero me mordí los labios. No tenía sentido mantener esa conversación, me puse de pie, acomodé la butaca contra la barra, y me despedí:
_ Sé que estuve mal, sólo quería pedirte disculpas. Chau...
En ese momento ella giró un poco su cara para mirarme, y llena de bronca me dijo:
_ ¿Sabes lo que pasa, Martín? Estoy harta de que los tipos me pidan perdón.
Luego, mientras volvía a mirar al espejo, susurró
_ Pensé que vos eras distinto; me odio por eso.
_ Te odio, Martín -concluyó.
Me quedé parado, pensando que hacer; reaccioné cuando el barman se acercó con la cara seria y mirada peligrosa.
Así abandoné el lugar, sabiendo que esa noche, había obtenido lo que me merecía.

lunes 19 de enero de 2009

La alegría de estar nuevamente en mi departamento, y de reencontrarme con mi gato, me duró poco; si bien el Dandy hacia todo lo posible para evitar roces, la convivencia era difícil, nuestras naturalezas contrarias se rechazaban constantemente, los días se sucedían y yo comencé a temer que en algún momento mi paciencia se acabara.
- Haceme ese favor -me dijo el Zurdo durante la cena de Año Nuevo- ¿sí? Te lo pido yo. 
Aún sabiendo que me estaba equivocando al aceptar, y sin terminar de comprender sus motivos, lo miré al Zurdo, suspiré resignado, y le contesté:
- Ok.
La mañana del viernes, mientras miraba desde mi cama como el sol ascendía lentamente  por el cielo celeste, escuché al Dandy refunfuñando. Me paré, caminé hasta la cocina, y lo encontré de pie junto a la pileta, con la espalda recta y la cabeza apenas inclinada hacia abajo, lavando los platos y demás cacharros utilizados la noche anterior. Estaba recién duchado, perfectamente afeitado y con el pelo peinado hacia atrás, vestido con su pantalón de lino beige y una camisa de mangas cortas,  de un celeste apenas más pálido que el del cielo. 
- Bueno, por fin te levantás, che -comentó medio en broma.
- ¿Qué estás haciendo, Dandy? mañana temprano viene Mari, dejá de lavar querés!
- No Martín, no me molesta, prefiero esto a tener que ver la cocina asi. En el Liceo nos enseñaron bien -agregó, con la mirada clavada en el chorro de agua- el orden es cosa de machos.
Sólo para ver si lo hacia enojar, le repliqué
- y de gays...
Como si mis palabras lo hubiesen golpeado, el Dandy hizo una pausa y detuvo sus movimientos, giro su cabeza hacia mi y me miró por unos segundos mientras pensaba en lo que acababa de decirle. Luego, retomo su labor imprevistamente, al tiempo en que me decía:
- Y bue, alguna a favor tenían que tener esos...
Me quedé apoyado contra el marco de la puerta unos instantes, esperando a que me guiñase un ojo, divertido, o tal vez ver una sonrisa en su cara... nada. 
Regresé a mi cuarto, me vestí, y después de un saludo confuso lanzado al vacio, me fuí del departamento en busca de aire fresco.

Con fingido escándalo, Cortázar me señaló el reloj de la pared cuando le pedí un whiskey. No había nadie en Viena y no tuvimos que buscar refugio en la mesa chica del fondo del salón,   en cambio, nos quedamos acodados en la barra, fumando unos cigarrillos en silencio.
Como suele sucederme, la bronca comenzó a rajuñarme la garganta, hasta que finalmente escupí:
- No lo aguanto más, Cortázar, te juro que no lo aguanto más. 
Cortázar sirvió nuevamente mi vaso, y luego giro el torso y miró hacia afuera, como si no le interesara lo que le estaba contando.
- No viejo, lo lamento por el Zurdo y por el Dandy, pero esto se termina acá. Si el Dandy está lleno de plata, ¿por qué tiene que vivir conmigo, me querés decir, eh?
Comencé a beber de mi vaso, mientras Cortázar giraba hacia mi, mordíendose levemente los labios, y como si estuviera a punto de cometer una indiscreción, o de perder la paciencia, me dijo:
- Te voy a contar algo, Martín - hizo una pausa, apagó el cigarrillo en el cenicero, y continuó - Acá la cosa estuvo fea después del quilombo de la bóveda de La Plata, yo te conté... - asentí algo confundido, sin entender porqué Cortázar traía ahora ese tema.
-Bueno -continuó- en seguida se empezó a decir por ahí que había un soplón, que alguien había abierto la boca... esto también lo sabés. Pero lo que no sabés, Martín, es que una noche te vinieron a buscar a vos; se decía que vos nos habías vendido, y que por eso te habías borrado.
Comencé a sufrir mientras Cortázar me relataba lo ocurrido, imaginando lo terribles  que debieron ser esas horas para todos.
- Te decía, estábamos en la mesa del fondo, masticando bronca, preguntándonos que mierda había pasado, y dónde carajos andarías vos, cuando apareció Dmitry. El silencio que se hizo cuando llegó a la mesa fue estremecedor, hasta al Zurdo se le vió la preocupación en la cara. Dmitry lo miró y con voz seca ordenó:
- Quiero saber qué pasó, Zurdo - el Zurdo le indicó una silla vacia, pero Dmitry negó con la cabeza, y dijo-  quiero saber por qué esto salió mal. Y quiero saber quién va a pagar por eso, Zurdo.
El Zurdo asintió, y sosteniendole la mirada, contestó:
- No sabemos que pasó, pero lo vamos a averiguar. - hubo una pausa, y luego Dmitry dijo 
- ¿Me estás diciendo la verdad? lo que yo escuché es que uno de los tuyos, un tal Martín, nos traicionó.  Si es as - 
-Los labios de Dmitry se congelaron, Martín, y todos nos quedamos esperando que continuara su frase - me explicaba excitado Cortázar- y por eso demoramos en notar que sus ojos se habían detenido en algún punto del otro lado de la mesa, y cuando todos miramos en esa dirección, lo vimos al Dandy, que se había puesto de pie, y con el brazo derecho extendido apuntaba a la cabeza de Dmitry.
Nadie se atrevió a abrir la boca, y en ese silencio, se escuchó perfectamente el ruido metálico del seguro del revolver, y a continuación el click del percutor al trabarse y quedar listo para el disparo. 
Entonces el Dandy habló:
- Oíme una cosa, rusito. Si yo te escucho de nuevo decir que Martín nos delató, o me entero de que vos, o alguno de los tuyos,  anda repitiendo eso por ahí, te juro por estas -dijo agarrándose la entrepierna con la mano libre-    que te vuelo la tapa de los sesos.
Dmitry no pestañaba, sus ojos estaban clavados en los del Dandy, que con un tono de voz más relajado, continuó diciendo:
- Y como te digo una cosa, te digo la otra, rusito: quedate tranquilo, que si yo descubro que fue Martín quién nos traicionó, yo mismo le vuelo la cabeza. ¿Estamos?
Dmitry se mordió los labios, asintió sin desviar la vista del Dandy, dio dos pasos hacia atrás, y se fue sin decir más.
Salimos del shock luego de algunos minutos, cuando el Negro Avellaneda preguntó:
- Che, Dandy, no está cargada no? - y pudimos reirnos nerviosamente y descargar algo de la tensión que nos dominaba.


El relato de Cortázar me había hecho olvidar de todo, y me había hecho recordar que los problemas pendientes exigian una pronta resolución. Pero Cortázar, como retomando la conversación, dijo:
- Así que fijate lo del Dandy ¿tenés tantos amigos así, che? - sin poder contestar, traté de jsutificarme
-  ¿Y el Zurdo por qué no me contó todo esto? 
- Que se yo, Martín... ¿para no preocuparte con lo de Dmitry? ¿o para que no te sientas obligado con el Dandy? quizás para darte la oportunidad de que salieran de vos las ganas de devolverle un favor a alguíen al que le enchufaste tu gato sin darle opción a nada, y que te arregló el despelote que había en tu departamento... andá a saber... - y levantando su brazo y pasándolo por sobre su cabeza, supe que Cortázar me había perdido la paciencia, y que lo mejor que podía hacer era irme y tratar de dejar de mirarme el ombligo. 


 



Cuando ya no se escuchaban fuegos artificiales ni voces en las calles, y quedaban unos pocos sentados a la mesa, el Zurdo se acercó y ocupó una silla a mi lado. Me convidó un habano, y nos quedamos mirando como Susana y Moliné bailaban divertidos una milonga, alentados por el aplauso y la aprobación general.
Aprovechando la distracción y el bullicio, el Zurdo giró levemente su silla hacia mi lado, y en voz baja, me llamó la atención diciendo:
- Escuchame una cosa... 
No dijo más hasta verme cambiar de perfil y quedar de espaldas a la pista de baile, entonces continuó:
- Se separó el Dandy 
La tranquilidad con la que habló me hizo asumir que lo peor ya había pasado, y que simplemente me estaba poniendo al tanto de la situación. Fue en ese momento en que descubrí que no había notado que Marta no había ido a la cena; sentí que era un llamado de atención, no estaba en condiciones de permitirme distracciones.
-¿Qué pasó?
- No sabemos bien. El Dandy no contó mucho, al parecer tuvieron una agarrada fuerte. La cosa se puso fea,  y en un momento Marta le dijo que se quería separar. Al día siguiente el Dandy se fue de la casa.
Bajo el tilo, junto a Cortázar y Esperanza, alejado de la conversación, el Dandy fumaba un cigarrillo con cara seria. Lo noté triste, o más viejo. Esa imagen me conmovió, el contraste con su fortaleza y su presencia habitual era cruel. 
El Zurdo se había puesto de espaldas a la mesa,  y balanceaba su cabeza levemente al ritmo de la música, mientras seguía los pasos de Susana con una sonrisa.   
- ¿Anda con otro? 
Sin voltear para verme, y casi como si estuviera esperando esa pregunta, inmediatamente replicó:
- No, me dijo que no. Vos lo conoces al Dandy, él la encaró ahí mismo  y le preguntó si había otro, y ella le dijo que no - hizo una pausa, y agregó- pero para mi que sí.  
Esa fue la única novedad que recibí en las primeras horas del año; pronto comprendí que esto se debía al hecho de que la separación me afectaba a mi directamente: el Dandy, aprovechando mi ausencia, se había instalado en mi departamento. 
Regresamos a la ciudad con la luz del día,  volando a bordo de la bala plateada que dirigía Joaquín. El cansancio y el sueño impusieron el silencio durante casi todo el viaje; sólo Moliné hizo alguna acotación, exigido por su rol de copiloto. Cuando Joaquín tomó Libertador, el Dandy golpeó mi brazo izquierdo con su codo, obligándome a dejar de mirar a través de la ventana, giré entonces mi cabeza hacia él, y en tono confidente, me dijo:
-¿Sabés que me separé, no? -asentí, y para acortar esa conversación y el mal momento, le dije
- Sí Dandy, el Zurdo me contó todo.
Colocó las dos manos sobre sus rodillas, como si acabará de realizar un esfuerzo increíble, y mirando hacia adelante  murmuró:
- No te preocupes, vas a encontrar todo bien en el departamento. Es sólo por un tiempo, y estoy seguro de que nos vamos a llevar bien.
Demoré unos segundos en contestarle, todavía no había digerido esta novedad, pero sabía que sobrellevarla  me iba a resultar muy difícil.
- No hay problema Dandy.
El Dandy y yo viviendo juntos. Traté de imaginarme cómo sería, pero fracasé.
De chico aprendí que la vida tiene más imaginación que uno, pero sólo pude comprobarlo luego de muchos años; aún así, este nuevo capítulo me resultaba completamente irreal. Había abandonado Buenos Aires impulsado por la necesidad de entender por qué mi vida se había complicado tanto, confiado en que la respuesta me ayudaría a acercarme a la felicidad que conocí; regresé casi por obligación, esperando resolver cuanto antes los problemas pendientes y continuar mi búsqueda. La ciudad y el nuevo año me habían dado una bienvenida a la realidad, y así, como un nuevo hilo de una inmensa telararaña, otra complicación aparecía en mi vida.    
 
Como en aquella primera noche, salimos del Seddon y caminamos bajo la lluvia, lentamente, sin tomarnos de la mano; cada tres o cuatro pasos nos mirábamos a los ojos y sonreíamos en silencio, tóntamente. Las calles, la noche, todo era una réplica perfecta; sólo nosotros habíamos cambiado. 
La escena original se repitió de principio a fin: al pasar por el puesto de diarios, yo me detuve y la rodeé con mis brazos,  ella escondió su mirada en su pecho, yo llevé mi mano hasta su mentón para poder ver sus ojos, y cuando nuestras miradas se encontraron, la besé. 
Luego, en esta nueva versión, con una voz chiquita y temerosa, ella dijo:
- Así fue como empezó todo,  Martín. Depende de nosotros que no termine de la misma manera.
No alcancé a contestarle, de repente su imagen comenzó a deshacerse, la claridad interrumpió en la noche, y otras voces se mezclaron con sus palabras; supe entonces que me estaba despertando y que ese sueño maravilloso agonizaba.
Abrí los ojos, fuera de la habitación se escuchaba un gran movimiento de gente.
-Los preparativos -pensé. Imaginé la escena en el resto de la casa, y el presente inundó la habitación llevándome lejos de ella.
Me incorporé en la cama, y vi sobre la silla un juego de toallas, y una camisa planchada  junto a mis pantalones. El reloj marcaba el mediodía. Me puse de pie, tomé las cosas de arriba de la silla, salí de la habitación y con tres pasos rápidos ingresé en el baño a darme una ducha.
Al salir al jardín supe que estaban todos. En el fondo, Gatica dominaba la parrilla, y respondía con la cabeza una pregunta que seguramente le había hecho Esperanza, quién, vaso en mano, caminaba en círculos en torno a él, como si fuera un juez de box, siguiendo atentamente sus movimientos. Sentados cerca de la cabecera de la larga mesa, el negro Avellaneda, Joaquín, Moliné y el Zurdo conversaban un truco. Hacia la izquierda, a la sombra del tilo, el Dandy y Mecha Corta bebían y reían mientras escuchaban atentamente el relato de Cortázar.  Detrás de mí, un alboroto se filtraba desde el interior de la casa, y por sobre ese barullo, podía reconocer la voz de Susana dando indicaciones al grupo  de esposas, novias, amigas y sobrinas, ocupadas en la preparación de las ensaladas y en la cuenta de cubiertos, platos y fuentes.
Afortunadamente, o tal vez en forma premeditada, cuando salí de la casa y comencé a caminar por el jardín, sólo hubo saludos discretos, palmadas en la espalda, y alguna referencia a mi cara dormido y mi supuesta habilidad para llegar a los asados en el momento en que se está por empezar a comer.
Cuando por fin todos estuvimos sentados a la mesa, Gatica y Moliné comenzaron a servir las achuras, el Zurdo se encargó de descorchar las botellas de vino y de llenar los vasos, y las fuentes con ensalada recorrieron  la mesa, cambiando de mano en mano. Los festejos por el último día del año habían comenzado, y estábamos listos y bien predispuestos para que el nuevo año llegara de a poco, y nos encontrase alegres, despreocupados, y juntos.
El almuerzo se prolongó tanto que cuando oscureció, ya nadie pensaba en la cena, sino sólo en tener una copa y algunas uvas a mano para el brindis de la medianoche.
De niño, cada vez que se iniciaban las clases y comenzaba a escribir en los cuadernos a estrenar, lo hacía con esmero, cuidando la caligrafía, dominado por la firme intención de ser prolijo. Con el correr de los días -y el paso de las hojas-   ese cuidado iba desapareciendo, y mi personalidad desordenada terminaba imponiéndose. 
Cuando la adolescencia fue quedando atrás,  la determinación - la súbita necesidad- de hacer buena letra comenzó a abordarme durante los últimos días del año, y siempre el Año Nuevo me encontraba formulando promesas de cambio que, con la mejor de las suertes, apenas sobrevivirían a Febrero.
Mientras el Zurdo caminaba entre la gente con una botella de champagne en la mano y algunas copas en la otra, chequeando que ningún distraído demorará un segundo la celebración del Nuevo Año, recordé mi último sueño, y supe bien cuál era mi deseo para este año, y para los que le siguen. Me alegró comprobar que mis días fuera de Buenos Aires habían respondido ya a esa necesidad íntima y esencial de cambiar mi realidad,  de recuperar la felicidad y el modo de vivir la vida que había tenido en el pasado, desde la primera versión de la noche del sueño con ella, hasta su desaparición. 
- Sí -me dije- eso es lo que quiero.
El Zurdo se acercó, y levantó un poco su brazo izquierdo para dejar ver su reloj: faltaban pocos minutos para las doce. Todos estábamos ya parados y con las copas listas. A lo lejos, comenzó a escucharse una sirena y algunas detonaciones. Luego el cielo se iluminó y los festejos estallaron a mi alrededor. Choqué mi copa, y me empapé de afecto y de buenos deseos. Disfruté del momento sabiendo que mi regreso era pasajero, y que mi estadía se prolongaría sólo lo necesario como para poder resolver los asuntos pendientes e irme luego en paz. 
Esos eran mis últimos pasos sobre los escenarios del pasado.

Todavía hacia calor cuando me fui de Viena. Caminé unas cuadras por Arenales, y después tomé un taxi hasta Libertador,  donde está la parada del colectivo que me lleva a la casa del Zurdo.
Hace unos años ya que el Zurdo abandonó la ciudad para irse a vivir a una quinta
- Hay que preparar el retiro con tiempo, de a poco -nos explicaba- sino después, cuando llega, se hace muy cuesta arriba.
El viaje hasta la casa del Zurdo lleva casi dos horas; me iban a venir bien para repasar los detalles de lo ocurrido y para pensar con cuidado lo que le iba a decir al Zurdo. Sabía bien que el horno no estaba para bollos: el trabajo había salido mal -y el Zurdo debía haber pagado algún costo por eso-, había un policía muerto y, lo que más me afectaba a mí en particular: fuertes sospechas -alentadas por mi desaparición de Buenos Aires- de que era yo quién había delatado a sus compañeros.
-¿Cuáles son mis alternativas? -murmuré en voz baja mientras miraba a través de la ventana del colectivo. Eso es lo que me preguntaba el Zurdo siempre que iba a él en busca de consejo, y era precisamente lo que debía tener en claro antes de llegar a su casa. Mientras avanzaba por la Panamericana a gran velocidad, intentaba analizar la situación desde distintas ópticas, como si estuviera resolviendo un cubo mágico estrellado de colores. Al tomar el ramal que lleva a Tigre, abandoné mi asiento, presioné un botón cerca de la puerta, y esperé a que el colectivo detuviera su marcha.
Al bajar, la noche estaba más fría, y el desamparo de la provincia me provocó escalofríos. Encendí un cigarrillo y me dispuse a caminar.
- Nueve cuadras derecho, y luego una hacia tu izquierda. Vivo a media cuadra, sobre la derecha - así me había indicado el Zurdo la primera vez que fui a su casa.
Cuando llegué a la esquina y doblé hacia mi izquierda, bajo una luz amarilla pude verlo al Zurdo,  apoyado contra el murito que marca la entrada a su casa. Era claro que Cortázar lo había llamado para ponerlo al tanto de mi llegada, y, posiblemente, para asegurarse de que me esperara despierto.
En la tranquilidad de la noche, debe haber escuchado mis pasos, porque apenas retomé la marcha vi como giraba su cabeza  y saliendo del cono de luz amarilla,  comenzaba a caminar por el medio de calle, en mi dirección. La oscuridad lo tapó por completo al llegar a la esquina, y allí él se detuvo. No fue sino hasta que unos pocos metros nos separaban, que pude verlo nuevamente, esperándome con los brazos abiertos y una sonrisa que no le había conocido.
-Bienvenido -me dijo apenas antes de que nos abrazáramos, y creo que en ese momento nada pudo haberme reconfortado más.  Caminamos algunos metros, y cuando la luz amarilla nos iluminó, el Zurdo se adelantó un paso, me miró de frente y dijo en voz alta:
-Se te ve bien, che! -y luego terminó de aprobar mi aspecto con una pequeña palmada cerca de mi oreja o mi nuca.
Al entrar en la casa el Zurdo colocó el dedo índice sobre sus labios, y antes de cerrar la puerta y de que la oscuridad no invadiera nuevamente, me indicó con su cabeza el camino hacia la cocina; era tarde y no quería despertarla a Susana.
El Zurdo cerró la puerta de la cocina y luego se sentó a la mesa, frente a mí; me miró en silencio por unos segundos, y luego, como explicándome, dijo:
- Yo sabía que ibas a volver apenas supieras lo que había pasado -se detuvo, y mientras afirmaba con la cabeza, continuó:
- Se los dije a todos -entonces bajó los ojos y continuó asintiendo, como diciendo:
- Yo tenía razón.
- Me enteré hoy -quise comenzar a explicarle, pero me interrumpió
-Sí, sí, ya sé... hablé con Cortázar.
Nos quedamos callados, y presentí  que el Zurdo no quería seguir hablando del tema en ese momento. Estaba a punto de decirme algo, cuando se abrió la puerta de la cocina y apareció Susana diciéndome:
- Nene! - y en simultáneo al Zurdo corrigiéndola
- No le digas Nene...
Y Susuna entra a la cocina envuelta en una bata, y me toma la cabeza, y me da un beso en la mejilla mientras el Zurdo desaprueba todo esto y se pone de pie y apoya sus manos sobre el respaldo de la silla y dice:
- Vamos a dormir, Martín, que en un rato empieza a caer la gente - mi desconcierto lo divirtió al Zurdo, porque contendiendo la risa, me aclaró:
- Es el último día del año, pajarón, y vienen todos para acá a festejarlo como corresponde -hizo una pausa, y agregó
- Ya habrá tiempo para hablar y ver como seguimos; por ahora, terminemos el año en paz.
Me guiño un ojo y se perdió detrás de la puerta. Susana permaneció erguida y callada como una estatua por unos cuantos segundos, hasta asegurarse que el Zurdo estaba lejos, y luego me agarró fuertemente de los hombros y me dijo:
-¿Sabes que hoy preparé tallarines? no pensarás que te voy a dejar ir a dormir sin comer ¿no?
Acepté con una sonrisa,  respiré profundamente, y tuve el presentimiento de que finalemente, todo se iba a solucionar.
El viaje de regreso duró una vida. Cuando el ómnibus comenzó finalmente a reptar la rampa de la Estación terminal de Retiro , yo ya estaba de pie junto a mi butaca, con la mano izquierda sujetando la valija, y un pie en el primer escalón de la diminuta escalera que recorrería apenas se abriera la puerta, y el coche se detuviera, pesadamente, en la  plataforma número veinticuatro.
Atravesé el mar de pasajeros boyantes que pululaba en el hall de la estación, y con paso rápido busqué la salida de ese lugar decadente. Una vez en la calle, arrastré mi valija por entre puestos callejeros -que me recordaron a Asunción-,  giré hacia la derecha, y caminé hasta Libertador. Al llegar a la Plaza San Martín, por fin me sentí en Buenos Aires.
Encendí un cigarrillo, le di algunas pitadas, y cuando vi acercarse a un taxi desocupado, extendí mi brazo derecho. Subí al auto, saludé al chofer, y vacilé al momento de indicarle el destino del viaje; baje la ventanilla, me acomodé en el asiento, y finalmente murmuré la dirección de Viena.
En el trayecto fumé otros dos cigarrillos, en menos de diez minutos me encontraba en la esquina del bar. Pagué el viaje, bajé del auto y, una vez en la vereda, me quedé parado hasta que terminé de fumar el cigarrillo; lo apagué contra un poste de luz y luego lo arrojé en un cesto de color naranja. 
Era casi la una de la madrugada, y hacia calor. En el cielo oscurecido por las luces de la ciudad, solo un fino de Luna sobrevivía, brillante, sobre ese manto negro. Miré la vereda opuesta a la altura de mitad de la cuadra, donde estaba la entrada de Viena; imaginé el ambiente ruidoso del salón, y a Cortázar malhumorado por la excitación que traen los últimos días del año. Tomé nuevamente mi valija,  y crucé la calle.
Atravesé la puerta, y luego me detuve. Quise divisar desde allí la mesa chica en el fondo del salón, pero me fue imposible ver algo a través de las personas que iban y venían por el pasillo que daba a la barra.  Di un paso más, y en ese instante Cortázar apareció, y se quedó inmóvil al verme. Luego de un segundo, una sonrisa enorme apareció en su cara; vi como colocaba la bandeja bajo su axila y se ponía de perfil, y luego, con un leve movimiento de cabeza, me señaló el fondo del salón.
Lo seguí mirando hacia el piso, intentando no atropellar a nadie con mi valija; no quería cruzar miradas con nadie. Al llegar a nuestro rincón, vi que la mesa estaba vacía. 
Una vez  allí, Cortázar me abrazó, e inmediatamente sus manos aferraron fuertemente mis hombros. Nos sentamos,  él enlazó sus dedos sobre la mesa, se mordió el labio inferior, levanto su cabeza hasta encontrar mis ojos, y me dijo:
- ¿Te enteraste, no? - yo asentí callado, y para completar los hechos, agregué:
- Hoy por la tarde, estaba en Rosario...
- En Rosario -repitió Cortázar con una leve sonrisa- Joaquín tenía razón nomás... 
Hubo un silencio, miré levemente hacia los costados, y con voz muy baja, le pregunté:
- ¿Qué pasó, Cortázar?
Cortázar bajó la mirada, separó sus manos, y se rascó la frente
- Alguien nos delató, Martín -me dijo, con ojos chiquitos, y con una voz que temblaba de los nervios, o de la bronca.
- Alguien nos delató -repitió.
Lo miré desconcertado, no podía creer que eso fuera posible, ¿quienes sabíamos sobre esto? me pregunté, mientras negaba con la cabeza, impedido de aceptar esa versión de la realidad.
- Pero ¿cómo? - exclamé- ¿Quién?!
Cortázar solo levantó levemente los hombros, a modo de respuesta. Yo me eché hacia atrás, pegando mi espalda contra el respaldo de la silla, tomé aire, y pregunté:
- ¿Dónde está el resto?
- Moliné les aconsejó a todos que aprovechen estos días para estar en sus casas y hacer vida de familia, en esta época, es lo menos sospechoso...
Asentí en silencio, y luego me perdí un largo rato en suposiciones y reproches. Finalmente me puse de pie, tomé mi valija y cuando lo iba a despedir, Cortázar me preguntó:
-¿Vas a ir a verlo al Zurdo, no?   
- Sí. Es lo mejor, creo...
- Sí -contestó Cortázar. Luego hizo una pausa, y adiviné en su cara que tenía algo más para decirme.
- ¿Qué pasa? -apuré
- No, nada... cómo decirtelo, Martín...
- Hablá, Cortázar, ¿qué carajos pasa?
- Mirá, con todo esto que pasó... viste, que se yo, tu desaparición de Buenos Aires no cayó muy bien...
- ¡Qué! qué me estás queriendo decir, Cortázar?! eh? - Cortázar se puso de pie, y extendió sus brazos, como pidiéndome que me calmara. Dí un paso hacia atrás, y volví a preguntarle
- ¿Qué carajos me estás queriendo decir, Cortázar? - de pronto vi su mirada serena y firme, y mucha experiencia reflejada en el tono que usó para decir:
- Martín, hay gente que cree que fuiste vos quien habló.  Esto es así, y es mejor que lo sepas por uno de nosotros.  En este tiempo que estuviste afuera, fue el Zurdo quién salió a bancarte... vos sabés que acá había metida gente que no te conoce... La pasó brava el Zurdo, Martín... ¿entendés?
De pronto, como si todo fuera un gran acto de ilusionismo, vi lo que parecía... las apariencias, y supe que a muy pocos les importaría mi verdad. Asentí callado, y bajé la cabeza.  Después sentí la mano de Cortázar sobre mi hombro, y luego su mano sobre mi valija
- Yo te cuido esto -me dijo- ahora andá a verlo al Zurdo. Se va a alegrar de verte, creeme -agregó.
Salí de Viena hundido en la más profunda preocupación, intentando adivinar cómo saldría de este nuevo embrollo, y, más importante, si en esta ocasión, podría contar con mis amigos.

Fue en Rosario, en un cuarto del hotel Avellaneda, durante la tarde del martes 30 de Diciembre, cuando yo tomé conocimiento de los hechos que habían ocurrido días atrás, en Buenos Aires.

La jornada había transcurrido en el marco de la tranquilidad a la que me había habituado; había amanecido cerca del mediodía, y luego de un almuerzo tardío frente al río, había regresado al hotel a descansar. Por la tarde, cerca de las siete, desperté de una siesta y disfruté de una prolongada ducha tibia. Mi humor era excelente; había decido tomar un buen baño, servirme un trago en la habitación mientras me vestía y escuchaba algo de música, y después pasar por el “Café del Mar”.

Salí del baño todavía mojado, y me recosté en la cama, sobre un inmenso toallón blanco. Tomé el control remoto, encendí el televisor, y comencé a recorrer los canales buscando algo de música. Me detuve unos segundos en un canal de deportes para ver los goles de la primera división de la liga galesa de fútbol, luego, en el canal siguiente me tope con un noticioso. Estaba por retomar mi recorrida televisiva, cuando el anuncio que hizo la conductora del programa, me paralizó el corazón. Continuando con lo informado durante los días anteriores, se confirmaba que había fallecido el policía herido durante el intento de asalto que había sufrido la bóveda judicial de La Plata, durante la madrugada del 25 de Diciembre pasado.

El Zurdo, pensé.

No se daban más detalles. Al parecer, la noticia ya era vieja, y la única novedad era la del deceso del oficial; ocurrido esto, la atención pública no volvería a tener noticias de este episodio, hasta tanto no se detuviera a la banda de asaltantes responsable por el ilícito.

Apagué el televisor, apoyé la cabeza en la almohada, e intenté pensar. La conductora había dicho “intento de asalto”, esto indicaba que el robo no se había finalmente cometido. O tal vez este dato era simplemente el resultado de una mala información, de una estrategia policial, o de una decisión política. Como fuera, la muerte del policía confirmaba dos hechos: el trabajo del Zurdo se había llevado a cabo finalmente, y, sin dudas, había salido mal.

Mientras me vestía, recordé mi despedida de la mesa chica de Viena, mi decisión de salirme, de no participar, y los segundos que siguieron: el silencio del Zurdo, la mirada acusadora del Dandy, la desaprobación de Cortázar. Mal momento para estar lejos de Buenos Aires, me dije. Íntimamente, sabía que la culpa estaba haciendo su trabajo, pero la angustia que sentía, y la necesidad de saber cómo estaban mis amigos, no me permitieron serenarme. En pocos minutos retiré mi ropa del placard, revisé los cajones, y dejé la habitación.

Mientras pagaba mi estadía, le pedí al conserje que llamara a un taxi. En poco más de una hora, sentado en la primera butaca del micro, viajaba rumbo a Buenos Aires.

La estadía en Rosario me estaba haciendo bien. Esa mañana, me desperté cerca del mediodía, y al abrir los ojos me sentí profundamente descansado; la sucesión de días de buena alimentación, lectura y buen dormir, había reparado mi cuerpo y mi espíritu. Me levanté de la cama, fui al baño, y al mirarme en el espejo noté que había recuperado algo de peso, y que mi cara ya no lucía demacrada; de alguna manera había recobrado mi semblante y el buen humor. Decidí afeitarme, ir a desayunar y luego pasar por la peluquería a emprolijarme un poco.

Bajé al comedor del hotel llevando conmigo el libro de Bernardo Jobson, que estaba por terminar de leer; algunos de los cuentos me habían gustado mucho, en especial “Los caballos no saben que es domingo”, que me hizo recordar al Negro Avellaneda y su sana pasión por los burros. Al cabo de unos minutos, el mozo se acercó a mi mesa, me saludó y me dijo:

- ¿Va a pedir lo mismo?

- Sí – le contesté- gracias –el mozo se alejó, yo abrí el libro y me dispuse a zambullirme en uno de los cuentos que me faltaba leer.

La historia transcurría en la Argentina de los años setenta, probablemente en Buenos Aires, y la acción se desarrollaba en la oficina de una editorial, la mañana en que dos periodistas reciben llamadas intimidatorias por parte de algún grupo de tareas. El cuento me pareció más valioso que encantador, en el sentido que lograba muchos cometidos, incluso el de entretener. Describía una situación que fue padecida por muchos en esa época, denunciaba el antisemitismo que reinó por esos años, el valor y el coraje de algunos, el miedo de esos mismos, lo terrible de la violencia, y las distintas formas de afrontar esas circunstancias tan terribles. Creo que el mayor mérito de Jobson, fue mostrar cómo el personaje principal logró convertir, con su ánimo y su determinación, esa situación de presión insoportable en casi una anécdota; llevando su gravedad al mínimo, transformándola, luego del desenlace, en apenas un incidente más del día, cuando probablemente la vida de los personajes ya no fuera a hacer la misma a partir de aquel momento. Y allí, presiento, hay un inmenso hallazgo.

Cerré el libro, lo dejé sobre la mesa, y mientras esperaba que el mozo me trajera el desayuno, recordé otros gestos que representaban bien esa idea: Oscar Wilde dándole una propina al chofer del carro que lo llevaba a la cárcel a cumplir su condena; María Antonieta, disculpándose con su verdugo por haberlo pisado; Shelley, leyendo un libro mientras su barco se hundía; Aramburu diciendo “Proceda”.

Miré la tapa del libro, las letras blancas con el nombre de Jobson sobre un fondo violeta, y pensé en lo reveladora que puede resultar la lectura de un cuento, aun mal interpretado.

El mozo se acercó nuevamente a mi mesa, y apoyó sobre ella un vaso con jugo de naranjas, un plato con huevos revueltos sobre dos tostadas de pan negro, y un cenicero de metal plateado.

A veces, las historias de otros, aunque sean ficticias, ponen en perspectiva nuestra propia existencia. Mientras me alimentaba y disfrutaba de mi desayuno, recordé a mis amigos, y la posición común que reinó en la mesa chica de Viena respecto a mi partida de Buenos Aires, y mis problemas con el otro Martín; sentí que quizás había exagerado mi reacción. O tal vez fuera que, luego de estar lejos por un tiempo, la tranquilidad y el descanso me habían dado las fuerzas que necesitaba para enfrentarme con lo que me estaba pasando.

Terminé el desayuno, firmé un papel que llevaba mi número de habitación, me puse de pie, y salí a la calle.

Caminé hasta el boulevard, y comencé a recorrerlo despacio. Todavía no estaba listo para volver a Buenos Aires, me sentía mejor, pero algo, o la falta de algo, me impedía volver. Al cabo de unas cuadras encontré un banco de madera bajo la sombra de un jacarandá. Fue como una invitación; me senté, encendí un cigarrillo, y, esperanzado, abrí nuevamente el libro de Jobson.


Al registrarme en el hotel Avellaneda, decidí continuar llamándome Julio. De camino a mi habitación noté que nada había cambiado desde la última vez que había estado allí. Detuve mi marcha cuando vi el número 111 sobre una puerta blanca. Entré a la habitación, dejé la valija sobre la cama, corrí la cortina de la ventana para espiar la vista y, como estaba ansioso por sentirme en Rosario, apenas me lavé las manos y la cara antes de salir nuevamente a la calle.

Dejándome llevar por el instinto o por la memoria, era claro que terminaría mi primer trayecto en el monumento, para almorzar luego en "La Marina". Ordené una boga, por supuesto, y una botella de vino blanco. Disfruté de ese momento con intensidad y paciencia, y me levanté de la mesa cuando ya no quedaba nadie en el salón y los mozos comenzaban a impacientarse. Cuando salí, encendí un cigarrillo y luego caminé hasta el río. Me quedé allí un rato largo, disfrutando del sol, de la vista, y de la súbita sensación de sosiego que me había asaltado. Joaquín tiene razón, Rosario hace bien.

- Juan Martini es de Rosario

Me gusta decir esto cuando alguien menciona a Rosario; generalmente luego debo aclarar quién es Juan Martini, pero eso no importa, creo que al menos asi logro asociar a esta ciudad con una persona a la que encuentro interesante, en comparación con los clásicos rosarinos famosos.

Pero Juan Martini , vive en Buenos Aires. Desconozco, desde ya, las razones por las cuales esto es así; pero hay algo claro: Juan Martini vive en Buenos Aires porque no quiere vivir en Rosario. En su relato "Rosario Express" creo que pueden adivinarse algunos de los motivos que se encuentran detrás de su decisión. No lo sé, quizás esto sea un disparate y sólo he caido en el error común de pensar que un escritor escribe lo que vive. Como sea, con el tiempo he comenzado a creer que hay lugares a los que uno no puede volver.

Una nube ocultó al sol, provocándome un alivío que me sorprendió, y entendí que tenía calor. Quizás era hora de regresar al hotel y dormir una siesta. El color del agua había cambiado, parecía más oscura y turbia. Me quedé unos minutos más en la costanera mirando el río, preguntándome si yo volvería a Buenos Aires, si yo podría, volver a Buenos Aires; o si acaso, los días que acababa de vivir, no serían ya parte de mi "Buenos Aires Express".

El ómnibus partió de la estación con apenas  tres pasajeros a bordo: dos asientos delante del mío,  una joven viajaba junto a un niño que tendría cuatro o cinco años, que jugaba con un avioncito de guerra reluciente. La Navidad es para los pibes, me dije. 

Recliné mi butaca, y cerré los ojos para intentar dormir. Luego de unos minutos, el acompañante del conductor se acercó para entregarme una bandejita con alfajores.

- Gracias –le dije.

- Feliz Navidad –me contestó con tono alegre, y una sonrisa.

- Sí, feliz Navidad –repetí. 

El siguió su camino de regreso a la cabina, y al pasar por al lado del asiento de la joven, le acarició la  cabeza al niño, y le regaló otra bandeja con alfajores.  Respiré profundamente y cerré nuevamente los ojos. 

Sabía que no era cierto, que había tenido hasta no hace mucho tiempo navidades alegres, y entendí que me estaba engañando, que efectivamente estaba huyendo de mi realidad; como diría el Negro Avellaneda: nunca hay que subestimar al poder de la negación.

Me desperté sobresaltado y confundido, con el ómnibus en movimiento. Al abrir los ojos, me llevó unos segundos ubicarme en el presente, y entender lo que estaba ocurriendo; me había dormido profundamente, y había soñado con Eliseo Morán y con el Zurdo. Enderecé el respaldo de mi butaca, y corrí levemente la cortina para ver el costado de la ruta. Como una señal divina, un cartel verde se acercó desde el horizonte, las letras y números blancos me trajeron esperanza: faltaban pocos kilómetros para Rosario.

Alguna vez Joaquín me dijo que ir a Rosario le permitía ser turista en Buenos Aires. Creo que no entendí lo que me quiso decir, pero recordé esa frase estando en la ventanilla de la boletería de la estación de ómnibus, y fue eso lo que terminó por definir la elección de mi destino. En todo caso, llevaba ya más de un mes fuera de Buenos Aires, y aunque era claro que extrañaba, todavía no estaba listo para regresar.

Llegué a la costanera y me detuve hasta  poder divisar el puesto de Eliseo Morán, que estaba ubicado a unos cuarenta metros de distancia sobre mi derecha. Dos luces encendidas, y algo de humo trepando hacia el cielo me confirmaron que Eliseo todavía estaba allí, o incluso que quizás pasaría la Noche Buena junto a su parrilla y su río. Caminé hasta el puesto y ocupé un lugar en la barra al notar que Eliseo no se encontraba allí. Mientras lo esperaba, busqué inútilmente un reloj en las paredes; estaba inquieto, impaciente, ansioso por que Eliseo Morán regresara a su lugar.

Pasaron algunos minutos hasta que Eliseo Morán finalmente apareció, viniendo desde la orilla; pude observar su paso lento y sus manos sujetando dos pescados grandes. Cuando llegó al puesto  me miró extrañado, se agacho para cruzar la barra  y ubicarse del otro lado.  Luego dejó los pescados en un balde, cerca de la parrilla, giró, apoyó los brazos sobre la barra y me dijo:

- No pensaba verlo de nuevo tan pronto, ¿qué lo trae por acá?

En ese momento me dí cuenta de que no sabía cómo hacerle la invitación, y sospeché que mi idea era ridícula.

- Hoy es Noche Buena –comencé a decirle – y en el Hotel están organizando una cena.. ya sabe, para brindar…- Eliseo Morán me miró en silencio, sin entender. Tartamudeé, creo que incluso me sonrojé, y finalmente le dije:

- Miré, creí que Ud. iba a pasar la Noche Buena sólo, y pregunté en el Hotel si podía invitar a un amigo… así que vine a decirle eso.  La cena es a las nueve, todavía tenemos tiempo –agregué entusiasmado.

Eliseo Morán asintió, y luego habló:

- Yo le agradezco la invitación –dijo- pero me va a tener que disculpar. Yo no celebro la Navidad –concluyó. Su respuesta fue en un tono bajo y firme, cuidada, respetuosa, definitiva. Sonreí y procuré quitarle dramatismo al tema:

- Vamos, Don Eliseo, no son días para estar sólo estos…

Y la expresión de su cara me indicó que me había equivocado, que ese comentario había estado de más, y no  supe que no tendría una oportunidad  para disculparme

- Yo elegí estar solo –me aclaró- y soy feliz así. No necesito de una familia, de vivir en una comunidad, o de celebrar la Navidad en compañía de extraños para disimular mi soledad.

Callé en silencio, y aguanté el golpe.

- Ud. no pensó en mi – me dijo- Ud. pensó en usted, porque no quiere pasar esta Noche Buena sólo, vaya a saber porqué razón. Y viene hasta aquí, a invitar a una persona que apenas conoce, lo llama amigo, y lo invita a pasar la cena de Navidad junto a otras personas que tampoco conoce… No, señor, no me meta a mí en sus problemas. – y diciendo esto, Eliseo Morán dio media vuelta y comenzó a limpiar los pescados que estaban en el balde, junto a la parrilla.

Me quedé parado, con la cabeza gacha, comprendiendo sus palabras. Lo que vi a través de sus ojos me entristeció, giré y comencé a alejarme antes de que se me notaran la vergüenza o las lágrimas.

- Déjeme darle un consejo –escuché a mis espaldas. Miré por sobre mi hombro y lo vi a Eliseo Morán de espaldas, colocando los pescados sobre la parrilla, diciéndome:

- Váyase de este pueblo, vuelva a su vida –hubo una pausa, y agregó-  Ud. no está hecho para estar solo.

Volví al hotel en silencio, y llegué a tiempo para la cena. Vestí mi cara con mi mejor sonrisa, y cuando se hicieron las doce, choqué mi copa y brindé con el resto de la mesa. Luego, cuando todos salieron a ver los juegos artificiales, aproveché ese momento para escaparme a mi habitación y digerir la amargura acumulada.

Esa misma noche retiré la ropa del ropero, completé la valija, descansé una horas en la cama, y antes de que amaneciera, abandoné el hotel.

Mientras salía del pueblo, supe  que dejaba atrás recuerdos y planes truncos, imágenes color para mi inagotable álbum:  ella en el balcón diciéndome que era feliz, la cara de Eliseo Morán a punto de narrarme una historia, los ojos de Daniela viéndome llegar a la cena de Noche Buena.

Partí sin saber lo que haría después; no sabía si estaba volviendo, o si estaba  a punto de cruzar el punto del no rertorno. Como fuera, las palabras del Eliseo Morán retumbaban en mi cabeza; íntimamente sentía que él tenía razón, y que yo no tenía el valor para hacer lo que creía que debía hacer.

Me despertó un puñal clavadándose en mi frente. Avanzando hacia mi cerebro lentamente, como una marea de dolor. Me incorporé hasta apoyarme contra el respaldo de la cama, y vila luz del día a través del ventanal de mi habitación, las sábanas quemadas con la ceniza de un cigarrillo -que mis dedos dormidos aun sostenían-; y recostada sobre el piso, una botella vacía del eterno caminante de etiqueta, que explicaba el puñal, las quemaduras en la cama, y hecho de que me encuentrara acostado todavía vestido. El reloj sobre la mesa de luz marcaba las dieciocho del veinticuatro de Diciembre. Y entonces recuerdé todo
De alguna manera, por algún motivo, había borrado esta Navidad. La había ignorado, esquivado, y boicoteado, inconscientemente lo había hecho, o, al menos, lo había intentado. Y luego Daniela me había dado un uppercut mortal, un llamado brutal a la realidad, a la dura verdad de mi presente, a las inevitables consecuencias del exilio al que me habían empujado las distintas circunstancias. 
El punto es que la Navidad me había alcanzado finalmente, y por segunda vez me había encontrado solo.
Me puse de pie, y caminé hasta el balcón. Me asomé a la tarde que caía sobre la plaza, y tomé la baranda del balcón y la apreté con fuerza. Recordé mi primera Navidad en soledad, en los meses que siguieron a su desaparición, y mi posterior promesa de que nunca, de que jamás en mi puta vida volvería a pasar un veinticuatro en solitario. 
Volví a mi habitación mordiendo bronca, y decidido a actuar sobre la realidad. 
Entré al baño y me dí una ducha. Luego me afeité con cuidado, y me peiné. Mis ojos recorrieron el ropero y finalmente escogí una camisa clara recién planchada, y los pantalones de lino grises. Lustré mis zapatos, y me vestí lentamente. Antes de abandonar la habitación me miré el espejo, y quedé satisfecho con mi apariencia; nadie podría en ese momento afirmar que ese hombre pulcro y determinado encerraba a un espíritu desesperado.
Bajé la escaleras al trote y llegué casi saltando a la barra del comedor del hotel. Al verme, Daniela no pudo disimular la impresión que le causé; se sonrojó, y mostrando una sonrisa me dijo:
- ¡Que bueno que apareciste, Julio! estaba un poco preocupada ya... vas a venir a la cena, ¿no?
Me acerqué a ella, y en voz baja le pregunté:
- Sí, sobre eso quería hablarte... ¿hay problema si invito a un amigo?
Daniela me miró sorprendida, y en seguida contestó
- Pero no, Julio, por favor! tu amigo es bienvenido también.
Le agradecí y salí del hotel con paso rápido. El reloj del Banco Nación anunciaba las sietetreinta. No podía llegar tarde a la cena de Noche Buena; y si quería que Eliseo Morán nos acompañara, debía apresurarme.

A medida que pasaban los minutos, comencé a sentir que debía irme y dejarlo a Eliseo Morán sólo con sus recuerdos. Mi retirada fue lenta y sigilosa: primero me separé un poco de él, luego me puse de pie y me quedé parado un lago rato, mirando las aguas oscuras del arroyo. Finalmente retrocedí unos pasos y me detuve, esperando quizás una palabra o un gesto de Eliseo Morán, pero él permaneció inmóvil, ausente, y entonces supe que efectivamente debía irme.
Caminé entre los árboles, y antes de descender la loma que me llevaría a la orilla, giré mi cabeza y vi cómo Eliseo Morán recogía rápidamente su tanza, que serpenteaba endemoniada. Finalmente había conseguido su cena.
Me alejé en silencio, y emprendí el camino de regreso al hotel. Pensé que si algún día contara la historia de Eliseo Morán en la mesa chica de Viena probablemente me tildarían, una vez más, de mentiroso.
Daniela me recibió en el lobby con una sonrisa:
- ¿Cómo estás, Julio? ¿recién volves del río? - yo asentí y me acerqué a la barra del bar.
- ¿Encontraste el puesto de Eliseo?
- Sí - le contesté- muchas gracias por la recomendación, comí muy bien.
- Me alegro. Cocina bien, pero es un poco charlatán. Espero que no te haya aburrido con alguna de sus historias -me dijo.
- No, para nada -contesté terminante.
Estaba por retirarme rumbo a mi cuarto, cuando me preguntó
- Julio, ¿qué vas a hacer mañana a la noche? - quedé un tanto descolocado, no entendía a que se refería, y mi cara debe haber reflejado este desconcierto, porque rápidamente Daniela agregó:
- Mañana es Nochebuena, Julio! ¿o te olvidaste? - me quedé callado y sin reacción. Sí, me había olvidado. Levanté los hombros levemente y dije:
- No lo sé, Daniela, ya veré.
- Bueno, si querés, estás invitado a la cena que hacemos aquí en el hotel. Ojalá vengas, es a las nueve.
Le agradecí, sonreí y evité dar una respuesta definitiva. Comencé a subir las escaleras mientras sentía un súbito cansancio, un agotamiento extremo que se apoderaba de mis piernas y de mi espíritu. Sabía que al llegar a mi habitación, la noticia de esta Navidad iba a destrozarme.
Una Luna naranja y enorme asomaba en ese momento por detrás de la isla, iluminando el camino que recorríamos con Eliseo Morán hasta la orilla del río. Marchábamos en silencio y con paso lento, como construyendo un intervalo entre la historia que Eliseo me había regalado minutos atrás, y la siguiente, la que estaba aún por develarse. Cuando llegamos al río no nos detuvimos, cambiamos la dirección de nuestra marcha y caminamos aguas arriba, hasta que llegamos a la boca de un arroyo. Allí escalamos una pequeña pendiente, nos internamos entre los árboles, y finalmente nos sentamos sobre la tierra húmeda.
Eliseo Morán comenzó a encarnar el anzuelo, cuando terminó, lo inspeccionó bajo la luz de la Luna, hizo un retoque, y luego se puso de pie y lo arrojó lejos. No vi dónde cayó, solo escuché un sonido húmedo a la distancia. Eliseo se sentó nuevamente, me convidó un cigarrillo, y comenzamos a fumar.
Un suave viento comenzó a soplar, llevando a la Luna a lo más alto del cielo. Eliseo me alcanzó una botella y me dijo:
- Beba, en un rato va a tener frío sino.
Le dí un trago y sentí un líquido tibio ardiendo por mi garganta. Grapa, pensé. Devolví la botella, y limpié mis labios con el dorso de mi mano, mientras Eliseo levantaba la botella y bebía de ella largamente. Vi después su mirada lejana, y presentí que ya estaba en el pasado, y que la historia estaba por comenzar.
- Nací en un campo cercano a Las Garcitas, Chaco, durante el verano de 1938. A los doce años dejé mi casa y comencé a trabajar en los campos de algodón de la familia Leguizamón. Allí serví como peón durante ocho años. En ese tiempo, fui siempre obediente y trabajador, y leal a Don Julio y a su familia.
Eliseo recogió un poco de hilo, e hizo un gesto con la mano, como si estuviera hablando sólo.
- El 21 de Octubre de 1957, Margarita Leguizamón cumplió quince años. Trabajamos mucho para preparar esa fiesta, y cuando todo estuvo listo, Don Julio nos felicitó satisfecho. La fiesta fue por la noche y, desde la parrilla, yo pude ver cuando Margarita llegaba en el carro sonriente, toda de blanco, con un hermoso collar brillante sobre el escote de su vestido, con el pelo recogido y la cara reluciente. Saludó a los invitados que la esperaban en el jardín, y luego entraron todos a la casa para que comenzara la celebración. Me fui a dormir pensando en la niña Margarita, en cómo había crecido, y en lo hermosa que era.
- La jornada siguiente comenzó al alba, como de costumbre. Había que arreglar un molino, y la tarea nos llevó todo el día, ya que tuvimos que regresar al campo dos veces en busca de nuevas herramientas y de más brazos. Cuando llegó la noche, caí rendido en mi cama.
Eliseo hablaba en voz baja, casi susurrando, con la mirada fija en el agua oscura.
- Me desperté con los gritos. Don Julio entró en el galpón y nos levantó a rebencazos.
-¿Quién carajos tiene el collar de mi hija? – aullaba, con la cara colorada, echando baba por la boca. Nos hizo salir todos al patio, y formar una fila. Y entonces habló:
- Miren mierdas, les voy a dar una oportunidad. Una sola. Ese collar era de la abuela de Doña Consuelo, quiero que aparezca ahora mismo. Ya.
Recorrió la hilera mirándonos uno por uno a los ojos, y cuando terminó, dijo:
-¿Así que nadie habla? Bien… -y luego entró al galpón con una de las criadas. Al cabo de unos minutos salió con los ojos inyectados en sangre.
- Eliseo –dijo- entre conmigo. Entramos al galpón y caminamos hasta mi cama. Luego Don Julio señalo mi cajón, yo asomé mi cabeza y allí, entre mis ropas, asomaba el collar de la niña Margarita. Di un salto hacia atrás, aterrado.
- ¿Por qué lo hiciste? –me preguntó Don Julio lleno de ira, y de asco.
- Yo no fui –le contesté- no sé cómo ese collar llego a mi cajón. Estuve siempre trabajando-dije, intentando defenderme-. Don Julio me miró callado, mientras se mordía los labios, hasta que estalló y cruzó mi cara con su rebenque. Caí al suelo lleno de dolor. Fui arrastrado luego hasta el patio, donde me molieron a patadas, y fui estaqueado hasta el otro día, cuando el comisario vino a buscarme. Me fui del campo con lo puesto, esposado y cargado por un agente, ya que mis piernas no podían sostenerme. Estuve en la comisaría de Las Garcitas una semana, mientras me recuperaba. Un día me visitó un juez, y me dijo que el delito que había cometido era muy grave, y que Don Julio había pedido un fallo ejemplificador. Al tiempo hubo un juicio; duró dos días, y cuando terminó un señor me dijo que me habían encontrado culpable, y que pasaría algunos años en la prisión de Encarnación.
- Con buena conducta, en cinco años estará en libertad –me dijo dándome una palmada en la espalda.
Eliseo recordó esta frase con dolor, y también con algo de humillación.
-Yo era muy pibe -razonó-me fumaron en pipa.
Una nube indiscreta había ocultado a la Luna, y de pronto la oscuridad nos rodeaba. Apenas podía distinguir la silueta de Eliseo Morán, con la cabeza gacha, el mentón tocando el pecho y los hombros aplastados por el peso de ese recuerdo.
- Tarde cuatro años en recibir a mi primera visita. Una mañana de invierno, el cabo Matera me llamó y me dijo que alguien había venido a verme. Era Facundo Reyes, peón y compañero mío de fajina en el campo de los Leguizamon. La alegría de ver una cara amiga me impidió preguntarme por el motivo de su visita, fue sólo después de algunos minutos que comprendí que Facundo tenía algo para decirme, y fiel a su estilo, lo dijo sin dar vueltas:
- Eliseo, yo fui el que robó el collar.
Me quedé helado, con la boca entreabierta, sin poder reaccionar. Facundo Reyes bajó la mirada y luego me dijo:
- Vengo a pedirte perdón.
-Yo asentí en silencio, lo miré unos segundos, me puse de pie, apoye mi mano sobre su hombro, y me fui de esa habitación.
Los días que siguieron fueron oscuros. Luego comenzó el tema de la pesca y lentamente mi vida volvió a la normalidad. Con el tiempo sospeché que, a su manera, Facundo Reyes tuvo también su castigo. Como sea, algo de esto llegó a los oídos de Don Julio, porque al salir en libertad, él me estaba esperando en la puerta. Me estrechó la mano y me dijo:
- Eliseo, me gustaría que volviera al campo.
- Yo lo miré a los ojos, y me di cuenta que él no comprendía lo que me había pasado, ni lo que yo sentía. Pero más aún, él no sabía cuánto yo había cambiado en ese tiempo. Tomé aire, y le dije:
- Gracias Don Julio, pero no, no voy a volver al campo nunca más. Ahora soy un hombre libre -miré hacia el cielo, y agregué- me voy a pescar.
El viento había corrido a la nube, y bajo la luz de Luna, pude ver la cara de satisfacción y de paz con la que Eliseo Morán recordó ese momento.
Yo permanecí callado el resto de la noche, viendo cómo Eliseo Morán pescaba su cena, deseando, íntimamente, el comienzo de una nueva historia.
Eliseo descorchó otra botella de vino blanco y luego llenó los vasos, se acomodó detrás de la barra, y con la mirada perdida en el río, comenzó su relato diciendo:
- Aprendí a pescar en la cárcel. Yo tenía veinte años, y Conrado Ucha fue quién me enseño.
Hubo una pausa, y vi los recuerdos perturbando la cara de Eliseo mientras decidía cómo continuar, qué cosas contar y cuáles dejar afuera de esta historia, por ser irrelevantes, o quizás muy dolorosas.
- Conrado Ucha debía tener casi setenta años de edad en ese momento, y más de treinta encerrado. Fue una suerte que él fuera mi compañero de celda. Creo que le caí bien de entrada, jugábamos a las damas casi todo el día y conversábamos mucho sobre las cosas que haríamos cuando saliésemos de ahí.
- Hablábamos poco de nosotros y de nuestro pasado; a veces se filtraba alguna referencia lejana, pero nunca había preguntas o pedidos de detalles. Allí el silencio del otro es acatado como una orden.
Eliseo bebió de su vaso, y su mirada volvió del río para enfocarse en mí. La expresión de su cara había cambiado, como si ya hubiese terminado de recordar lo mal que la había pasado en esos años y estuviera listo ahora para adentrarse definitivamente en la historia. Balanceó el peso de su cuerpo sobre sus pies, entrecerró sus ojos, y continuó diciendo:
- Una mañana, mientras ordenábamos las fichas sobre el tablero, le dije que cuando saliera de ahí mi único deseo era irme hacia algún lugar con río o con mar, aprender a pescar y a disfrutar de la vida viendo el tiempo pasar. El levantó la cabeza súbitamente, como sobresaltado, me miró en silencio unos segundos, fijamente, como si estuviera decidiendo que hacer, y finalmente me dijo:
- Yo le voy a enseñar a pescar, pibe.
-Y a partir de ese día, en una celda de la prisión de Encarnación, Conrado Ucha comenzó a enseñarme a pescar.
Eliseo Morán hizo otro alto en su relato para beber un sorbo de vino, y para acomodar el surubí en la parrilla. Mientras lo salaba, retomó su historia con una pregunta que yo me estaba haciendo hacía rato:
- Ud. se preguntará cómo se pesca en una celda, ¿no es cierto? El aislamiento ejercita la imaginación, Ud. no creería las cosas que pasan dentro de una prisión. Le explico: nosotros dormíamos en una cucheta, Conrado Ucha abajo, yo arriba. A la tarde, cuando comenzaban mis horas de entrenamiento, yo subía a mi cama y desde allí dejaba caer una tanza con un anzuelo encarnado con telas e hilo; y entonces Conrado simulaba desde abajo las mordidas de los distintos peces: patí, boga, bagre, surubí, dorado. Todos peces de río: Conrado Ucha no conocía el mar. Como sea, hacía esto con suaves tironcitos que daba con las uñas de sus dedos, y que poco a poco, iban desvistiendo a mi anzuelo. Podía tomarle horas terminar de desnudar a mi anzuelo, pero su paciencia parecía infinita. Cada vez que yo sentía un pequeño tirón, y jalaba rápidamente del hilo hacia mí, el anzuelo aparecía desnudo o intacto.
- Así pasamos muchas noches. Sin darme cuenta comencé a reconocer las tímidas mordidas de los peces, los imperceptibles toques que realizan para asegurarse de que no se trata de una trampa; hasta que pude identificar el momento preciso en el que hay que tirar del hilo con un golpe seco, para clavar el anzuelo en la carne del pez. Ese día, escuché un grito, una puteada: había pescado a Conrado Ucha del pulgar de su mano izquierda.
- Apareció su cabeza blanca, y vi que se estaba riendo. Mientras se quitaba el anzuelo del dedo, me dijo:
- Felicitaciones, pibe, ha pescado su primera boga.
- Yo bajé de la cucheta de un salto y lo abracé. Realmente sentía que había pescado por primera vez.
- A partir de allí las practicas fueron menos frecuentes, y Conrado comenzó a darme detalles sobre cómo encarnar, los tipos de anzuelos, plomadas, esas cosas. Terminamos hablando del clima, del mejor cielo o la mejor luz para pescar.
El vino ayudaba a Eliseo a recordar:
- En esos días -me dijo mirando el río- yo sentía que conversaba con Conrado Ucha sentados en un lugar como este.
Eliseo controló la cocción del pescado, se limpió las manos con un trapo, y dijo:
- Al poco tiempo yo salí en libertad. Me despedí de Conrado Ucha emocionado, él me abrazó y me dijo:
- Buena suerte, pibe. Ahora vaya, cumpla su deseo, y sea feliz.
En ese momento, creo, Eliseo Morán estuvo a punto de llorar, no puedo asegurarlo, porque él giró rápidamente hacia la parrilla y comenzó a retirar el pescado para servirlo en un plato.
Eliseo Morán dejó el pescado frente a mí, y nuevamente con la mirada fija en el río, me dijo:
- Tiempo después llegué a esta orilla y me instalé. Han pasado casi cuarenta años -y como confirmando una promesa antigua, dijo- sí, yo también cumplí con mi parte.
Estaba emocionado y confundido. Comí el surubí por respeto, y luego bebí mi vaso en silencio. Cuando se terminó la botella de vino, yo me puse de pie, e introduje mi mano en el bolsillo del pantalón, con miedo a preguntar por la cuenta. Entonces Eliseo Morán volvió a prestarme atención, y dijo:
- A usted seguramente le intriga saber por qué fui preso a los veinte años, ¿no ?
Era cierto, esa duda me había asaltado desde el primer momento, pero me aterraba preguntar. Tímidamente, asentí. Eliseo Morán sonrió:
- Sí, sé que usted quiere saber eso -me dijo- y yo se lo voy a decir, sí, yo se lo voy a decir. Hagamos un trato, usted me acompaña mientras pesco la cena, y yo le cuento porqué caí preso ¿qué le parece?
Yo nuevamente asentí, casi sin fuerzas. Mientras caminábamos hacia la orilla me pregunté si alguna vez yo podría irme de ese lugar.
A lo lejos, las luces del pueblo comenzaban a encenderse, en breve la noche caería sobre el río marrón.

El agua del río era de color marrón, casi violeta; y así, vista de cerca, daba un poco de pena, y también algo de asco. Nada de esto impidió que encontrara deliciosa la boga a la parrilla que preparó Eliseo Morán. La acompañé con un poco de sal y limón, y con una botella de vino blanco. Almorcé en la barra del precario bolichito que Eliseo Morán había armado a orillas del río,  y al que había llegado por consejo de Daniela.

Me acodé en la barra y estuve solo un largo rato hasta que Eliseo Morán apareció en escena, viniendo desde la orilla cargando una caña, un balde y dos pescados de buen tamaño.

- Hay  boga y surubí – me dijo mientras pasaba por debajo de la barra, y dejaba  los pescados sobre una mesa. Pensé unos segundos, y elegí

- Boga

Eliseo Morán asintió, tomo uno de los dos pescados, y lo limpió con un cuchillo pequeño en menos de treinta segundos, con tres o cuatro  movimientos rápidos. Tiró los desechos en el balde, y luego echó el pescado a la parrilla.

- ¿Vino? -preguntó

- Sí – le contesté. Eliseo Morán enterró su mano en un barril repleto de hielo,  extrajo una botella, la descorchó y sirvió dos vasos.

- Salud –me dijo, bebió de su vaso, y luego se quedó con la mirada perdida en algún punto fijo ubicado detrás de  mis espaldas. Cada tanto parecía despertarse, y entonces giraba el torso y controlaba la parrilla.

- Faltan cinco minutos –me aclaró- ¿quiere el diario de hoy? Está recién llegado de Buenos Aires…

- No, gracias – le contesté, y traté de reforzar mi agradecimiento con una sonrisa. En el interior, la gente es muy susceptible en estos temas.

- ¿No le interesa saber cómo están las cosas en Buenos Aires? –preguntó algo divertido.

- No hace falta: están mal –le contesté. Eliseo Morán sonrió, y asintiendo dijo

-Sí, están mal. Muy mal – bebió algo de vino de su vaso, y luego dio media vuelta y se acercó a la parrilla para retirar la boga y servirla en un plato, que acercó enseguida a la barra, junto con un salero, un platito con unas rodajas de limón, una panera y una servilleta de papel. Miró la disposición de todos estos elementos, como comprobando que nada faltara, pasó nuevamente por debajo de la barra y partió rumbo a la orilla, dejándome solo con mi boga.

Luego de un rato, mi plato y la botella de vino estaban vacíos. Había encendido un cigarrillo, y luego había girado sobre la banqueta, de modo tal que quedé de frente al río,  con los codos y la espalda contra la barra. Minutos después Eliseo Morán regresó. Tomó su lugar detrás de la barra  y se quedó callado, mirando al río. Yo apagué el cigarrillo, me puse de pie, y mientras introducía mi mano en el bolsillo de mi pantalón,  le pregunté:

-¿Cuánto le debo? – Eduardo Morán me miró

-¿Le gustó? -preguntó

- Mucho –le contesté con sinceridad. El sonrió con satisfacción, y mirando el pescado que había quedado sobre la mesa, me dijo:

- Y eso que no ha probado el surubí.

Asentí sonriendo, esperando que me dijera cuanto le debía por el almuerzo, pero entonces él giró, pescó otra botella de vino helada, la descorchó y sirvió dos vasos.

- Siéntese,  tenemos tiempo- me dijo. Quise negarme, pero él levantó su vaso para brindar, y no quise ser descortés, tampoco tenía mucho sentido, ¿qué otra cosa tenía para hacer? Chocamos nuestros vasos, bebí un poco de vino, y me senté nuevamente en la banqueta. Eliseo Morán fue hasta la mesa y comenzó a limpiar el pescado.

- Sí, tenemos tiempo –repitió asintiendo con la cabeza, como dándose la razón. Luego me miró, y me dijo

- Y mientras se cocina el surubí, y nos terminamos esta botella de vino, yo le voy a contar una historia.

Levanté mi vaso, lo sostuve unos segundos en el aire, bebí unos sorbos, y lo dejé  nuevamente en la barra; acomodé mi cuerpo sobre la banqueta, apoyé mi cabeza sobre mis puños, y me dispuse a escuchar la historia de Eliseo Morán. Algo me decía que no iba a arrepentirme.

Al salir del hotel me detengo un momento en la vereda, trago un poco de humo de mi cigarrillo, y miro hacia las dos esquinas de la calle San Martín, para luego cruzar el asfalto hasta llegar a la otra vereda y sentarme en un banco de la plaza. Desde allí puedo ver el frente del hotel, su amplio ventanal, la puerta de entrada y, en lo alto, el único balcón ubicado en el tercer piso, al centro del edificio. En ese balcón, ocho años atrás, una noche de verano, yo fui feliz.
Dejo caer el cigarrillo en el piso y lo aplasto con la punta de mi zapato izquierdo. Apoyo las manos sobre mis rodillas, listo para ponerme de pie y seguir mi camino, pero me detengo, y me doy cuenta de que no hay apuro. Me recuesto sobre el respaldo del banco y vuelvo a mirar el balcón.

- Me gustaría desaparecer - me dijo ella cuando me desperté - irme de Buenos Aires, sentir otra vida. Quisiera irme de acá...
La escuché callado. Vi sus ojos mirándome, como pidiendo ayuda, y me decidí
- Yo conozco un lugar-le dije.
Nos encontramos horas después en Retiro, y huímos. 
Llegamos a este pueblo al atardecer. Un muchacho nos acompañó hasta nuestra habitación en el tercer piso del hotel. Cuando nos quedamos solos, ella abrió el ventanal y salió al balcón. Apoyó sus manos sobre la baranda de hierro, y estuvo unos segundos mirando la plaza, y el río. Luego giró,  me miró con la cara llena de felicidad, y corrió hacia mis brazos. Apoyó su cara contra mi pecho y me dijo:
- Gracias, gracias - así supe que la amaba.
Los días que  siguieron hasta que tuvimos que volver a Buenos Aires, fueron perfectos. Esos fueron los comienzos de los mejores años de mi vida. 
Enciendo otro cigarrillo, me pongo de pie, y comienzo a recorrer lentamente el camino de la plaza que lleva a la esquina de 25 de Mayo y San Martín. Cruzo la calle, y entro en la sucursal del Banco Nación, solo para mirar el techo, sus paredes, y ver que nada ha cambiado. 
Salgo del edificio y camino, bordeando la plaza desde la vereda de enfrente. Recorro dos cuadras, y llego al hotel.
Subo  lentamente las escaleras, llego a mi habitación, abro la puerta y luego me recuesto sobre la cama a descansar. Cierro los ojos. Me doy cuenta de que nunca  supe qué realidad la llevó a ella a querer desaparecer; y me pregunto cómo pudo lograrlo, cómo hizo para saltar a una nueva vida, sin dejar marcas, ni  rastros, ni decir adiós. 
Me pongo de pie y camino hasta el ventanal. Salgo al balcón, miro hacia el río y me digo que yo voy a volver, yo voy a recuperar mi felicidad pasada. Lo sé. Sólo necesito tiempo. 

Me llevó unos días entender que estaba triste.  Como era de esperar, el delay emocional que me acompañaba desde pequeño, no estuvo ausente en esa ocasión. A media mañana, bajé al lobby del hotel a desayunar y me acomodé en la mesa que había ocupado los días previos, que estaba ubicada sobre un ventanal que separaba el salón de un patio interno muy luminoso; y allí esperé a que se acercara Daniela, la camarera del café del hotel.

Luego de unos minutos, Daniela llegó a mi mesa llevando en su bandeja un café con leche humeante, un plato con tostadas, dos o tres platitos con mermeladas de frutas, y otro con manteca. Me saludó con una sonrisa y sirvió lentamente el desayuno. Cuando estaba apoyando el plato con las tostadas sobre el mantel, me dijo:

-¿Querés que te alcancé el diario, Julio? – demoré unos segundos en reaccionar, busqué sus ojos en lo alto, y negando con la cabeza, suavemente dije

- No, gracias, Daniela.

Ya con la bandeja vacía, Daniela cambió de posición, se apartó de mi lado y se paró detrás de la silla que estaba frente a mí. Apoyó la bandeja sobre el respaldo de la silla, y llena de preocupación me preguntó:

-¿Estás bien vos?

Cuando sonreí por instinto para escapar, y escuché que le contestaba

- Sí, Daniela, gracias –me di cuenta que no, que no estaba bien. Me sentía solo. Estaba solo. Eso era lo que había buscado, y lo que había conseguido.

- Estoy bien –le confirmé.

- Bueno –me contestó sin mucha seguridad- cualquier cosa que necesites, me avisas ¿si? –asentí, y luego Daniela se alejó para ubicarse detrás de la barra del salón.

Mientras tomaba el café con leche, y me preparaba una tostada con manteca y mermelada de duraznos, a través del ventanal pude ver a un hermoso gato colorado trepado al aljibe que dominaba el centro del patio. El gato miraba, agazapado, a una paloma gris que estaba parada al pie del ventanal.

Pensé en cómo estaría mi gato, y como se estarían llevando con Esperanza. Me pregunté si volvería a verlo, y esa duda repentina, me generó un escalofrío, un mal presentimiento.

Terminé mi desayuno y tomé las escaleras para ir a mi habitación. Cuando llegué al tercer piso, del picaporte de la cuarta puerta, colgaba una bolsa de plástico transparente con el diario, y una nota que decía:

“Por si te arrepentís – Daniela

Entré al cuarto, dejé el diario sobre la cama, y fui al hasta el baño  a lavarme la cara. Luego regresé a la habitación, miré los rincones, los costados del escritorio, entonces tomé el diario y lo arrojé en el cesto de papeles.

Salí de la habitación y bajé las escaleras rumbo a la calle. Ya era muy tarde para arrepentimientos.

La charla en Viena fue corta, no había mucho que explicar: yo no estaba dispuesto a  aceptar como algo normal, al conjunto de circunstancias que se había generado en las ultimas semanas, como si se tratara solo de algunos incidentes típicos a los que debería estar acostumbrado y poder sortear sin mayor complicación. No, esa no era mi vida; y si lo era, entonces iba a cambiar.
¿Qué hacía yo caminando por la calle con un bolso y mi gato a cuestas? ¿desde cuándo debía controlar que nadie me estuviera siguiendo? 
Fui cuidadoso con las palabras y con el tono de voz elegidos: como mi decisión afectaba sus planes, estaba allí para que no hubieran dudas de mis motivos, pero no para discutirlos. Creo que el Zurdo entendió de inmediato que no estaba pidiendo consejo, que simplemente les estaba comunicando mi decisión. Me escucharon callados. Una gravedad densa envolvió la mesa chica de Viena durante esos minutos. Cuando terminé de hablar hubo un silencio largo, de esos que acontecen cuando algo inevitable se ha revelado, y luego el Zurdo finalmente preguntó:
- ¿Y qué vas a hacer, Martín?  
La pregunta del Zurdo era la de todos. Fue un momento difícil. Las palabras operan sobre la realidad, y yo sabía que decirlo era, de alguna manera, comenzar a vivirlo. Apoyé entonces las manos sobre la mesa, recorrí las caras de mis amigos, y con voz firme les dije:
- Voy a desaparecer.
Algunos bajaron su mirada hacia la mesa, otros asintieron en silencio. Solo el Zurdo se me quedó mirando con una expresión en su cara que no pude descifrar. 
Me puse de pie y abandoné la mesa. Caminé ensimismado bordeando la barra del salón,  buscando la salida, aire fresco. Cuando llegué a la vereda respiré profundamente; sentí que iba a llorar. Di media vuelta para ver la puerta de Viena una vez más, y vi como el Zurdo la atravesaba  con autoridad. Se acercó hacia mí y  me extendió un abrazo. Luego se separó unos pasos, me miró, y como si fuera una orden, me dijo:
-Cuidate, Nene.
Y a partir de ese instante, desaparecí.   

  

Un vagabundo caminaba por la calle empujando un carro de supermercado que contenía sus pertenencias. Podía ver a través de tejido metálico un colchón enrollado de color gris, una manta que debió haber sido azul o celeste, algunas bolsas de plástico anudadas, una botella de agua mineral rellena con un líquido oscuro, y coronando esa pila heterogénea, un enorme radiograbador plateado. A pesar de los metros que nos separaban, el olor de su ropa y de su cuerpo me estremecía.

Yo también caminaba con mis pertenencias a cuestas: un bolso en una mano, y a mi gato en mi brazo izquierdo, envuelto en un toallón de color  rojo. Me pregunté si la persona que estaba a mis espaldas sabría que ese olor pestilente no provenía de mi, sino de mi predecesor; sospeché que no.

Al llegar a la esquina, crucé la calle y seguí mi camino por la otra vereda. En frente, el vagabundo había hecho un alto para revisar unas bolsas de residuos que se encontraban  apoyadas sobre la base de un árbol 

-¿Cómo se termina asi? -pensé- ¿no suena alguna alarma en el camino? Nuevamente sospeché que no, que el descenso a los infiernos tiene, apenas, una suave pendiente por la que uno se desliza inadvertidamente. Un día uno abre los ojos, y se está ahí, rodeado de sufrimiento.

Al llegar a Tucumán, decidí descansar en  un banco de la plaza. Dejé el bolso sobre el piso, y mientras sujetaba a mi gato, me las arreglé para encender un cigarrillo. Una señora mayor pasó por delante de mí, vío la cabeza del gato que se asomaba a través del doblez del toallón, el bolso a mis pies, me miró por unos segundos, y luego siguió su marcha;  creí haber reconocido  en sus ojos algo de pena.  Quién sabe que historia habrá imaginado.

Estaba anocheciendo; debía decidir que hacer. Lo primero era conseguir a alguien que cuidara de mi gato por unos días. Me puse de pie, tomé mi bolso, y caminé hasta encontrar un teléfono público. Luego de algunos llamados, paré un taxi, subí al auto, y le indiqué  al chofer la dirección del departamento de Esperanza.

Cuando llegé a la puerta de su edificio, Esperanza me recibió con la cara seria. Abrí la puerta del auto y le entregué a mi gato. Lo cargó con algo de miedo en sus brazos, y luego me preguntó:

- ¿Seguro que no te querés quedar acá, Martín?

Negué con la cabeza, le agradecí, cerré la puerta del auto  y le indiqué mi próximo destino al chofer del taxi. Cuando retomamos la marcha, me miró por el espejo retrovisor y me dijo:

- Te separaste, no? – esperé unos segundos, y finalmente le respondí

- Sí

- Es jodido –agregó- pero vas a estar bien, eh, vos  tranquilo pibe, eh.

- Si –le dije- Gracias.

El resto del camino lo recorrimos en silencio.  De pronto se me vino a la cabeza una de las frases preferidas del Negro Avellaneda:

- Nunca subestimes el poder de la negación.

Sí, hay alarmas que suenan, luces amarillas que uno puede reconocer si no cierra los ojos. La versión oriental de la frase del Negro afirma que saber, y no hacer nada al respecto, es como no saber. Negar, o no hacer, son las caras de una misma moneda.

Al llegar a la puerta de Viena el auto se detuvo, le entregué algunos billetes al chofer, que al bajar del auto me recordó su consejo:

- Tranquilo pibe, eh…

Asentí, y cerré la puerta del auto.

Al entrar a Viena, lo vi al Zurdo hablando con Cortázar y con Expedition Al, y entendí que me estaban esperando, y que probablemente ya estaban al tanto de lo que había pasado. 

Lo que ellos no sabían, lo que no podían siquiera imaginar, era que esa noche, yo estaba yendo a Viena para despedirme.

El Zurdo me despidió preocupado por la falta de noticias de Expedition Al luego de nuestro encuentro fallido. Tan serio estaba el Zurdo por este asunto, que ni siquiera se interesó en la posibilidad de que efectivamente el otro Martín estuviera siguiéndome. Yo conocía sólo una parte del plan, pero era evidente que este imprevisto ponía en riesgo todo el trabajo.
Las últimas instrucciones del Zurdo antes de subirse al taxi, fueron que estuviera atento:
- Abrí los ojos, Martín, y no te metas en más problemas –concluyó.
Yo lo miré extrañado, pero no contesté. Creí entender que se estaba refiriendo al Buick, y que no quería que discutiéramos en ese momento, por lo que simplemente asentí y cerré la puerta del taxi.
Caminé unas cuadras por Arenales pensando en las últimas palabras del Zurdo ¿por qué debía abrir los ojos? ¿era un reproche por no haberme dado cuenta de que me habían seguido a mi encuentro con Expedition Al? ¿o lo decía simplemente para que me cuidase del Buick? ¿Por qué me había dicho que no me metiera en “más problemas”? ¿en qué otros problemas estaba ya metido, entonces? Me sentí desconcertado, perdido en lo que estaba ocurriendo, como si estuviera ausente en mi propia vida.
Llegué a la puerta de mi edificio muy cansado. Mientras esperaba con pesar al ascensor, me prometí conversar con Juan sobre la angustia que siempre me invade en esos minutos perdidos, en los que lo único que puede hacerse es ver como una lucecita naranja va iluminando consecutivamente los distintos números, recorriéndolos en forma ascendente o descendente. Preciosos minutos de mi vida tirados a la basura sólo por no poder volar.
La puerta del ascensor se abrió de repente, estrellando esos pensamientos en mi cara como una bofetada. Un hombre salió del ascensor sin siquiera mirarme y encaró velozmente hacia la puerta de entrada del edificio. Subí al ascensor, y mientras presionaba el botón que corresponde al piso en que vivo, tuve un mal presentimiento. Los minutos que demoró el pequeño viaje se me hicieron eternos. Bajé del ascensor rápidamente, y al llegar al pasillo vi la puerta de mi departamento entreabierta.
Me quedé inmóvil, sentí mi cara helada y los dedos de mis manos tensos como garras. Finalmente avancé con decisión por el pasillo, en el camino tomé el matafuegos de la pared y entré al departamento decidido a todo.
Parecía como si un tornado hubiese pasado por allí, no había quedado nada en pie, los muebles, los libros, la ropa, la lámpara de pie, todo estaba desparramado por el piso. Recorrí los ambientes y volví al living. Quité del sillón algunos libros y un cuadro, y me senté. Sin poder entender todavía lo que había ocurrido, me di cuenta de que no había visto a mi gato.
Salté como un resorte del sillón y comencé a buscarlo por todos los rincones, por sus escondites favoritos, pero no aparecía. Fui hasta el balcón, luego al lavadero, finalmente regresé al living y me desplomé, abatido, en el sillón.
Cerré los ojos, apoyé las palmas de mis manos sobre mis párpados, y me pregunté cómo diablos había llegado a esta situación, ¿en qué momento mi vida había tomado esta dirección? De pronto escuché un maullido, y recibí todo el peso del gato sobre mi pecho. Gato vivo, pensé. Lo abracé, y luego exploté en un llanto inútil.
Cuando pude tranquilizarme, me puse de pie, junté algunas cosas en un bolso, envolví al gato en un toallón, lo cargué en un brazo, y de un portazo abandoné el departamento.
Mientras cruzaba la puerta de entrada del edificio sentí que la ira comenzaba a invadirme. Un enojo genuino, antiguo, intenso me dominaba, y una certeza me atravesó por completo: alguien iba a pagar por todo esto.
A veces, cada tanto, suelo hacer brindis solitarios. No como lo hacen esos hombres embriagados que levantan sus vasos en un bar y los pasean por el aire mientras balbucean una cadena de palabras inentendibles; no, no de esa manera. 
Yo prefiero realizarlos en intimidad, revolver los pensamientos y las palabras del brindis en el fondo del vaso, dedicar por unos segundos toda mi atención a esa persona, hasta poder ver su cara, hasta lograr su presencia,  y poder entonces beber de un trago el vaso a su salud.
El motivo de la ausencia cambia frecuentemente, las particularidades en cada ocasión pretenden engañarnos, pero al final, siempre se trata de un desencuentro.
En todo caso, brindar  es desear el bien, y la idea de hacerlo sin que el otro lo sepa, es algo que me parece acertado.
Hace algunos minutos comencé a preparar esta ceremonia íntima. He buscado algunos recuerdos, y he elegido cuidadosamente las palabras que trasmitirán mis deseos. 
Sirvo mi vaso, y camino hacia el balcón. Afuera hay una noche hermosa. 
Miro al cielo, y pienso en Little Pill. Sonrío.
El hechizo se completa; levanto entonces mi vaso hacia la noche,  brindo en su nombre, cierro los ojos, y bebo hasta quedarme solo.
   
Su voz apenas se escuchaba a través del auricular, y debí esforzarme mucho para poder entender lo que me decía; finalmente acordamos encontrarnos en "50`s" para conversar sobre los detalles del trabajo en cuestión.
Expedition Al es un hombre de confianza del Zurdo; su especialidad son los sistemas informáticos, y el jazz. Con sus dos metros de altura y casi ciento sesenta kilos, alguna vez me contaron que de joven supo correr los cien metros en doce segundos. Cuando lo conocí me sorprendió su tono de voz bajo, y su conversación pausada. Pronto entendí que es un hombre al que le gustan las cosas simples y claras. 
Siempre me causó curiosidad  que alguien con manos de ese tamaño descomunal hubiera decidido dedicar su vida a los teclados; quizás el dominio de esos temas comienza con un sometimiento físico de las teclas, quién sabe.
Ingresé a "50´s" y en unos segundos comprobé que él todavía no había llegado. Me ubiqué en una mesa cercana a la ventana, pedí un whiskey y comencé, impaciente, a jugar con mi encendedor. 
El Zurdo me contó una historia sobre Expedition Al, que recordé mientras esperaba mi trago. Expedition Al era pianista del Trianón, el cabaret de lujo que en ese entonces gestionaba Purrete  Roncedo.  Al parecer, en un momento algo pasó, Roncedo no acordó con la policía, o alguien no cumplió con lo pactado, como fuera, hubo una redada en el Trianón y, como era de esperarse, la cosa se puso fea.  El Zurdo estaba esa noche en el lugar, y me dijo que un grupo de policías, liderado por el Sargento Benitez,  entró dando palos al salón. La gente comenzó a correr, hubieron gritos, empujones, y en un momento, el Zurdo vio que Benitez agarraba del brazo a Lucilene  y comenzaba a arrastrarla hacia la puerta del salón. Lucilene era la preferida de Roncedo, la reina del Trianón y, según el Zurdo, la morocha más impresionante de la noche de Buenos Aires por esos años. Pero Benitez nunca llegó a la puerta. Expedition Al tomó al sargento por el cuello, obligándolo a soltar a Lucilene, luego lo rodeó con sus brazos, lo levantó sobre su cabeza, y con un rápido giro, arrojó el cuerpo del Sargento Benitez por las escaleras que llevaban a la puerta de entrada. Luego Expedition Al tomó a Lucilene con un brazo, y haciéndose paso a las trompadas, abandonó el Trianón. 
Expedition Al fue detenido al día siguiente, y estuvo casi un mes preso. Al Zurdo le consta que su liberación, y su estadía tranquila en la comisaría, se debieron a las gestiones de Purrete Roncedo.
El Sargento Benitez salió en muletas del hospital después de tres meses de recuperación; las muletas todavía lo acompañan.
Luego de este incidente Lucilene abandonó Buenos Aires. Antes de irse, se dice, visitó a Expedition Al en la comisaria, y  de alguna manera logró entrar a la celda y despedirse de él.
Mientras pensaba en esta imagen, el mozo se acercó con mi whiskey. Dejó el vaso sobre la mesa, junto a una nota que decía: 
"Te siguieron, espera mi llamado" Al.
Quedé sorprendido, desconcertado. Miré alrededor como buscando una respuesta, un culpable, pero fue inútil.
Terminé mi trago, pagué la cuenta, y salí del bar sintiéndome observado. Mientras paraba un taxi y pensaba que dirección indicarle al chofer, tuve el presentimiento de que  Expedition Al se había cruzado con Martín, al otro Martín siguiéndome a mi; por un momento me ilusioné: existía la posibilidad de que Expedition Al le hubiese visto la cara a Martín.
 

Me dirijo  a la boca de subte de Alem, sin haber tomado una decisión todavía. Por el momento, sigo los pasos que me llevarán a mi encuentro con Martín: viajaré en subte hasta Chacarita, subiré luego las escaleras y caminaré por Federico Lacroze hasta llegar a Alvarez Thomas, en la esquina donde solía estar Argos. Me pregunto porqué Martín eligió ese lugar; está claro que no fue una coincidencia: durante algunos años jugué mucho al billar en las mesas de ese café que ya no existe. Por entonces, yo recién llegaba a Buenos Aires, y junto al Narigón Pirata, recorríamos las mesas del salón durante horas aprendiendo trucos inútiles.

Dejamos de ir a Argos por razones de fuerza mayor: en una discusión acalorada, el Narigón Pirata perdió la calma y le partió una silla en la cabeza a Pallotas, el mozo del lugar. Nos corrieron casi diez cuadras por Alvarez Thomas hasta que logramos dejarlos atrás. Recuerdo que después nos desplomamos en el banco de una plaza, y cuando recuperamos el aire, comenzamos a reírnos. Cuando nos pusimos de pie para retomar nuestra marcha, el Narigón extrajo del bolsillo de su saco una bola de marfil y la mostró en lo alto como un trofeo de guerra.

Tiempo después, el Narigón dejaba para siempre esta ciudad. Mientras nos despedíamos en Retiro, antes de subirse al ómnibus me regaló esa bola de billar, que ocupa ahora un lugar especial en mi biblioteca.

Las estaciones se suceden, la gente sube y baja del vagón,  son casi las seis de la tarde. Pienso en mi último encuentro con Juan, fue una sesión extraña en la que él habló y yo escuché

-¿Por que vas, Martín? –me preguntó finalmente, desconcertado.

- ¿Porqué no puedo mantenerme alejado de los problemas?  - le respondí con tono burlón. El chiste no le hizo gracia y me miró callado. Me di cuenta de que estaba descentrado, ¿desde cuándo hacia chistes en terapia? Cuando me fui de su departamento, tuve la sensación de que mi encuentro con Martín lo preocupaba a Juan seriamente.

Ayer por la noche, en Viena, todo este asunto fue tema de discusión. El Zurdo y Joaquín querían emboscarlo y molerlo a palos; el Dandy, exagerado como siempre, quiso facilitarme un treintaiocho; sólo el Negro Avellaneda me preguntó:

-¿Para que vas a ir, Martín?

Mientras recorro las estaciones que restan hasta Chacarita, intento responderme esa pregunta.

Subo finalmente las escaleras y me asomo a los últimos metros de la calle Corrientes. Miro hacia el cielo y noto que es una tarde tranquila. Todavía tengo algo de tiempo; bordeo la pared del cementerio y llego al bar de la calle Rodney. Ocupo una mesa en la vereda y le pido al mozo un whiskey. Hace muchos años en este bar, en una noche oscura, una mujer me dijo que era un hijo de puta. 

Lo recuerdo bien, se puso de pie,  acercó su boca a mi oído, y con un murmullo me dijo:

-Vos sos un hijo de puta.-luego tomó su cartera de la barra y abandonó el bar. 

Cierro los ojos y recuerdo esa época; sí, fueron días difíciles. Y esa mujer tenía razón, en ese momento, yo era un hijo de puta.

El mozo se acerca, deja el vaso sobre la mesa, sirve una medida de whiskey y luego se aleja. Bebo un trago, y pienso que yo no soy el mismo hombre que estuvo esa noche en este bar, hace muchos años. Ni soy aquel que jugaba al billar en Argos. Y ahora, sentado aquí, en la mesa de este bar, tampoco me siento como el Martín que días atrás necesitaba encontrar a su alter ego para agarrarlo por el cuello hasta que escupiera una respuesta, algo que me permitiera entender su obsesión conmigo. No, en los últimos días algo ha cambiado. En todo caso, creo soy la suma de  los distintos hombres que he sido y que se suceden. Tengo ya bastante trabajo con comprender eso.

Miro el reloj de la pared del bar: faltan diez minutos para las ocho. Termino de beber mi whiskey, enciendo un cigarrillo, me pongo de pie y dejo algunos billetes sobre la mesa. Camino lentamente por las cuadras arboladas hasta alcanzar la entrada al subte; bajo las escaleras, paso por un molinete,  me subo al vagón, y emprendo mi camino de regreso.


Me despierto, y veo mi cara reflejada en los ojos del Buick. Es tarde en la noche, estamos en su cama, ella tiene la cabeza apoyada sobre su mano, los hombros descubieros y el pelo cayendo sobre un costado.
Me mira y siento que está viendo a otro, no a mí, y no en este presente; me mira recordando. Sus ojos están perdidos en otros ojos, en otro tiempo, en un amor. 
No se da cuenta de que la estoy mirando. 
Guardo silencio, cierro los ojos y, sin quererlo, comienzo a pensar en Martín, en el otro Martín, y en nuestro encuentro pendiente.
Siento que no tengo fuerzas, ni ganas de encontrarlo. Me pregunto si es miedo, o si estoy adoptando la mirada de Juan.
Sé que no estoy listo todavía, y que el tiempo se acaba. 
Recuerdo el consejo de Peri Rossi: 
- Estando entre la espada y la pared, lo mejor es no decidirse.
Ya entre sueños, se me ocurre que quizás no sea una mala opción.
Al regresar de mi paseo, abro la puerta del departamento y choco contra la luz roja parpadeante del contestador automático del teléfono. Esa máquina me cae mal, nadie deja buenas noticias en un contestador automático.
Voy hasta la cocina, abro la ventana, y luego salgo y recorro el pasillo que lleva a mi dormitorio. Dejo el abrigo sobre la cama, me siento y enciendo un cigarrillo. El gato se asoma por el marco de la puerta sólo para verificar que soy yo quien ha ingresado al departamento, después da media vuelta y desaparece para atender sus asuntos.
Me pongo de pie y camino hasta el living, al pasar por al lado del equipo de música, oprimo un botón; confío en que la música mejore algo el clima. Salgo al balcón y termino de fumar mi cigarrillo. Miro hacia la avenida, y veo que hay un atardecer hermoso cayendo en ese momento sobre la ciudad rosada.
Entro al living, aplasto el cigarrillo contra el cenicero y me dirijo hasta la mesa del teléfono. Apago el equipo de música, tomo una silla, y me siento. Respiro, y me doy cuenta de que lo que realmente quiero es apretar el botón de play y escuchar una voz amiga. Quizás sea así, pienso mientras acerco mi mano al contestador automático.
Presiono el botón, y luego de un segundo de silencio, escucho:
- Hola Martín, habla Martín. Sé que me estas buscando. Te espero el sábado a las ocho, en la esquina de Argos -hay un click, y luego más silencio.
Me quedo inmóvil en la silla. Siento mi cuerpo tenso y a mi corazón latir desordenadamente.
Respiro contando del uno al ocho, y luego del ocho al uno, tres veces. Me paro y camino hasta el baño; me siento mareado. Abro las canillas y hundo mi cabeza bajo el chorro de agua.
Dejo pasar los minutos, luego me incorporo, y cuando abro los ojos y miro en el espejo, veo la cara de un hombre que tiene miedo.
Esta noche he decidido quedarme en mi departamento a escuchar música, fumar y mirar la ciudad desde el balcón. Los preparativos son pocos pero necesarios: cambiar la posición de la lámpara de pie, encender algunas velas, guardar en un cajón revistas y otros objetos que enturbian la visión, abrir el ventanal.
Luego de unos minutos, observo el ambiente y pareciera que lo he ordenado todo esperando la visita de una mujer. Es curioso, pienso.
Todavía no puedo anticipar qué estado de ánimo dominará mi noche; ¿volveré a pensar en ella y entristecerme? ¿me embriagaré mirando las luces de la avenida, hasta quedarme dormido en el balcón? ¿Intentaré descifrar los consejos de Jude y del Zurdo sobe el Buick? No lo sé.
La elección de la música es importante; tomo la pila de discos, y finalmente escojo uno y lo introduzco en el equipo de audio. Es la rubia que me da alegría cuando canta:

Nothing's impossible I have found
For when my chin is on the ground
I pick myself up, dust myself off, start all over again

Mientras me sirvo un trago, el gato aparece en el living, y se queda sentado mirando la noche a través del ventanal. Pareciera que no me ha visto, de espaldas a mí, observa el cielo como si algo fuera a ocurrir.
Retrocedo unos pasos, apago una luz y ocupo el sillón que enfrenta al ventanal.

But please dont bring your lips so close to my cheek
Dont smile or Ill be lost beyond recall

Bebo lentamente, disfrutando de la música y de la tranquilidad que me ha invadido. La Luna aparece en el marco del ventanal, y en ese momento, el gato aulla, y me llena de escalofríos. Veo como estira su cuello hacia la Luna, como si fuera un lobo, y deja escapar de su cuerpo un grito dolorido, un llanto. Continua de espaldas a mi, con la mirada fija en el cielo de la noche. Con un tono mucho más bajo, sostiene un quejido que me apena.
No sabía que los gatos pudieran sentir tristeza.
Unos minutos después de que la Luna abandona el ventanal, el gato continua sentado en la misma posición, como si estuviera hipnotizado o fuera incapaz de moverse. ¿En qué pensará? o mejor ¿en quién estará pensando el gato?
Termino mi trago, me pongo de pie, tomo mi abrigo y me preparo para salir. Apago las luces, y antes de cerrar la puerta, puedo ver la figura del gato recortada contra el ventanal, enfrentando la noche.
Salgo del departamento sigilosamente. Mejor dejarlo solo, pienso.

Estábamos sentados con Joaquín en la mesa chica de Viena, conversando sobre los pocos reparos morales que suele tener Esperanza en cualquier situación en la que una mujer atractiva entra en escena, cuando lo vimos llegar al Zurdo, y algunos metros atrás, a Cortázar.
El Zurdo se sentó, y dejó sobre la mesa una botella de whiskey y su vaso. Cortázar se quedó parado en su lugar, atento a la gente que entraba en el salón.
Continuamos nuestra conversación entre risas, y el Zurdo, testigo de muchas de las canalladas de Esperanza, aportó lo suyo. Quizás porque no había más para decir, o porque ya nos habíamos reído mucho, Joaquín desvió un poco el tema, y con mirada pícara preguntó:
- ¿Y? se vieron de nuevo con el Buick?
No llegué a contestar, la expresión de la cara del Zurdo, y un leve movimiento que hizo avanzando sobre la mesa, me detuvieron. Hubo un silencio y, perturbado, oscurecido, el Zurdo preguntó:
- ¿Y vos cuándo conociste al Buick?
Me quedé callado, sin ganas de contestar, intuía que lo que vendría no sería bueno.
- El otro día –contesté, mirando mi vaso; no dije más. El Zurdo asintió callado, y luego agregó:
- ¿Y quién te la presentó?
Tomé un cigarrillo del paquete, lo encendí, aspiré un poco de humo, y dije:
- Jude Law, me la presentó Jude Law el sábado pasado.
El Zurdo volvió a asentir en silencio; sirvió su vaso nuevamente, bebió un poco, y luego, mirando hacia un costado, dijo:
- Tené cuidado, Martín, el Buick te puede destrozar.
Nadie se movió de la mesa. Yo no quería saber de dónde el Zurdo conocía al Buick, tampoco porqué me hacia esa advertencia. Lo miré al Zurdo y lo noté ausente, con sus ojos nublados, y su cara cargada de preocupación y de fatalidad.
Luego de unos minutos me puse de pie, y abandoné Viena. Necesitaba estar solo y pensar; tenía el horrible presentimiento de estar cometiendo una gran equivocación.
Entro a Viena completamente empapado y muerto de frío, dejo mis cosas detrás de la barra y pido un café fuerte, cargado y bien caliente. Debido a la lluvia, hay mucha gente en el salón; puedo verlo a Cortázar recorriendo las mesas con cara de pocos amigos, y a Joaquín y a Gatica sentados en la mesa chica del fondo. Están tomando champagne, y se ríen a carcajadas, burlándose de la lluvia, de los paraguas y del malhumor general; me alegro por un momento sólo de verlos así.

Mi café llega finalmente; tomo la taza por su borde y lo pruebo: está caliente y fuerte. Busco el libro en mi bolsillo y releo el párrafo marcado. Cierro el libro y lo guardo nuevamente en mi impermeable, mientras siento que el café le devuelve a mi cuerpo algo de calor.

¿En qué creen los que no creen? se pregunta Coupland.

El Zurdo pasa por mi lado, palmea mi hombro, y sigue caminando en dirección a la mesa del fondo; sabe que cuando estoy solo en la barra, lo mejor que alguien puede hacer es seguir de largo. EL Zurdo no cree en Dios, cree en él, y en un código de lealtades que define amigos y enemigos. Joaquín es un ateo activista, el cree en la no existencia de Dios, una de las respuesta que se le escapó a Coupland en su libro. Gatica cree sólo cuando le conviene, y tiene una teoría interesante al respecto, que todos pensamos que debería escribir algún día. Cortázar, bueno…él resume su postura diciendo:

- Dios es para la gilada.

Yo no puedo recordar cuando dejé de creer en Dios; sé que fue mucho antes de convertirme en insomne. Un día supe que no creía en Dios, como otros saben cuando el amor se ha acabado; me sentí solo y bastante triste. Después de un tiempo respiré aliviado.

Releyendo el libro de Coupland recordé esa época que parece ahora tan lejana.

Me pregunto en qué creo ahora, y encuentro corazonadas, sensaciones, pero no una respuesta clara. Terminó a mi café, tomo mi libreta negra de notas y apunto:

- Escribir mi credo

Luego me dirijo hacia la mesa chica de Viena, donde Gatica, Joaquín y el Zurdo me esperan con sus copas en alto.

Entro a mi departamento y, sin encender las luces, voy directo a la cama a desplomarme y cerrar los ojos. Mis oídos zumban, y siento la frente caliente y húmeda. El sol está en lo alto de un cielo libre de nubes. Me incorporo, bajo la persiana y me dejo caer nuevamente sobre la cama.
Afuera, alguien golpea una chapa; también se escuchan cantos de pájaros y algunas bocinas de autos. Siento que no voy a poder dormirme.
¿Cuándo fue la última vez que dormí toda la noche, sin interrupciones? No puedo recordarlo. Sí puedo ubicar la época en la que dormir no era un problema para mi, pero no la última noche de paz. Tampoco la primer noche de insomnio.
Juan me dice que el olvido es una forma de defensa. Puede ser, pienso.
El gato entra a la habitación, me mira, maulla, y luego se va. A veces pienso que él cree que entiendo lo que me dice.
Voy a la cocina y tomo un vaso de leche tibia. Con asco, vuelvo a la cama y me acomodo como para dormir. Sé que no voy a dormirme, pero debo llamar al sueño de alguna manera. Entonces me preparo, respiro, y comienzo el ritual de todas mis noches.
Nunca imaginé que fuera a conocer al Buick, y mucho menos que pudiera llegar a tener un romance con ella.
Jude Law nos acercó por primera vez en la fiesta del sábado pasado, y también facilitó los encuentros que siguieron, y que fueron necesarios para que ella se decidiera, y para que yo superara el miedo que me inspira.
Fue el miércoles por la noche cuando todo voló por lo aires.
Salimos ya ebrios de "50's", subimos a su descapotable, y ella comenzó a manejar enloquecidamente por la ciudad, acelerando todo el tiempo, llenándonos de vértigo y viento. El Buick no me miraba, sus ojos negros estaban fijos en lo que vendría; conducía con una sola mano al volante, exageradamente erguida, en pose; su brazo derecho estaba apoyado sobre el respaldo del asiento delantero, y cuando su mano no sostenía un cigarrillo, se entretenía acariciando mi cuello suavemente.
Volábamos por las calles como un meteoro, sobrepasando siempre al auto que se encontraba adelante, doblando abierto en las esquinas, y acelerando furiosamente. Como si fuera sólo un espectador, cada tanto me encontraba preguntándome cómo iba a terminar todo aquello; pero al mirarla a ella, noté que la expresión de su cara era serena; parecía como si esa carrera alocada la sedara; aparentaba tener todo bajo control. Así es, el Buick solo encontraba tranquilidad llevando su vida a toda velocidad.
Llegamos a su departamento, ingresamos en silencio, y luego ella desapareció por un largo rato. Yo me senté en el balcón a esperarla, mientras intentaba desentrañar el sentimiento extraño que reptaba dentro mio.
Finalmente ella apareció; había cambiado su vestido y su peinado. Tenía en sus manos dos vasos y una botella. Sus ojos brillaban y sus labios, perfectamente delineados, posaban en un sonrisa sensual, una sonrisa que ella había practicado hasta alcanzar la perfección. Me acerqué a ella despacio, sin quitar la mirada de sus ojos. Antes de besarla, entendí que yo era para ella sólo una presa más. Ya había caído en la misma trampa en otra ocasión; aquella vez fui sorprendido, y rodé sin defensas. Mientras nos besábamos escuché la voz de Jude, dándome su último consejo:
- Martín, no te enamores de esta mujer.
En el hall de la estación de subte Mtro. Carranza un joven toca canciones de los Beatles.
Lo descubrí hace algunas semanas cuando iba a verlo a Juan; el vagón se detuvo, las puertas se abrieron, y entre chirridos y sonidos de altoparlantes, pude reconocer la melodía de "A Hard Day's Night".
Bajé al andén de un salto, sin pensarlo, me acerqué hacia él y escuché la última parte de la canción, pero pude repetir el estribillo un par de veces con mucha alegría. Aplaudí con ganas cuando terminó la canción, y el joven lo agradeció inclinando levemente la cabeza. Dejé algunas monedas en un sombrero, y mientras esperaba que llegara el próximo tren, me regaló una muy buena versión de "Black Bird".
El viernes siguiente, apenas pasadas las 19, premeditadamente bajé en la estación Beatle. Llegué para el comienzo de "Lucy in the Sky with Diamonds". Es una canción que siempre me fascinó. Comencé a susurrarla, y de pronto la letra me llevó a mi visita a Strawberry Fields en Central Park, a los pasos que siguieron luego hasta el edificio Dakota, y la oscuridad que me invadió al llegar a esa entrada; The Catcher in the Rye, y toda esa historia incomprensible y ridícula que aconteció. Creo que el joven advirtió mi mirada perdida. Ni siquiera el comienzo abrupto y pegadizo de "Mr. Postman" pudo rescatarme. Dejé algo de dinero en el sombrero, esbocé una sonrisa, y busqué refugio entre el gentío que aguardaba al tren.
Las pocas estaciones que faltaban pasaron veloces. Bajé en Plaza Italia y subí las escaleras ensombrecido. Se me hizo presente una escena de Bird, la película de Eastwood sobre la vida de Charlie Parker, en la que mirando el puente de Brooklyn le dice a un amigo: “There is not enough kindness in this world”. En la otra punta del mundo, en Caballito, un amigo mío me confesó una noche que la angustia de su alma no tenía remedio, y que por eso su afán de venganza era legítimo.
Llegué a lo de Juan en ese estado y, obviamente, el barco se movió mucho, tanto que terminé la sesión con náuseas. Sí, a veces la terapia resulta como un vómito ardiente.
Sin embargo, una semana después, bajaba nuevamente en la estación Beatle. Esta vez el joven estaba acompañado de un amigo, a cargo de un bajo. El reloj marcaba las 19.20, y comenzaron a cantar cuando me vieron aparecer en el hall; sentí que me estaban esperando. Me recibieron con "Hey Jude", y el buen consejo de no cargar solo con el peso del mundo.
Meses atrás, un jueves de invierno, nadie apareció por Viena. Estábamos solos con Cortázar en la mesa del fondo, yo sentado, y él parado con la bandeja bajo el brazo y una mano apoyada sobre el respaldo de mi silla, mirando hacia la puerta de entrada del salón; ya era la hora de cierre. Cortázar caminó entonces hacia la barra, y regresó con una botella de whiskey y dos vasos; depositó todo sobre la mesa, tomó una silla, y se sentó a mi lado. Yo miré alrededor en busca de testigos, alguien que pudiera luego confirmar que, una vez, Cortázar se había sentado en la mesa chica de Viena; fue inútil, Cortázar y yo estábamos solos en el lugar.
Abrió la botella, sirvió los dos vasos, arrimó su silla a la mía y se inclinó levemente hacia delante, acortando la distancia que nos separaba, y con una voz muy baja y como si estuviera apunto de hacerme un regalo, me dijo:
-Martín, te voy a contar una historia.
Y sin más, me introdujo a los hechos, y a una verdad. Era la primera vez que lo veía así a Cortázar: relajado, compenetrado con el relato y los detalles, disfrutando del decir. Se sentía como un mago en pleno acto de prestidigitación, jugando con mi atención a su antojo. Sus ojos brillaban, y cuando quería darle más intensidad al relato, sus manos sobrevolaban la mesa con gestos suaves. Parecía contento, orgulloso diría; y era justo: realmente tenía una gran historia para contar.
Cuando concluyó su relato, yo estaba conmovido. El terminó su vaso de whiskey, mientras yo pensaba en lo que acababa de escuchar. Luego lo miré:
-¿Es cierto lo que me decís, Cortázar? –le pregunté débilmente. El apenas sonrió, miró el fondo de su vaso vacío y, asintiendo, se puso de pie. Garabateó algo en un papel, lo dejó doblado sobre la mesa, me palmeó el hombro, y caminó lentamente hasta ocupar su lugar en el extremo de la barra, parado con la bandeja apoyada a la altura de su pecho.
Necesité dos o tres whiskeys más antes de decidirme a ponerme de pie y abandonar la mesa. Recogí el papel, lo apreté con fuerza en mi puño, y luego lo guardé en el bolsillo de mi abrigo como a un tesoro. Me dirigí hacia la salida con paso pesado, y pensativo. Al pasar por la barra Cortázar ya no estaba.
Esa noche, yo apagué las luces de Viena

La presentación de The Bad Plus del viernes no hizo más que agigantar mi necesidad de escuchar jazz; no costó mucho convencer a Joaquín y a Esperanza para ir a Thelonious el sábado por la noche. Teníamos reservados lugares en el extremo de la barra; nos acomodamos y le pedimos al barman algunos tragos. Para mi sorpresa había poca gente en el lugar, y el clima era muy relajado. Mientras esperábamos la aparición de la banda, Esperanza nos relató su accidentado encuentro con una pelirroja en la Richmond; pero el muy pillo cambió la fecha del hecho para no quedar en evidencia y delatar su faltazo al evento de Gatica. Como era sábado a la noche y yo estaba de buen humor, no quise terminar con esa farsa, y decidí enterrar el asunto para siempre.

No habíamos hecho el segundo brindis cuando se nos unió Jude Law. Entró al lugar con paso rápido y con cara de mal llevado. Pidió un gin tonic, y lo tomó parado y en un solo movimiento; luego dejó el vaso sobre la barra, se pasó el dorso de la mano por sus labios, le señaló el vaso vacío al barman, y luego dijo:

-Ya está, me siento mejor – y su cara sonrió. Así de raro es Jude Law.

La banda comenzó a tocar casi sin que nos diéramos cuenta; el correr de los vasos y la charla nos resultaban más interesantes. Jude nos invitó a una fiesta que organizaban unas conocidas, y todos nos entusiasmamos con la idea: las fiestas de Jude son infalibles. Joaquín pidó más detalles, mientras yo iba al baño y salía a comprar cigarrillos. En el camino decidí avisarle de la fiesta a Gatica; encontré un teléfono público en la calle, busqué algunas monedas en mi bolsillo y mientras marcaba el número, vi pasar a mi lado a la pelirroja que estaba con Esperanza en la Richmond; iba acompañada por un señor mayor que la abrazaba sonriente. Me interrumpió una voz en el teléfono, que no era la Gatica, pero que sonaba familiar

-Hola-repitió, esperé un segundo, y pude reconocer la voz dormida de Manrein. Corté la comunicación; vaya a saber que extraña confusión me llevó a discar su número y no el de Gatica. Hacía tiempo que no nos veíamos, y creí recordar que teníamos un almuerzo pendiente; Manrein es, al igual que el Zurdo, una de esas personas de las que se aprende mucho; a diferencia del Zurdo, Manrein es respetuoso de la ley.

Regresé a Thelonious sin llamar a Gatica. Subí por las escaleras y me encontré con el grupo que discutía si debíamos o no ir a la fiesta en un único auto.

Decidimos ir en mi auto. Mala elección, horas después, lo lamentaría mucho.

Recuerdo la última sesión con Juan. Luego de una pausa, me mira, y finalmente me pregunta:
- Pero entonces,  Martín, ¿vos que esperás de tu analista?
He practicado los alrededores de este tema muchas veces (aplausos para Juan Martini), acercándome y alejándome de la respuesta en una elipse infinita. Creo que he esperado distintas cosas a lo largo  de estos años: que pudiera hacerme conciliar el sueño, o dejar de buscarme problemas, que lograra hacerme olvidar a una mujer; nimiedades, equivocaciones. Nunca antes había sentido la urgencia de reencontrarme con mi deseo, con la vibración que me lleve a la frecuencia de resonancia de mi ser,  que me devuelva la paz.
Pienso en esto, y sé que no es una respuesta, pero que la sugiere.
-Necesito alguien que me ayude a pensar- digo finalmente. 
Y aún sin estar plenamente satisfecho con esta afirmación, entiendo que es  lo más cercano que tengo  a la verdad.
Juan asiente, y parece dispuesto a asumir ese rol;  me siento aliviado. 
Joaquín, dice que de dos el barco se mueve, pero es más difícil que se hunda. No me parece un mal consejo.
The Bad Plus tocaba a las nueve y media en Niceto. 
Gatica caminaba ansioso por el balcón, devorándose un cigarrillo, mientras repetía una y otra vez
- Vamos a llegar tarde.
Yo estaba sentado en el sillón de su living, tomando un Daniel's y fumando un cigarrito, sabiendo que íbamos a llegar cuando el concierto ya hubiera comenzado; me había adaptado a esa idea con la misma  resignación con la que hacía tiempo había aceptado  la inexistencia de Dios. Joaquín había conseguido las entradas, y luego llamado para decirnos que pasaría a buscarnos a las nueve; todos los que lo conocemos a Joaquín sabemos perfectamente que siempre llega tarde, es casi una cuestión de principios para él.
A las nueve y media Joaquín aparecía a toda velocidad en su bala plateada. Nos recibió con una sonrisa y una humareda, y no demoramos más de algunas cuadras en estar completamente inmersos y tomados por el programa. The Bad Plus tocaba esa noche en Buenos Aires.
Nos ubicamos cerca de la barra lateral, asi ganamos en comodidad y visual, resignando algo de calidad de sonido. Fue una decisión acertada, somos bon vivants, no fanáticos. Gatica fiel a su estilo,  pidió directamente una botella de Daniel'; nos acodamos en la barra, servimos nuestros vasos, y nos dispusimos disfrutar. 
En el escenario tres tipos tejían música. Yo volví a sentir envidia de esta raza jazzera, que se fue transformado luego en alegría y ganas de bailar. Cada tanto comentábamos algo entre nosotros, quizás solo para registrar aún más el momento. 
Mi corazón se detuvo cuando versionaron Changes, de Bowie. My God.
La intensidad del concierto fue disminuyendo lentamente, y luego del bis salimos rápidamente del lugar. Subimos a la bala plateada, y en silencio, emprendimos un paseo urbano que nos llevó por distintos barrios. Yo decidí bajarme en Congreso y caminar un poco.
Viernes a la noche, The Bad Plus había tocado en Buenos Aires. Pensando en eso tomé Avenida de Mayo y decidí alargar mi paseo algunas horas más. Quería disfrutar un rato más del brillo de esa noche. 

Bajo del taxi intentando convencerme de que no estoy llegando tarde, camino rápido los metros que me separan de la entrada del cine, cruzo las puertas de vidrio, y al llegar a la boletería me informan que la función ha comenzado hace algunos minutos. Me quedo parado con la cabeza gacha y las manos apoyadas contra el borde del pequeño mostrador, asimilando el golpe, digiriendo la bronca. Me pregunto cómo alguien que estuvo todo el día pelotudeando puede llegar tarde al único evento importante que había previsto realizar desde temprano.
Una señora pregunta por sobre mi hombro por los horarios de la próxima función al joven boletero, que va y viene con su cabeza intentando mirar a la persona que le está hablando en ese momento. Me hago a un lado, doy unos pasos, y me apoyo sobre la pared que contiene a la escalera que conduce a la sala.
Desde la pared opuesta, con un sobretodo cruzado negro, ajustadisimo en su cintura, y el pelo cayendo sobre sus hombros, Eugenia me mira. Necesité unos segundos para recomponerme, pero no dudo en cruzar lentamente el hall y acercarme hasta donde está ella.   
Nos saludamos con un beso.
-¿Cómo estás, Martín? -pregunta, y no como un saludo.
- Bien -le digo mirándola a los ojos. Otra vez no estaba pensando en lo que decía; algunos creen que eso es mentir, se equivocan, es tener la atención puesta en otra cosa; yo estaba viendo lo hermosa que es esta mujer.
Ella asiente y se queda callada.
- Llegué tarde...- explico, mientras señalo la boletería. Ella sonríe, pero no dice nada. 
A mal paso darle prisa dice siempre el Zurdo:
-¿Estás esperando a alguien? -le pregunto finalmente. Creo que moderó la sorpresa por la pregunta, y en ese intento no tiene tiempo para inventar una excusa
-No -dice finalmente, y luego entre risas agrega- yo también llegué tarde...
Nos reímos un poco, mientras yo procuro no equivocarme en mi próximo movimiento. Entonces doy un paso hacia atrás, miro hacia a la calle, luego vuelvo mis ojos hacia ella, y le digo:
- ¿Caminamos unas cuadras? -veo en sus labios una señal de duda - dale..- agrego, mientras noto con emoción como ella se separa de la pared y se acerca hacia mí.
Salimos del cine en silencio, paramos en un quiosco, y yo compro un Shot y una cajita de fósforos, ella no quiere nada. Caminamos por Cerrito conversando sobre lo que sabíamos de la película que no hemos visto. Pasamos por el Colón, doblamos hacia Libertad, y recorremos muy lentamente esas cuadras tan lindas de Buenos Aires.
Le cuento sobre mi terapia con Juan; ella se alegra, y yo me siento aliviado. También creo que quizás ayudará a que olvide que fue -brevemente- mi analista. Rompo el envoltorio patético del Shot, y le ofrezco chocolate. Pienso que lo va rechazar, pero no, no lo hace, toma mi mano, la acerca a su boca y muerde, apenas, la esquina de un bloquecito.  Me quedo petrificado.  De repente me siento helado y débil, me pregunto que carajos estoy  haciendo; y me doy cuenta de que en este momento, no necesito saberlo. Ya lo hablaré con Juan más adelante. 
 

La reunión era a la noche en lo de Gatica, así me lo había confirmado el Negro cuando me llamó a la mañana. A mi me tocaba hablar con Joaquín y con Esperanza. Joaquín estaba jugando al golf cuando me atendió, y luego de contarle el plan  solo preguntó que tenía que llevar. Con Esperanza fue más difícil.
Lo llamé dos veces sin poder encontrarlo. La tercera vez que intenté comunicarme con él, debí romper mi costumbre y dejar un mensaje en el contestador. Luego  me olvidé del tema por unas horas; almorcé en San Telmo, recorrí  Plaza de Mayo y luego caminé hasta mi departamento.
Mi gato me esperaba hambriento y algo histérico. Mientras me dirigía hacia la cocina vi la luz roja de mi contestador titilando, y recordé a Juliana. Me angustié. Llené de comida el plato del gato, coloqué agua fresca en su bowl, y regresé al living.
Me senté en una silla cercana al contestador, oprimí el botón, y la voz de Esperanza asomó por el parlante de la máquina para excusarse del plan de la noche: debía estudiar mucho para su tesis, decía. Borré el mensaje del contestador, y fui hacia el baño a ducharme.
Dormí algunas horas, y  me desperté ansioso, necesitaba salir. Me vestí enseguida y decidí dar un paseo por la ciudad antes de ir para lo de Gatica.  Tomé Talcahuano rumbo a Córdoba, tracé al azar algunos zigzags, y me metí en un barcito que vi en una esquina. Pedí una ginebra, sospecho que solo para llamar un poco la atención, y porque no quería demorarme más de algunos minutos allí. Bebí de un trago el veneno, pasé por el baño, y salí con paso rápido rumbo a Plaza San Martín. Faltaba poca más de una hora para el encuentro en lo de Gatica. 
En el camino algo hizo que mi trayectoria se desviara, y al pasar por la Richmond me invadieron los recuerdos, y decidí visitar ese subsuelo en el que desperdicié tantas horas, y me dieron ganas de tirar algunas carambolas. Pedí un whiskey, ubiqué las bolas sobre el paño, y me desintegré en paz, inmerso en ese maravilloso mundo perfectamente previsible y geométrico.
No había pasado más de media hora cuando, ante mi asombro,  veo bajar por la escalera a Esperanza, acompañado de una pelirroja de curvas pronunciadas. Yo me puse de perfil, de modo que no me vieron al pasar, y se acomodaron en una mesa del fondo, contra la pared. Yo dejé la mesa de billar, y me ubiqué en una mesa cercana a una columna, desde donde podía verlos sin ser observado.
Hablaban en voz baja, se sonreían, el deseo los desbordaba. La cara de ella me resultó familiar, pero no pude identificarla.
Fui hacia al baño, levanté el tubo  del teléfono público, dejé caer algunas monedas, disqué el número y esperé. Así era nomas: no iba a poder ir a lo de Gatica, tenía que estudiar toda la noche. Nos despedimos. Corté la comunicación, hice un par más de llamados, y volví a mi mesa a esperar lo que venía.
A la media hora la vi aparecer a la rubia platino bajando por la escalera. Pasó por al lado mio y me guiñó disimuladamente un ojo, para seguir derecho hacia la mesa donde Esperanza conversaba con la colorada. La rubia se plantó delante de la mesa, y saludó llena de sorpresa y alegría dejando una terrible marca de rouge en la mejilla de Esperanza, luego se metió en el baño, demoró unos minutos, y al regresar solo deslizó una sonrisa al pasar por al lado de su mesa. La cara de la colorada era para alquilar balcones, lo miraba a Esperanza que le explicaba vaya a saber uno que cosa.
No pasaron más de diez minutos antes de que cayera Sol y repitiera la escena. Lo de Sol, como era de esperar, fue todavía más escandaloso, y vergonzoso. Esperanza terminó con sus dos mejillas marcadas, y la pelirroja reclinada hacia atrás, con los brazos cruzados mirándolo con bronca. 
Era hora de irme. Disimuladamente subí las escaleras, y fui hasta la barra del piso superior, y le dije  al barman que la pareja amiga que estaba abajo, quería ordenar una botella de Don Perignon.
Salí a Florida satisfecho, y emprendí el camino a lo de Gatica, que ya debía estar esperándonos. 

Lunes dos aeme,  mis ojos se abren y, súbitamente, estoy despierto y pensando. Conozco muy bien lo que sigue: daré algunas vueltas en la cama, escucharé al camión recolector en  la avenida, compactando bolsas negras que contienen residuos de comida, pañales usados y gatos tiesos; una alarma sonará cerca de las 3, cuando mi vecina regrese otra vez  ebria y deje, otra vez, mal cerrada la puerta del ascensor;  luego veré como la claridad comienza a filtrarse lentamente a través de la persiana de mi cuarto. Restando dos o tres horas para que deba levantarme, me quedaré dormido sin darme cuenta.

Hay noches en las que opto por vestirme y salir a caminar. Recorro algunas cuadras  fumando un cigarrillo, y procurando mantenerme alejado de problemas; no siempre lo consigo.

Cuando esto comenzó,  solía levantarme de la cama, ir al living y poner algo de música, prepararme un trago y sentarme a leer; pero al poco tiempo tuve que abandonar esa opción: generalmente terminaba acostándome a media mañana completamente ebrio.

Así es, soy insomne.

Perdí  la capacidad de dormir de corrido hace años, y he aprendido a vivir así; por eso aclaro que yo no sufro de insomnio, yo soy insomne.

-…Pero sufrís por otras cosas, Martín… -agregó Juan cuando lo notifiqué de mi condición. Lo miré callado, respiré suavemente, y luego le contesté

-  Juan, espero algo más de vos y de nuestras sesiones que este tipo de interpretaciones.

El se reacomodó en su sillón, y bajo su vista para revisar las notas de su cuaderno; luego, dejando pasar definitivamente de largo mi respuesta, dijo:

- Te despertás pensando, Martín. ¿Pero pensando en qué? ¿Cambian esos pensamientos con las noches, Martín?

Estoy a punto de contestar que sí, que cambian muy seguido, pero sé que no siempre es así, que he pasado épocas enteras despertándome con una misma pregunta quemándome en el cerebro;  que he cambiado de preguntas, y a veces he vuelto a plantearme temas que creía superados. No, no es tan fácil esta respuesta. Tomo una pausa, y finalmente digo:

- Me despierto pensando en las cuestiones     que no entiendo, Juan. No podré descansar mientras haya cosas que no entienda.

Juan asiente en silencio y anota algo en su cuaderno. Yo medito sobre lo que termino de decir, que me sabe a maldición gitana.  

Me pregunto si llegado el momento, no me convertiré en un fantasma.

El Zurdo se adelantó dos o tres pasos por sobre el resto de nosotros, con la cabeza en alto y la mirada sosegada. Detrás suyo no faltaba nadie; viejos amigos de lejos se habían acercado para sumarse a la columna.
A media noche, bajábamos por el medio de Callao como una manada de lobos, a paso rápido, con ritmo creciente, como conteniendo un galope temible y final. En ese andar nos mirábamos nerviosos, impacientes, llenos de ansiedad. Nuestros puños estaban cerrados, el pecho erguido, el peso de nuestros cuerpos inclinado hacia adelante, presintiendo la carrera. Los dientes apretados, los corazones redoblando el paso.
Callo comenzaba a caer en picada hacia el Bajo, y el Zurdo aceleró el paso. Primero fue un trote sonoro: tac, tac, tac; luego alargó su tranco y aceleró el ritmo. Yo sentí que mis sienes latían con fuerza, y que estaba listo para todo. 
Cuando el Zurdo comenzó su embestida final, todos emprendimos una carrera feroz detrás suyo. Aullábamos como locos, completamente poseídos. Nada podría detenernos ya, eramos una tromba que se llevaría puesto todo lo que hallara en su camino. 
Mientras subía las escaleras del subte, en dirección al consultorio de Juan,  me sentí satisfecho con la decisión que había tomado días atrás. Escapé del gentío que poblaba Santa Fe doblando por Thames, y caminé algunas cuadras buscando un nuevo lugar donde preparar mi sesión.
Como salido de un sueño, o de una calle del Soho, me encontré con un club de fumadores de habanos que me resultó irresistible. Con amplios sillones, una luz tenue y, por supuesto, exquisitos cigarros para probar -sí, Esperanza, exquisitos-, no pude más que admitir que era el lugar perfecto para esos momentos previos a la terapia que me resultan tan especiales.
Como disponía de bastante tiempo decidí probar un robusto cubano que me recomendó la muchacha que atendía el lugar. El cigarro me pareció muy fuerte; la muchacha también. Le pregunté si ella fumaba habanos
- Sí, claro- contestó con una sonrisa cortés. 
Me di cuenta de que lo nuestro era imposible: soy incapaz de enamorarme de una mujer fumadora; puedo sobrellevar o ignorar otros vicios, acaso igual de dañinos, no se trata de eso, el punto es que el humo es cosa de hombres.
Mientras saboreaba el puro, y disfrutaba echando el humo hacia el techo, ordené mis ideas y mi discurso. Cuando me despedí de la muchacha me sentía listo para mi encuentro con Juan.
- Hasta el próximo viernes -le dije mientras empujaba la puerta de calle y salía a la noche.

Me estaba resultando una sesión incómoda. Las pocas acotaciones de Juan me habían descolocado, obligándome  a esforzarme mucho para ampliar el espectro y cambiar mi registro. Estaba empantanado con este asunto de mi alter ego.  Luego de una corta pausa, repasé los últimos eventos de este saboteador y finalmente dije:
-Lo que daría por agarrarlo a este hijo de puta!
Juan me miró callado, y luego preguntó
- ¿Y qué harías si lo encontraras, Martín?, digo, ¿no sería mejor que simplemente dejara de complicarte la vida? ¿o necesitas conocerlo? agarrarlo, como vos decís...
Lo pensé unos segundos, y supe lo que quería
- No, quiero agarrarlo -dije- quiero tenerlo enfrente mío y que me explique por qué carajos me está jodiendo la vida, que me diga por qué carajos hace lo que hace -dije, y callé con bronca.
Hubo una pausa, quizás Juan esperaba que yo dijera algo más; no fue así, y entonces me preguntó:
- ¿Y que pasaría si no sabe por qué hace lo que hace? - aventuró Juan -¿dónde te dejaría eso, Martín? - esa posibilidad se me hizo ridícula, casi insultante. Lo miré a Juan con enojo, y dije:
- Pero por favor, Juan,  no me jodas ¿ que clase de pelotudo no sabe por qué hace lo que hace?
La cara de Juan parecía de piedra, pero yo imaginé que él estaba haciendo un esfuerzo enorme por no esbozar una sonrisa. Mis ojos se clavaron en su cara, buscando un gesto, un mínimo gesto del cual pudiera agarrarme para soltar toda mi ira. Fue inútil. Juan dirigió su mirada hacia su cuaderno, apoyó la lapicera sobre la mesa, y luego dijo
- Vamos a dejar acá, Martín.
Algunos minutos atrás había espiado su reloj y sabía que apenas llevábamos media hora.
- No- contesté con firmeza- no vamos a dejar acá. Sigamos -dije, y lo miré fijamente con los ojos encendidos.
Juan se reclinó hacia atrás sobre el respaldo de su sillón, y sostuvo, impasible, mi mirada. E inmediatamente dijo con una voz suave y firme:
- Martín, yo decido cuando una sesión termina; y esta sesión terminó.
Me quedé sentado unos minutos en silencio. Luego me puse de pie y caminé hacia la puerta.
Al salir lo escuché decir:
- Te espero el viernes que viene.   

 
A media mañana, Joaquín pasa a buscarme por mi departamento, y cuando bajo y abro la puerta de calle me encuentro con que ha cambiado -nuevamente- su auto: me espera sonriente en un Mitsubishi impecable  con forma de bala plateada.  Lo felicito, me ajusto el cinturón de seguridad ya dispuesto a comenzar el viaje, y noto que me mira con algo de reproche.
- Andá a cambiarte - me dice. Yo reviso mi ropa, y lo miro después a él, que me observa seriamente. 
- ¿Qué tengo? -le pregunto, sin entender.
- Hoy comienza la Primavera, pelotudo, o no te enteraste,  ¿y vos te venís todo vestido de negro? Dale, anda a cambiarte.
Hay un silencio breve, Joaquín mira hacia adelante como esperando que baje a cambiarme, espero unos segundos, y bajo a cambiarme de ropa.
Entro a mi departamento pensando en el vestuario, y mientras repaso mi placard comienzo a reírme: el planteo me parece absurdo, pero extrañamente sano. Las personas que registran ese tipo de cuestiones siempre me enriquecen, son una influencia positiva, y en esas ocasiones, mi risa es de alegría, de una alegría absolutamente infantil, causada por el descubrimiento de algo que mejora el presente.
Cuando regreso, abro la puerta del auto y veo como la cabeza de Joaquín se asoma, recorre mi vestimenta y dice:
- Así está mucho mejor. Dale, vamos - y unos minutos después estamos volando por Libertador rumbo a la quinta del Zurdo.
Cuando llegamos, nos recibe Susana, la mujer del Zurdo, que me abraza y me dice:
- Nene, querido, ¿cómo estas?
- No le digas Nene -acota el Zurdo inútilmente. Susana me dice Nene, y a mi me gusta que me  llame así, aunque nunca vaya a admitirlo.
Cerca de la parrilla, el Negro Avellanada discute con Gatica sobre el punto de cocción de las achuras, mientras Moliné y Esperanza disfrutan de un vino sentados al sol. Hay una larga mesa ubicada en el centro del jardín, sillas, un equipo de música sonando, y una mezcla de humo y olor a carne asada que es una maravilla.
El Zurdo se acerca con un vaso de vino, brindamos, y pasa su brazo por detrás de mi espalda y lo apoya sobre mi hombro. Nos quedamos callados mirando como Gatica y el Negro continúan discutiendo.
-Parecen novios -acota Joaquín, atento a la situación. Nos reímos, y brindamos los tres.
Susana se acerca con la foto de la hija de una amiga, y me pregunta que me parece. Yo sonrio y niego con la cabeza, y con preocupación exagerada, me dice
- Pero Nene, te vas a quedar soltero así...
- Puede que sí - respondo -pero puede que no - agrego. Me mira, y  acaricia mi mejilla con un gesto maternal, y luego regresa a la casa.
Las risas de Esperanza sobrevuelan el jardín, ya está ebrio y habla a los gritos. Se lo ve contento. Moliné lo mira divertido y nos hace señas disimuladamente. El Negro se le acerca a Esperanza y le sirve más vino, y todos sonreímos mirando hacia abajo.
Nos sentamos a la mesa, mientras Gatica saca las achuras de la parrilla y las coloca prolijamente sobre una tabla de madera. Que buen asador es este hijo de puta. 
Susana acerca otra botella de vino, servimos los vasos, brindamos, y  con entusiasmo todos atacan sus platos. Yo me quedo unos segundos disfrutando de  la escena y del momento, y me encuentro emocionado. Disimulo,  clavo mi vista en la molleja y comienzo a comer.
Y yo iba a venir vestido de negro!, pienso. Me río de mi mismo, me averguenzo un poco también, y niego con la cabeza,  azorado de lo desconectado que puede estar uno a veces. 
Cuando levanto la vista, Joaquín me está mirando, levanta su vaso y me guiña un ojo. Alzo el mío, y brindamos en silencio por este presente, y por lo que viene.
  


Mi primer encuentro con el Zurdo, y con la mesa chica de Viena, fue jugando al truco. Cortázar me lo había presentado algunos días atrás, pero después de eso no habíamos intercambiado ni una palabra, a pesar de habernos cruzado un par de veces en Viena.
Esa noche yo llegué al bar de mal humor. Estaba acodado en la barra bebiendo whiskey cuando el Zurdo se me acercó, y señalando con la cabeza la mesa del fondo, me dijo:
- Nos hace falta uno para el truco. ¿Te animás? -yo miré hacia la mesa, vi a dos hombres sentados sobre laterales contiguos, y a Cortázar de pie, a unos pocos pasos de la mesa, como siempre. Entendí que iba a jugar contra el Zurdo. 
Afirmé con la cabeza, terminé mi trago,  y lo seguí al Zurdo hasta la mesa. Cuando llegamos, el Zurdo señalo a los otros dos jugadores y dijo:
- El Negro Avellaneda , Joaquín - luego se sentó frente al Negro, tomó el mazo de cartas, y agregó:
- Nene, jugamos sin flor, trescientos pesos al mejor de tres chicos, ¿sí?
- Martín -contesté
- ¿Qué ? -preguntó el Zurdo 
- Me llamo Martín -dije. Vi como Joaquín sonreía mientas cortaba el mazo; pero el Zurdo no dijo nada y comenzó a repartir las cartas.
Por suerte, Joaquín jugaba muy bien, pasaba las señas sólo cuando era necesario, y parecía saber cuando robar el tanto y cuando quedarse callado. Ganamos el primer partido con amplitud, y noté rápidamente como el humor del Zurdo comenzaba a empeorar. Empezó a decirme Nene en cada mano, y a cantarme el real envido o el truco a mí, ignorándolo a Joaquín.
Su humor no mejoró ni siquiera cuando ganaron el segundo partido. Siguió molestándome cuando comenzó el partido definitivo de un modo que no estaba dispuesto a tolerar. En un momento le contesté mal, y el clima se puso tenso. El Negro me ofreció un cigarrillo, intentando quizás descomprimir la situación. A mi izquierda, Cortázar miraba de pie la partida con cara de piedra.
Todavía en las malas, canté el envido. Hubo un silencio, el Negro indicó con un gesto que no tenía nada, pero el Zurdo ni  lo miró, con los ojos fijos en sus cartas dijo:
- Falta envido, pelotudito.
Lo miré, y sentí como mis dientes mordían mi labio inferior. Joaquín, algo incómodo, echó sus cartas sobre la mesa y se inclinó hacia atrás. Yo me debatía entre levantarme e irme, o bajarle los dientes de una trompada a este tipo.
- ¿Qué pasa Nene? ¿te asustaste? -continuó- te pesan mucho los trescientos pesos ¿no? - y lo miró al Negro sonriéndose.
Me puse de pie, saqué unos billetes del bolsillo del pantalón, los tiré sobre la mesa y dije
- No quiero.
Antes de irme, di vuelta mis cartas sobre la mesa mostrando mis treintaitrés de mano.
- Anda a cagar, Zurdo - le dije, y abandoné la mesa.

Volví a la barra y pedí otro whiskey. Al rato el Zurdo se me acercó mirándome a los ojos. Yo dejé el vaso sobre la barra, me planté bien sobre los pies, y me preparé para lo peor. Cuando llegó dónde estaba yo, alargó su brazo derecho, y ofreciéndome la mano dijo:
- Disculpame, Martín. 
Estaba serio y con un gesto solemne. Sostuvo su brazo en el aire hasta que finalmente estreché su mano. Entonces se acercó a la barra, se sirvió un trago, y mirando en dirección a la mesa dijo:
- Cortazar me había avisado que eras bravo, pero queríamos verte... ¿vos entendés, no? -me dijo.
Asentí. Teminé mi trago y me fui en silencio.
Llegué a mi departamento cansado. Me dí una ducha y luego, mientras ordenaba mi ropa, en el bolsillo derecho del saco, encontré seiscientos pesos. Sonreí, y me fui a dormir contento, sin saber que esa noche había ganado mucho más de lo que me imaginaba.
El cambio de analista me obligó a buscar un nuevo lugar para mi preterapia; luego de recorrer un poco el barrio, opté por pasar los minutos previos a mis encuentros con Eugenia en un bar ubicado sobre Marcelo T. Es un espacio pequeño, con pocas mesas, y una camarera diligente. El café es bueno, no así los tostados de jamón y queso de pan negro. Una pena.
Eugenia abre la puerta del consultorio y me saluda
- Hola Martín.
Paso, y me acomodo en el sillón negro, con las piernas cruzadas y levemente inclinado hacia atrás. Ella ocupa su silla enfrente de mí, y la sesión comienza.
Hablo, y  mi discurso intenta acorralar al impostor, ese otro Martín que procura sabotear  mi vida. ¿Quién es ese otro yo? ¿de dónde viene?, me pregunto.
Hago una pausa en mi relato, trato de acomodar mis ideas como hace un rato lo hice yo en el sillón, respiro, paso la palma de mi mano por sobre mis ojos,  y lo primero que veo cuando mis ojos quedan nuevamente al descubierto,  son los pechos grandes y firmes de Eugenia. 
He perdido completamente el hilo del relato. Bajo mi mirada, recuerdo el comentario de Joaquín, y entiendo que debo elegir. Me pongo de pie mientras Eugenia me mira sorprendida, y le digo 
- Disculpame Eugenia, pero no puedo seguir.
- ¿Pero qué pasó, Martín? venías tan bien...
- Eugenia, voy a ser claro: sos demasiado atractiva para ser mi terapeuta. Y en estos momentos, lo que necesito desesperadamente es resolver mis problemas, alivianar mi carga, poner foco ahí...
Callo. Ella se pone de pie, se acerca y dándome un abrazo me dice:
-  Me alegra que tengas eso claro, Martín. Vas a estar bien.
Mientras me abraza siento su respiración, y el suave roce de sus pechos contra mi cuerpo, y apelo a toda mi voluntad para no besarla y hacer de esto un completo desastre.  Nos despedimos.
Camino unas cuadras por Santa Fe buscando Plaza San Martín, son casi las ocho, y me muevo entre la gente que regresa apurada de trabajar.
Hacer cosas para estar bien, es empezar a estar bien, me dijo Juan en nuestro encuentro pasado. Creo en eso, y sé que voy a estar bien. 




Cortázar es, para muchos, el mozo de Viena. Digo para muchos pero podría decir para casi todo el mundo, menos para nosotros, sus amigos, que sabemos quién es Cortázar.
Es de baja estatura y tez morena, sus hombros y espaldas son anchos. Tiene abundante pelo negro azabache, prolijamente cortado en la nuca y sobre las orejas, y peinado a la gomina con un estilo particular:
-Parece Cortázar -me dijeron que comentó un día el Zurdo; y quedó. El Zurdo es de poner apodos que luego lo acompañan a uno para siempre; otro motivo para no hacerlo enojar.
Cuando atiende a una mesa, se acerca en silencio, se inclina levemente de costado y espera a que le hagan el pedido. Luego regresa con su bandeja cargada, deja las cosas sobre la mesa junto al ticket de la cuenta, y parte nuevamente hacia la barra. Durante ese ir y venir, ni una palabra saldrá de su boca.
A nosotros no nos atiende. Cuando llegué a Viena y formé parte del círculo local, pronto entendí que debía hacer mi pedido directamente en la barra, y llevar luego el café o el whiskey a nuestra mesa. El nunca se sienta, se queda parado muy cerca con el perfil orientado hacia la entrada, como vigilando el salón.
Hay pocas cosas que Cortázar no sepa, y casi ninguna que no pueda averiguar.
Sólo el Zurdo conoce algo sobre su pasado, para el resto de nosotros es una incógnita. Por su nariz achatada, y su juego de golpes, sospechamos que fue boxeador.
Le caí bien por casualidad, y al tiempo él me presentó al Zurdo. Allí mi vida comenzó a cambiar.
Escribo estas líneas estando a punto de tomar un tren con destino incierto. A diferencia de otros viajes emprendidos, en esta ocasión lo fundamental es el trayecto; y desde esa premisa, sé que lo que viene estará bien. Siento que ya es hora de moverse.
Bajo estas condiciones, he decidido que lo mejor es viajar liviano -gracias Billie-, llevo conmigo, entonces, algunas pocas cosas.
Dicen por aquí, que al final del recorrido de este tren se encuentra esta misma estación. Poco importa, de ser así, a mi regreso ya seré otro.
Hay quienes pueden enamorarse por sorpresa, de a poco. No es mi caso: cómo el jugador que presiente que una carta es ganadora, o el yonqui que identifica sin equivoco la calidad de su droga, yo detecto las mujeres fatales a primera vista.
Las reconozco en el acto, sobresaliendo del resto; todo se vuelve blanco y negro, menos su figura, y veo sus movimientos en cámara lenta, en medio de un silencio absoluto. Quedo sumergido en ese estado hipnótico hasta que algún amigo me rescata, o hasta que aparece un hombre y la toma del brazo.
Así fue la última vez que me enamoré; la vi en medio de un grupo de conocidos y desconocidos, y yo no podía dejar de preguntarme quién era esa mujer, y cómo su belleza no perturbaba a nadie más a mi alrededor.
Pese a las bromas del Zurdo, estos ataques que sufro son sumamente infrecuentes. El amor es una droga dura -la uruguaya tiene razón-mejor andar con cuidado.
En Obelisco, el genial cuento de Juan Martini, uno de los personajes recuerda historias de personajes que habitaban la noche de Buenos Aires, recorriendo bares y calles que ya no existen, que desaparecieron cuando se construyó el Obelisco.
El personaje comparte sus memorias de esos tiempos, y siempre cierra sus relatos diciendo algo así como: "Pero claro, eso fue en la época en la que el Obelisco no existía". Esta frase instala la nostalgia con un efecto doble: por una lado nos cuenta una Buenos Aires que ya no existe, pero además, nos impide imaginarla, ya que es imposible visualizar esa zona sin tener presente al Obelisco.
Pienso que quizás en veinte años, pasaré por Viena y recordaré las noches en compañía del Zurdo, Joaquín, Moliné, el Negro, Gatica, Mecha Corta, Esperanza, Cortázar, y sentiré una nostalgia similar a la del personaje del cuento de Martini.
Sospecho que todos tenemos Obeliscos personales erigiéndose lentamente sobre los terrenos que marcaron nuestros mejores años.
Caminamos una cuadras por Viamonte, y a cada paso siento que mi entusiasmo disminuye. Ella acompaña mi andar pegada a mi pecho, casi acurrucada. Cuando llegamos a Suipacha, me señala un edificio.
-Es ahí -me dice, y cruzamos la calle. Ella busca en su cartera las llaves y luego abre la puerta; se da media vuelta, me mira, y como sabiendo lo que sigue, me pregunta:
- No vas a subir, ¿no?
- No - le digo. Ella asiente, y se queda callada mirando el piso por unos segundos. Finalmente sus ojos vuelven a buscarme, se acerca, me besa, entra al hall del edificio, y cierra la puerta. En el camino hacia al ascensor no se vuelve para mirarme.
El amor no es sólo impulso, pienso.
Camino por Viamonte buscando llegar a Callao. Pienso en el Angel Negro, y siento que al final el Zurdo tiene razón cuando bromea que soy un hombre chapado a la antigua; en mí solo hay lugar para un único amor.
Quién sabe, después de todo, quizás sea mejor así.
Viernes a la noche en Viena, nuestro refugio favorito. Estoy parado frente a la máquina de cigarrillos intentando decidirme entre Lucky y Camel; la elección no es sencilla, el camello siempre me puede, pero hoy me siento más Lucky (es un doble juego de palabras, así que el que entienda que se ria, y el que no... bueno, el que no siga de largo, viejo. No puedo andar explicando todo). Luego de algunos minutos me decido: introduzco algunas monedas, tiro de una perilla de acrílico bordeaux, y escucho el golpe seco del paquete al caer. Los hombres no se inclinan, se agachan, entonces me agacho para coger el paquete, y cuando estoy por agarrarlo, veo como dos manos de mujer se apoyan contra la máquina, y una voz suave le dice a mi oído:
- Te llevó un ratito decidirte ¿Siempre te cuesta tanto saber lo que querés, Martín? -mientras escucho, cierro los ojos, y no pasa un segundo antes de que me de cuenta de quién se trata. Pero hoy me siento distinto; hace días que me siento distinto, estoy para dar pelea. Entonces, sin incorporarme giro sobre mis talones, apoyo mi espalda contra la máquina de cigarrillos, y me encuentro frente a dos largas piernas de mujer con la cara a la altura del sexo. Todavía agachado, mirando a la entrepierna pregunto:
- ¿Nos conocemos? - veo como lentamente su mano izquierda se aproxima a mi cara para empujar mi mentón hacia el techo, hasta que nuestras miradas se encuentran. Con su larga cabellera negra cayéndole sobre los pechos, y un brillo peligroso en los ojos, el Angel Negro me sonríe.
Me pongo de pie, y vuelvo a recostarme contra la máquina
- No, no nos conocemos porque huiste como un cobarde luego de nuestro encuentro en el cumpleaños de Mariana. Cuando salí de baño ya te habías ido. Tu amigo Joaquín me dijo que te habías ido a otra fiesta, pero no le creí, creo que sólo quería hacerte quedar bien...
Me río para adentro. Pequeño demonio, ¡de cuántas formas distintas se puede cuidar a un amigo!
- Sí -digo- tenía otra fiesta.
Hay un pequeño silencio, yo abro el paquete de cigarillos, y estoy a puntar de encender un cigarrillo cuando ella me toma la muñeca y me dice:
- Pero que haces nene! no se puede fumar acá adentro, está prohibido!- miro su mano sobre mi muñeca, me incorporó lentamente, ella me mira, rodeo su cintura con mi brazo derecho, doy un rápido giro, apoyo su cuerpo contra la máquina, y la beso.
Es un beso largo, lleno de ganas.
Luego me separo bruscamente, y ella queda recostada sobre la máquina, mirándome. Extiendo mi brazo, ofreciendo la mano. Ella se incorpora, se acerca hacia mi, y pasando sus brazos por encima de mis hombros me besa.
Nos interrumpen algunos gritos y silbidos: se cortó la luz en Viena. En la oscuridad, tomo su mano y busco resuelto la salida. En el camino siento al corazón latiendo enloquecido; y es en este instante en que me doy cuenta de que está muerto de miedo.
Cruzando Callao, me encuentro con Mecha Corta. El camina hacia Pueyrredón, yo voy al San Martín. Como hace tiempo que no nos vemos, luego de saludarnos decido acompañarlo un par de cuadras para conversar un poco. Cortázar me había comentado días atrás que estaba más cruzado que nunca; su cara lo confirma.
Al llegar a la vereda lo primero que me dice es que está podrido del país. Yo asiento en silencio. Durante las próximas dos cuadras, no suelta palabra. Paramos en un quiosco, él señala un paquete de cigarrillos, entrega un billete, recibe el vuelto, y retoma su marcha. Yo compro un Shot, y comienzo a caminar detrás de él rápidamente, intentando alcanzarlo, mientras me pregunto si es realmente una buena idea.
De pronto un mimo se interpone entre nosotros; lleva pantalones negros, remera blanca de mangas largas, con rayas negras horizontales; tiradores rojos, y un sombrero Chaplín.
Camina algo encorvado, imitándo el andar y la expresión de Mecha Corta, inflando los cachetes y frunciendo el ceño. Dos mujeres que se cruzan con nosotros festejan la ocurrencia; después pasa una parejita que señala divertida al mimo. Yo apuro el paso presintiendo lo peor, pero llego tarde. En la esquina de Junín y Corrientes, Mecha Corta tiene al mimo contra la vidriera de una zapatería. Con sus dedos clavados en el cuello blanco, Mecha Corta habla con los dientes apretados, casi sin abrir la boca:
- Te reís de mi, eh? en medio de Corrientes, vos decidís hacerme burla a mi, jodiéndome a mis espaldas? ¿Y te parece que es gracioso, eh? Decime, te parece gracioso?
El mimo niega con la cabeza. Veo la tensión en las manos de Mecha Corta, y me pego a ellos. Cuatro o cinco curiosos ya comienzan a rodearnos.
- Decime, ¿te parece gracioso, pelotudo? Andas pintadito de blanco, hinchádole las bolas a la gente... decime ¿ te crees gracioso vos?
El mimo vuelve a negar con la cabeza.
- Hablá, carajo! -grita ahora enloquecido. Los ojos de Mecha Corta está inyectados en sangre, su mano izquierda ahora apreta las partes del mimo, mientras la derecha sigue sujetando el cuello; uno de los curiosos amaga con acercarse, pero se detiene cuando Mecha Corta le clava la mirada.
Entonces me arrimo al mimo, y le digo:
- Te doy un consejo, hablá. Si no, te va a arrancar las bolas de un tirón, creeme.
El mimo me mira, y rápidamente vuelve su cara hacia el frente y dice con voz quebrada:
- Perdoname. No, no es gracioso - y comienza a llorar.
El mimo, ya libre, apoyado contra la vidriera de la zapatería, llora de verdad. El maquillaje se corre sobre su cara. Un silencio insoportable invade el lugar. Lo agarro a Mecha Corta del brazo y lo arrastro un par de metros. El camina como en trance.
- Qué hijos de puta - alcanzo a escuchar mientras nos hacemos paso entre la gente. De reojo, miro la cara de Mecha Corta; está ensombrecida.
Caminamos en silencio hasta Larrea; llegando a la esquina, me detengo para despedirlo. Lo abrazo, y le digo cuidate, pero el sigue con los brazos pegados al cuerpo, mirando al infinito.
- Qué país de mierda - piensa en voz alta. Yo asiento en silencio, y luego me alejo resignado.
Hoy desperté y me sentí un hombre distinto. Supongo que mañana en terapia se lo mencionaré a Juan, no lo sé; tal vez lo reserve para mi encuentro con Eugenia. Como sea, me pregunto cuánto tiempo lleva dejar cosas atrás, ¿ qué se requiere para que un cambio acontezca?
Descubrí hace años que soy una persona binaria: mi daltonismo me impide ver los matices de los colores, mi oídos no captan las ondas medias de los sonidos, y el paso de la inacción a la acción funciona en mí como un interruptor de luz.
Juliana sostenía que en mí los cambios suceden, no se gestan. Esa idea le interesaba más a ella que a mi; yo siempre supe que lo que luce como un K.O. ante otros, es sólo el último round de una larga pelea interna que se definió por puntos hace mucho tiempo. Sí, soy un hombre que, desafiando las leyes de la gravedad y del tiempo, cae con delay.
Me levanto de la cama y miro por la ventana; el Sol crece en el horizonte. Lleno de esperanzas, viene a mi cabeza el brindis del Romántico:

Un suspiro para los que me quieren,
una sonrisa para los que me odian,
y sea cual fuere el cielo
que se encuentre sobre mi cabeza,
he aquí un corazón dispuesto a todo.
Me siento como un bígamo. Desde que Juliana me dejó, o luego de que yo forzara a Juliana a dejarme, tengo dos analistas.
Todo comenzó mientas buscaba el reemplazo de Juliana; así llegué a Juan, un analista que alguna vez le habían recomendado a Joaquín. La primer entrevista con él fue buena, y pensé que contar con un terapeuta varón en este momento, podía ser algo conveniente. Presintiendo la carga que yo sentía por estar comenzando nuevamente terapia, casi cerrando la charla me dijo:
- Martín, uno retoma desde donde dejó.
Lo pensé un momento, y acordé con él. Eso solo sirvió para que saliera aliviado de su consultorio.
Pero cuando el Negro Avellaneda me insistió para que tuviera una primera charla con Eugenia, fue tal su entusiasmo que no pude más que aceptar. Llevaba recién tres sesiones con Juan, y no sentí a esta nueva consulta como una traición. También es cierto que no la mencioné en las sesiones siguientes.
No recuerdo lo que dije durante los primeros diez minutos de la entrevista con Eugenia; desde que ella abrió la puerta de su consultorio, quedé absorto con sus enormes y firmes pechos, sus labios carnosos, su pelo negro, y su voz efeme. Un maquillaje liviano resaltaba sus ojos color miel. Mi atención luego quedó atrapada por una duda ¿ el Negro me había buscado una analista, o alguien de quién enamorarme?
En un momento comencé a escuchar lo que le estaba diciendo, y de a poco tomé control de la situación; incluso pude plantear mis expectativas y necesidades, y escuchar cuál era su propuesta. La claridad y consistencia de su discurso, junto con su mirada firme y limpia, evitaron que mis ojos volvieran a reposarse en sus pechos durante esos minutos. Quedamos en volver a vernos a la semana siguiente.
Los lunes son de Juan, los miércoles de Eugenia. Recién nos estamos conociendo, pero presiento que formaremos un gran equipo.
Participé, una vez, de una partida de poker que ocurrió años atrás, y que finalmente perdí por jugar mal la mano decisiva. Quedábamos sólo dos jugadores en la mesa, casi con la misma cantidad de fichas. Recibí una gran mano de entrada, pero la suerte me traicionó, y cuando la quinta carta se descubrió, todo el pozo fue a parar a las manos del Cordobés.
Lo que vino después fue sólo un trámite, en cuatro o cinco manos me retiré de la mesa vencido.
Había perdido mucha plata.
Me quedé en la barra ahogándome en whiskey. Un buen rato después se acercó el Zurdo y se paró callado a mi lado. Había visto toda la partida junto con Cortázar, y cuando me levanté de la mesa, su cara mostraba más enojo que la mía. Las derrotas de los amigos son, de alguna manera, derrotas propias.
Sabía que no iba a hablar hasta que yo no dijera algo primero. Luego de tomar otro whiskey, finalmente dije:
- La perdí en esa mano... con esa puta reina de corazones en la quinta carta.
- Sí -respondió el Zurdo. Sirvió su vaso nuevamente, y lo bebió de un trago. Después miró por sobre sus hombros, como queriendo asegurarse de nadie escuchaba, dio un paso hacia adelante, y girando sobre sus talones quedó de frente a mí.
- Apostaste poco -me dijo- por eso perdiste.
- Tuve mala suerte, Zurdo, ese Cordobés culo roto viene a ligar a último momento la reina de corazones!!, dejame de hinchar...
El Zurdo calló, y me miró decepcionado; por algún motivo en ese instante me sentí culpable. Vi cómo se rascaba el cuello, llevando el mentón hacia arriba, mirando hacia un costado; un gesto típico suyo cuando algo lo molesta de sobremanera. Luego se balanceó sobre sus piernas, y finalmente dijo:
- Martín, pensá lo que quieras, pero dejame decirte algo: esa partida la perdiste por tibio - hizo una pausa, y mirándome a los ojos, agregó- Y vas a perder mucho más en la vida si no sabes darte cuenta cuando tenes que rajar, o jugarte y apostarlo todo.
Bajé los ojos, y el Zurdo tuvo piedad. Llenó los dos vasos, me alcanzó uno, los chocamos levemente en el aire, y en un solo movimiento los bebimos de un trago.
- Fue mucha plata no? -preguntó , y yo asentí.
- Mejor, así no te olvidas de la boludez que hiciste. Boludos no son los que hacen boludeces, Martín, boludos son los que las repiten.
Días atrás, parado frente a un mingitorio, con el alma turbada por otro problema, el Zurdo susurró a mi lado mientras hacía lo suyo:
- Acordate de la reina de corazones.
Y reviví entonces esa noche, la charla con el Zurdo, y hasta pude ver la fea cara del Cordobes reflejada sobre la porcelana blanca; admití que debía decidir: una cosa o la otra.
El resultado es incierto, pero sé que de ningún modo voy a permitirme perder esta partida por tibio; tampoco por boludo.
Entro a mi departamento, y mientras dejo mi abrigo sobre el sillón, noto que en el contestador del teléfono una luz roja parpadea lentamente. La situación me inquieta. Logro llegar a la cocina sin pisar al gato, que una y otra vez zigzaguea delante de mis zapatos. Busco una botella en la heladera, y luego bebo algunos tragos de agua.
Regreso al living. Doy vueltas alrededor de la mesa del teléfono, como un gato que inspecciona un plato con comida. Finalmente tomo una silla, me siento, y coloco la botella de agua sobre la mesa. Apoyo mi espalda contra el respaldo de la silla, bebo un sorbo de agua, y pulso el botón de Play.
Escucho el mensaje; cuando termina, retrocedo y lo escucho nuevamente. Espero unos segundos y después borro el mensaje del contestador.
Era Juliana. Su mensaje decía que no podía continuar atendiéndome, y me dejaba los datos de otros dos terapeutas.
Me paro y camino hasta el balcón. Corro el ventanal y salgo a la noche. El gato aparece entre mis piernas y maúlla; no le gusta el frío. A mi sí. Miro hacia la avenida y me quedo pensando. Luego de algunos minutos el frío me rescata y regreso al departamento, dejando el ventanal abierto.
Ahora, en el contestador del teléfono la luz roja ya no parpadea. Me siento en el sillón y me tapo con el abrigo. Apoyo los codos sobre mis rodillas, me inclino, y cierro los ojos mientras mi dos manos me agarran la cabeza.
En este momento, Munch daría cualquier cosa por retratarme.
Bajo del ascensor, y a través del vidrio de la puerta de calle, veo el auto de Joaquín estacionado, y una gorra de policía inclinada sobre la ventanilla del lado del conductor. Salgo a la vereda, camino unos pasos, y cruzo la calle en dirección al quiosco; al pasar por delante del auto, Joaquín finge no verme.
Llego a la otra vereda, saludo a Méndez, compro cigarrillos, fósforos y un Shot, y me quedo mirando la escena. Luego de unos pocos minutos veo que la mujer policía se aleja del auto de Joaquín y camina en dirección a Talcahuano. Entonces Joaquín me hace una seña y yo cruzo la calle, y me subo al auto.
- ¿Qué pasó?
- Nada, se acercó para decirme que no podía detenerme en este lugar, le dije que te estaba esperando, y me pidió que "circulara". Cuando intenté chamuyarla un poco más para hacer tiempo, amagó con hacerme la boleta.
- ¿La piropeaste?
- Obvio
- Cómo sos, eh...
- Es que mientras hablaba con ella, le vi la esposas en la cintura, colgando de ese cinturón de cuero ancho... y no sé, me calentó un poquito...
- ¿Estaba buena?
- No -me dice termimante y entre risas- para nada.
Me río. Ajusto el cinturón de seguridad sobre mi pecho, y entonces veo la boleta de infracción sobre la luneta negra.
- Pero al final te hizo la multa, gil!
- Sí, me la hizo. Leela.
Tomo el papel, y mientras Joaquín acelera, veo los datos del auto y de Joaquín y el motivo de la infracción; y al dorso, con trazos grandes, el número de teléfono de la agente Paula. Sin mirarlo, sé que Joaquín está sonriendo lleno de satisfacción. Pequeño demonio.
Recostado sobre el césped con los brazos en cruz, los ojos cerrados y los párpados incendiados de naranja, pienso en ella. Mi respiración es suave en su ir y venir, y el calor que acaricia mi cara me llena de bienestar. En esta paz repentina, pienso en ella; y me doy cuenta de que la extraño.
Abro los ojos y me incorporo. A unos metros algunos chicos juegan mientras sus padres los observan con ligera atención. La tranquilidad del domingo parece invadirlo todo.
Sonrío, me alegra saber que puedo extrañarla sin dolor. Me pongo de pie y camino hasta el extremo de la plaza. Compro un helado, y sin apuro busco un banco donde sentarme.
Un hombre le enseña a un niño cómo remontar un barrilete. El niño ríe y corre mirando hacia el cielo.
Sentado bajo la sombra de un árbol, disfruto del helado. Pienso en ella con alegría; sé que si estuviera aquí a mi lado, le diría que la quiero.
Nuevamente estoy en el café de la calle Juncal, el que utilizo como espacio de preterapia. Faltan todavía algunos minutos para que Agustina se despida de Juliana, y se cruce fugazmente conmigo en el lobby del piso veintidós, para tomar el ascensor que la dejará en la planta baja, mientras yo ingreso al departamento con la urgencia de hablar sobre las nuevas andadas de mi otro yo.
Le pido otro cortado a la morocha, y también la cuenta. En la tele la Presidenta le habla otra vez al conurbano bonaerense. Reviso mi billetera, y separo algunos billetes para pagar la cuenta y la sesión. El reloj de la pared cuenta siete minutos para las siete. La morocha se acerca sonriente y deja sobre la mesa el cortado y la cuenta; le pago en ese momento, y sólo le guiño un ojo cuando me agradece la propina. Tomo el cortado en tres sorbos, el último de ellos mientras me pongo de pie; luego miro la mesa para asegurarme de que no me olvido nada. Doy media vuelta, y salgo a la calle.

No me cruzo con Agustina. Al entrar al departamento, Juliana me recibe con una sonrisa. Viste una pollera larga negra que le marca la cintura y que resalta sus piernas. Aborto de inmediato estos pensamientos y me acomodo rápidamente en el sillón. Ella toma asiento. Hay unos segundos de silencio y luego comienzo mi relato.
Realizo algunas pausas, contesto algunas dudas que surgen, y finalmente termino de decir lo que tenía para decir.
Silencio. Juliana me mira, y yo la miro; no dice nada. Espero.
Nada.
Entonces decido actuar
- Juliana, quisiera saber lo que pensás sobre lo que termino de contarte -digo- Sé que lo importante es lo que yo pienso, y lo que hago con lo que pienso; pero ahora, Juliana, en este momento, quiero saber lo que vos pensás, ¿puede ser? -y mi sonrisa es solo una mueca tensa.
Silencio, se mira la falda, cierra la agenda y la apoya sobre la mesa, recoge sus brazos, y finalmente me dice:
- Martín, tu enojo con esta situación es comprensible, sí. Pero, ¿no podríamos relacionarlo también como tu rechazo a tus propios alter egos, Martín, a tu fijación por la unicidad de tu personalidad?
No entiendo.
- ¿Qué otros alter egos, Juliana?
- Pensalo Martín, quizás valga la pena -dice, y la veo que va a tomar nuevamente su agenda. Entonces levanto un poco la voz, y digo:
- No te entiendo, Juliana. -ella detiene el movimiento de su brazo, endereza su postura, cambia el cruce de sus piernas, y luego dice
- Martín, yo veo en vos cierta tendencia a reafirmar exageradamente tu identidad, lo que me hace pensar... digo, permanentemente decís que sos Martín...
- Soy Martín, Juliana, ¿qué querés que diga?, no te entiendo...
- Pero Martín, no puede ser que recurras a esa afirmación permanentemente, a mi siempre me llamó la atención...
- ¿Qué cosa?
- Eso, Martín. Por ejemplo, hace más de dos años que nos conocemos, y nunca me dijiste tu apellido! Solo contestas eso, Martín...

Me quedo callado, y me cuesta creer lo que esta ocurriendo. Juliana me mira como con pena, mientras yo comienzo a sentir una víbora de ira trepando por mi esófago. Me acomodo en la silla, y le digo lentamente:
-Juliana, asi como hay gente que se apellida Juan, o Marcos, mi apellido es Martín. Anotalo en la agenda si querés, asi no te lo olvidas -me detengo, y luego digo- igual creo que es fácil de recordar: me llamo Martín Martín. Creo haberte comentado que mi padre eligió mi nombre, ¿no?

La expresión de Juliana se congela, presiente el cataclismo. No voy a tener compasión. Mi dedo la señala mientras digo
- Cuando te llamé por primera vez me presenté. "Hola soy Martín" te dije , "Martín, Martín... ¿qué?, " contestaste, y yo te aclaré "Martín Martín". Hiciste un silencio y me dijiste "Ok, Martín, entonces", y te reíste un poco, y te dije que sí, que así me llamaba todo el mundo. Pensé que me habías entendido. Veo que no fue así.

Juliana seguía mirándome petrificada. La víbora ya llegaba a mi garganta, mientras sentía como mis dientes mordian el labio inferior. Comencé a negar con la cabeza, estaba conteniéndome para no pegarle.
- Martín...-dijo, y se detuvo cuando me vio ponerme de pie. Se quedó sentada, mirándome con los ojos húmedos. No, no tendría piedad con ella.
- Juliana, ¿vos sos medio pelotuda, no? -le dije finalmente.
- Con más de dos años de terapia ¿nunca te diste cuenta de esto?¿jamás se te vino a la cabeza o lo relacionaste con las cosas que te conté?
Mientras me acercaba aun más a ella, sentía que mis ojos ardían y las lágrimas no caían por mis mejillas sino por mis sienes.
- ¿Me querés decir cómo carajos figuro yo en tu agenda?
Me incliné un poco para estar a su altura, y con mi cara casi pegada a la suya le grité
-¿Eh? ¿Qué soy?¿Martín a secas? ¿El Hombre Sin Apellido? ¿cómo carajos figuro yo en tu agenda, Juliana? ¿ Quién carajos soy? ¿Me querés decir quién carajos soy yo, Juliana?
Domingo a la mañana, el teléfono me despierta como con bronca. Atiendo solo para saber a quién voy a matar más tarde; insólitamente, es la voz de Moliné, que claramente alterado me pregunta:
-¿Estás bien, Martín?
Demoro en responder. Repaso las últimas horas de la noche anterior y siento que he perdido algo en el medio, porque la pregunta se me hace insólita.
- Sí -contesto secamente- ¿por qué?
- Mirá, pasó algo muy raro , esta madrugada me llamaron de la comisaría de Llavallol, para decirme que te habían detenido, y que vos me habías designado como tu abogado...así que me f...
- ¿Bajo qué cargos? -interrumpí, la historia ya comenzaba a sonarme conocida.
- ¿Qué?
- Digo, ¿cuando te llamaron no te dijeron bajo qué cargos estaba detenido?
- Sí, por falsificación de identidad, me dijeron - "Hijo de puta", pensé. Imaginaba como seguía el resto el relato, pero lo dejé continuar- En tu casa no contestaba nadie, y como vos no tenés celular, me vestí y me fui corriendo para Llavallol.
Hubo un alto en relato, y como confesándome una dura verdad Moliné me dijo:
- Deberías tener celular, Martín...
- No uso celular -dije.
- Bueno, pero es útil, fijate en este caso...
- No uso celular -hubo un silencio, y luego Moliné continuó con su relato- el tema fue que al llegar ahí me comunicaron que no tenían tu entrada registrada en el libro... Ah, no sabés el quilombo que armé, me puse loco. Al final apareció el comisario, y hablando comenzamos a sospechar que quizás todo era una broma de algún tarado... En fin... recién llego de ahí ¿Podes creer esto que te estoy contando?
- Sí -le dije- hay alguien por ahí que se está haciendo pasar por mí, Moliné -y entonces lo puse al tanto de los últimos acontecimientos con mi alter ego: la cita con Joaquín, el quilombo con la mujer del Dandy, y ahora esto. Luego de unos segundos lo escucho decir:
- Pero que turro! y para colmo hace esta jodita alegando falsificación de identidad!!
- Sí- admito- muy ingenioso. Ya lo voy a agarrar igual -pensé en lo sucedido, y que extrañamente en el tono de Moliné había sólo sorpresa, no podía detectar rastros de enojo por lo ocurrido- Te agradezco, che. Me jode que te hayas comido este garrón al pedo...
- No, ya está -me dijo- Igual como no conocía Llavallol, aproveché para caminar un poco por ahí. Es una zona baja, pero tiene algunas casas lindas, que sé yo. Incluso aproveché para tomarme un café en un barcito que parecía sacado de un relato de Arlt! - nos reímos juntos. Un personaje Moliné, su espíritu particular le había permitido ignorar las molestias de esta broma, y encima sentía haber sacado hasta cierto provecho a toda la situación.
Antes de cortar le dije
- Moliné, te pido una sola cosa...
- Decime...
- Si te vuelven a llamar de una comisaría por un tema mío, por favor no dejes de ir, aun temiendo que sea una otra broma.
- ¿Por? - contestó algo confundido.
- Porque puedo ser yo en serio, che.
Nos reimos un poco, y después cortamos la comunicación. Pero yo ya no pude seguir durmiendo.
No tolero saber que alguién ahí afuera se pasea cómodomante haciéndose pasar por mí.
Hay un único Martín, y ese soy yo.
Cortázar me estaba por contar algo sobre la prolongada ausencia de Mecha Corta, cuando lo interrumpieron los insultos y el ruido de sillas. Era Pereyra que andaba a los manotazos con dos o tres pibes que tomaban cerveza en una mesa vecina.
Cuando llegamos para separar, Pereyra ya había repartido más de un bife, y había cobrado un poco. Cortázar se lo llevó a Pereyra; yo me quedé para pegar cuatro gritos y un cachetazo, y les dije que se rajen. Con eso alcanzaba, eran muy pibes como para seguirla, si hasta dejaron plata para la cuenta antes de irse.
Sin entender todavía lo que había pasado, fui hasta el baño para ver cómo estaba Pereyra. En la puerta me atajó Cortázar,
- ¿Qué pasó? -le pregunté.
- Nada. Está mamado, estuvo tomando desde el mediodía -me dijo, y a modo de explicación agregó- ¿sabias que se separó de la mujer, no?
Negué con un movimiento de cabeza, y entré al baño. En uno de los compartimentos, sentado sobre un inodoro, Pereyra lloraba con las manos cubriéndole la cara . Apoyado contra el marco de la puerta, el Zurdo lo miraba en silencio. Trabé la puerta del baño y me paré junto al Zurdo. Así nos quedamos unos cuantos minutos viéndolo llorar a Pereyra.
No habló cuando dejó de llorar. Solo se incorporó, tomó aire, y se apoyó contra la pared. Sus ojos seguían nublados, y parecían no vernos. Luego colocó los codos sobre sus rodillas y el mentón sobre sus puños cerrados, y como pidiendo ayuda preguntó:
- ¿Cómo se recupera un amor?
A buen puerto fuiste por palos, pensé.
El Zurdo me miró y también calló. Pereyra levantó su vista hacia nosotros, y otra vez con los ojos desbordados de lágrimas, dijo:
-¿ Me quieren decir cómo carajos se recupera un amor, eh?
No preguntaba si era posible, preguntaba cómo. Nos miramos con el Zurdo: ese hombre necesitaba una respuesta desesperadamente.
- Con mucho esfuerzo -sentenció al final el Zurdo.
Pereyra lo miró, y asintió lentamente. Se puso de pie, y apoyó sus manos en nuestro hombros
- Con mucho esfuerzo -repitió como hipnotizado. Dio unos pasos fuera del compartimento, y sin decir nada más salió del baño.
Durante unos segundos sólo nos miramos con el Zurdo. Entonces me asaltó una duda
- ¿Pero vos dónde estabas, Zurdo? no te vi separando, ni entrando al baño... - el Zurdo me miró
con algo de fastidio y pudor, y luego dijo:
- No nene, yo estaba cagando acá al lado cuando entró Cortázar con Pereyra. Al principio no salí, pero la verdad es que es imposible tratar de cagar con alguien llorando al lado...
Nos reímos los dos. Callamos. Y después nos reímos de nuevo.
- Bueno, disculpame, vuelvo a lo mío -y diciéndome esto el Zurdo se metió en su compartimento y cerró la puerta.
Mientras me lavaba las manos pensé en Pereyra, y sentí pena. Mirando al espejo, dije
- ¿Alcanza?
-¿ Qué decís? -preguntó el Zurdo malhumorado
- Que si alcanza...
- ¿Qué cosa?
- Digo, si alcanza con el esfuerzo...
Me di vuelta para mirar la puerta del compartimento, como si al abrirse fuera a encontrar la respuesta. Pero no, hubo solo silencio. Caminé hasta la salida del baño, y entonces lo escuché al Zurdo a mis espaldas, contestándome:
- No, no siempre alcanza, Martín.
Y luego agregó
- Pero no te arrepentís de haberlo intentado.
Al llegar a la barra, Cortázar me esperaba ansioso con un whiskey, y con las novedades que le habían llegado sobre Mecha Corta.
Tenía veinte años la primera vez que me enamoré. Así lo sé ahora, que entiendo que no deben incluirse en este tipo de cuentas las noviecitas del colegio, los romances de verano, ni los primeros metejones ocasionados por la inexperiencia sexual. Hablo del amor como droga dura, a lo Peri Rossi; de ese amor que generalmente termina haciéndonos mal.
Ella tenía veintiséis. Y era una mujer hermosa.
Fueron meses muy intensos los que pasamos juntos. El día en que todo terminó, regresábamos caminando de una fiesta, y simplemente me dí cuenta de que no me quería. No sé porqué, simplemente lo supe.
Es terrible entender que el amor no es recíproco. Es una tristeza tan grande que ahoga, y que no se diluye con lágrimas ni con alcohol. Y es así, creo, porque no hay ya nada más que hacer.
- Vos no me queres -le dije mirándola a los ojos. Sus labios se separaron para dejar salir alguna palabra, pero no dijo nada. Me acerqué y la abracé. Ella me acarició la cabeza. Paré un taxi que pasaba, abrí la puerta para que ella subiera, y luego me quedé parado viendo como el taxi bajaba por Callao rumbo al Bajo.
Me senté en el cordón de la vereda y comencé a llorar. Luego vomité, y después seguí llorando, cada vez más lentamente, hasta que me quedé dormido.
Nunca más volví a verla.
Supe que la había olvidado cuando volví a enamorame. El Zurdo suele decir que esas historias hieren pero no matan, que son como esas balas que entran y salen del cuerpo, que dejan una herida limpia que eventualmente se cura con el tiempo.
-Peores son las que quedan adentro, Martín -dice el Zurdo- creeme.
Llegamos un poco tarde, y luego de felicitar a la cumpleañera, nos ubicamos cerca de una barra improvisada que estaba ubicada sobre una de las paredes laterales del living, a pasos del ventanal que precedía al balcón. Había mucha gente en el departamento, quizás demasiada, pero aún así parecía una gran fiesta.
Un sujeto calvo vestido de negro se encargaba de la música con notable pericia y buen gusto. Luego de beber y fumar algunos cigarrillos, decidí recorrer el departamento. Tomé el pasillo, me asomé a la cocina y salí espantado por la luz blanca que reinaba, y por la apariencia aburrida de tres mujeres que conversaban entre ellas, sentadas a la mesa mientras tomaban café. Estuve tentado de cerrar la puerta al retirarme para que el clima no contagiase al resto, pero me contuve. Seguí caminando por el pasillo, pase por un escritorio, un cuarto pequeño, otro grande con la cama tapada de abrigos, y al final, la puerta cerrada del baño.
Apoyada contra el marco de la puerta, primera en una cola inexistente, una morocha altísima miraba hacia el piso mientras acomodaba su cabello . Me acerqué despacio, y me detuve a unos pasos de distancia de la puerta. Tardó unos segundos en percatarse de que estaba ahí, apenas hubo un contacto visual mínimo, y luego continuó ajustando su peinado. Llevaba un pantalón negro muy ajustado, botas, y una remera de lycra negra de mangas largas, con un gran escote en V . No estaba maquillada, no llevaba aros, ni anillos, ni cinturón. Era un como ángel vestido de negro.
- Hola-dije- Soy Martín -giró y me miró de frente. Sentí que me contestaba apenas por compromiso:
- Hola Martín
1,2,3,4,...
- Tenés fuego?
- No, no fumo -dijo, mientras sus manos reforzaban el no con un gesto suave y firme.
- Ah... yo tampoco-dije, y callé. Sonrió apenas. En esos segundos de silencio ella sostuvo su mirada, y finalmente dijo
- ¿Qué querés, Martín?
No pude responder inmediatamente. Iba a decir algo, pero me arrepentí, quise cambiar la respuesta en el aire, y no pude evitar un segundo de silencio delator, que ella supo -y quiso- aprovechar. Finalmente me quede callado. Ella sonrió, y ante mi sorpresa, cerró la distancia que nos separaba, me dió un beso cerca de los labios, y dijo:
- Chau, Martín.
En ese momento se abrió la puerta, y un gordo salió del baño acomodándose el cinturón. Cuando levanté la vista, ella ya no estaba ahí.
Volví al living. Joaquín bailaba algo ebrio con la rubia platino. Me acerqué a él y le dije que me iba. Hizo una pregunta que no contesté, no podìa perder un segundo. Antes de que el angel negro saliera el baño, yo debía estar afuera del departamento.
Cuando llegué a la calle respiré profundamente, sentía que me faltaba el aire. Estaba mareado, Supe que esa pregunta no dejaría de rebotar en mi cabeza, hasta que le encontrara una respuesta sincera.
Hoy se cumplen dos años. Abro los ojos, acostado en mi cama, y lo primero que se viene a mi mente mientras miro el cielorraso, es que hoy se cumplen dos años. Fue, también, lo último en lo que pensé antes de quedarme dormido. En el medio no hubo nada: no soñé, no me desvelé, no caminé dormido, ni di vueltas en la cama. Nada, solo me desconecté, y apuré de un trago las horas que faltaban para que se cumpliesen dos años.
El gato salta sobre la cama, me mira y maulla. Tiene hambre. El no sabe que hoy se cumplen dos años, tan sólo tiene hambre y quiere comer. Alguna vez escuché que los gatos no tienen memoria. No creo que sea cierto. Me incorporo, tomo al gato y lo dejo sobre el piso, luego corro las mantas y me pongo de pie.
Voy hasta la cocina, mientras él sigue a mis piernas. Lleno su plato con alimento, renuevo el agua de su bowl, y salgo de la cocina rumbo al balcón.
El aire frío me corta la respiración. Un ligero temblor me sacude y se va. Son las seis de la mañana, y el sol apenas se asoma por sobre los edificios de la avenida. Parado en el balcón, de espaldas al vacio, miro a través del ventanal hacia el interior del departamento.
Dos años, pienso.
Del otro lado del vidrio el gato maulla. Quiere que entre.
Sí, mejor entrar, no hay mucho más por hacer acá afuera.
Quand il me prend dans ses bras,

Il me parle tout bas

Je vois la vie en rose



¿Es posible escuchar a ese gorrión desgarrado sin emocionarse hasta las lágrimas?
Tengo que ir a terapia. No mañana, no hoy, ni un rato; ahora. Y no tengo ganas. Como acostumbro, hago tiempo en el café que queda sobre Juncal, a la vuelta del consultorio donde atiende Juliana. Es un lindo lugar, un café diurno, si se entiende; tiene amplios ventanales, mucha iluminación, camareras ágiles, un café aceptable, y, lo más importante, excelentes tostados de jamón y queso de pan negro.

No voy a ir a terapia. De hacerlo, debería hablar de mi otro yo, ese hijo de puta que anda por ahí diciendo que es Martín. O de mis eventuales deseos de cagar a trompadas a Juliana, punto que quedó pendiente pero sospecho que no por mucho tiempo; tarde o temprano Juliana se las va a arreglar para que el tema salga a la luz. Al final, siempre se habla de lo quiere el psicólogo, cuanto mejores son, más sutiles son sus mecanismos. Con Juliana me pasa eso, le estoy contando la angustia que me genera esperar al ascensor, y terminamos hablando de una supuesta tendencia mía a escaparme de las situaciones que me incomodan.

Pido la cuenta. Mientras espero, bebo del pequeño vaso con agua que vino junto con el café. Dejo unos billetes sobre la mesa, me coloco mi abrigo, y buscó la vereda con paso rápido. Son las siete menos cinco.

Al llegar a la esquina me detengo en el quiosco y compro un Shot. Miro hacia Las Heras, a esa altura Coronel Díaz cae en picada hacia Libertador. Muerdo un bloquecito del chocolate, lo mastico con fuerza, y trago esa baba triturada de chocolate. Es rico el Shot, aunque perdió mucho con el cambio de envoltorio. Camino media cuadra, me detengo, y miro el reloj: resta un minuto para las siete.
A veces siento que ese café funciona en mí como una preterapia. Voy a dar pelea. Me acerco al portero eléctrico y oprimo el botón que corresponde al veintidos (el loco). Escucho un buzzz, y un hola
- Soy Martín -digo.
Empujo la puerta, subo al ascensor. En ese camino eterno hacia los cielos aprovecho y tomo aire. Siento que estoy a punto de subir a un ring.
Que sea pato o gallareta.
Bajé las escaleras sin rozar los escalones. Abrí la puerta con un empujón, entre al baño, y le pegué una tremenda patada entre las piernas al tipo que estaba parado entre Gatica y el Dandy.
Cuando pudo ponerse de pie nuevamente, el tipo habló:
- Ya les dije que fue una joda de alguien, che. Se les está yendo la m... -el zurdazo de Gatica en el estómago interrumpió la frase. Mientras el tipo se retorcía en el suelo, el Dandy dijo:
- Algo no me sonaba bien en todo esto, así que cuando llegué a casa le pedí al encargado la cámara que filma la puerta del edificio. Sabía que al ramo lo habían entregado alrededor de las once. Revisando las imágenes vi que frenaba un taxi y se bajaba el conductor con un ramo de flores. Córtazar consiguió los datos con el número de taxi. -el Dandy hizo una pausa, sacó un papel del bolsillo, y leyó:
- Se llama Eduardo Piletti, le alquila el auto a un tal... Sanguinetti, de Lanús... te suena algo de todo esto?
- No -contesté. Me agaché, lo agarré al tipo del saco , lo levanté y lo empujé contra la pared.
Lo miré por unos cuántos segundos.
- Hablá - le dije. Y el tipo habló.
En uno de los viajes, un pasajero le dio unos pesos a cambio de que le deje unas flores a su novia al día siguiente, porque él se tenía que ir de viaje; anotó la dirección del departamento del Dandy en un papel, le agradeció el favor, y se bajó en Corrientes y 9 de Julio.
Ahí terminaba todo. Cierto o no, ahí terminaba todo.
Al menos estaba claro que no era un alter ego mio el causante de todo esto.
Dí media vuelta y salí del baño. Al subir las escaleras me encontré con Cortázar, le pedí que le lleve agua y un poco de hielo al tipo. Asintió.
- ¿Cómo lo convencieron para que venga acá?
- Lo trajo el Dandy a patadas en el culo -respondió Cortázar. Esa imagen me arrancó una sonrisa. Le di una palmada en el hombro y me fui.
El aire de la calle me reconfortó. Caminé hacia Callao pensando en lo que había pasado, dando vueltas al tema, buscando alguna explicación. Nada, no tenía nada en claro; nada, excepto un presentimiento: esta jodita que me estaban haciendo, no había terminado todavía.
Cuando entré al bar Cortázar estaba parado cerca de uno de los extremos de la barra. Sus manos sujetaban el borde de la bandeja plateada, que descansaba sobre sus piernas. Me atajó apenas me vio, y con una suave palmada me invitó a acercarme a la barra. Extrajo dos cigarrillos del bolsillo de su chaqueta blanca, los encendió con un mismo fósforo, y me pasó uno; entendí que debía tranquilizarme.
- ¿Dónde está? - le pregunté.
- Lo tienen en el baño - susurró. Miró hacia el fondo del bar, como esperando una señal, y dijo
- Parece que no sabe mucho. El Zurdo está por llegar, ¿por qué no dejas que él maneje la situación, a ver que puede sacar en limpio?
- Es que es un tema mío. Quiero saber qué está pasando - dije, Cortázar asintió.
- Andá, están abajo -dijo- Usa la cabeza pichón.
Hace unos meses, muy temprano en la mañana me despertó el teléfono: era Joaquín que llamaba para recriminarme por haberlo dejado plantado en el Bizarro la noche anterior. Intenté recordar la cita, pero aún dormido tuve la certeza de que se había equivocado, yo no había arreglado ese encuentro con él. Las confusiones con Joaquín son algo rutinario, así que sólo atiné a decir:
- Joaquín, no tenía idea de que ibas a estar en el Bizarro. Igual no hubiese podido ir, ayer tuve que trabajar hasta tarde.
- Pero ¿me estas cargando? si vos armaste el plan -contestó algo escandalizado- hablaste con mi secretaria y le pediste que te encuentre ahí a las once...
- Joaquín, decime una cosa, ¿cuándo diablos yo llamo a tu secretaria para arreglar algo con vos, eh? dejame dormir, chau. - y corté.
Nos encontramos a los pocos días, y me dijo algo extrañado que Andrea le había confirmado el mensaje, y que no entendía de que otro Martín podía tratarse.
- Martín sos vos -dijo, enojado- ¿qué otro?
Yo apenas lo escuchaba, las piernas de una morocha monumental, que habían aparecido de repente en escena, atraían toda mi atención.
El martes de la semana siguiente, estábamos jugando al billar cuando lo vimos aparecer al Dandy hecho una tromba. Parecía un tren fuera de control, y venía derecho hacia mí.
- Te voy a matar, hijo de puta -me dijo, mostrándome los dientes. Intentó agarrarme del cuello, pero pude zafarme gracias a la intervención de Gatica y el Negro. Quedamos separados por la mesa de billar, entonces le grité:
- Pero ¿qué carajos te pasa? ¿estás loco?
- Si, hijo de puta, estoy loco, y te voy a matar. ¿Asi que te queres cojer a mi mujer, eh? ¿te calienta? vení, mandame a mi las flores, pedazo de hijo de puta - el Negro lo sujetaba por delante, y Gatica que lo abrazaba desde atrás, me miraba con suspicacia. Sobre la mesa, un ramo de flores amarillas aparecía como la prueba acusatoria.
Esas cuestiones convienen aclararlas de inmediato, no importa a que precio. De alguna manera conseguí recuperar la calma. Respiré, lo miré y le dije:
- Yo no tengo nada que ver con esto, Dandy. Hace lo que quieras. Sueltenló, che.
Apenas el Negro se hizo a un lado, el Dandy se avalanzó sobre la mesa, se paró sobre el paño, y desde ahí, ese enorme Kin Kong se tiró encima mío y comenzó a cagarme a trompadas.
Alguien me dijo después, que dejó de pegarme cuando se quedó sin fuerzas. Entonces el Dandy se puso de pie y, a los tumbos, buscó la salida.
Más tarde, cubierto de hielo, le dábamos vuelta al tema entre todos. Mi inocencia era evidente: yo no regalo flores. Por respeto al estado de mi cara, nadie tuvo ánimo para hacer un chiste, aunque imagino que más de uno pensó que la verdad que Marta está para el crimen. Al final, Gatica, quizás ya aburrido del tema, tiró:
- Y bueno, será otro Martín...
- El es Martín -afirmó rápido Joaquín, quizás sin saber porqué.
Pero el Zurdo, al tanto de la anécdota del desencuentro con Joaquín, sumó dos más dos y dijo:
- No, che. Esto huele a otra otra cosa - y mirándome a los ojos, con tono grave concluyó- o vos estás chiflado, o acá hay alguien que se está haciendo pasar por vos.
Comprensiblemente, me alteró más la segunda opción. Días después, Juliana se sorprendió más con este hecho que con la historia en sí, algo propio de los psicólogos.
Luego de haber permanecido en silencio unos minutos , y cuando creí que ya podía retomar mi discurso, ella me dijo "Dejamos acá, Martín, sí?", sonrió, anotó vaya a saber uno que cosa en su agenda, se puso de pie, y estiró el brazo para saludarme.
Yo me quedé sentado mirándola con bronca, me mordí levemente el labio inferior, y sabiendo que no debía decir que lo que iba decir, con la boca apenas entreabierta y mientras me levantaba de la silla y tomaba mi abrigo, le dije "Sabes Juliana, a veces me dan ganas de cagarte a trompadas".
Sólo sus ojos acusaron el impacto, porque de alguna manera consiguió congelar su sonrisa y mantener su postura. Avancé hacia el living del departamento, abrí la puerta, y salí con paso rápido. Decidí bajar por las escaleras para no tener que esperar al ascensor. A mis espaldas, presentía que la puerta del departamento continuaba abierta.



"¿Qué significa ser un escritor?" Esa fue la chispa, ese fue el momento preciso en el que se desató esta tormenta . El Génesis de este presente. Sí, en el Principio, fue el Verbo: todo este quilombo lo comenzó el Negro Avellaneda cuando hizo esa pregunta.
Yo llegué tarde a la discusión. Cuando me sumé a la mesa ya hacia un rato que Joaquín y el Negro le daban vueltas al interrogante, sin lograr un acuerdo. Gatica acotaba algo cada tanto, supongo que solo para hinchar un poco las bolas. Yo apoyé rápidamente a Joaquín, la posición del Negro me resultó insólita; quiero decir, escritor es el qué escribe, punto ¿Qué significaba esa pregunta? el Negro enumeró dos o tres ejemplos con los que creyó poder hacer pie, pero no le fue posible. Los argumentos de Joaquín, y mi respaldo decidido, le impidieron al Negro seguir desarrollando ese disparate.
Pero minutos después, cuando el Zurdo y Moliné habían finalizado su charla privada cerca de la parrilla, y se habían acercado a la mesa con una tabla con achuras, una panera y una botella de vino recién abierta, fue allí cuando con sorpresa vimos que el Negro decidía retomar la discusión, doblar la apuesta, y llevar las cosas al extremo. Y entonces dijo:
"Un data entry, es un escritor". Lo dijo, juro que el Negro Avellaneda, en Buenos Aires, una noche de invierno de 2008, de pie y ante otros testigos, dijo: "Un data entry, es un escritor". Yo no pude contener una carcajada. Creí que ese remate era suficiente para anular todo el caso (Su Señoría, por favor...), pero no. Hubo risas, un silencio, y luego el Zurdo interesado quizás por la insólita afirmación, quiso entender de que hablábamos , y Moliné también. Y así, el tema resurgió.



A pesar del frío, caminé hasta mi casa. Solo me detuve en un quiosco a comprar cigarrillos, y luego retomé mi camino con paso rápido. Los psicólogos deberían evolucionar, y darse cuenta que que no siempre es bueno cerrar la sesión ahí, en el punto crítico.
Entré a mi departamento, me cambié de ropa, y comencé a cocinar. Salí un rato al balcón, hasta que tuve algo de frío. Volví a la cocina, y comencé a lavar algunas cosas que estaban en la pileta. ¿Cómo que qué significa ser un escritor? ¿ qué clase de pregunta pelotuda es esa? Escritor es el que escribe, simple. ¿o no? Uno es lo que hace.
Uno es lo que hace -repitió Juliana como un eco demorado. No había terminado la frase, cuando ya me había dado cuenta de lo que acababa de decir. Y también supe con amargura que me iba a costar caro. "Piedra libre para Martín", coreaban las vocecitas putas mientras bailaban en ronda con paso de Heidi. Por Dios, cómo odio hacer terapia.