jueves 5 de marzo de 2009

Abrí los ojos resignado, como admitiendo que había perdido otra noche de sueño y descanso. Inquieto, me puse de pie, a tientas recogí de la silla algo de ropa y luego salí de la habitación rumbo al balcón. 
Tiempo atrás creí haber descubierto cierta correspondencia entre mis ataques de insomnio y las noches de Luna Nueva; había olvidado esa idea, pero cuando salí al balcón y miré hacia el cielo, y  la oscuridad total me confirmó que la Luna no estaba, sentí que en todo este tiempo había estado en lo cierto, y que por algún motivo misterioso, mis sueños se van con la Luna.
Me vestí rápidamente antes de sentarme en la silla y encender un cigarrillo. Sin que me diera cuenta, mi gato apareció a mi lado y se quedo allí contemplando la noche y haciéndome compañía; intuí que a él también lo inquietaba ese cielo oscuro y vacío.
Mientras intentaba formar anillos de humo como los que hace el Negro Avellaneda, recordé las palabras del Zurdo, y comencé a comprender las consecuencias que había tenido mi decisión de desaparecer.
El primer eslabón en la cadena de efectos que provocó mi partida fue la autoexclusión de Expedition Al del trabajo. Con el antecedente de nuestro encuentro fallido en 50's -la noche en que me siguieron-, y mi posterior desaparición de Buenos Aires, Expedition Al finalmente le dijo al Zurdo que  el se abría:
- Esto viene mal barajado, Zurdo -le advirtió.  La baja causaba un nuevo problema: Expedition Al era el responsable de obtener los accesos a la bóveda judicial; sin él, todo el plan se derrumbaba. Aquí es cuando aparece Dmitry.
Sospecho que fue forzado por las circunstancias, y por el poco tiempo con que disponía para buscar otras alternativas, que  el Zurdo se contactó finalmente con Dmitry. Con métodos completamente distintos a los  de Expedition Al, Dmitry aseguraba el mismo resultado; pero con una gran diferencia, todo el mundo sabe que no se puede confiar en Dmitry.
La muerte del policía,   que generó la noticia que precipitó mi regreso a Buenos Aires  fue consecuencia de la incorporación de Dmitry al trabajo y, por ende, también hija de mi desaparición. 
El policía muerto era parte del grupo esa noche, había sido reclutado por Dmitry para que facilitara el ingreso a la bóveda. Pero cuando las sirenas y las alarmas comenzaron a sonar, y todos entendieron que estaban cayendo en una trampa, el policía quiso salvarse y aparecer como un héroe; intentó detener al grupo hasta que llegaran sus compañeros, pero en un descuido fue el mismo Dmitry quien lo eliminó de un disparo.
- Después la policía disfrazó un poco la historia -me explicaba el Zurdo- para no dañar su imagen, y el nombre del policía ¿Sabías que tuvo un funeral con honores por haber caído "en servicio"? -yo negué con la cabeza.
- Me dijeron que con eso la viuda va a recibir una mejor pensión, que sé yo -concluyó.
La mención de la viuda por parte del Zurdo me molestó, formaba esa parte del paquete que no quería ver.
Encendí otro cigarrillo y mientras lo fumaba, acaricié lentamente a mi gato, que continuaba a mi lado contemplando la noche oscura.  Envidié su tranquilidad, y me dije que yo también deseaba vivir en sosiego. 
Detrás de los edificios que dan a la avenida, el cielo comenzaba a iluminarse; era hora de intentar dormir. Me puse de pie, apagué el cigarrillo, cargué al gato en mis brazos, y regresé a mi habitación en puntas de pie, procurando no hacer ruido para no despertar al Dandy.

martes 24 de febrero de 2009

Finalmente, el optimismo me había abandonado. Desde mi regreso había estado esperando pacientemente a que algo ocurriera, pero las semanas se sucedían y comenzó a parecerme que todos actuaban como si nada hubiese pasado. Así, todos los días, cerca de las once, me acomodaba en la mesa chica de Viena a esperar la llegada de mis amigos, con la esperanza de que en algún momento se comenzara a hablar del asunto; pero no, indefectiblemente, al terminar la noche regresaba a mi departamento con las manos vacías y con mi ansiedad a cuestas. 
Por eso, esa noche, cuando el Zurdo dijo como al pasar:
- Che, decidí irme de vacaciones por un tiempo…-el único que tiró las cartas sobre la mesa  fui yo. Los naipes se deslizaron hasta el otro lado de la mesa, chocando con la mano del Negro Avellanada -que orejeando sus cartas, buscando un envido salvador- que  sorprendido, exclamó:
- ¿Pero que hacés, che?!
El Zurdo levantó entonces su mirada de la mesa y alejó sus manos de las cartas, corrió  el vaso de whiskey hacia un costado, apoyó los brazos sobre la mesa, entrelazó sus dedos, y con un tono de voz pausado y lleno de paciencia –que luego me recordó a Juan- me preguntó:
-¿Qué pasa, Martín?
- No sé, Zurdo, no sé que pasa, justamente eso me pregunto yo –contesté algo escandalizado. Luego hice una pausa, y como distribuyendo mi reclamo, miré a todos los que estaban alrededor de la mesa, y agregué-  no sé que pasó, no se que está pasando ahora, no sé si va a pasar algo o no… no sé nada. 
Ante la cara de desconcierto de la mayoría, intenté explicarme:
- A ver: yo me vine a las corridas para Buenos Aires preocupado, angustiado diría, por su suerte. Pero al llegar me encuentro con la novedad de que el que tiene problemas soy yo, porque para la comodidad de muchos,  alguién concluyó que yo fui el soplón; de paso, me desayuno que Dmitry participó del trabajo y que encima cree que fui yo quién lo traicionó. Y cuando vengo acá  pareciera que no pasó nada, todo sigue igual, nadie habla del tema… y vos ahora te vas de vacaciones? 
La situación se me hacia irreal. Enojado, continué diciendo:
- Decidí desaparecer para intentar recuperar mi vida, y regresé por ustedes, para cerrar este quilombo y poder seguir mi viaje, pero a nadie parece importarle esto, y seguimos acá, jugando a las cartas. 
Advertido de la situación, Cortázar apuró el paso hacia la mesa acompañado por el Dandy y por Moliné, mientras Joaquín me hacia una seña con la mano para que bajara un poco el tono de voz. En pocos segundos, estábamos todos reunidos alrededor de la mesa, mirándonos a la cara en silencio.
Como era de esperar, todas las miradas terminaron buscándolo al Zurdo, que asintió pausadamente con la cabeza como indicando que ya sabía lo que iba a decir, y que la situación estaba controlada.
- Te entiendo, Martín -comenzó diciendo, supongo que buscando tranquilizar, ya que como una lluvia de verano, sus palabras  bajaron la temperatura de la mesa: se relajaron las caras, cayeron los hombros, y luego todos se acercaron, cerrándose aún más el círculo alrededor de la mesa. Entonces el Zurdo prosiguió
- Ahora, yo te dije que te iba a explicar todo a su tiempo ¿o no?  la verdad es que no sabía de tu apuro, Martín. Acá no hay nada que esconder, y si me lo hubieses pedido, yo te habría contado todo lo que sé. ¿Qué pasa?¿ te molesta que yo me vaya un tiempo ahora que vos regresaste? no hay nada que podamos hacer por el momento, Martín, esa es la verdad, aunque no te guste. Sólo dos cosas están claras: tenemos que encontrar la manera de compensar a Dmitry y a sus socios por este trabajo fallido, y, segundo, estar atentos y movernos para averiguar quién nos vendió; y sospecho que ambas tareas nos van a llevar mucho tiempo.
El Negro encendió un habano y comenzó a lanzar anillos de humo, que flotaban primero sobre sobre la mesa y luego ascendían hasta perderse por sobre la lámpara que colgaba del techo. 
Las palabras del Zurdo rebotaban en mi cabeza, pero yo me negaba a aceptar lo que ellas implicaban, yo necesitaba terminar todo este tema cuanto antes, y quería que todos lo supieran, que me entendieran, y que lo aceptaran. Y asi lo dije:
- Tratemos de apurarlo, Zurdo. Yo hago esto y me salgo, no quiero seguir más asi.
Los ojos del Zurdo se anticiparon a su respuesta, y al no que repetía su cabeza al decirme:
-No Martín, no lo vamos a apurar - se detuvo un segundo y luego fundamentó su respuesta- Cada uno tiene que que hacerse cargo de sus decisiones: vos quisiste desaparecer, asi... de un día para otro, de repente, y lo hiciste. Nos avisaste, es cierto, pero te fuiste, y nadie te lo impidió. 
Elevó su brazo, y con el pulgar de su mano apuntando en la dirección de su espalda, agregó:
- Ahí estabas afuera, Martín, te habías salido, finalmente; habias logrado lo que ahora decis que querés -en ese momento vi las caras alrededor de la mesa, y entendí que el Zurdo hablaba por  todos ellos-. Después, cuando te enteraste de todo lo que pasó, por el motivo que sea, decidiste regresar y resolver esto en dos patadas para poder rajarte de nuevo, esta vez sin sentir culpa.
- No, Martín, no podes entrar y salir de la vida de los demás cuando se te ocurre. Y no, no nos vamos a apurar, todo lo contrario, vamos a pensar muy bien nuestros próximos pasos, porque no podemos equivocarnos más.
El Zurdo terminó su vaso y se puso de pie. Tomo sus cigarrillos y me dijo:
-Veni, dejemos que terminen el juego que sino es mala suerte, y acompañame afuera un rato.
Lo segui callado, y con cada paso que daba me sentía más desorientado, sin saber que es lo que tenía que hacer. 
El aire fresco de la noche me alivió.  Caminamos varias cuadras en silencio, hasta que llegamos a la Biblioteca Nacional. Allí nos sentamos en un banco, encendimos un cigarrillo, y luego el Zurdo procedió a relatarme minuciosamente todo lo que había pasado desde el momento en que yo me fui de Buenos Aires. 
Cuando finalizó su relato, le hice algunas preguntas, sólo para confirmar que había entendido bien.  Luego repasamos juntos las conclusiones hasta que, con una palmada sobre la rodilla,me indicó que la charla había terminado. Nos pusimos de pie, y seriamente y con voz grave, me preguntó
-¿Puedo irme de vacaciones entonces?
Sonreí, él me cacheteó levemente detrás de la cabeza, y en tono amistoso, susurró:
- Pensá en lo que te dije, Martín. Las decisiones que tomas tienen consecuencias, provechosas y costosas, de las dos; y vienen juntas, en un mismo paquete, sólo que en ocasiones se revelan por completo después de que tiraste del piolín. Tratá de elegir bien, y de evitar las repeticiones. 
No lograba retener sus palabras, estaba algo aturdido y débil. Creo que él lo advirtió, porque contuvo lo que iba decir, hizo una pausa, y se despidió diciendo:
- Andá a descansar, y aprovechá este tiempo para pensar... y decidirte. 
Nos dimos un abrazo, y al separarnos agregó:
- Esta vez es a todo o nada, Martín.  Ojalá estés acá cuando regrese.

jueves 13 de febrero de 2009

El verano había sumergido a la ciudad en una quietud que me desesperaba. Para dominar mi ansiedad, y aprovechar de alguna manera ese impasse,  durante los últimos días de Enero retomé terapia.
Mi reencuentro con Juan no fue fácil: mi desaparición lo había afectado, y me llevó varios días explicarle lo ocurrido y convencerlo de la necesidad que tenía de continuar mis sesiones cuanto antes.
Tal como sospechaba que ocurriría, mientras lo ponía a Juan al tanto de las novedades, fueron surgiendo nuevos interrogantes que prolijamente se agregaron a la lista de  temas a resolver. Una vez que superó el shock  que los eventos acontecidos -y mi situación en particular-  le habían generado, y luego de haberme explicado -por obligación legal, me aclaró- sus responsabilidades como profesional ante el conocimiento de hecho ilícitos, nos zambullimos al análisis de las alternativas que había explorado durante mis días fuera de Buenos Aires.
- Es muy simple, Juan -le dije- solo debo solucionar los asuntos pendientes. Luego seré libre...
Continué con el sueño que había tenido durante la última noche del año, y expuse  en seguida la interpretación que había hecho, su explicación. El asintió, pero antes de que desviara la mirada hacia su cuaderno de notas, pude advertir en sus ojos algo de escepticismo o de pesar.
En los minutos que corrieron hasta el cierre, y  en las sesiones que siguieron,  sufrí un bombardeo de preguntas que me agotó, me alteró y me irritó de sobremanera; sistemáticamente, ante cada contestación que daba, Juan procedía a buscar en su cuaderno de notas una afirmación mía que era - o parecía ser- contraria a mi última respuesta. Finalmente perdí la paciencia, di un manotazo sobre la meza, y procurando moderar el tono de voz, quise terminar con ese juego:
- ¿ A dónde querés llegar con esto, Juan? -pregunté
El me miró sereno, y con voz pausada me contestó:
- Mirá, Martín, yo creo que estas tirando por la borda todo el trabajo que hiciste en este tiempo. Y si me aceptaras un consejo, te diría que no tomes decisiones en este momento.
Esa noche soñe nuevamente con ella. Estábamos otra vez  bajo el techo del puesto de diarios, refugiándonos de la lluvia torrencial, mirándonos en silencio; en un momento yo intenté abrazarla, pero ella dio un paso hacia atrás, llevó su mano a mi mejilla, y con los ojos llorosos intentó sonreír al decirme:
- No, Martín, no.
Luego ella comenzó a caminar bajo la lluvia; y yo me quedé inmóvil, viendo como la oscuridad la rodeaba y se la llevaba.   
Aun antes de despertarme supe que estaba soñando, la vida no puede ser tan cruel, pensé. Cuando abrí los ojos  todavía estaba masticando bronca y dolor. 
Fui hasta la cocina a beber un poco de agua, tenía la boca seca y la garganta dolorida, como si hubiese gritado.  Bebí atropelladamente para apagar la sed, y mientras intentaba no pensar más en el sueño y  guardaba la botella en la heladera, súbitamente  exclamé
- Andate a la puta que te parió, Juan.
Después caminé hasta el living, y procurando no hacer ruido para no despertar al Dandy, salí al balcón en busca de aire fresco. 
Atravesé la puerta de 50's, di dos pasos hasta el cordón de la vereda y paré un taxi.
_ Siga hasta Callao –murmuré, antes de perder la mirada detrás del vidrio de la ventanilla y de sumergirme en mi amargura.
_ Te odio.
Así me había despedido el Buick minutos atrás.
Luego de anunciar en Viena mi decisión de salirme del asunto de La Plata, y de alejarme por un tiempo de Buenos Aires, y tras haber ubicado a mi gato con Esperanza, había partido de la ciudad sin demorarme un segundo más. En los días que sucedieron, más de una vez pensé en llamar o en escribirle al Buick …siempre encontré un motivo para no hacerlo, hasta que finalmente la idea dejó de tener sentido.
Cuando ella me vio acercarme a la barra sus ojos se llenaron de desprecio y de dolor. Me acomodé a su lado en silencio, y decidí decir lo más importante que tenía para decirle:
_ Disculpame.
No me respondió.
_ Disculpame -repetí, e intentando ser más claro, agregué- sé que estuve mal con vos...
Ella asintió, tomo un cigarrillo de una cajita plateada, y comenzó a acariciarlo con los dedos
_ ¿ Y a qué venís ahora? -preguntó finalmente, con la mirada clavada en el espejo esfumado que recorría toda la pared detrás de la barra.
_ Quería contarte lo que me pasó -dije- explicarte por qué desaparecí...
Ella asintió nuevamente en silencio, tomó su encendedor, y presionó uno de los costados para que apareciera una llama amarilla. Antes de encender el cigarrillo, dijo
_ Tarde, Martín, muy tarde. Ya sé lo que pasó, no necesito que me cuentes nada -y con una voz fría, continuó
- Y ya que me dijiste lo que me venias a decir, te pediría que te vayas, estoy esperando a alguien.
Quise contestarle, pero me mordí los labios. No tenía sentido mantener esa conversación, me puse de pie, acomodé la butaca contra la barra, y me despedí:
_ Sé que estuve mal, sólo quería pedirte disculpas. Chau...
En ese momento ella giró un poco su cara para mirarme, y llena de bronca me dijo:
_ ¿Sabes lo que pasa, Martín? Estoy harta de que los tipos me pidan perdón.
Luego, mientras volvía a mirar al espejo, susurró
_ Pensé que vos eras distinto; me odio por eso.
_ Te odio, Martín -concluyó.
Me quedé parado, pensando que hacer; reaccioné cuando el barman se acercó con la cara seria y mirada peligrosa.
Así abandoné el lugar, sabiendo que esa noche, había obtenido lo que me merecía.

lunes 19 de enero de 2009

La alegría de estar nuevamente en mi departamento, y de reencontrarme con mi gato, me duró poco; si bien el Dandy hacia todo lo posible para evitar roces, la convivencia era difícil, nuestras naturalezas contrarias se rechazaban constantemente, los días se sucedían y yo comencé a temer que en algún momento mi paciencia se acabara.
- Haceme ese favor -me dijo el Zurdo durante la cena de Año Nuevo- ¿sí? Te lo pido yo. 
Aún sabiendo que me estaba equivocando al aceptar, y sin terminar de comprender sus motivos, lo miré al Zurdo, suspiré resignado, y le contesté:
- Ok.
La mañana del viernes, mientras miraba desde mi cama como el sol ascendía lentamente  por el cielo celeste, escuché al Dandy refunfuñando. Me paré, caminé hasta la cocina, y lo encontré de pie junto a la pileta, con la espalda recta y la cabeza apenas inclinada hacia abajo, lavando los platos y demás cacharros utilizados la noche anterior. Estaba recién duchado, perfectamente afeitado y con el pelo peinado hacia atrás, vestido con su pantalón de lino beige y una camisa de mangas cortas,  de un celeste apenas más pálido que el del cielo. 
- Bueno, por fin te levantás, che -comentó medio en broma.
- ¿Qué estás haciendo, Dandy? mañana temprano viene Mari, dejá de lavar querés!
- No Martín, no me molesta, prefiero esto a tener que ver la cocina asi. En el Liceo nos enseñaron bien -agregó, con la mirada clavada en el chorro de agua- el orden es cosa de machos.
Sólo para ver si lo hacia enojar, le repliqué
- y de gays...
Como si mis palabras lo hubiesen golpeado, el Dandy hizo una pausa y detuvo sus movimientos, giro su cabeza hacia mi y me miró por unos segundos mientras pensaba en lo que acababa de decirle. Luego, retomo su labor imprevistamente, al tiempo en que me decía:
- Y bue, alguna a favor tenían que tener esos...
Me quedé apoyado contra el marco de la puerta unos instantes, esperando a que me guiñase un ojo, divertido, o tal vez ver una sonrisa en su cara... nada. 
Regresé a mi cuarto, me vestí, y después de un saludo confuso lanzado al vacio, me fuí del departamento en busca de aire fresco.
Con fingido escándalo, Cortázar me señaló el reloj de la pared cuando le pedí un whiskey. No había nadie en Viena y no tuvimos que buscar refugio en la mesa chica del fondo del salón,   en cambio, nos quedamos acodados en la barra, fumando unos cigarrillos en silencio.
Como suele sucederme, la bronca comenzó a rajuñarme la garganta, hasta que finalmente escupí:
- No lo aguanto más, Cortázar, te juro que no lo aguanto más. 
Cortázar sirvió nuevamente mi vaso, y luego giro el torso y miró hacia afuera, como si no le interesara lo que le estaba contando.
- No viejo, lo lamento por el Zurdo y por el Dandy, pero esto se termina acá. Si el Dandy está lleno de plata, ¿por qué tiene que vivir conmigo, me querés decir, eh?
Comencé a beber de mi vaso, mientras Cortázar giraba hacia mi, mordíendose levemente los labios, y como si estuviera a punto de cometer una indiscreción, o de perder la paciencia, me dijo:
- Te voy a contar algo, Martín - hizo una pausa, apagó el cigarrillo en el cenicero, y continuó - Acá la cosa estuvo fea después del quilombo de la bóveda de La Plata, yo te conté... - asentí algo confundido, sin entender porqué Cortázar traía ahora ese tema.
-Bueno -continuó- en seguida se empezó a decir por ahí que había un soplón, que alguien había abierto la boca... esto también lo sabés. Pero lo que no sabés, Martín, es que una noche te vinieron a buscar a vos; se decía que vos nos habías vendido, y que por eso te habías borrado.
Comencé a sufrir mientras Cortázar me relataba lo ocurrido, imaginando lo terribles  que debieron ser esas horas para todos.
- Te decía, estábamos en la mesa del fondo, masticando bronca, preguntándonos que mierda había pasado, y dónde carajos andarías vos, cuando apareció Dmitry. El silencio que se hizo cuando llegó a la mesa fue estremecedor, hasta al Zurdo se le vió la preocupación en la cara. Dmitry lo miró y con voz seca ordenó:
- Quiero saber qué pasó, Zurdo - el Zurdo le indicó una silla vacia, pero Dmitry negó con la cabeza, y dijo-  quiero saber por qué esto salió mal. Y quiero saber quién va a pagar por eso, Zurdo.
El Zurdo asintió, y sosteniendole la mirada, contestó:
- No sabemos que pasó, pero lo vamos a averiguar. - hubo una pausa, y luego Dmitry dijo 
- ¿Me estás diciendo la verdad? lo que yo escuché es que uno de los tuyos, un tal Martín, nos traicionó.  Si es as - 
-Los labios de Dmitry se congelaron, Martín, y todos nos quedamos esperando que continuara su frase - me explicaba excitado Cortázar- y por eso demoramos en notar que sus ojos se habían detenido en algún punto del otro lado de la mesa, y cuando todos miramos en esa dirección, lo vimos al Dandy, que se había puesto de pie, y con el brazo derecho extendido apuntaba a la cabeza de Dmitry.
Nadie se atrevió a abrir la boca, y en ese silencio, se escuchó perfectamente el ruido metálico del seguro del revolver, y a continuación el click del percutor al trabarse y quedar listo para el disparo. 
Entonces el Dandy habló:
- Oíme una cosa, rusito. Si yo te escucho de nuevo decir que Martín nos delató, o me entero de que vos, o alguno de los tuyos,  anda repitiendo eso por ahí, te juro por estas -dijo agarrándose la entrepierna con la mano libre-    que te vuelo la tapa de los sesos.
Dmitry no pestañaba, sus ojos estaban clavados en los del Dandy, que con un tono de voz más relajado, continuó diciendo:
- Y como te digo una cosa, te digo la otra, rusito: quedate tranquilo, que si yo descubro que fue Martín quién nos traicionó, yo mismo le vuelo la cabeza. ¿Estamos?
Dmitry se mordió los labios, asintió sin desviar la vista del Dandy, dio dos pasos hacia atrás, y se fue sin decir más.
Salimos del shock luego de algunos minutos, cuando el Negro Avellaneda preguntó:
- Che, Dandy, no está cargada no? - y pudimos reirnos nerviosamente y descargar algo de la tensión que nos dominaba.
El relato de Cortázar me había hecho olvidar de todo, y me había hecho recordar que los problemas pendientes exigian una pronta resolución. Pero Cortázar, como retomando la conversación, dijo:
- Así que fijate lo del Dandy ¿tenés tantos amigos así, che? - sin poder contestar, traté de jsutificarme
-  ¿Y el Zurdo por qué no me contó todo esto? 
- Que se yo, Martín... ¿para no preocuparte con lo de Dmitry? ¿o para que no te sientas obligado con el Dandy? quizás para darte la oportunidad de que salieran de vos las ganas de devolverle un favor a alguíen al que le enchufaste tu gato sin darle opción a nada, y que te arregló el despelote que había en tu departamento... andá a saber... - y levantando su brazo y pasándolo por sobre su cabeza, supe que Cortázar me había perdido la paciencia, y que lo mejor que podía hacer era irme y tratar de dejar de mirarme el ombligo. 
 
Cuando ya no se escuchaban fuegos artificiales ni voces en las calles, y quedaban unos pocos sentados a la mesa, el Zurdo se acercó y ocupó una silla a mi lado. Me convidó un habano, y nos quedamos mirando como Susana y Moliné bailaban divertidos una milonga, alentados por el aplauso y la aprobación general.
Aprovechando la distracción y el bullicio, el Zurdo giró levemente su silla hacia mi lado, y en voz baja, me llamó la atención diciendo:
- Escuchame una cosa... 
No dijo más hasta verme cambiar de perfil y quedar de espaldas a la pista de baile, entonces continuó:
- Se separó el Dandy 
La tranquilidad con la que habló me hizo asumir que lo peor ya había pasado, y que simplemente me estaba poniendo al tanto de la situación. Fue en ese momento en que descubrí que no había notado que Marta no había ido a la cena; sentí que era un llamado de atención, no estaba en condiciones de permitirme distracciones.
-¿Qué pasó?
- No sabemos bien. El Dandy no contó mucho, al parecer tuvieron una agarrada fuerte. La cosa se puso fea,  y en un momento Marta le dijo que se quería separar. Al día siguiente el Dandy se fue de la casa.
Bajo el tilo, junto a Cortázar y Esperanza, alejado de la conversación, el Dandy fumaba un cigarrillo con cara seria. Lo noté triste, o más viejo. Esa imagen me conmovió, el contraste con su fortaleza y su presencia habitual era cruel. 
El Zurdo se había puesto de espaldas a la mesa,  y balanceaba su cabeza levemente al ritmo de la música, mientras seguía los pasos de Susana con una sonrisa.   
- ¿Anda con otro? 
Sin voltear para verme, y casi como si estuviera esperando esa pregunta, inmediatamente replicó:
- No, me dijo que no. Vos lo conoces al Dandy, él la encaró ahí mismo  y le preguntó si había otro, y ella le dijo que no - hizo una pausa, y agregó- pero para mi que sí.  
Esa fue la única novedad que recibí en las primeras horas del año; pronto comprendí que esto se debía al hecho de que la separación me afectaba a mi directamente: el Dandy, aprovechando mi ausencia, se había instalado en mi departamento. 
Regresamos a la ciudad con la luz del día,  volando a bordo de la bala plateada que dirigía Joaquín. El cansancio y el sueño impusieron el silencio durante casi todo el viaje; sólo Moliné hizo alguna acotación, exigido por su rol de copiloto. Cuando Joaquín tomó Libertador, el Dandy golpeó mi brazo izquierdo con su codo, obligándome a dejar de mirar a través de la ventana, giré entonces mi cabeza hacia él, y en tono confidente, me dijo:
-¿Sabés que me separé, no? -asentí, y para acortar esa conversación y el mal momento, le dije
- Sí Dandy, el Zurdo me contó todo.
Colocó las dos manos sobre sus rodillas, como si acabará de realizar un esfuerzo increíble, y mirando hacia adelante  murmuró:
- No te preocupes, vas a encontrar todo bien en el departamento. Es sólo por un tiempo, y estoy seguro de que nos vamos a llevar bien.
Demoré unos segundos en contestarle, todavía no había digerido esta novedad, pero sabía que sobrellevarla  me iba a resultar muy difícil.
- No hay problema Dandy.
El Dandy y yo viviendo juntos. Traté de imaginarme cómo sería, pero fracasé.
De chico aprendí que la vida tiene más imaginación que uno, pero sólo pude comprobarlo luego de muchos años; aún así, este nuevo capítulo me resultaba completamente irreal. Había abandonado Buenos Aires impulsado por la necesidad de entender por qué mi vida se había complicado tanto, confiado en que la respuesta me ayudaría a acercarme a la felicidad que conocí; regresé casi por obligación, esperando resolver cuanto antes los problemas pendientes y continuar mi búsqueda. La ciudad y el nuevo año me habían dado una bienvenida a la realidad, y así, como un nuevo hilo de una inmensa telararaña, otra complicación aparecía en mi vida.    
 
Como en aquella primera noche, salimos del Seddon y caminamos bajo la lluvia, lentamente, sin tomarnos de la mano; cada tres o cuatro pasos nos mirábamos a los ojos y sonreíamos en silencio, tóntamente. Las calles, la noche, todo era una réplica perfecta; sólo nosotros habíamos cambiado. 
La escena original se repitió de principio a fin: al pasar por el puesto de diarios, yo me detuve y la rodeé con mis brazos,  ella escondió su mirada en su pecho, yo llevé mi mano hasta su mentón para poder ver sus ojos, y cuando nuestras miradas se encontraron, la besé. 
Luego, en esta nueva versión, con una voz chiquita y temerosa, ella dijo:
- Así fue como empezó todo,  Martín. Depende de nosotros que no termine de la misma manera.
No alcancé a contestarle, de repente su imagen comenzó a deshacerse, la claridad interrumpió en la noche, y otras voces se mezclaron con sus palabras; supe entonces que me estaba despertando y que ese sueño maravilloso agonizaba.
Abrí los ojos, fuera de la habitación se escuchaba un gran movimiento de gente.
-Los preparativos -pensé. Imaginé la escena en el resto de la casa, y el presente inundó la habitación llevándome lejos de ella.
Me incorporé en la cama, y vi sobre la silla un juego de toallas, y una camisa planchada  junto a mis pantalones. El reloj marcaba el mediodía. Me puse de pie, tomé las cosas de arriba de la silla, salí de la habitación y con tres pasos rápidos ingresé en el baño a darme una ducha.
Al salir al jardín supe que estaban todos. En el fondo, Gatica dominaba la parrilla, y respondía con la cabeza una pregunta que seguramente le había hecho Esperanza, quién, vaso en mano, caminaba en círculos en torno a él, como si fuera un juez de box, siguiendo atentamente sus movimientos. Sentados cerca de la cabecera de la larga mesa, el negro Avellaneda, Joaquín, Moliné y el Zurdo conversaban un truco. Hacia la izquierda, a la sombra del tilo, el Dandy y Mecha Corta bebían y reían mientras escuchaban atentamente el relato de Cortázar.  Detrás de mí, un alboroto se filtraba desde el interior de la casa, y por sobre ese barullo, podía reconocer la voz de Susana dando indicaciones al grupo  de esposas, novias, amigas y sobrinas, ocupadas en la preparación de las ensaladas y en la cuenta de cubiertos, platos y fuentes.
Afortunadamente, o tal vez en forma premeditada, cuando salí de la casa y comencé a caminar por el jardín, sólo hubo saludos discretos, palmadas en la espalda, y alguna referencia a mi cara dormido y mi supuesta habilidad para llegar a los asados en el momento en que se está por empezar a comer.
Cuando por fin todos estuvimos sentados a la mesa, Gatica y Moliné comenzaron a servir las achuras, el Zurdo se encargó de descorchar las botellas de vino y de llenar los vasos, y las fuentes con ensalada recorrieron  la mesa, cambiando de mano en mano. Los festejos por el último día del año habían comenzado, y estábamos listos y bien predispuestos para que el nuevo año llegara de a poco, y nos encontrase alegres, despreocupados, y juntos.
El almuerzo se prolongó tanto que cuando oscureció, ya nadie pensaba en la cena, sino sólo en tener una copa y algunas uvas a mano para el brindis de la medianoche.
De niño, cada vez que se iniciaban las clases y comenzaba a escribir en los cuadernos a estrenar, lo hacía con esmero, cuidando la caligrafía, dominado por la firme intención de ser prolijo. Con el correr de los días -y el paso de las hojas-   ese cuidado iba desapareciendo, y mi personalidad desordenada terminaba imponiéndose. 
Cuando la adolescencia fue quedando atrás,  la determinación - la súbita necesidad- de hacer buena letra comenzó a abordarme durante los últimos días del año, y siempre el Año Nuevo me encontraba formulando promesas de cambio que, con la mejor de las suertes, apenas sobrevivirían a Febrero.
Mientras el Zurdo caminaba entre la gente con una botella de champagne en la mano y algunas copas en la otra, chequeando que ningún distraído demorará un segundo la celebración del Nuevo Año, recordé mi último sueño, y supe bien cuál era mi deseo para este año, y para los que le siguen. Me alegró comprobar que mis días fuera de Buenos Aires habían respondido ya a esa necesidad íntima y esencial de cambiar mi realidad,  de recuperar la felicidad y el modo de vivir la vida que había tenido en el pasado, desde la primera versión de la noche del sueño con ella, hasta su desaparición. 
- Sí -me dije- eso es lo que quiero.
El Zurdo se acercó, y levantó un poco su brazo izquierdo para dejar ver su reloj: faltaban pocos minutos para las doce. Todos estábamos ya parados y con las copas listas. A lo lejos, comenzó a escucharse una sirena y algunas detonaciones. Luego el cielo se iluminó y los festejos estallaron a mi alrededor. Choqué mi copa, y me empapé de afecto y de buenos deseos. Disfruté del momento sabiendo que mi regreso era pasajero, y que mi estadía se prolongaría sólo lo necesario como para poder resolver los asuntos pendientes e irme luego en paz. 
Esos eran mis últimos pasos sobre los escenarios del pasado.
Todavía hacia calor cuando me fui de Viena. Caminé unas cuadras por Arenales, y después tomé un taxi hasta Libertador,  donde está la parada del colectivo que me lleva a la casa del Zurdo.
Hace unos años ya que el Zurdo abandonó la ciudad para irse a vivir a una quinta
- Hay que preparar el retiro con tiempo, de a poco -nos explicaba- sino después, cuando llega, se hace muy cuesta arriba.
El viaje hasta la casa del Zurdo lleva casi dos horas; me iban a venir bien para repasar los detalles de lo ocurrido y para pensar con cuidado lo que le iba a decir al Zurdo. Sabía bien que el horno no estaba para bollos: el trabajo había salido mal -y el Zurdo debía haber pagado algún costo por eso-, había un policía muerto y, lo que más me afectaba a mí en particular: fuertes sospechas -alentadas por mi desaparición de Buenos Aires- de que era yo quién había delatado a sus compañeros.
-¿Cuáles son mis alternativas? -murmuré en voz baja mientras miraba a través de la ventana del colectivo. Eso es lo que me preguntaba el Zurdo siempre que iba a él en busca de consejo, y era precisamente lo que debía tener en claro antes de llegar a su casa. Mientras avanzaba por la Panamericana a gran velocidad, intentaba analizar la situación desde distintas ópticas, como si estuviera resolviendo un cubo mágico estrellado de colores. Al tomar el ramal que lleva a Tigre, abandoné mi asiento, presioné un botón cerca de la puerta, y esperé a que el colectivo detuviera su marcha.
Al bajar, la noche estaba más fría, y el desamparo de la provincia me provocó escalofríos. Encendí un cigarrillo y me dispuse a caminar.
- Nueve cuadras derecho, y luego una hacia tu izquierda. Vivo a media cuadra, sobre la derecha - así me había indicado el Zurdo la primera vez que fui a su casa.
Cuando llegué a la esquina y doblé hacia mi izquierda, bajo una luz amarilla pude verlo al Zurdo,  apoyado contra el murito que marca la entrada a su casa. Era claro que Cortázar lo había llamado para ponerlo al tanto de mi llegada, y, posiblemente, para asegurarse de que me esperara despierto.
En la tranquilidad de la noche, debe haber escuchado mis pasos, porque apenas retomé la marcha vi como giraba su cabeza  y saliendo del cono de luz amarilla,  comenzaba a caminar por el medio de calle, en mi dirección. La oscuridad lo tapó por completo al llegar a la esquina, y allí él se detuvo. No fue sino hasta que unos pocos metros nos separaban, que pude verlo nuevamente, esperándome con los brazos abiertos y una sonrisa que no le había conocido.
-Bienvenido -me dijo apenas antes de que nos abrazáramos, y creo que en ese momento nada pudo haberme reconfortado más.  Caminamos algunos metros, y cuando la luz amarilla nos iluminó, el Zurdo se adelantó un paso, me miró de frente y dijo en voz alta:
-Se te ve bien, che! -y luego terminó de aprobar mi aspecto con una pequeña palmada cerca de mi oreja o mi nuca.
Al entrar en la casa el Zurdo colocó el dedo índice sobre sus labios, y antes de cerrar la puerta y de que la oscuridad no invadiera nuevamente, me indicó con su cabeza el camino hacia la cocina; era tarde y no quería despertarla a Susana.
El Zurdo cerró la puerta de la cocina y luego se sentó a la mesa, frente a mí; me miró en silencio por unos segundos, y luego, como explicándome, dijo:
- Yo sabía que ibas a volver apenas supieras lo que había pasado -se detuvo, y mientras afirmaba con la cabeza, continuó:
- Se los dije a todos -entonces bajó los ojos y continuó asintiendo, como diciendo:
- Yo tenía razón.
- Me enteré hoy -quise comenzar a explicarle, pero me interrumpió
-Sí, sí, ya sé... hablé con Cortázar.
Nos quedamos callados, y presentí  que el Zurdo no quería seguir hablando del tema en ese momento. Estaba a punto de decirme algo, cuando se abrió la puerta de la cocina y apareció Susana diciéndome:
- Nene! - y en simultáneo al Zurdo corrigiéndola
- No le digas Nene...
Y Susuna entra a la cocina envuelta en una bata, y me toma la cabeza, y me da un beso en la mejilla mientras el Zurdo desaprueba todo esto y se pone de pie y apoya sus manos sobre el respaldo de la silla y dice:
- Vamos a dormir, Martín, que en un rato empieza a caer la gente - mi desconcierto lo divirtió al Zurdo, porque contendiendo la risa, me aclaró:
- Es el último día del año, pajarón, y vienen todos para acá a festejarlo como corresponde -hizo una pausa, y agregó
- Ya habrá tiempo para hablar y ver como seguimos; por ahora, terminemos el año en paz.
Me guiño un ojo y se perdió detrás de la puerta. Susana permaneció erguida y callada como una estatua por unos cuantos segundos, hasta asegurarse que el Zurdo estaba lejos, y luego me agarró fuertemente de los hombros y me dijo:
-¿Sabes que hoy preparé tallarines? no pensarás que te voy a dejar ir a dormir sin comer ¿no?
Acepté con una sonrisa,  respiré profundamente, y tuve el presentimiento de que finalemente, todo se iba a solucionar.
El viaje de regreso duró una vida. Cuando el ómnibus comenzó finalmente a reptar la rampa de la Estación terminal de Retiro , yo ya estaba de pie junto a mi butaca, con la mano izquierda sujetando la valija, y un pie en el primer escalón de la diminuta escalera que recorrería apenas se abriera la puerta, y el coche se detuviera, pesadamente, en la  plataforma número veinticuatro.
Atravesé el mar de pasajeros boyantes que pululaba en el hall de la estación, y con paso rápido busqué la salida de ese lugar decadente. Una vez en la calle, arrastré mi valija por entre puestos callejeros -que me recordaron a Asunción-,  giré hacia la derecha, y caminé hasta Libertador. Al llegar a la Plaza San Martín, por fin me sentí en Buenos Aires.
Encendí un cigarrillo, le di algunas pitadas, y cuando vi acercarse a un taxi desocupado, extendí mi brazo derecho. Subí al auto, saludé al chofer, y vacilé al momento de indicarle el destino del viaje; baje la ventanilla, me acomodé en el asiento, y finalmente murmuré la dirección de Viena.
En el trayecto fumé otros dos cigarrillos, en menos de diez minutos me encontraba en la esquina del bar. Pagué el viaje, bajé del auto y, una vez en la vereda, me quedé parado hasta que terminé de fumar el cigarrillo; lo apagué contra un poste de luz y luego lo arrojé en un cesto de color naranja. 
Era casi la una de la madrugada, y hacia calor. En el cielo oscurecido por las luces de la ciudad, solo un fino de Luna sobrevivía, brillante, sobre ese manto negro. Miré la vereda opuesta a la altura de mitad de la cuadra, donde estaba la entrada de Viena; imaginé el ambiente ruidoso del salón, y a Cortázar malhumorado por la excitación que traen los últimos días del año. Tomé nuevamente mi valija,  y crucé la calle.
Atravesé la puerta, y luego me detuve. Quise divisar desde allí la mesa chica en el fondo del salón, pero me fue imposible ver algo a través de las personas que iban y venían por el pasillo que daba a la barra.  Di un paso más, y en ese instante Cortázar apareció, y se quedó inmóvil al verme. Luego de un segundo, una sonrisa enorme apareció en su cara; vi como colocaba la bandeja bajo su axila y se ponía de perfil, y luego, con un leve movimiento de cabeza, me señaló el fondo del salón.
Lo seguí mirando hacia el piso, intentando no atropellar a nadie con mi valija; no quería cruzar miradas con nadie. Al llegar a nuestro rincón, vi que la mesa estaba vacía. 
Una vez  allí, Cortázar me abrazó, e inmediatamente sus manos aferraron fuertemente mis hombros. Nos sentamos,  él enlazó sus dedos sobre la mesa, se mordió el labio inferior, levanto su cabeza hasta encontrar mis ojos, y me dijo:
- ¿Te enteraste, no? - yo asentí callado, y para completar los hechos, agregué:
- Hoy por la tarde, estaba en Rosario...
- En Rosario -repitió Cortázar con una leve sonrisa- Joaquín tenía razón nomás... 
Hubo un silencio, miré levemente hacia los costados, y con voz muy baja, le pregunté:
- ¿Qué pasó, Cortázar?
Cortázar bajó la mirada, separó sus manos, y se rascó la frente
- Alguien nos delató, Martín -me dijo, con ojos chiquitos, y con una voz que temblaba de los nervios, o de la bronca.
- Alguien nos delató -repitió.
Lo miré desconcertado, no podía creer que eso fuera posible, ¿quienes sabíamos sobre esto? me pregunté, mientras negaba con la cabeza, impedido de aceptar esa versión de la realidad.
- Pero ¿cómo? - exclamé- ¿Quién?!
Cortázar solo levantó levemente los hombros, a modo de respuesta. Yo me eché hacia atrás, pegando mi espalda contra el respaldo de la silla, tomé aire, y pregunté:
- ¿Dónde está el resto?
- Moliné les aconsejó a todos que aprovechen estos días para estar en sus casas y hacer vida de familia, en esta época, es lo menos sospechoso...
Asentí en silencio, y luego me perdí un largo rato en suposiciones y reproches. Finalmente me puse de pie, tomé mi valija y cuando lo iba a despedir, Cortázar me preguntó:
-¿Vas a ir a verlo al Zurdo, no?   
- Sí. Es lo mejor, creo...
- Sí -contestó Cortázar. Luego hizo una pausa, y adiviné en su cara que tenía algo más para decirme.
- ¿Qué pasa? -apuré
- No, nada... cómo decirtelo, Martín...
- Hablá, Cortázar, ¿qué carajos pasa?
- Mirá, con todo esto que pasó... viste, que se yo, tu desaparición de Buenos Aires no cayó muy bien...
- ¡Qué! qué me estás queriendo decir, Cortázar?! eh? - Cortázar se puso de pie, y extendió sus brazos, como pidiéndome que me calmara. Dí un paso hacia atrás, y volví a preguntarle
- ¿Qué carajos me estás queriendo decir, Cortázar? - de pronto vi su mirada serena y firme, y mucha experiencia reflejada en el tono que usó para decir:
- Martín, hay gente que cree que fuiste vos quien habló.  Esto es así, y es mejor que lo sepas por uno de nosotros.  En este tiempo que estuviste afuera, fue el Zurdo quién salió a bancarte... vos sabés que acá había metida gente que no te conoce... La pasó brava el Zurdo, Martín... ¿entendés?
De pronto, como si todo fuera un gran acto de ilusionismo, vi lo que parecía... las apariencias, y supe que a muy pocos les importaría mi verdad. Asentí callado, y bajé la cabeza.  Después sentí la mano de Cortázar sobre mi hombro, y luego su mano sobre mi valija
- Yo te cuido esto -me dijo- ahora andá a verlo al Zurdo. Se va a alegrar de verte, creeme -agregó.
Salí de Viena hundido en la más profunda preocupación, intentando adivinar cómo saldría de este nuevo embrollo, y, más importante, si en esta ocasión, podría contar con mis amigos.

Fue en Rosario, en un cuarto del hotel Avellaneda, durante la tarde del martes 30 de Diciembre, cuando yo tomé conocimiento de los hechos que habían ocurrido días atrás, en Buenos Aires.

La jornada había transcurrido en el marco de la tranquilidad a la que me había habituado; había amanecido cerca del mediodía, y luego de un almuerzo tardío frente al río, había regresado al hotel a descansar. Por la tarde, cerca de las siete, desperté de una siesta y disfruté de una prolongada ducha tibia. Mi humor era excelente; había decido tomar un buen baño, servirme un trago en la habitación mientras me vestía y escuchaba algo de música, y después pasar por el “Café del Mar”.

Salí del baño todavía mojado, y me recosté en la cama, sobre un inmenso toallón blanco. Tomé el control remoto, encendí el televisor, y comencé a recorrer los canales buscando algo de música. Me detuve unos segundos en un canal de deportes para ver los goles de la primera división de la liga galesa de fútbol, luego, en el canal siguiente me tope con un noticioso. Estaba por retomar mi recorrida televisiva, cuando el anuncio que hizo la conductora del programa, me paralizó el corazón. Continuando con lo informado durante los días anteriores, se confirmaba que había fallecido el policía herido durante el intento de asalto que había sufrido la bóveda judicial de La Plata, durante la madrugada del 25 de Diciembre pasado.

El Zurdo, pensé.

No se daban más detalles. Al parecer, la noticia ya era vieja, y la única novedad era la del deceso del oficial; ocurrido esto, la atención pública no volvería a tener noticias de este episodio, hasta tanto no se detuviera a la banda de asaltantes responsable por el ilícito.

Apagué el televisor, apoyé la cabeza en la almohada, e intenté pensar. La conductora había dicho “intento de asalto”, esto indicaba que el robo no se había finalmente cometido. O tal vez este dato era simplemente el resultado de una mala información, de una estrategia policial, o de una decisión política. Como fuera, la muerte del policía confirmaba dos hechos: el trabajo del Zurdo se había llevado a cabo finalmente, y, sin dudas, había salido mal.

Mientras me vestía, recordé mi despedida de la mesa chica de Viena, mi decisión de salirme, de no participar, y los segundos que siguieron: el silencio del Zurdo, la mirada acusadora del Dandy, la desaprobación de Cortázar. Mal momento para estar lejos de Buenos Aires, me dije. Íntimamente, sabía que la culpa estaba haciendo su trabajo, pero la angustia que sentía, y la necesidad de saber cómo estaban mis amigos, no me permitieron serenarme. En pocos minutos retiré mi ropa del placard, revisé los cajones, y dejé la habitación.

Mientras pagaba mi estadía, le pedí al conserje que llamara a un taxi. En poco más de una hora, sentado en la primera butaca del micro, viajaba rumbo a Buenos Aires.

La estadía en Rosario me estaba haciendo bien. Esa mañana, me desperté cerca del mediodía, y al abrir los ojos me sentí profundamente descansado; la sucesión de días de buena alimentación, lectura y buen dormir, había reparado mi cuerpo y mi espíritu. Me levanté de la cama, fui al baño, y al mirarme en el espejo noté que había recuperado algo de peso, y que mi cara ya no lucía demacrada; de alguna manera había recobrado mi semblante y el buen humor. Decidí afeitarme, ir a desayunar y luego pasar por la peluquería a emprolijarme un poco.

Bajé al comedor del hotel llevando conmigo el libro de Bernardo Jobson, que estaba por terminar de leer; algunos de los cuentos me habían gustado mucho, en especial “Los caballos no saben que es domingo”, que me hizo recordar al Negro Avellaneda y su sana pasión por los burros. Al cabo de unos minutos, el mozo se acercó a mi mesa, me saludó y me dijo:

- ¿Va a pedir lo mismo?

- Sí – le contesté- gracias –el mozo se alejó, yo abrí el libro y me dispuse a zambullirme en uno de los cuentos que me faltaba leer.

La historia transcurría en la Argentina de los años setenta, probablemente en Buenos Aires, y la acción se desarrollaba en la oficina de una editorial, la mañana en que dos periodistas reciben llamadas intimidatorias por parte de algún grupo de tareas. El cuento me pareció más valioso que encantador, en el sentido que lograba muchos cometidos, incluso el de entretener. Describía una situación que fue padecida por muchos en esa época, denunciaba el antisemitismo que reinó por esos años, el valor y el coraje de algunos, el miedo de esos mismos, lo terrible de la violencia, y las distintas formas de afrontar esas circunstancias tan terribles. Creo que el mayor mérito de Jobson, fue mostrar cómo el personaje principal logró convertir, con su ánimo y su determinación, esa situación de presión insoportable en casi una anécdota; llevando su gravedad al mínimo, transformándola, luego del desenlace, en apenas un incidente más del día, cuando probablemente la vida de los personajes ya no fuera a hacer la misma a partir de aquel momento. Y allí, presiento, hay un inmenso hallazgo.

Cerré el libro, lo dejé sobre la mesa, y mientras esperaba que el mozo me trajera el desayuno, recordé otros gestos que representaban bien esa idea: Oscar Wilde dándole una propina al chofer del carro que lo llevaba a la cárcel a cumplir su condena; María Antonieta, disculpándose con su verdugo por haberlo pisado; Shelley, leyendo un libro mientras su barco se hundía; Aramburu diciendo “Proceda”.

Miré la tapa del libro, las letras blancas con el nombre de Jobson sobre un fondo violeta, y pensé en lo reveladora que puede resultar la lectura de un cuento, aun mal interpretado.

El mozo se acercó nuevamente a mi mesa, y apoyó sobre ella un vaso con jugo de naranjas, un plato con huevos revueltos sobre dos tostadas de pan negro, y un cenicero de metal plateado.

A veces, las historias de otros, aunque sean ficticias, ponen en perspectiva nuestra propia existencia. Mientras me alimentaba y disfrutaba de mi desayuno, recordé a mis amigos, y la posición común que reinó en la mesa chica de Viena respecto a mi partida de Buenos Aires, y mis problemas con el otro Martín; sentí que quizás había exagerado mi reacción. O tal vez fuera que, luego de estar lejos por un tiempo, la tranquilidad y el descanso me habían dado las fuerzas que necesitaba para enfrentarme con lo que me estaba pasando.

Terminé el desayuno, firmé un papel que llevaba mi número de habitación, me puse de pie, y salí a la calle.

Caminé hasta el boulevard, y comencé a recorrerlo despacio. Todavía no estaba listo para volver a Buenos Aires, me sentía mejor, pero algo, o la falta de algo, me impedía volver. Al cabo de unas cuadras encontré un banco de madera bajo la sombra de un jacarandá. Fue como una invitación; me senté, encendí un cigarrillo, y, esperanzado, abrí nuevamente el libro de Jobson.

Al registrarme en el hotel Avellaneda, decidí continuar llamándome Julio. De camino a mi habitación noté que nada había cambiado desde la última vez que había estado allí. Detuve mi marcha cuando vi el número 111 sobre una puerta blanca. Entré a la habitación, dejé la valija sobre la cama, corrí la cortina de la ventana para espiar la vista y, como estaba ansioso por sentirme en Rosario, apenas me lavé las manos y la cara antes de salir nuevamente a la calle.
Dejándome llevar por el instinto o por la memoria, era claro que terminaría mi primer trayecto en el monumento, para almorzar luego en "La Marina". Ordené una boga, por supuesto, y una botella de vino blanco. Disfruté de ese momento con intensidad y paciencia, y me levanté de la mesa cuando ya no quedaba nadie en el salón y los mozos comenzaban a impacientarse. Cuando salí, encendí un cigarrillo y luego caminé hasta el río. Me quedé allí un rato largo, disfrutando del sol, de la vista, y de la súbita sensación de sosiego que me había asaltado. Joaquín tiene razón, Rosario hace bien.
- Juan Martini es de Rosario
Me gusta decir esto cuando alguien menciona a Rosario; generalmente luego debo aclarar quién es Juan Martini, pero eso no importa, creo que al menos asi logro asociar a esta ciudad con una persona a la que encuentro interesante, en comparación con los clásicos rosarinos famosos.
Pero Juan Martini , vive en Buenos Aires. Desconozco, desde ya, las razones por las cuales esto es así; pero hay algo claro: Juan Martini vive en Buenos Aires porque no quiere vivir en Rosario. En su relato "Rosario Express" creo que pueden adivinarse algunos de los motivos que se encuentran detrás de su decisión. No lo sé, quizás esto sea un disparate y sólo he caido en el error común de pensar que un escritor escribe lo que vive. Como sea, con el tiempo he comenzado a creer que hay lugares a los que uno no puede volver.
Una nube ocultó al sol, provocándome un alivío que me sorprendió, y entendí que tenía calor. Quizás era hora de regresar al hotel y dormir una siesta. El color del agua había cambiado, parecía más oscura y turbia. Me quedé unos minutos más en la costanera mirando el río, preguntándome si yo volvería a Buenos Aires, si yo podría, volver a Buenos Aires; o si acaso, los días que acababa de vivir, no serían ya parte de mi "Buenos Aires Express".

El ómnibus partió de la estación con apenas  tres pasajeros a bordo: dos asientos delante del mío,  una joven viajaba junto a un niño que tendría cuatro o cinco años, que jugaba con un avioncito de guerra reluciente. La Navidad es para los pibes, me dije. 

Recliné mi butaca, y cerré los ojos para intentar dormir. Luego de unos minutos, el acompañante del conductor se acercó para entregarme una bandejita con alfajores.

- Gracias –le dije.

- Feliz Navidad –me contestó con tono alegre, y una sonrisa.

- Sí, feliz Navidad –repetí. 

El siguió su camino de regreso a la cabina, y al pasar por al lado del asiento de la joven, le acarició la  cabeza al niño, y le regaló otra bandeja con alfajores.  Respiré profundamente y cerré nuevamente los ojos. 

Sabía que no era cierto, que había tenido hasta no hace mucho tiempo navidades alegres, y entendí que me estaba engañando, que efectivamente estaba huyendo de mi realidad; como diría el Negro Avellaneda: nunca hay que subestimar al poder de la negación.

Me desperté sobresaltado y confundido, con el ómnibus en movimiento. Al abrir los ojos, me llevó unos segundos ubicarme en el presente, y entender lo que estaba ocurriendo; me había dormido profundamente, y había soñado con Eliseo Morán y con el Zurdo. Enderecé el respaldo de mi butaca, y corrí levemente la cortina para ver el costado de la ruta. Como una señal divina, un cartel verde se acercó desde el horizonte, las letras y números blancos me trajeron esperanza: faltaban pocos kilómetros para Rosario.

Alguna vez Joaquín me dijo que ir a Rosario le permitía ser turista en Buenos Aires. Creo que no entendí lo que me quiso decir, pero recordé esa frase estando en la ventanilla de la boletería de la estación de ómnibus, y fue eso lo que terminó por definir la elección de mi destino. En todo caso, llevaba ya más de un mes fuera de Buenos Aires, y aunque era claro que extrañaba, todavía no estaba listo para regresar.

Llegué a la costanera y me detuve hasta  poder divisar el puesto de Eliseo Morán, que estaba ubicado a unos cuarenta metros de distancia sobre mi derecha. Dos luces encendidas, y algo de humo trepando hacia el cielo me confirmaron que Eliseo todavía estaba allí, o incluso que quizás pasaría la Noche Buena junto a su parrilla y su río. Caminé hasta el puesto y ocupé un lugar en la barra al notar que Eliseo no se encontraba allí. Mientras lo esperaba, busqué inútilmente un reloj en las paredes; estaba inquieto, impaciente, ansioso por que Eliseo Morán regresara a su lugar.

Pasaron algunos minutos hasta que Eliseo Morán finalmente apareció, viniendo desde la orilla; pude observar su paso lento y sus manos sujetando dos pescados grandes. Cuando llegó al puesto  me miró extrañado, se agacho para cruzar la barra  y ubicarse del otro lado.  Luego dejó los pescados en un balde, cerca de la parrilla, giró, apoyó los brazos sobre la barra y me dijo:

- No pensaba verlo de nuevo tan pronto, ¿qué lo trae por acá?

En ese momento me dí cuenta de que no sabía cómo hacerle la invitación, y sospeché que mi idea era ridícula.

- Hoy es Noche Buena –comencé a decirle – y en el Hotel están organizando una cena.. ya sabe, para brindar…- Eliseo Morán me miró en silencio, sin entender. Tartamudeé, creo que incluso me sonrojé, y finalmente le dije:

- Miré, creí que Ud. iba a pasar la Noche Buena sólo, y pregunté en el Hotel si podía invitar a un amigo… así que vine a decirle eso.  La cena es a las nueve, todavía tenemos tiempo –agregué entusiasmado.

Eliseo Morán asintió, y luego habló:

- Yo le agradezco la invitación –dijo- pero me va a tener que disculpar. Yo no celebro la Navidad –concluyó. Su respuesta fue en un tono bajo y firme, cuidada, respetuosa, definitiva. Sonreí y procuré quitarle dramatismo al tema:

- Vamos, Don Eliseo, no son días para estar sólo estos…

Y la expresión de su cara me indicó que me había equivocado, que ese comentario había estado de más, y no  supe que no tendría una oportunidad  para disculparme

- Yo elegí estar solo –me aclaró- y soy feliz así. No necesito de una familia, de vivir en una comunidad, o de celebrar la Navidad en compañía de extraños para disimular mi soledad.

Callé en silencio, y aguanté el golpe.

- Ud. no pensó en mi – me dijo- Ud. pensó en usted, porque no quiere pasar esta Noche Buena sólo, vaya a saber porqué razón. Y viene hasta aquí, a invitar a una persona que apenas conoce, lo llama amigo, y lo invita a pasar la cena de Navidad junto a otras personas que tampoco conoce… No, señor, no me meta a mí en sus problemas. – y diciendo esto, Eliseo Morán dio media vuelta y comenzó a limpiar los pescados que estaban en el balde, junto a la parrilla.

Me quedé parado, con la cabeza gacha, comprendiendo sus palabras. Lo que vi a través de sus ojos me entristeció, giré y comencé a alejarme antes de que se me notaran la vergüenza o las lágrimas.

- Déjeme darle un consejo –escuché a mis espaldas. Miré por sobre mi hombro y lo vi a Eliseo Morán de espaldas, colocando los pescados sobre la parrilla, diciéndome:

- Váyase de este pueblo, vuelva a su vida –hubo una pausa, y agregó-  Ud. no está hecho para estar solo.

Volví al hotel en silencio, y llegué a tiempo para la cena. Vestí mi cara con mi mejor sonrisa, y cuando se hicieron las doce, choqué mi copa y brindé con el resto de la mesa. Luego, cuando todos salieron a ver los juegos artificiales, aproveché ese momento para escaparme a mi habitación y digerir la amargura acumulada.

Esa misma noche retiré la ropa del ropero, completé la valija, descansé una horas en la cama, y antes de que amaneciera, abandoné el hotel.

Mientras salía del pueblo, supe  que dejaba atrás recuerdos y planes truncos, imágenes color para mi inagotable álbum:  ella en el balcón diciéndome que era feliz, la cara de Eliseo Morán a punto de narrarme una historia, los ojos de Daniela viéndome llegar a la cena de Noche Buena.

Partí sin saber lo que haría después; no sabía si estaba volviendo, o si estaba  a punto de cruzar el punto del no rertorno. Como fuera, las palabras del Eliseo Morán retumbaban en mi cabeza; íntimamente sentía que él tenía razón, y que yo no tenía el valor para hacer lo que creía que debía hacer.

Me despertó un puñal clavadándose en mi frente. Avanzando hacia mi cerebro lentamente, como una marea de dolor. Me incorporé hasta apoyarme contra el respaldo de la cama, y vila luz del día a través del ventanal de mi habitación, las sábanas quemadas con la ceniza de un cigarrillo -que mis dedos dormidos aun sostenían-; y recostada sobre el piso, una botella vacía del eterno caminante de etiqueta, que explicaba el puñal, las quemaduras en la cama, y hecho de que me encuentrara acostado todavía vestido. El reloj sobre la mesa de luz marcaba las dieciocho del veinticuatro de Diciembre. Y entonces recuerdé todo
De alguna manera, por algún motivo, había borrado esta Navidad. La había ignorado, esquivado, y boicoteado, inconscientemente lo había hecho, o, al menos, lo había intentado. Y luego Daniela me había dado un uppercut mortal, un llamado brutal a la realidad, a la dura verdad de mi presente, a las inevitables consecuencias del exilio al que me habían empujado las distintas circunstancias. 
El punto es que la Navidad me había alcanzado finalmente, y por segunda vez me había encontrado solo.
Me puse de pie, y caminé hasta el balcón. Me asomé a la tarde que caía sobre la plaza, y tomé la baranda del balcón y la apreté con fuerza. Recordé mi primera Navidad en soledad, en los meses que siguieron a su desaparición, y mi posterior promesa de que nunca, de que jamás en mi puta vida volvería a pasar un veinticuatro en solitario. 
Volví a mi habitación mordiendo bronca, y decidido a actuar sobre la realidad. 
Entré al baño y me dí una ducha. Luego me afeité con cuidado, y me peiné. Mis ojos recorrieron el ropero y finalmente escogí una camisa clara recién planchada, y los pantalones de lino grises. Lustré mis zapatos, y me vestí lentamente. Antes de abandonar la habitación me miré el espejo, y quedé satisfecho con mi apariencia; nadie podría en ese momento afirmar que ese hombre pulcro y determinado encerraba a un espíritu desesperado.
Bajé la escaleras al trote y llegué casi saltando a la barra del comedor del hotel. Al verme, Daniela no pudo disimular la impresión que le causé; se sonrojó, y mostrando una sonrisa me dijo:
- ¡Que bueno que apareciste, Julio! estaba un poco preocupada ya... vas a venir a la cena, ¿no?
Me acerqué a ella, y en voz baja le pregunté:
- Sí, sobre eso quería hablarte... ¿hay problema si invito a un amigo?
Daniela me miró sorprendida, y en seguida contestó
- Pero no, Julio, por favor! tu amigo es bienvenido también.
Le agradecí y salí del hotel con paso rápido. El reloj del Banco Nación anunciaba las sietetreinta. No podía llegar tarde a la cena de Noche Buena; y si quería que Eliseo Morán nos acompañara, debía apresurarme.
A medida que pasaban los minutos, comencé a sentir que debía irme y dejarlo a Eliseo Morán sólo con sus recuerdos. Mi retirada fue lenta y sigilosa: primero me separé un poco de él, luego me puse de pie y me quedé parado un lago rato, mirando las aguas oscuras del arroyo. Finalmente retrocedí unos pasos y me detuve, esperando quizás una palabra o un gesto de Eliseo Morán, pero él permaneció inmóvil, ausente, y entonces supe que efectivamente debía irme.
Caminé entre los árboles, y antes de descender la loma que me llevaría a la orilla, giré mi cabeza y vi cómo Eliseo Morán recogía rápidamente su tanza, que serpenteaba endemoniada. Finalmente había conseguido su cena.
Me alejé en silencio, y emprendí el camino de regreso al hotel. Pensé que si algún día contara la historia de Eliseo Morán en la mesa chica de Viena probablemente me tildarían, una vez más, de mentiroso.
Daniela me recibió en el lobby con una sonrisa:
- ¿Cómo estás, Julio? ¿recién volves del río? - yo asentí y me acerqué a la barra del bar.
- ¿Encontraste el puesto de Eliseo?
- Sí - le contesté- muchas gracias por la recomendación, comí muy bien.
- Me alegro. Cocina bien, pero es un poco charlatán. Espero que no te haya aburrido con alguna de sus historias -me dijo.
- No, para nada -contesté terminante.
Estaba por retirarme rumbo a mi cuarto, cuando me preguntó
- Julio, ¿qué vas a hacer mañana a la noche? - quedé un tanto descolocado, no entendía a que se refería, y mi cara debe haber reflejado este desconcierto, porque rápidamente Daniela agregó:
- Mañana es Nochebuena, Julio! ¿o te olvidaste? - me quedé callado y sin reacción. Sí, me había olvidado. Levanté los hombros levemente y dije:
- No lo sé, Daniela, ya veré.
- Bueno, si querés, estás invitado a la cena que hacemos aquí en el hotel. Ojalá vengas, es a las nueve.
Le agradecí, sonreí y evité dar una respuesta definitiva. Comencé a subir las escaleras mientras sentía un súbito cansancio, un agotamiento extremo que se apoderaba de mis piernas y de mi espíritu. Sabía que al llegar a mi habitación, la noticia de esta Navidad iba a destrozarme.
Una Luna naranja y enorme asomaba en ese momento por detrás de la isla, iluminando el camino que recorríamos con Eliseo Morán hasta la orilla del río. Marchábamos en silencio y con paso lento, como construyendo un intervalo entre la historia que Eliseo me había regalado minutos atrás, y la siguiente, la que estaba aún por develarse. Cuando llegamos al río no nos detuvimos, cambiamos la dirección de nuestra marcha y caminamos aguas arriba, hasta que llegamos a la boca de un arroyo. Allí escalamos una pequeña pendiente, nos internamos entre los árboles, y finalmente nos sentamos sobre la tierra húmeda. Eliseo Morán comenzó a encarnar el anzuelo, cuando terminó, lo inspeccionó bajo la luz de la Luna, hizo un retoque, y luego se puso de pie y lo arrojó lejos. No vi dónde cayó, solo escuché un sonido húmedo a la distancia. Eliseo se sentó nuevamente, me convidó un cigarrillo, y comenzamos a fumar. Un suave viento comenzó a soplar, llevando a la Luna a lo más alto del cielo. Eliseo me alcanzó una botella y me dijo: - Beba, en un rato va a tener frío sino. Le dí un trago y sentí un líquido tibio ardiendo por mi garganta. Grapa, pensé. Devolví la botella, y limpié mis labios con el dorso de mi mano, mientras Eliseo levantaba la botella y bebía de ella largamente. Vi después su mirada lejana, y presentí que ya estaba en el pasado, y que la historia estaba por comenzar. - Nací en un campo cercano a Las Garcitas, Chaco, durante el verano de 1938. A los doce años dejé mi casa y comencé a trabajar en los campos de algodón de la familia Leguizamón. Allí serví como peón durante ocho años. En ese tiempo, fui siempre obediente y trabajador, y leal a Don Julio y a su familia. Eliseo recogió un poco de hilo, e hizo un gesto con la mano, como si estuviera hablando sólo. - El 21 de Octubre de 1957, Margarita Leguizamón cumplió quince años. Trabajamos mucho para preparar esa fiesta, y cuando todo estuvo listo, Don Julio nos felicitó satisfecho. La fiesta fue por la noche y, desde la parrilla, yo pude ver cuando Margarita llegaba en el carro sonriente, toda de blanco, con un hermoso collar brillante sobre el escote de su vestido, con el pelo recogido y la cara reluciente. Saludó a los invitados que la esperaban en el jardín, y luego entraron todos a la casa para que comenzara la celebración. Me fui a dormir pensando en la niña Margarita, en cómo había crecido, y en lo hermosa que era. - La jornada siguiente comenzó al alba, como de costumbre. Había que arreglar un molino, y la tarea nos llevó todo el día, ya que tuvimos que regresar al campo dos veces en busca de nuevas herramientas y de más brazos. Cuando llegó la noche, caí rendido en mi cama. Eliseo hablaba en voz baja, casi susurrando, con la mirada fija en el agua oscura. - Me desperté con los gritos. Don Julio entró en el galpón y nos levantó a rebencazos. -¿Quién carajos tiene el collar de mi hija? – aullaba, con la cara colorada, echando baba por la boca. Nos hizo salir todos al patio, y formar una fila. Y entonces habló: - Miren mierdas, les voy a dar una oportunidad. Una sola. Ese collar era de la abuela de Doña Consuelo, quiero que aparezca ahora mismo. Ya. Recorrió la hilera mirándonos uno por uno a los ojos, y cuando terminó, dijo: -¿Así que nadie habla? Bien… -y luego entró al galpón con una de las criadas. Al cabo de unos minutos salió con los ojos inyectados en sangre. - Eliseo –dijo- entre conmigo. Entramos al galpón y caminamos hasta mi cama. Luego Don Julio señalo mi cajón, yo asomé mi cabeza y allí, entre mis ropas, asomaba el collar de la niña Margarita. Di un salto hacia atrás, aterrado. - ¿Por qué lo hiciste? –me preguntó Don Julio lleno de ira, y de asco. - Yo no fui –le contesté- no sé cómo ese collar llego a mi cajón. Estuve siempre trabajando-dije, intentando defenderme-. Don Julio me miró callado, mientras se mordía los labios, hasta que estalló y cruzó mi cara con su rebenque. Caí al suelo lleno de dolor. Fui arrastrado luego hasta el patio, donde me molieron a patadas, y fui estaqueado hasta el otro día, cuando el comisario vino a buscarme. Me fui del campo con lo puesto, esposado y cargado por un agente, ya que mis piernas no podían sostenerme. Estuve en la comisaría de Las Garcitas una semana, mientras me recuperaba. Un día me visitó un juez, y me dijo que el delito que había cometido era muy grave, y que Don Julio había pedido un fallo ejemplificador. Al tiempo hubo un juicio; duró dos días, y cuando terminó un señor me dijo que me habían encontrado culpable, y que pasaría algunos años en la prisión de Encarnación. - Con buena conducta, en cinco años estará en libertad –me dijo dándome una palmada en la espalda.
Eliseo recordó esta frase con dolor, y también con algo de humillación.
-Yo era muy pibe -razonó-me fumaron en pipa.
Una nube indiscreta había ocultado a la Luna, y de pronto la oscuridad nos rodeaba. Apenas podía distinguir la silueta de Eliseo Morán, con la cabeza gacha, el mentón tocando el pecho y los hombros aplastados por el peso de ese recuerdo.
- Tarde cuatro años en recibir a mi primera visita. Una mañana de invierno, el cabo Matera me llamó y me dijo que alguien había venido a verme. Era Facundo Reyes, peón y compañero mío de fajina en el campo de los Leguizamon. La alegría de ver una cara amiga me impidió preguntarme por el motivo de su visita, fue sólo después de algunos minutos que comprendí que Facundo tenía algo para decirme, y fiel a su estilo, lo dijo sin dar vueltas:
- Eliseo, yo fui el que robó el collar.
Me quedé helado, con la boca entreabierta, sin poder reaccionar. Facundo Reyes bajó la mirada y luego me dijo:
- Vengo a pedirte perdón.
-Yo asentí en silencio, lo miré unos segundos, me puse de pie, apoye mi mano sobre su hombro, y me fui de esa habitación.
Los días que siguieron fueron oscuros. Luego comenzó el tema de la pesca y lentamente mi vida volvió a la normalidad. Con el tiempo sospeché que, a su manera, Facundo Reyes tuvo también su castigo. Como sea, algo de esto llegó a los oídos de Don Julio, porque al salir en libertad, él me estaba esperando en la puerta. Me estrechó la mano y me dijo:
- Eliseo, me gustaría que volviera al campo.
- Yo lo miré a los ojos, y me di cuenta que él no comprendía lo que me había pasado, ni lo que yo sentía. Pero más aún, él no sabía cuánto yo había cambiado en ese tiempo. Tomé aire, y le dije:
- Gracias Don Julio, pero no, no voy a volver al campo nunca más. Ahora soy un hombre libre -miré hacia el cielo, y agregué- me voy a pescar.
El viento había corrido a la nube, y bajo la luz de Luna, pude ver la cara de satisfacción y de paz con la que Eliseo Morán recordó ese momento.
Yo permanecí callado el resto de la noche, viendo cómo Eliseo Morán pescaba su cena, deseando, íntimamente, el comienzo de una nueva historia.